domingo, 17 de diciembre de 2006

Fabula de los rios

Este es el primer escrito que cuelgo. Espero que te guste.



FÁBULA DE LOS RÍOS

(Publicada en Diario Sur el 17/11/88. Pag. 21. OPINION)


Permítame el lector que distraiga su atención de forma poco usual en un periódico, contándole una fábula que, como todas, guarda en su interior una moraleja o sentido moral, extraída desde la perspectiva y opinión del autor.
Se cuenta que en tiempos pretéritos, cuando los ríos, árboles y demás creaciones tenían vida interior basada en la inteligencia, se dio el caso de dos ríos (a los que llamaremos rico y pobre) que surgiendo de una misma montaña, uno fue al norte y otro hacia el sur. Ambos nacieron con gran ilusión, pensando que con el tiempo irían recogiendo el agua de sus afluentes, de la lluvia, y la vida de su entorno se enriquecería con su paso.
El río Rico, que se dirigió al norte, se encauzó por un precioso y verde valle, lleno de fuentes que fluían a su paso enriqueciéndolo. Su cauce era cada vez más ancho, numerosos arroyuelos apoyaban su expansión. Su cuenca, amplia, gozaba de abundante lluvia, que de forma intermitente regaba sus montañas y sus valles. La vida crecía entre sus aguas, formando un ecosistema del que se enorgullecía, con lo cual se incrementaba su soberbia y confianza en sí mismo. Despreciaba a los otros por no tener su presencia, su fuerza rompedora y una vida como la suya. Estaba plenamente realizado; ya regaba huertas en sus valles dando preciados frutos, ya le visitaban para ver con qué gracia saltaba en sus grandiosas cascadas. En su cauce bajo, los barcos transitaban haciendo de él una vía de comercio y prosperidad. Figuraba inscrito en los libros de geografía como el Gran Río. Todo esto le llenaba de felicidad, se sentía respetado, querido por todos y tenido como modelo.
Un día, cuando su cauce era más ancho y sus aguas discurrían mansamente, empezó a notar algo extraño… los peces nadaban contra corriente, sus agua iban perdiendo la dulzura y un sabor desconocido le inundaba, estaba entrando en una masa que le hacía perder su propia identidad. El mar le estaba recibiendo y diluyendo en su inmensidad. Quiso resistirse, pero no pudo. Luchó desesperadamente, empujando, queriendo atravesarlo, pero le faltó fuerza para ello. Al final, rendido y agotado, se entregó llorando por lo que fue, porque allí terminaba su grandeza, concluían su soberbia y sus placeres; moría, dejaba su existencia.
Mientras tanto, su hermano que había ido hacia el sur, encontró otro valle, pero seco. Solo recibía agua con la lluvia, que por lo general era torrencial, dejándolo cargado de troncos, ramas, hierbajos, tierra y piedras. Sentía miedo por su vida, ya que los hombres intentaban aprovechar el agua de su cauce para el riego. A veces se encontraba preso sin saber por qué, almacenado en un dique del que se le permitía salir al antojo de otros seres. Temía cuando el tórrido sol del verano evaporaba sus aguas y haciéndolas volar por los aires las llevaba al norte para enriquecer a otro río extraño; evitaba saltos y cascadas. Cuando asomaban nubes por el horizonte, una profunda alegría le inundaba, aparecía la esperanza, y la ilusión de vitalizar su existencia hacía brillar sus ojos; pero siempre pasaban de largo, caminando hacía otros lugares, para regar y fortalecer a lejanos desconocidos. Quedaba sumido en una profunda tristeza entrecortada con rabia, quería rebelarse contra ello, escapar de su cauce, mas era imposible, su sino estaba servido. Se quejaba de su maldita suerte y de la ladera del monte donde naciera, que le condujo hacia el sur. Luchaba desesperadamente por mantener su existencia. El sabía que era un río sin importancia, todas sus ilusiones infantiles fueron borrándose a golpes de cruda realidad. No era capaz de engendrar vida en su interior como él hubiera querido. La gente lo cruzaba, pisoteando su cauce sin respeto y hasta le llamaban “arroyuelo”, haciéndole morir de vergüenza. Con tal de crecer aceptaba toda clase de aguas sucias y putrefactas, aunque ello le descompusiera y enfermera… quería seguir viviendo.
Un día, cansado de luchar, recibió una fresca sensación. Era otra agua, con otro sabor, en la que aparecían inmensidad de peces y de vida. Suavemente se fue diluyendo en ella. Aquello era un reposo, al fin encontraba su descanso, ya no tenía que luchar más, ahora formaba parte de una inmensa masa. Había dejado de existir como individualidad, pero también de sufrir y pelear. Por el mar supo de su hermano, de su grandeza y bravura, de su titánica lucha con la muerte. Y pensó: “Él nació con más suerte”.
Esta puede ser la historia de dos ríos y de dos hombres.


Reflexiones:
Este artículo lo escribí hace 18 años. Había estado de vacaciones en Palencia (Alto Campoo) y descubrí la singularidad del “Pico Tres Mares”, del cual parten las tres vertientes que desembocan en los tres mares que bañan las costas españolas: Mediterráneo, Cantábrico y Atlántico. Esto me hizo pensar cuan diferente sería la suerte del agua según cayera en uno u otro lado del pico. Observé cierta similitud con los lugares de nacimiento de las personas y su destino, su cultura y su forma de afrontar la vida. No es lo mismo la filosofía indú y/o budista, donde el Karma tiene un peso específico determinante, a la occidental, que lucha denodadamente contra el “destino” mediante la evolución científica y médica. En la primera, la muerte es aceptada con naturalidad, como paso a otra vida, que, tras sucesivas reencarnaciones, permitirá subir escalones hacía la perfección espiritual; en la segunda, existe la inseguridad de qué nos encontraremos tras la muerte, un premio o un castigo; como es lógico, la conciencia culposa que nos han infundido nos lleva al miedo al castigo y a revelarnos contra la muerte, luchar intensamente contra ella y vivirla como una tragedia.
Ahora, todo esto, me recuerda los movimientos migratorios de un valle al otro mediante cayucos, pateras, falsos viajes de vacaciones, incluso apoyándose en las mafias… el río pobre buscar volar a otro valle donde encuentre cauces más abundantes, cueste lo que cueste, aunque sea participando en el arroyo más insignificante y miserable; piensa que podrá formar parte del Gran Río algún día.
De todas formas, seguro que a vosotros os despierta, también, alguna reflexión digna de comunicar.
Antonio Porras Cabrera

4 comentarios:

Flanaghan dijo...

A pesar del tiempo que ha transcurrido desde que escribió Ud. el artículo "La fábula de los ríos", sigue manteniendo vivo su mensaje, aplicado a todo lo que tiene vida, ríos, plantas y animales.
Matizaría un detalle diferenciador dentro de los animales, con respecto a los homínidos; y como decía Groucho Marx: "Puedes ser lo que desees. Sólo existe un obstáculo, tú mismo".
Sería motivo de coloquio, pero la acción del hombre y los avances científicos, actualmente pueden producir cambios en la naturaleza ... [capa de ozono, clonación, regeneración a partir de células madre, trasvases de cauces, etc.],e infuenciar el libre albedrio de la Misma.
Me ha resultado una lectura muy agradable su fabula. Enhorabuena

Ana Márquez dijo...

Hermosa fábula, amigo Antonio. Quién sabe, desde luego, si lo q empezó como un golpe de suerte puede acabar en tragedia, si lo que empezó como una tragedia acabará trayéndonos una bendición q de otra forma no habríamos logrado, quién sabe por dónde se mueven los destinos, quién sabe nada. Yo aspiro a la conformidad. Por el momento esoy lejos de ella, y ya he alcanzado los cuarenta :-( no tengo esperanza de llegar pronto, quizás ni llegue. Un abrazo muy fuerte.

Antonio dijo...

Amiga Ana, gracias por tu comentario, como siempre consistente y ponderado.
La tragedia y la bendición son saltos imprevistos que da la vida hacia el infierno o hacia la gloria, que escapan a nuestra voluntad, pero que una vez en ellos hay que gestionarlos y reconducirlos para seguir evolucionando.

Yo pienso que en la vida hay dos elementos claves, las circunstancias y los problemas. Las circunstancias son externas, las provocan otros elementos ajenos a nuestra voluntad y no las podemos gestionar, cabe conformarse y adaptarse esperando que cambien. Los problemas sí son abordables y no podemos conformarnos, pues tienen solución y la hemos de encontrar, si no se convertirán en circunstancias por su cronicidad. Como tú bien sabes, las circunstancias nos crean problemas que hemos de ir abordando y solucionando en el día a día.

Un abrazo cargado de energía

Abuela Ciber dijo...

Como dijera Unamuno....todos los ríos van a la mar.

Nacen y mueren igual.....

Si el hombre entendiera....

Saludos