martes, 22 de noviembre de 2016

El cuarto mundo sigue creciendo


Mira para otro lado, a tu derecha está la miseria.
El concepto de cuarto mundo se refiere a la población que vive en condición de desprotección, marginación o riesgo social en áreas pertenecientes al mundo industrializado; vamos, a la pobreza que cohabita con la riqueza en un mismo Estado o País. Supongo que eso os suena y que lo veis crecer en el día a día. Lo lamentable es que ese crecimiento se potencia o sustenta en las políticas insolidarias que practican los Estados desde la injusticia distributiva. Un Estado debería velar por los derechos y la vida decente de sus ciudadanos (cuando digo decente no me refiero solo a la ética y moral, sino a la economía desahogada que le permitiera acceder a los medios que satisfagan sus necesidades básicas) pero parece que los gobiernos de esos estados administran pensando más en los intereses de las corporaciones que en sus propios electores.

En este mundo de Dios, nacer en uno u otro lugar es una cuestión azarosa que acaba condicionando el sino de cada cual (lo del sino tiene múltiples connotaciones, incluso de fatalismo, pero me refiero a los condicionantes sociales en los que te enmarca la familia y el lugar de nacimiento). No es lo mismo nacer en familia pobre que rica, en instruida que en iletrada, en la ciudad o en el campo, en un lugar o en otro… también juega el nivel de inteligencia, lógicamente, pero estará condicionado siempre por el acceso a recursos que permitan el desarrollo intelectual del sujeto.

Nuestra sociedad industrializada, que sigue su proceso evolutivo imparable, cada vez es más insolidaria al fundamentarse en una filosofía de corte felón y perverso donde se prima el éxito desde la ideología de pragmatismo a la americana: “solo es verdadero aquello que funciona”; “El pragmatismo consiste en reducir "lo verdadero a lo útil" negando el conocimiento teórico en diversos grados; para los más radicales sólo es verdadero aquello que conduce al éxito individual, mientras que para otros, sólo es verdadero cuando se haya verificado con los hechos” siguiendo los planteamientos de William James. Otro precursor del pragmatismo, en este caso desde Europa, fue Federico Nietzsche, quien dice: "la verdad no es un valor teórico, sino también una expresión para designar la utilidad." Y según él, sirve para designar el poderío.

Ese toque de pragmatismo es el que reina en nuestra sociedad, donde lo importante es el éxito; pero el éxito se enmarca siempre en unos valores determinados, que son los que definen los objetivos exitosos, los que se ajustan a los términos que se cultivan en esa sociedad. En este mundo pragmático lo útil se proyecta en lo material, en conseguir los utensilio que usamos como herramientas u objetos para facilitar la vida y sus cosas en un ambiente de competitividad exacerbada, lo que nos lleva a obtener el éxito en tanto seamos capaces de aportar algo en esa dirección de utilidad social dentro de un mercado de transacciones comerciales materiales. Por tanto en una sociedad injusta, de engaño y rapiña, el éxito lo obtendrá quien consiga más dinero, más comercio y transacciones mercantiles, y poder, sin importar demasiado las formas de lograrlo, al existir una moral y ética laxa que permite subterfugios alegales para lograrlo. Hace unos días, cuando Trump ganó, incompresiblemente para los europeos, las elecciones americanas, un amigo americano me justificaba su elección en que era un hombre de éxito empresarial, pragmático. La ideología pasó a un segundo orden. Y es aquí, precisamente, donde está el dilema bajo mi punto de vista. Las ideologías son las que determinan los principios y valores que conforman la cultura de los pueblos y, por ende, enmarcan el concepto de éxito en función de esos valores. Si no hay ideología sino materialismo puro desideologizado, acabaremos sin el soporte o sostén que delimitan la convivencia y las normas sociales de justicia, solidaridad y fraternidad que definen a los pueblos y su gente, en suma a los seres humano.

Por tanto, el dilema de nuestra sociedad no está tanto en pragmatismo sí o no, sino en cuales son los principios que rigen la convivencia, la justicia y los valores de una sociedad que anda pivotando desde un concepto de solidaridad a otro de avaricia y codicia personal basado en la potenciación y cultivo del egoísmo de la ciudadanía en su conjunto, que es verdaderamente lo peligroso por el poder que se genera en la masa social… y mal asunto cuando ese pragmatismo va enfocado a esos objetivos. De aquí a pasar de la problemática de los otros seres o ciudadanos, a mirarse el ombligo y a fomentar una idea facistoide como valor social, solo hay un pequeño salto. La justicia distributiva empieza por la igualdad de oportunidades, es decir porque cada ciudadano tenga la posibilidad de desarrollarse en la misma proporción y con los mismos recursos. No se trata de subsidiar a nadie, que se ha de hacer cuando no hay más remedio, sino de apoyar su realización e implicación en el desarrollo de la sociedad mediante el ejercicio de una actividad acorde con sus capacidades.


Es aquí donde estamos haciendo aguas, donde la barca puede hundirse en un mar de egoísmos y de insolidaridad con los propios del lugar y con los demás seres humanos a los que les fuimos poniendo fronteras a conveniencia de los grupos de poder. Se juega el marco social del futuro, las ideologías que determinarán ese marco y la cultura social que los soporte. Estamos en un momento de especial trascendencia, de crisis estructural… o mejor dicho, de crisis cultural, de valores, principios y axiomas que determinen qué tipo de sociedad queremos de cara al mañana.

Hay dos modelos de fondo: uno es el modelo neoliberal de mercado, materialista y de desarrollo alocado, que siempre responde con una fuga hacia adelante cuando hay una crisis. Es una bola de nieve que va creciendo y arrasando todo a su paso. Los recursos de la tierra se acabarán y esa idea inventará algo para vivir en el desierto, bajo tierra si es preciso, mediante el uso y abuso de la tecnología.  El agua contaminada es un buen argumento de negocia, pues habrá que descontaminarla y ese asunto dará dinero; el aire contaminado igual… acabaremos con escafandras para salir a la calle dentro de un tiempo pero pagando, los alimentos no los dará la tierra sino la química y los invernaderos, si se colapsa la economía mundial, como es el caso del mundo de la construcción, se hace una guerra, con su negocio armamentístico, se destruye lo construido y se vuelve a construir con una tecnología más moderna, total sobra gente sobre el mundo, y así todo… el negocio, siempre el negocio. El ser humano es un mero accidente para el pensamiento de los negocios, solo sirve si construye y consume, si no qué más da, no sirve y no importa lo que ocurra con él. Alguien dijo que el sistema capitalista y de libre mercado es el enemigo número uno del desarrollo sostenido por esa filosofía que todo lo fija en el mercado y en el abuso de recursos y consumo; son los antisistema que acabarán con el mayor sistema que hay en la tierra, que es la propia tierra en equilibrio.

Otro modelo, de corte más humanista, es el que pretende llevar a término un desarrollo sostenido, donde los recursos usados se repongan de forma natural por la tierra sin mermar sus capacidades de regeneración, mediante un balance equilibrado entre lo consumido y lo producido. En este caso, entiendo que se considera más al ser humano que al negocio; aquí todo está pensado para facilitar la vida de la ciudadanía, para potenciar su desarrollo personal e intelectual centrando en ello los objetivos básicos de esa cultura social donde se enmarca la dinámica productiva. Los valores dejan de ser el egoísmo, que es un valor innato en el sujeto basado en su instinto de supervivencia, para evolucionar hacia otro de solidaridad desde la lógica de la inteligencia y no de las emociones. Existe una idea dicotómica del concepto progreso que lo interpreta a conveniencia, habiendo dos tipos de progreso, uno material y otro personal o intelectual. Aquí aconsejo que os deis una vuelta por un artículo que publiqué allá por 2007 en mi blog. Pinchar aquí para el enlace. En él encontraréis lo que yo entiendo por progreso y el desarrollo de estas dos acepciones.

Estos dos modelos discutibles tienen defensores acérrimos en nuestra sociedad y entiendo que cada cual defienda sus posiciones, pues cada cual tiene sus intereses y su formación, por no decir su personalidad y sus valores, lo malo es cuando esa defensa se hace de forma irracional, sin considerar la bondad y la maldad de cada uno de ellos. La producción y el mercado no pueden ser objetivo de una carrera desenfrenada, sin pararse a pensar qué y cuáles son las necesidades del ser humano y no las de una empresa de hacer dinero en ese mercado. Qué macro-objetivos y misión tiene el hombre en este mundo, cuál en su fin y su desarrollo personal. De aquí se desprenderá si lo importantes es el ser humano en su conjunto y sus potencialidades o el factor empresa con su desarrollo económico en un mundo de locura dominado por el dinero.

En todo caso, para luchar contra la marginalidad y la pobreza que alimentan al cuarto mundo, habrá que pensar en qué dirección enfocamos la economía y las plusvalías que se generan con la actividad humana. Aquí aflora el concepto de “economía humanista” al servicio de la sociedad en su conjunto, de la humanidad, en lugar de al servicio de las corporaciones multinacionales, de las empresas y la banca. La empresa está condicionada al ser humano y no al revés. Es el trabajo el que produce, no el dinero, salvo que estemos en la indeseada economía especulativa.

Para concluir, es un problema de valores, de principios que conforme una sociedad enfocada al ser humano y su desarrollo intelectual, espiritual, mental o como quiera llamarlo… al SER y no tanto al TENER. Ese es nuestro reto en un mundo tremendamente complicado, donde el interés de unos que dominan el poder está en una dirección diferente al de la sociedad en su conjunto y que lo implementan con el consentimiento de una ciudadanía a la que acaban alienando mediante el uso de técnicas manipulativas utilizadas por los medios que tienen a su disposición, desde la propia escuela donde forman sujetos conformistas y sumisos, hasta el manejo de la información para crear estados de opinión que les sean propicios, elaborando y potenciando valores de insolidaridad, codicia, avaricia y, en suma, egoísmo defensivo. Nuestra crisis, como ya he mencionado en otras ocasiones, no es solo estructural, sino cultural… y por lo que se ve, tras los últimos acontecimientos, no vamos por buen camino para solucionarla. Parece que si no tomamos medidas más precisas el cuarto mundo seguirá creciendo.



2 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Qué decirte, Antonio? sueles poner letra a mis pensamientos. Hace tiempo que tengo la sensación que la humanidad se cargó al mundo y ahora éste se desangra por cualquier esquina.

Antonio dijo...

Celebro confluir contigo en esa apreciación. El mundo necesita una verdadera catarsis.
Un abrazo