miércoles, 21 de octubre de 2015

Me gusta navegar con las velas al viento


El otro día os narré, en mi muro de facebook, cómo se había hecho la foto que coloqué en mi perfil y mi primera experiencia de navegación. A partir de aquí, en plan de añoranza, reviví y reflexione sobre mis vivencias marineras posteriores, llegando a considerarlas como una especie de experiencia espiritual, donde el sentido de lo enigmático y la vida se enlazan para crear un momento de exaltación que hace levitar el espíritu sobre las aguas.

El mar es insondable. Navegar es no pisar tierra, dejarte llevar por el bamboleo del agua en conjunción con el viento. Es como un reto a desenvolverte en un medio desconocido y extraño al medioambiente del hombre. Una huída de la realidad, de los pies en la tierra, para ubicarte en la fantasía de un horizonte que se pierde en su linealidad, marcando el enigma del más allá, de la superficialidad de la nada, pero de la diversidad de las profundidades. Esa monotonía, ese paisaje perenne, te da alas para el pensamiento, para la reflexión en paz y sin interferencias de los accidentes orográficos que pueblan la tierra. Libertad y respeto a las aguas, a su poder envolvente, a lo desconocido e imprevisible, a la transparencia que aglutina miles de forma de vida diferentes.

Pero, algo llama desde esa inmensidad al ser humano. Es su cuna, su génesis biológica, su anagnórisis ancestral, que pretende una regresión a los principios del ser, de la vida, para comprender sus secretos. Hasta la propia Biblia, es su intento de explicar la creación, habla de: “El espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas”. En todo caso, la ciencia viene a dar más luz a ello y nos explica cómo la vida se fraguaba entre las aguas, de donde salimos todas las especies desde la concepción darwiniana. Nosotros somos agua, agua en un 73 % aproximadamente. Sin el agua no hay vida y hasta las bacterias más resistentes acaban formando esporas para sobrevivir a su ausencia.

Es aquí donde mi imaginación volaba, donde encontraba un campo de meditación ausente del mundanal ruido conjugado con esa brisa y mar; un mundo de estímulos sensoriales especiales. Línea del horizonte en lontananza, suave brisa acariciando la piel, música de la quilla al separar las aguas y envolverse en su canto, mano izquierda en la caña y en la derecha la pipa, a popa Málaga con su perfil que se pierden en el horizonte del ayer…

Con ese escenario tan inmenso, envuelto entre agua y aire, entre el planeta y el firmamento, entre el fluido de la vida y el cosmos, sientes que eres nada en esa inmensidad, que esa infinitud que te acompaña es incomprensible y enigmática para el hombre que siempre quiso etiquetarlo todo y, cuando no lo pudo, creó los credos para anclarse en una explicación de lo inexplicable.

Sea como fuere, mi sensación era de apertura hacia otro mundo inmenso, de fuga del terrenal y acercamiento a ese firmamento que se unía al mar en el horizonte. Detrás queda todo, delante el reto de lo inescrutable… , estimulante singladura. Entonces cobran su sentido estos versos:

Mi barco velero

La suave brisa
inflándole el velamen
empuja suavemente a mi velero
en todo su esplendor.

Tensa el obenque
y la ajustada botavara,
jugando con amuras,
ciñe con arte milagroso
hinchando la mayor.

La inquebrantable caña
resiste la disputa intransigente
entre la orza y el timón
ciñendo con viento de estribor
en suave derrota y leve inclinación.

El foque tensando va su cuerpo
en juego con la brisa que le riza
para ayudar a la mayor
y tremolando brinca
a capricho y antojo del timón.

El mar, levemente rizado,
abre su cuerpo a la incursión
y el agua se aparta en borbotones
al empuje de la quilla y su presión.

Al fondo un horizonte de utopía
fija la proa y la ilusión,
a popa abierta Málaga
saluda desde lejos con su adiós.

Cuaderno de bitácora
con rumbo hacia otro mundo
cargado de sosiego y de dulzor
evade de la nada de la vida
creando un insólito escenario
preñado de belleza y de abstracción.

Autor: Antonio Porras Cabrera
De mi libro: Eclosión


2 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Buena manera de comenzar el día leyéndote...

Antonio dijo...

Gracias, Mª Ángeles. El símil es bueno, la vida es un mar inmenso e insondable. Nosotros el barco que lo surca, la vida es la travesía. El horizonte la utopía que nunca se alcanza pero que nos orienta el rumbo. Yo lo veo así.

Un abrazo