martes, 4 de agosto de 2015

Homenaje a mi padre Q.E.P.D.




1998
Hoy hace diez años que murió mi padre. Acababa de cumplir los 85. Pero para mí no ha muerto porque sigue vivo en mi memoria. Decía un paciente nuestro, al que tratábamos de una patología psíquica, que los muertos viven en la memoria de los vivos, que mientras se mantenga viva esa memoria se mantendrán vivos a los que se fueron. Yo, cada vez que vuelvo a casa de un viaje, sea de mi pueblo de otro lugar más distante, tengo aún la tendencia a acercarme al teléfono para llamarle y decirle: “Papá ya estamos aquí, quedaos tranquilos”. Pero también me acuerdo de él cuando me acerco al espejo y veo en mi cara sus facciones, cuando camino como él y cuando sueño aún con su presencia. ¡Son tantas las cosas que lo traen a la memoria!

Mi padre fue un gran tipo. Hijo de la Andalucía profunda, luchador con la tierra para arrebatarle la esencia de su savia, para conseguir sacar el fruto de la vid, de la huerta, del trigal u olivar. Trabajó duro desde niño y fue regando con su sudor, y sus infantiles lágrimas, los campos para cobrar la cosecha. No hubo tiempo para escuelas; sus juegos fueron en solitario, guardando las cabras, o labrando los campos, se inventaba sus juguetes y fantaseaba con un mañana más digno. Malos tiempos le tocó vivir. Miseria y trabajo… y, cuando afloraba su vigorosa juventud con la esencia irresistible de su energía vital, una negra nube se cernió sobre su casa, sobre su gente y su pueblo. Las armas le llamaron en contra de su voluntad y fue arrastrado a una contienda indeseada y en el bando discordante a sus ideas. Cuando cumplió los 18 años mi pueblo estaba bajo el mando de los rebeldes, y fue movilizado por la fuerza y obligado a enfrentarse con los que compartía ideas y posición política, con sus primos que luchaban en el otro bando. Él decía que cuando disparaba en el frente tiraba al aire, fuera a darle a alguno de ellos.

En 1974

Luego vendría la mili en África hasta 1945, pasando necesidades, sometido a la disciplina férrea de unos militares triunfantes y soberbios, aunque, al menos, aprendió a leer y escribir mejor y a “defenderse en las cuentas”. Después, tras ser licenciado, el reto de crear un proyecto de vida familiar donde cupieran su mujer, sus posibles hijos y una mínima garantía de subsistencia en tan tremendas circunstancias postbélicas. Trabajo de campo y de cortijo bajo el dominante carácter del señorito mandón e insensible al sufrimiento humano; sujeto al que yo mismo recuerdo con desprecio cuando me viene a la mente el despotismo con que trataba a los campesinos, que andaban buscando un salario en tiempos de cosecha para poder subsistir entre una y otra. Y todo ello, viviendo aterido por el frío del invierno, sabañones, y castigado por el inclemente sol del verano. Tuvo suerte, mi padre, por su honradez y responsabilidad, por su dedicación al trabajo, por saber defenderse en el manejo de los números y letras y, por qué no decirlo, por su obediencia a aquel despreciable sujeto al que servía como manijero y hortelano, del que acabó liberándose definitivamente cuando se fue a atrabajar a la obra del pantano de Iznajar. Luego a Barcelona, a otro mundo distinto, hasta que se jubiló. Duros tiempos, pues, de infancia y juventud. Duro trabajo y dura vida, donde la diversión era recibida exultantemente, cuando se podía acceder a ella. Vino, cante y chascarrillos en el bar donde los hombres eran reyes de ese entorno. Donde se apreciaba un aislamiento del dolor y la fatiga, del sufrimiento y la inseguridad laboral que se respiraba puertas a fuera, donde el vino era un excelente anestésico del flagelo y la amargura.

Con 18 años (1938)
Pero mi padre fue un sujeto inteligente, un gran hombre. Si hubiera tenido la suerte de nacer en una familia con recursos, hubiera sido un gran… lo que fuere, médico, ingeniero, profesor, etc. No fue a la escuela, vivía en unas huertas a 5 kilómetros del pueblo y solo podía acudir a las clases particulares que solían dar los maestros que se desplazaban a la zona. Aprendió las cuatro reglas (ya sabéis, sumar, restar, multiplicar y dividir) y a leer y escribir para defenderse. Luego en el periodo de soldado ocioso en África, se lanzó a aprender vivamente, le encantaba la historia, y recuerdo cuando yo era pequeño que me quedaba boquiabierto escuchando sus clases magistrales. Con pelos y señales, me iba refiriendo fechas, batallas, reyes y personajes que habían dejado huella… aquello eran los cuentos que me contaba, pero no eran tales, sino verdades históricas que hicieron apasionarme por esa materia. Además de eso, me enseñaba matemáticas, caligrafía, geografía, etc. dentro de sus posibilidades. Me hablaba de la familia, de sus ancestros, y me transmitía las vivencias y hazañas que recordaba, como un cronista cargado de autoridad en la materia. Yo creo que adivinaba en mí ese interés que siempre tuvo él por aprender y fijó en mí sus esperanzas. En ese sentido, siento que no le defraudé. Cuando terminé mi primera carrera estudiando y trabajando, él se sintió feliz, cuando hice la segunda, yo me sentí orgulloso de su orgullo. Lo que a él le hubiera gustado conseguir lo estaba consiguiendo en mí… Entonces comprendí una de las máximas o principios que rigen la evolución del ser humano, del desarrollo de la especie: La clave está en conseguir que nuestros hijos sean mejores que nosotros, en que cada generación supere a la anterior, en que nosotros, además de hacer, personalmente, todo lo posible por crecer y evolucionar, tenemos el sagrado deber de inocular en nuestros hijos ese sentimiento, esa motivación, para que ellos crezcan y hagan crecer la sociedad a la que pertenecen desde la dignificación de las personas y la justicia, desde la igualdad y la solidaridad entra la gente, desde el conocimiento, la educación y el desarrollo intelectual de los seres humanos. Es lindo ver que los hijos te superan, que esa trascendencia tuya desde el punto de vista biológico, se completa con esa otra trascendencia intelectual. “Dichoso el que puede disfrutar del éxito de sus hijos, porque habrá proyectado su propio desarrollo a otras generaciones”.



Con 25 años (1945)

Hoy quiero, pues, rendirle este homenaje desde mi recuerdo al cumplirse 10 años de su, digamos, marcha. Tuvo algunos defectos, para mí mínimos, como ser muy austero y sobrio, hasta el extremo de no gozar de cosas que tanto le gustaban, como viajar (de ahí debe venirme a mí ese espíritu viajero), acudir a espectáculos, a restaurantes y celebraciones… no, eso eran banalidades que no iban con él. Se sacrificó él y, con él, nosotros trabajamos a tope para sanear la economía de la casa. Era de la generación que anduvo marcada por la dura infancia, por la lucha sistemática por la supervivencia, donde era muy importante estar preparado para lo peor, las plagas podían llegar en cualquier momento y había que estar alerta y con capacidad de afrontarlas.

Ahora le recuerdo regando la huerta, dirigiendo aquellas cuadrillas de segadores, aceituneros, y campesinos empleados en hacer las labores del campo. Lo recuerdo escuchando la Pirenaica con la voz de la Pasionaria, de Carrillo y otros, prometiendo aquella liberación de la tiranía que nunca llegaba. Lo recuerdo tomando su copa en el bar, o en la casa con su vasito de moriles con su tapa después de llegar del trabajo; con su casco vigilando los edificios en construcción en el mazacote de Bellvitge; caminando por Málaga para hacer su ejercicio habitual… Lo recuerdo, finalmente, postrado en la cama del hospital mientras le afeitaba aquella cerrada barba resistente a la cuchilla agresora… y el día que se fue, tal como hoy hace 10 años, en que salí de la habitación y mientras lo cambiaban aproveché para ver las constantes de la pasada noche y sufrió la parada cardiorespiratoria que se lo llevó definitivamente.

Él lo había querido… incineración y sus cenizas esparcidas por la tierra que le vio crecer. No quiso dejar lápida, nicho o túmulo donde quedaran sus restos, sino disolverse con el viento para ir posándose a su antojo en aquellos lugares de la tierra que le apeteciera, para vivir los recuerdos de su infancia, para asentarse en las huertas que regó de joven, en los campos que cultivó, en los árboles que le dieron sombra, en el río donde se bañaba, que le dio el frescor y el agua para el riego… prefirió disfrutar en libertad el perfume de las flores en primavera, el olor del maduro fruto en el verano, la brisa con la que aventaba la mies en la era, jugar con las hojas de los árboles en su caída libre en el otoño y montar sobre el viento bravucón y sátiro del crudo y gélido invierno...  No quiso quedar preso en una cárcel, en un gélido sarcófago, y prefirió jugar eternamente con el aire, con esos espacios etéreos que le dan dimensión infinita a la energía que mueve este cosmos de vida…

Él no ha muerto, está en el aire que hace bailar las hojas de los árboles, en la brisa que acaricia nuestro rostro, en la tierra que da vida a las plantas que nos nutren… él ha vuelto al todo de la vida de donde salió. Si los panteístas creen que la totalidad del universo es el único Dios, él sigue estando con ese Dios… y yo me siento, hoy más que nuca, panteísta estando a su lado.






¡Cuánto hay que agradecerle a esa generación, que, huyendo de la nada, luchó lo indecible hasta levantar este país! Ellos fraguaron el pasado y sembraron en sus hijos la semilla que sustenta nuestro presente. De nosotros y de nuestros hijos depende ahora, en parte, el futuro...

D.E.P.

4 comentarios:

nionesao dijo...

Precioso recuerdo del Abuelo. ha sido placentero y doloroso de leer. Un gran hombre y un gran recuerdo.

Antonio dijo...

Sí, hijo mío. Luchó a su modo y con su fuerza, con lo que tenia a mano para sacar la familia adelante y de allí venimos nosotros, allí se fraguó la semilla que llevamos dentro.

Geles Calderón dijo...

Mi abrazo para vosotros.
Impresionante.

Antonio dijo...

Gracias, Geles