lunes, 13 de abril de 2015

El nido vacío y la madurez en la pareja


Ponente: Antonio Porras Cabrera
Psicólogo y Enfermero Especialista en Salud Mental
Profesor Titular de Escuela Universitaria de la UMA


Introducción.

Cuando se nos propuso, a los miembros de ASPROJUMA (Asociación de Profesores Jubilados de la Universidad de Málaga), participar en estas jornadas yo me ofrecí a compartir con todos ustedes algunas reflexiones sobre la dinámica en la relación de pareja hasta culminar en el estado del Nido Vacío y en la propia madurez de la misma. Digo compartir, porque pretender disertar en un sentido estricto con tan docto auditorio es, cuando menos, presuntuoso.

En todo caso, mi pretensión es hablar de un tema, de especial interés, relacionado con la formación y evolución de la pareja,  hasta llegar a la etapa de la madurez y, con ello, al afrontamiento del nido vacío y su reencuentro bajo el periodo de la jubilación, que es donde nos ubicamos la mayoría de los presentes.

Por tanto comentaré una etapa inicial  que se fragua en torno al enamoramiento, donde quedamos embelesados y lo vemos todo a través de los ojos del otro, u otra, para pasar luego a la gestión de la convivencia diaria con la cruda realidad de la vida y la necesidad de afrontar los problemas conjuntamente… y terminaré en la etapa de la madurez, donde todo debería estar sedimentado en aras de una convivencia feliz y nutriente. Seguiremos pues el esquema que ofrezco a continuación.




Enamoramiento y amor.


Enamoramiento… ¡Qué curiosa palabra! Vamos a intentar, a modo de ejercicio, descomponerla y encontramos: EN    AMOR   (A)    MIENTO. Permítaseme esta futilidad  para mostrar que el enamoramiento no es una etapa muy realista, que hay demasiada idealización del enamorado.

Cabe preguntarse, pues, si es amor el enamoramiento, o si es un delirio, donde no se ve la verdad. Lo que sí hay es una atracción, un deseo de estar juntos, un embelesamiento… Estas estrofas de un poema mío titulado: “Y después… desamor”, publicado en mi poemario Eclosión,  muestran una autocrítica retroactiva a esa etapa del enamoramiento:

Te arropé de mil virtudes,
fuiste diosa del amor
dentro de mi fantasía,
hasta el altar te elevé
y luego me postraría.

¿Cómo fue que fui tan tonto?
¿Cómo tan necio me hacías
que solo con tu mirada
mi corazón derretías?

Mi cerebro bloqueado,
mi razón desvanecida,
mi voluntad subyugada,
mi vida condicionada
al capricho de tus iras.

Sin comentarios. Pero vayamos un poco más lejos y veamos algunas consideraciones sobre la diferenciación entre enamoramiento y amor:

·        “Cuando estamos enamorados nos parece que nuestra pareja es perfecta y la persona más maravillosa del mundo”.
·        “Empezamos a amar cuando dejamos de estar enamorados”, según Erich Fromm.
·        “El amor requiere conocer a la otra persona, requiere tiempo, requiere reconocer los defectos del ser amado, requiere ver lo bueno y lo malo de la relación”.
·        “El amor nace de la convivencia, de compartir, de dar y recibir, de intereses mutuos, de sueños compartidos”.

Por tanto, ¿Podríamos decir que el roce hace el cariño, que no importa si estás enamorado cuando te casas, que pueden funcionar los matrimonios de conveniencia u obligados si se gestiona bien la convivencia?

Pero volviendo al concepto, a mí, personalmente, me gusta mucho la definición que hace Sócrates del amor, cuando, en sus Diálogos, le dice al joven Lisis: “El amor es desear que la persona amada sea lo más feliz posible”.  Por tanto, a la vista de lo que hemos dicho, es desprendimiento, aceptación, realismo, apoyo, respeto, empatía, comunión… y todo ello consolidado en la convivencia.

Amar Vs. querer


Luego existe otro verbo, que se entiende como sinónimo, aunque hay un buen número de matices que lo diferencian. Me refiero al verbo QUERER. Querer y amar, aunque parezca que es lo mismo, tienen distintas connotaciones. Querer tiene su etimología en el latín. Viene de quaerëre (Tratar de obtener. Buscar). La RAE, en una de sus acepciones,  lo define como: Desear o apetecer. Por tanto estaríamos hablando de buscar algo que se desea, que apetece, que nos satisface una necesidad personal, con lo que ello conlleva de relación objetal, de objeto que usamos en beneficio propio para dar respuesta a una demanda. En la relación de pareja, en ese contrato relacional que se establece, tanto desde un punto de vista social como afectivo, son muy significativos los roles que la sociedad define para cada miembro de la familia y su función operativa dentro de la misma, cubriendo las necesidades que conlleva el rol. Aquí traigo a colación la perspectiva mercantilista del amor en el intercambio social a la que alude Sharon S. Brehm.

La diferencia, pues, entre amar y querer sería:
      Amar. Desear que la persona amada sea feliz.
      Querer. Tratar de obtener lo que se desea o apetece.

A modo de inciso, he de decir que cuando me jubilé me dediqué a los hobby que no había podido practicar por causa de mi labor profesional y comencé a escribir relatos, ensayos, artículos, reflexiones y poesía, que fui publicando en un blog al que llamé Cosas de Antonio. Ya he hecho referencia anteriormente a unos versos y ahora me permito presentar estos otros, que son del mismo poemario, donde diferencio el amar del querer.

Te quiero no es amor
“quiero” para mí es posesivo.
Te quiero, si tú eres como digo,
es sumisión, un compromiso
y un castigo.

Amor, si es querer,
es querer como  tú eres
respetando siempre
tu voluntad y tu destino
apoyando tu desarrollo personal
y ayudando en el camino.

Amor es la alianza
es compromiso y sostén
en un común proyecto
sumando el resultado de ambos sinos.

Te quiero y necesito,
sin rima con amor,
no tiene ni sentido.

Pero, volviendo al tema, en la relación de pareja se han de conjugar esos dos verbos en su justa medida. AMAR Y QUERER.
      Te amo, deseo ser tu compañero, ayudarnos en la evolución personal y crecer juntos recorriendo el camino de la vida, nutriéndonos mutuamente… (planteamiento ideal u objetivo)
      Te quiero, te necesito, eres el complemento ideal de mi vida para crear una familia, tener hijos, educarlos y cubrir el rol social y parental… (planteamiento operativo u objetal)

Si se le da al verbo querer su matiz posesivo, acabará la relación en una asimetría donde uno de los miembros se somete al otro. Yo entiendo que, aquí, es muy importante el respeto al rol y su negociación desde la libertad y compromiso mutuo. Pero no es menos importante que el amor asume una función balsámica de la relación, es decir, facilita que el querer no sea posesivo, que la cobertura de las necesidades no sea por imposición o por exigencia asimétrica de deberes.

Dinámica y microcultura familiar.


Pero dejemos esta etapa del enamoramiento y pasemos a la de CONVIVENCIA, esa confrontación con la realidad donde el enamoramiento se va diluyendo a la par que aflora el conflicto, la crisis y la necesidad de identificar y afrontar los problemas y su resolución. Ello nos conducirá a un mejor conocimiento de la pareja y a establecer una dinámica de relación confrontando los modelos familiares de cada miembro de  la misma.

Esos modelos se enmarcan dentro de la microcultura familiar de procedencia. Cada familia tiene una forma distinta de relación entre sus miembros, dependiendo de la microcultura que define esa relación. Es decir, sus principios, valores, creencias, ideologías, hábitos y formas de conducta, ritos y mitos, sistemática de la educación de los hijos, etc. Por tanto nos encontraremos con dos modelos diferentes, en mayor o menor medida, de microcultura familiar.

De la fusión entre ellas aparecerá una nueva que conformará la identidad de esa otra familia, con una dinámica familiar propia para resolver los conflictos y modelar la convivencia. Su evolución dependerá de cómo se negocie, en muchos casos tácitamente, el contrato relacional donde se establecen las pautas de conducta, la definición de los roles, la distribución de tareas, las actitudes, el modelo educacional de los hijos, etc.

Y hablando de la educación de los hijos, colegiremos que es un campo que puede llevar a conflictos en la pareja, en tanto la actitud parental puede ser divergente. Lo será en base a esa microcultura familiar de procedencia a la que he aludido anteriormente. En cada casa y caso se actúa con singularidad y los modelos educacionales son variables. Es decir, esa microcultura definirá la sistemática que enmarca la relación con los hijos y las actitudes de liderazgo que tendrán los padres en el proceso educativo. Hago referencia  a cinco modelos de ejercer la autoridad paterna en la relación y educación de los hijos. Son modelos con unas características diferenciadoras muy claras:

1.     Impositivo. Padres autoritarios y exigentes, impositivos y poco razonables.
2.     Participativo. A los hijos  se les enseña a razonar en las decisiones que se toman y en las cosas que se les corrigen.
3.     Paternalista-hiperprotector. Excesivamente proteccionista, evitando enfrentar a los hijos a circunstancias adversas.
4.     De laissze-faire (dejar hacer). Dejar que los hijos evolucionen por sí mismos sin intervenir los padres.
5.     De doble-vínculo. Desacuerdo entre padre y madre en la sistemática educativa, descalificación mutua y desorden mental en el niño.

En los últimos tiempos el modelo familiar ha cambiado, los roles se han diluido y el esquema funcional se ha redefinido. Hemos pasado de la clásica familia donde el padre ejercía la autoridad, mientras que la madre asumía su papel nutricio y de cuidados, a un modelo de roles más moderno, como es la asunción de la corrección y nutrición de los hijos por parte de ambos, así como de las distintas actividades para el sostenimiento de la casa. Ello se enmarca en el proceso que busca la igualdad de género y que se está afianzando, en mayor o menor medida, según la dinámica de cada pareja, pero que se engloba en una tendencia social, en un espíritu de los tiempos, o Zeitgeist, del que no podemos ni debemos escapar. Ahora bien, no son pocos los conflictos relacionales en la pareja que se desprende de ese proceso, pues en ambos casos se debe producir una adaptación que, en muchas ocasiones, provoca conflictos relacionales y crisis hasta que se impone y acepta una nueva dinámica funcional cambiando el contrato convivencial... La crisis de roles conlleva, pues, una crisis de pareja que se ha de gestionar hasta encontrar ese nuevo marco para la relación. No vale, pues, decir a modo de reproche, aquello de: “Tu ya no eres el mismo, o la misma” puesto que estamos sometidos a un continuo reciclaje en esa función parental y de relación de pareja. También se ha bajado el nivel de tolerancia y el recurso al divorcio deja la puerta abierta para reorganizar la vida, bien con otra pareja o bien en soledad, habiendo pasado del: “Lo aguanto porque es mi marido” al “Que lo aguante su madre”.

En todo caso, la dinámica familiar afecta y engloba a todos los miembros de la familia, tanto al holón parental como al filial, como dirían los sistémicos. Por tanto, en función de los modelos educativos encontraremos diferentes actitudes y conductas de los hijos para con los padres y, consecuentemente, detectaremos una influencia de los hijos en la propia relación de los padres, apareciendo:
1.     Hijos manipuladores. Se aprovechan de las desavenencias para sacar el máximo provecho personal.
2.     Hijos confrontadores. Procuran que los padres se enfrente por ellos elevando su ego y ejerciendo el control de la situación.
3.     Hijos colaboradores. Razonan y entienden a los padres y sus diferencias, procuran evitarlas y diluirlas para que no se produzcan.

Nuestros hijos, que son lo más importante que, en el fondo, nos ha pasado en esta vida, tienen más influencia en nuestra relación de pareja de la que nos pensamos. De ahí la importancia de conseguir educarlos hacia la maduración psicológica lo que nos permitirá tener hijos psicológicamente sanos, equilibrados y moderadamente razonables. Con ello conseguiremos la tranquilidad necesaria para darnos a una mejor vida en la etapa del nido vacío y la jubilación.

El nido vacío


Porque ellos volarán del nido, se emanciparán y lo podrán hacer por diversos motivos, como, por ejemplo:

1.     Por su preparación y madurez.
2.     Por necesidades de estudio.
3.     Por cuestiones laborales fuera de la ciudad.
4.     Por conflicto intergeneracional.
5.     Por matrimonio.

No todos los casos nos generarán el mismo nivel de ansiedad y preocupación, pues no es lo mismo que se emancipen por haber logrado un nivel de maduración donde requieran vivir su propia vida de forma independiente o por contraer matrimonio, que por haberse producido un conflicto o disputa generacional. Este último caso es un estresor que tendrá repercusión en la dinámica de la pareja según su capacidad y recursos de afrontamiento del conflicto.

Por tanto, es muy importante ver cómo voló el pájaro y cómo se produce el retorno al nido familiar con su pareja.

1.     El pájaro voló, pero… ¿hacia dónde va? ¿Estamos de acuerdo en que ese vuelo es el adecuado? ¿Marcha en consonancia con lo que pensamos, con lo que le hemos enseñado? ¿Su vuelo nos da seguridad o preocupación?
2.     Vuelve con pareja, que puede ser, o no, estabilizadora de nuestra relación paterno-filial, pudiendo aparecer la competitividad y el desencuentro. Un tercer elemento genera una nueva situación y provoca un movimiento homeostático del sistema que se ha de gestionar adecuadamente, hasta conseguir la reubicación de todos y cada uno de los miembros que lo forman.
3.     La irrupción de los nietos… son un nuevo compromiso de cuidados, pero con la conflictividad que puede generar la discrepancia entre dos visiones distintas, la de los abuelos y la de los padres.

Y luego, otro frente más. Planeamos, a veces en vuelo rasante,  sobre la familia de nuestros hijos, con sus conflictos y vivencias, con sus preocupaciones y sus proyectos. Nos implicamos, muchas veces en demasía, en la evolución de su relación y de la gestión de su casa y de sus cosas. Podemos ser invasivos y, consecuentemente, impertinentes e inoportunos, lo que nos puede acarrear disgustos, conflictos y confrontaciones con ellos. La cuestión está en:

1.     Respetar la dinámica de relación entre los hijos y sus parejas. Dejar que fragüen su propio contrato relacional.
2.     Analizar racionalmente nuestra vivencia en los conflictos de los hijos y sus parejas.
3.     Saber determinar y aceptar un papel constructivo en sus conflictos, no vayamos a ir por lana y salir trasquilados.

Y ahora, con los hijos fuera, que ya volaron y abandonaron el nido, ese nido donde se criaron, donde dieron sentido en muchos aspectos a nuestra propia vida, se queda vacío. Y ese vacío se traslada a nuestras almas, a nuestras propias vidas y nos deja fuera de juego. El riesgo está en no saber, poder, incluso querer, adaptarnos a esa nueva situación, vivida como la pérdida que nos arroja a un estado de soledad, por lo que tenernos el peligro de caer atrapados en el Síndrome del Nido Vacío. ¿Pero qué es eso? ¿Cómo se define? Veamos:

1.     Es una sensación de soledad que los padres u otros tutores pueden sentir cuando uno o más de sus hijos abandonan el hogar.
2.     Suele aparecer una desadaptación al nuevo estado, por un mal afrontamiento de la situación, con un trastorno afectivo enmascarado de carácter depresivo con sentimiento de tristeza y pérdida.
3.     Suele ser más común en las mujeres que en los hombres.
4.     Es más importante en los tiempos modernos en tanto las familias extensas son menos frecuentes.

¿Cómo lo identificamos? ¿Cuáles son sus síntomas y manifestaciones? Encontraremos, pues:

1.     Anhedonia (incapacidad de disfrutar) con sentimiento de inutilidad.
2.     Sentimiento de soledad, una percepción súbita del paso de los años.
3.     Apatía, sin gana de iniciar ninguna actividad ni resolver situaciones.
4.     Reclamo de atención, manifestado por la sensación de que los padres quieren inquietar a los hijos que se han marchado.

Veamos ahora cómo afrontarlo. Actitudes constructivas:

1.     Intentar visualizar la nueva situación.
2.     Establecer una relación de adultos entre padres e hijos.
3.     Retomar actividades relegadas anteriormente. (Aprender algo nuevo, dedicarse  a un hobby, viajar, lectura, visitar museos, apuntarse a un club, etc…)
4.     Disfrutar de mayor libertad.
5.     Recuperar las actividades de pareja de forma consensuada para disfrutar de la vida. Reencuentro de la pareja…
6.     Mejorar en la cantidad y calidad del tiempo compartido intercambiando pensamientos y sentimientos mediante una comunicación efectiva.
7.     Sentirse orgullosos porque los hijos haya conseguido esa emancipación como colofón al proceso educativo. ¡¡¡Objetivo cumplido!!!

El compromiso final


Pero no debemos ver esta situación de nido vacío como algo negativo, sino como la lógica de un proceso evolutivo familiar que nos ofrece una excelente coyuntura de reencuentro con la pareja, una circunstancia nueva para:
1.     Vivir la situación como una oportunidad para redefinir y redescubrir la pareja.
2.     Incrementar la franca comunicación y el acercamiento.
3.     Potenciar las expresiones afectivas (incluida una adaptación de la relación sexual) y de seguridad común.
4.     Oportunidad para enmendar viejos errores.
5.     Hacer más cosas en común y compartir afinidades.
6.     Desarrollar nuevas maneras de estar en contacto con los hijos y los nietos.

Finalmente, la relación positiva debe ser el objetivo de toda pareja que pretenda tener una vejez tranquila. Debe estar basada en el respeto y no en la imposición,  haciendo posible conjugar lo individual con lo común. Por tanto:
1.     Es el momento de que cada uno haga balance de su propio proyecto de vida, desde la perspectiva personal, buscando su paz interior.
2.     La pareja no debe ser un impedimento, sino una ayuda para ello.
3.     Gestionar esa situación final como la última oportunidad que nos da la naturaleza para el encuentro con uno mismo, con los demás y el entorno.
4.     En suma, tomar conciencia madura de la vida en su sentido más amplio.

Como reflejo en el estrambote de mi soneto sobre la bonhomia:
De esta forma te lleva a la vejez
en paz contigo y pleno de armonía
la dulce carroza de la bonhomía.

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