lunes, 6 de enero de 2014

El sueño de Julia

Imagen tomada de internet

En ese momento se sobresaltó. El claxon del coche de atrás le hizo salir de su abstracción, de aquel ensimismamiento al que, su pensamiento, la había llevado por sendas de confusión, desasosiego y conflicto interno. El semáforo se había puesto verde y ella no se percató. El insolente ocupante del otro vehículo la adelantó y le soltó un improperio. Una vez más Julia constató la  necesidad de una educación ciudadana, de un saber comportarse con los demás. No entendía cómo el gobierno había excluido de la enseñanza la educación para la ciudadanía, con la falta que hacía formar al ciudadano en normas y conductas de convivencia, de respeto y libertad. Había quien decía que eso era adoctrinar a los niños en los colegios. Qué curioso que la acusación viniera de aquellos que habían adoctrinado al pueblo, desde su más tierna infancia, en su credo. Una vez más, la religión pedía para sí ese derecho. Ella era agnóstica y defensora del laicismo. Respetaba los credos de los demás aunque no los compartiera, pero no soportaba que se los impusieran. La educación correspondía al Estado en su sentido civil, aunque las religiones adoctrinaran a sus creyentes y estos a sus hijos. Era lógico y respetable que así fuera, pero la formación religiosa la entendía como propia de la religión, de cada religión, y no era el Estado ni los gobiernos quienes para legislar sobre ella y su contenido. Cada religión, desde su singularidad, su credo y su fe, era responsable de su adoctrinamiento, pero no a costa del erario público sino de sus propios medios. El lugar que ella entendía adecuado para ello eran los propios domicilios y familias de los creyentes, las iglesias, las mezquitas, sinagogas o lugares de culto y formación de cada religión.

Se le fue el pensamiento por derroteros que no venían a cuento, pero el acto  incívico de aquel energúmeno se lo había provocado. Era como siempre. El pensamiento vuela ante cualquier estímulo. Aceleró, atravesó la Alameda y enfiló el Paseo del Parque. Ya iba tarde. Ricardo estaría esperando para comer y ella no le había llamado siquiera para decirle que se retrasaría. Se había demorado tomando una cerveza con Alberto, como en los últimos meses, aunque, en este caso, la cosa se prolongó en demasía. Volvió a su preocupación.

Seguía dándole vueltas al asunto sin encontrar salida. El choque frontal entre su corazón y su cerebro era evidente. La situación no era sostenible o, tal vez, sí… No era lo mismo un gratificante flirteo tontorrón que reafirmaba la autoestima, su lozanía y belleza, su capacidad de seducir y enamorar, su atracción y sensualidad, que un enamoramiento. Ella, una mujer casada, con dos hijos, a sus 35 años, no podía caer en ese estado más propio de la pubertad y la adolescencia.

Ahora su corazón se debatía en mil dudas. La llevaba, a lomos de su fantasía y de un deseo inconfeso y arrollador, a soñar, a desear vivir la experiencia del amor que los encantos de Alberto le ofrecían. Cuando estaba a su lado se sentía otra. Era una sensación de plenitud, de alegría, optimismo, de ilusión. En su interior bullía la vida y las ganas de vivirla. Su cara iluminada y feliz lo decía todo. Si lo miraba a los ojos quedaba embelesada, en un éxtasis de amor y de deseo. Su pensamiento era reiterante, monotemático, su mente solo estaba disponible para él. No podía arrancarlo de ella y lo demás era secundario. Alberto ya le demostró sus sentimientos, incluso se los verbalizó, aunque no era necesario. Ella ya los había descubierto, había descifrado en sus ojos el mensaje de amor y de deseo que afloraba de su corazón. Ahora tenía miedo, inseguridad, recelo. Tal vez su audacia había llegado demasiado lejos. Era un tobogán que cada día le acercaba más a una encrucijada de difícil decisión. Hoy, entre charla, miradas y lances, la había cogido la mano delicadamente y ella no la apartó, sino que se dejó llevar por esa descarga eléctrica que le convulsionó todo su ser. Quedó obnubilada, absorta, en un mundo imaginario donde todo alrededor era neblina. La gente, las mesas, el camarero, todo quedó difuminado ante aquel sentir palpitante y arrollador que la llevó al encantamiento.

Pero en este momento, tras el flash emocional que había sufrido, caminaba hacia casa. Allí estaba su proyecto de vida, su marido y sus hijos. Era cierto que Ricardo se había convertido, casi, en un mueble más de la casa, en alguien con quien compartía vivienda, como en sus tiempos de estudiante. Un compañero con el que tenía intereses comunes. El sexo se transformó en monotonía, pues había perdido la pasión y el deseo de antaño, llevando al aburrimiento y hastío. En la casa se había instalado una situación de apatía, donde la comunicación se enfrió, los temas de conversación se redujeron y el contacto se fue difuminando. No, las cosas ya no eran iguales. Debía ser la crisis de los “taitantos”, como suele decir la gente.

Pero había una cosa común, un nexo indeleble que les mantenía unidos. Era un puente, una conexión a través del amor a los hijos. Sí, muchos intereses comunes se mantenía en pie y el amor y la presencia de los chicos eran la rúbrica que ratificaba una alianza sellada en el pasado desde el compromiso de amor eterno y de la paternidad responsable. Ahora, esa estructura, se estaba tambaleando y ella era la responsable. No, eso no era cierto. Las cosas que suceden en una relación no son culpa de una sola de las partes. Son los dos los que tiene la responsabilidad de los hechos. Las causas pueden ser por acción u omisión. Por hacer algo o por dejarlo de hacer. Tal vez Ricardo había dejado de hacer algo para alimentar el fuego y la pasión que hubo en su día.

Hacía tiempo que se fue desmoronando el edificio. La apatía y el desinterés se fueron instaurando en la casa y todo fue a peor. La comunicación, el entendimiento, los espacios de encuentro, etc. se redujeron. La convivencia se desinfló y lo que antes era una alianza se convirtió en confrontación. Se fueron apartando y el desencuentro se hizo patente. El sexo dejó de tener el reclamo de otros tiempos y su monotonía lo llevó al campo del aburrimiento y el compromiso. Entonces, muy a pesar suyo, la desilusión se fue adueñando de ella y el desamor empezó a forjar un vacío que dejó a su corazón al descubierto, vulnerable y frágil, indefenso y vacilante.

En ese momento había aparecido Alberto, aunque ya hacía tiempo que se conocían y eran buenos compañeros de trabajo. Él también estaba con importantes vacíos, con necesidades de amor y de amistad, con ansias de comprensión y entendimiento. Su situación, similar a la de ella, adolecía de las mismas carencias. Su mujer, de un carácter seco y adusto, desabrido y frío, le llevaba a espacios desapacibles y broncos, donde el encuentro y el diálogo eran imposibles. Vivían en dimensiones distintas. Tenían ideas divergentes y sus gustos diferenciados. Su vida se había convertido en un infierno, lo que hacía que también, en su caso, las ventanas de su corazón anduvieran abiertas a nuevas sensaciones, a amores furtivos y experimentales que le dieran la clave de la felicidad que ya había perdido.

El campo, pues, estaba abonado. Solo quedaba sembrar y cultivar hasta que la mies madurara para recoger el fruto. La naturaleza es sabia. Dadas las circunstancias, se habían encontrados el campo y la mies, la tierra y la semilla, y había comenzado a nacer el amor entre ambos. Fue como un juego. Algo parecido a ir rellenando los vacuos espacios con aquello que la vida ponía a su alcance. Una sonrisa, un roce, una caricia furtiva, un giño, una mirada o un gesto. Todo ello formaba parte del cortejo, de un juego de amor al amparo del flirteo y galanteo, que machaca y aporrea la puerta de los corazones, hasta demoler las defensas más inexpugnables. La semilla empezó a germinar. Aquel inhóspito vacío de ambos corazones se vio colmado de ternura, de comprensión, de afecto, apego y simpatía. Era dos almas gemelas en busca de una misma verdad, de un mismo camino que condujera a la felicidad. El compañerismo y la camaradería los llevó a una intimidad que sembró la armonía en sus corazones y dispersó en ellos la semilla del amor.  Ahí estaba la trampa y en ella había caído. Si bien es cierto que él no tenía hijos y su relación se podía romper sin mayor trascendencia, en su caso sí los tenía y el drama estaba servido. Ricardo era un padre excelente. Ella no podía romper esa concordia y enfrentar a sus hijos al trauma de una separación. Sabía que no lo podría resistir. Ese era su dilema. Ahí chocaban de forma colosal su corazón y su mente, sus sentidos y su razón, sus sentimientos y su raciocinio. ¿Quién se impondría? Fuese quien fuere la herida estaba servida. Uno de los dos sería derrotado por el otro.

Pero, su deseo era irrefrenable. Soñaba con Alberto, pensaba en Alberto y vivía y bebía los vientos por Alberto. Él era una constante en todo su existir. Estaba en su mente implacablemente. Bloqueaba su trabajo y todos y cada uno de los pasos del día a día. Había inundado su vida y no sabía cómo digerir aquello, cómo controlar la situación que la desbordaba. Aquello, desde hacía meses, era una bola de nieve que crecía y crecía sin tregua hasta arrasarlo todo. Ahora podía devastar su historia, su proyecto de vida y su familia. Pero en esta confrontación, entre su cerebro racionalmente estructurado y su corazón cargado de sentimientos, emociones y deseos, se veía atrapada de forma salvaje, sin opciones claras. Por un lado la atracción fatal de Alberto, por otro la parte racional de su mente. El deseo y el deber. ¡Dios, qué encrucijada! ¿Qué hacer?

Ayer, mientras hacía el amor con Ricardo, jugó a la fantasía. Pensó, en la oscuridad, que el amante era Alberto y se entregó a él con una pasión inusitada. El tacto de su piel era sedoso, sus manos volaron por su cuerpo y una sensación de trémolo deseo se arraigó en su alma. Sus labios lo buscaron con vehemencia, sus manos jugaron con su pelo, sus pechos, de inhiestos pezones bajo las caricias, fueron fuente de un excelso placer nunca sentido. Su boca buscó la de Alberto con ahínco, sellando con un beso el juego del amor. Sus lenguas bailaron un delicioso vals entrelazadas mientras sus cuerpos temblaban de pasión.  El ritmo trepidante del envite desparramaba el placer por todos sus sentidos, hasta que un clímax, de arrebatada expresión, con un grito contenido, selló el encuentro. Su cuerpo agotado y gozosamente relajado quedó tumbado en la cama mientras su mente seguía volando en fantasía. Entonces le sacó del sueño el verbo de Ricardo al decirle: “es el mejor polvo que tuve contigo en toda mi vida”. Pobre Ricardo, pensó, si supiera que con quien hice el amor fue con Alberto.

Ahora, desde el recuerdo y recuento de todo lo pasado, estaba confundida, aturdida y recelosa. No sabía cómo resolver la situación. Por un lado sus hijos, su marido, su casa, la familia, los amigos, su dinámica de vida habitual tan gratificante; por otro el amor y el deseo que sentía por Alberto, la promesa de una nueva vida, de volver a vivir tiempos pretéritos, como cuando gozaba de la luna de miel indefinida con Ricardo. Sí, ahí estaba la clave. Esta experiencia la había vivido anteriormente, cuando se enamoró de Ricardo, cuando todo era pasión, deseo y ganas de entregarse a una vida donde se diera una alianza eterna entre ambos. Ahora esa eternidad no tenía sentido, esa alianza se había roto o resquebrajado… ¿Quién le decía a ella que con Alberto no pasaría lo mismo? Que dentro de unos años viviría la misma experiencia, que se agotaría el amor, que el deseo pasaría a segundo lugar, que la monotonía y el hastío no envolverían su vida.

Tal vez el deseo de vivir esa aventura no fuera más que la necesidad de reafirmarse como mujer, de manifestarse a sí misma que era capaz de seducir a los hombres, que su edad no le había relegado y arrebatado la belleza y su capacidad de hechizo. Sí, ahora que se miraba al espejo y empezaba a notar el paso del tiempo, que asomaban pequeñas arrugas, que su piel entraba en declive y su encanto y belleza empezaban a eclipsarse, era cuando su mente se rebelaba contra ello y demandaba una prueba, un testimonio de que seguía siendo joven, atractiva y con capacidad de hipnotizar y enamorar a cualquier hombre. El cebo era Alberto. Él era el notario que debía dar fe de que ella estaba en plena forma, de que su capacidad conquistadora y su embrujo eran indelebles.  

No, ese era un juego con demasiados riesgos. Lo sabio era reconducir la relación con Ricardo y disfrutar de sus hijos, de su casa y amigos, de la familia, de la cómoda vida que tenía por delante, de su proyecto inicial que se estaba desarrollando. Lo otro era pura aventura que acabaría en lo mismo, pero dejando cadáveres emocionales a lo largo del trayecto. Estaba decidida, asesinaría a Alberto. Bueno, en sentido figurado. Asesinaría el amor que sentía por Alberto hasta borrarlo de su corazón de forma definitiva… lo arrojaría fuera. ¿Pero cómo hacerlo? Lo haría. Le habían ofrecido un traslado a otra sucursal de la ciudad más cerca de casa. La aceptaría. En una persona adulta la razón debe prevalecer sobre el deseo, la mente ha de gobernar al corazón y no éste a la razón.

Un desasosiego se apoderó de su alma. Su intención era clara, pero la forma de llevarla a cabo no lo era tanto. Abortar este amor sería duro, cargado de sufrimiento, pero era necesario y justo hacerlo. No podemos andar por el mundo a base de caprichos, como voladoras que se dejan llevar por el viento. Ricardo era su marido, sus hijos su pasión, su casa su destino… Alberto un engaño de sueño que le llevaría a una pesadilla a largo plazo.


Estaba llegando a casa. Giró a la siguiente calle y mandó la  orden de apertura a la puerta del garaje mediante el mando a distancia. Aparcó, tranquilamente, con las cosas más claras. Miró su casa, las herramientas del jardín, la puerta de acceso a la vivienda y se sintió en paz y relajada. Una sonrisa de satisfacción inundó su cara, besó a Ricardo, abrazó y besó a los niños. La comida estaba servida en la mesa y Ricardo la esperaba para comer, se sentó frente a él e intentó descubrir aquel chico guapo, atractivo y seductor que la enamoró hace tantos años… y pensó: “Viniendo en el coche he tenido un sueño de amor, pero ya estoy en  casa. La calle es peligrosa, está llena de gente.”


10 comentarios:

Campanillero dijo...

Gracias por el deleite. Pero tengo un "pero" que por respeto y estima quiero decirte. Cuando sale ideología decae el relato. Como ves es una apreciación muy personal, y muy posiblemente otros discrepen. Reitero, gracias.

Camino a Gaia dijo...

Pienso que el problema no está ni en la ideología, representante de la razón, ni en la creencia, representante de la emoción, el problema está en la intransigencia.
Siempre hay que buscar un equilibrio entre razón y emoción, entre perspectivas a corto y a largo plazo, entre las necesidades propias y las ajenas.
Recibe un cordial saludo y mis mejores deseos para este año.

Anónimo dijo...

Me parece fantástico, se ve la ideología pero cubierta de tolerancia, y el relato, basado en un sueño de amor, prevalece provocando interés hasta su final bien resuelto, por otra parte la imaginación de cada uno puede hacer el resto. Gracias por el regalo Antonio
Dolores Romero.

Antonio dijo...

Amigo Campanillero, las ideologías van con las personas y ha de ser libremente expresada con humildad, comprendiendo que la visión de uno es una más de las de miles de millones de seres humanos que habitan la tierra, pero es la de uno, sin que ello cause conflicto con los demás. La tolerancia y el respeto a los espacios es básico para la convivencia.
El relato versa sobre las vivencias de un ser humano escrito por otro ser humano.
Un abrazo

Antonio dijo...

El problema, amigo Camino a Gaia, que se plantea a la protagonista es el conflicto entre la razón y la emoción precisamente, ese que tú refieres. Ahí está la clave de esa cuestión, en cómo gestiona ese conflicto.
Un saludo

Antonio dijo...

Dolores, al fin lo conseguiste. Gracias por tu visita y tu comentario. Ciertamente, el escrito hace pedagogía de la laicidad como forma de entenderse entre las sociedades de los distintos pueblos y los credos religiosos. Respeta a las religiones y reivindica un espacio común sin interferencias en el mundo civil. Mientras no seamos capaces de comprender eso y dejemos los dogmatismos para quien se los crea, sin adoctrinar, pero ayudando a desarrollar el librepensamiento y el libre albedrío, para que cada cual, bajo su discernimiento, oriente su vida y su credo en concordancia con valores sociales de convivencia, paz y respeto, hasta entonces, creo que no estaremos trabajando por la paz, el entendimiento y el desarrollo humano.
Un abrazo

emejota dijo...

Qué gran realidad, diaria, constante, humana. Gracias por el regalo Antonio. Así es la vida, Juli@ aprenderá con su paso, con las etapas, lo sueños a veces se convierten en realidad y uno se arrepiente de haberlos soñado, otras veces ocurre todo lo contrario.
El término amor resulta tan amplio que resulta difícil encontrarle límites pero cada cual lo interpreta a su manera, lo cual, complica mucho su definición.
En fin, que os deseo un amable de año con todo el "amor" que soy capa de emitir. Besos.

Antonio dijo...

amiga Emejota, no sé cómo evolucionará el sueño de Julia, pero me dan ganas de darle continuidad al asunto.
Besos y que el año te inunde de felicidad

Myriam dijo...

Con la nueva Ley de aborto de don gallardón, me parece que se le va a hacer difícil abortar... :-) pero lindo tu relato, Antonio, ideal para Reyes. La rutina suele matar el amor, he visto muchas parejas seguir casadas sólo por los hijos, sin apostar a la relación y renovar el vínculo, terminan en divorcio cuando los chicos terminan la escuela y van a la Univ o a trabajar.

Besos

Antonio dijo...

Tienes mucha razón, Myriam. Todas las parejas estamos expuestas a esa situación.
Besos