miércoles, 15 de enero de 2014

Al final… crisis cultural.

Por un nuevo ser humano...

Estoy retomando entradas que escribí hace algunos años en el blog Grito de lobos, esta es de Mayo de 2011, ya va a hacer 3 años y la retomo por seguir de actualidad y como recuerdo de un pensamiento sostenido en el tiempo. La titulé:

Al final… crisis cultural.

Todos los seres humanos estamos sometidos a un proceso oscilatorio en nuestro estado de ánimo en mayor o menor medida. Tenemos cierta dosis de ciclotimia. Posiblemente tenga una relación bastante directa con el ejercicio de análisis de nuestros hechos, que unas veces nos lleva a sentirnos bien por el resultado y otras no tanto. Podemos decir que andamos de crisis en crisis como forma de elaborar el pensamiento y la acción. En todo caso la crisis es un signo de evolución y, por ende, de cambio y necesidad de ajuste, lo que conlleva el concepto de oportunidad.

Las crisis personales, que cada cual vaya presentando y resolviendo, forman parte de la individualidad y la personalidad del sujeto. Su ajuste se hará, también, en función de su microcultura familiar y de la cultura de su grupo social.

Pero la cultura de los pueblos se fragua a lo largo de la historia y es un elemento de valor singular que ha de tener un contenido dinámico para adecuarse al espíritu de cada tiempo (Zeitgeist). La componen las formas, actitudes, creencias, convicciones, principios y valores, entre otros elementos, que da como resultado una determinada conducta y forma de interacción social. A modo ejemplar se determinan los mitos, los héroes, leyendas, tabúes, ritos y rituales, etc. que van definiendo cómo se ha de generar el proceso de socialización mediante el cual se integra el sujeto en esa cultura social y qué conducta se espera de él. Ello incluye un sistema de gestión de la comunidad, una normativa y estructura relacional que delimite un modelo de convivencia. En nuestro caso estamos inmersos en una cultura judeo-cristiana donde los valores sustentan una serie de privilegio y sistemática funcional donde prima, en gran medida, la propiedad privada y la individualidad sobre la colectividad, la denodada lucha y la confrontación como forma de escalar, la ley del más fuerte, aunque creamos que está mitigada por no sé cuantos otros correctores.

No es mi intención entrar en un análisis pormenorizado de todas y cada una de las variables que concurren hasta generar esta sociedad, a mi juicio injusta, que nos hace soportar crisis periódicas que se gestionan desde los intereses de unos grupos de poder que nos andan administrando, desde tiempo inmemorial, con total arbitrariedad en beneficio propio. Es un grupo de poder que tiene una impresionante capacidad de absorción, pues cae en sus redes todo elemento que vaya, incluso, contra él, como se ha visto a lo largo de la reciente historia. Es evidente que se sustenta en la codicia y la avaricia del propio sujeto. Bajo mi punto de vista, el mal llamado progreso y el avance del sistema tiene como motor esa codicia, que acaba siendo la trampa mortal en la que caemos la inmensa mayoría, cuando llegamos al poder o lo estamos tocando con la punta de los dedos.

Quiero decir con ello que la ética y la moral, de esta cultura social, tiene elementos aberrantes, por lo que necesita de mecanismos de limpieza mental. Es aberrante el nivel de injusticia distributiva, pero tiene la caridad como detergente mental. Un sujeto puede ser un puro ladrón y sinvergüenza desde un punto de vista estrictamente humano, pero como está avalado por unas normas y leyes sociales emanadas de esta cultura, queda exonerado y para equilibrar su disonancia cognitiva recurre a la reparación que le da el sistema… “explota a los demás, pero da limosna en caridad…”. Esto sin contar con la confesión para los creyentes, que es otro instrumento perfecto de lavado automático de conciencias. La religión, pues, vuelve a ser un elemento de primera magnitud para soportar el sistema y la conciencia de quienes lo dirigen y aprovechan.

Pero volvamos al tema concreto de las crisis. Hasta ahora se habló mucho de crisis coyunturales, que son aquellas provocadas por determinadas circunstancias que se resuelven con pequeños ajustes en el sistema; suelen ser periódicas y van asociadas al desajuste de la economía de mercado, entre demanda y oferta.

Luego hay otras más serias, que son las estructurales. Estas ponen más en evidencia al sistema y demandan cambios en la estructura funcional del mismo. Si las anteriores era temporales, circunstanciales y no requerían grandes cambios en el sistema, en este caso la persistencia de la crisis hace que deban tomarse medidas y cambiar la sistemática para salir de ellas y evitar que se repitan; afecta, pues, a las normas y principios. Pero no olvidemos que todo ello se dan el marco cultura de ese pueblo.

No obstante, llegados a este punto, habrá que pensar que esta crisis se escapa de los cauces anteriores, que ya solo no es coyuntural, sino que sobrepasa a la idea estructural, aunque pretendan modificar o reajustar el sistema para seguir en la misma dinámica. La cobardía de nuestros políticos y de nuestra propia sociedad está en no saber o querer ver la realidad, en tener miedo a colapsar el sistema, cuando es evidente que vamos directos a ello. Esta especie de huida hacia delante no hará más que aplazar el colapso y mientras más se tarde más grande será el batacazo. Ya deberían valorar y estudiar la forma de ir reconduciendo el sistema para aminorar el impacto final.

Por tanto, la crisis, ahora, es cultural. Hay que modificar los principios y valores de nuestra cultura para reorientar la filosofía popular a una nueva era donde primen otros nuevos. No podemos seguir en esta dinámica depredadora, exculpatoria y agresiva, donde las culpas siempre son de otros, léase políticos, países, emigrantes, o vaya usted a saber… En todo caso habría, bajo mi modesta opinión, que redefinir esa cultura, no solo cambios de normas y leyes, sino con un proceso educacional, de responsabilidad social, individual y colectiva, que hiciera al individuo más permeable y racional, que abocara en un nuevo contrato social. Eso es complicado, pues hay grupos de influencia y poderes fácticos que siguen apoyando y apostando por el sistema tradicional, que sustenta ese poder propio que no quieren sacrificar.

La cuestión, para mí, está en cómo fraguar una sociedad madura que no se pliegue a los liderazgos paternalistas, que no se deje alienar con falsas orientaciones, que no se atrape en la delegación de su soberanía a sujetos irresponsables, que tome partido y defienda y exija que los gobernantes gobiernen para ellos y no para las clases pudientes, el capital, la banca y los intereses imperialistas de las multinacionales. En suma, introducir esa dosis de librepensamiento que cada cual debe reivindicar desde la responsabilidad de ese nuevo contrato social.

Ahora tenemos, como nunca, la mejor juventud en formación, con mayor conocimiento y capacidad intelectual. La sociedad se gastó buenos cuartos para ello y el sistema responde dejándolos en el paro… Son los “Mejor pre-parados”. Un problema es que la globalización rompió fronteras al mercado, pero no homogeneizó las culturas organizacionales; es más, mientras más divididos andemos y mientras más se potencien los localismos, más energía se distraerá de la lucha verdadera, de la que lleve a esa homogeneización global, no solo de valores y principios, que definen las culturas, sino del propio desarrollo humanista y social.

Sigo diciendo, desde hace ya bastante tiempo, que hay dos tendencias en lucha, la que busca una clase dominante, dueña del mundo y sus recursos y usa, si le interesa, a la ciudadanía en general, la aliena, pero si no la necesita la enfrenta y provoca el conflicto sin importarle la vida ajena; esa sociedad falta de ética, amoral y asimétrica se está fraguando en este tiempo desde grupos de poder ocultos, o entre bastidores; son los de siempre, los mismos perros con distinto collar, apoyados invariablemente, también, por los de siempre. Por otro lado está otra tendencia que busca la simetría, la justicia social y el valor humano por encima del valor material; aquellos que cada vez tienen más conciencia del entorno y de la imposibilidad de seguir en esta loca marcha que acabará con todo en poco tiempo. Este último colectivo tiene cada vez más fuerza, como podemos ver con el protagonismo que va adquiriendo en los medios de comunicación libres, como es esta red, donde se van aglutinando y sedimentando ideas de otra concepción de democracia más justa.

Los cambios hay que sembrarlos cultivarlos y abonarlos. Solo se da un cambio definitivo si tiene suficiente apoyo social, si es asumido y empujado por la colectividad. Pero para ello se ha de establecer el llamado Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, que muestra un clima intelectual y cultural capaz de reorientar nuestra cultura hacia otra estructura funcional y social más justa, más simétrica.

¿Empezamos… o dejamos que ganen los otros? Habrá que no caer en sus señuelos, reconocer la importancia de cada cosa, en no entrar en debates disociativos, sino en convergentes, en buscar lo que nos une y no lo que nos separa. El partido del siglo se juega entre los simétricos y los asimétricos, entre el humanismo y el clasismo, entre los simbiontes y los saprofitos; no entre el Barça y el Madrid… El resultado final será la supremacía de una cultura u otra.



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