Opinión | Tribuna
Por Antonio Porras Cabrera
Publicado
por el diario La Opinión de Málaga el día 09 MAY 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/05/09/relato-falacia-130011245.html
La
generación de los 70 recuerda la imposición de dogmas y la dificultad de
alcanzar la verdad en un contexto de control político y religioso
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| 1984, la distopía creada por el escritor George Orwell. / l.o. |
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Los nacidos y nacidas en torno a la
mitad del pasado siglo, que andamos ya sobre los 70 y largos años, llevamos en
nuestro haber una buena dosis de experiencia respecto a la manipulación
política. El aprendizaje empírico nos ha dejado un amplio conocimiento al
transitar, desde la falacia de la verdad absoluta y dogmática, al espíritu crítico,
circunstancia que fuimos superando desde una especie de evolución
«cuasiautopedagógica». Pasamos de tragarnos todo el relato delirante de la
ideología única de corte fascista a vislumbrar otra realidad alternativa en el
ejercicio de la democracia. Yo recuerdo mi curiosidad cuando mi padre escuchaba
clandestinamente Radio España Independiente, la llamada Pirenaica, y sus
inflamados discursos. Costó dios y ayuda recorrer el camino desde la sumisión
impuesta a la manumisión, fraguada en la transición, conducente a la libertad y
el derecho a la verdad, que sigue negándosenos.
Existió en nuestra infancia un
férreo sistema de control y adoctrinamiento desde la religión y la política,
ambas concertadas, para instaurar y perpetuar sus dogmas y credos políticos y
religiosos en una sociedad sometida desde la verticalidad. Se instauró en
nuestra mente un software troquelado e indeleble que acabó condicionando
nuestro pensamiento, hasta tal punto que, los cambios que se fueron
introduciendo debieron hacerse sobre el mismo software con el conflicto que
ello conlleva. Nuestra subconsciente anda pleno de mensajes del pasado
inoculados en el virginal cerebro del niño, merecedores de un buen
psicoanálisis. En nuestro proceso evolutivo las nuevas ideas y valores, junto a
la instauración del espíritu crítico, los relegó al lugar más oscuro y profundo
de la memoria… pero persisten ahí aunque sea anatemizados.
Aquella verdad impuesta desde las
«falacias ad populum y ad baculum» y sostenida por un relato de corte político
y religioso, que encaja en la «falacia ad verecundiam», era una verdad falsaria
para sostener un sistema de imposición y dominio de los grupos de poder
vencedores por las armas en la cruel contienda civil.
La falacia en la política
Abro un pequeño paréntesis para
explicar esos nombres, supongo que raros para algunos, de las falacias
referidas y alguna otra. A saber: «falacia ad hominem» (el término proviene del
latín y significa contra el hombre, ocurre cuando se intenta desacreditar una
afirmación atacando al individuo que la presenta, en lugar de analizar la
validez del argumento en sí mismo), «falacia ad populum» (es un error de
razonamiento que sostiene que una afirmación es verdadera simplemente porque
muchas personas creen que lo es), «falacia ad baculum» (es un argumento falaz
que intenta validar una afirmación mediante amenazas o el uso de la fuerza, en
lugar de razones lógicas), «falacia ad verecundiam» (es un error lógico que
consiste en aceptar una afirmación como verdadera únicamente por la autoridad
de quien la sostiene, sin aportar evidencia o razonamiento lógico) y «falacia
ad ignorantiam» (es un tipo de argumento que sostiene que una afirmación es
verdadera simplemente porque no se ha demostrado que sea falsa, o viceversa).
Sobre la verdad
La verdad absoluta, usando un símil
geométrico, podríamos decir que es asintótica, nos aproximamos indefinidamente
a ella sin alcanzarla. Dicho esto, y volviendo al mundo de la política y de la
gestión de la cosa pública, hablar de la verdad es excesivamente complicado.
Incluso el propio diccionario de la RAE nos ofrece siete acepciones distintas
para la palabra verdad, de las que tomo tres: 1 «Conformidad de las cosas con
el concepto que de ellas forma la mente». 2 «Conformidad de lo que se dice con
lo que se siente o se piensa». 3 «Propiedad que tiene una cosa de mantenerse
siempre la misma sin mutación alguna». La verdad implica certeza, sinceridad y
autenticidad, sirviendo de base para la justicia y la ciencia, diferenciándose
de la mentira por su ajuste a los hechos. Además existen un sinfín de usos con
calificativos como, por ejemplo: verdad moral, la pura verdad, verdad de
Perogrullo, una verdad como un templo, etc.
En todo caso, en las acepciones 1 y
2, la verdad se conforma mediante el relato de los hechos, bien sean externos y
fraguados por otros agentes, o internos a través del procesamiento cognitivo de
los elementos que la van conformando desde el razonamiento lógico del propio
sujeto. La acepción 3 alude a la objetiva característica indeleble de una cosa.
Si bien es cierto que la «falacia
ad baculum» siempre anduvo imponiéndose en el ejercicio del poder, con mayor o
menor insistencia y preponderancia, en estos tiempos vuelve, de la mano del
trumpismo, a imponerse en las relaciones internacionales, donde se deja de lado
el orden internacional para instaurar un sistema de imposición del báculo, del
ordeno y mando, porque tengo el poder coercitivo para hacerlo.
En un sistema democrático, de
soberanía popular, como el que sustenta nuestra gestión política, debería ser
complicado el uso de la «falacia ad baculum» en tanto el votante ha de rechazar
la amenaza, salvo que, mediante un relato alienante, se le vendiera un discurso
totalitario para que el propio pueblo se hiciera el harakiri entregando el
poder al dictador, ejerciendo de Gran Hermano… algo similar a lo ya ocurrido en
Europa hace 100 años, o como nos plantea la novela 1984, con la distopía creada
por el escritor George Orwell. Cuestión no descabellada si dejamos el dominio
de la alta tecnología en manos de quienes pretendan dominar el mundo a través
de la gestión de la llamada Big Data, que andan asomando la patita.
La manipulación del relato
Mientras tanto, somos presa del
relato. El relato, en este caso, es una «reconstrucción discursiva de ciertos
acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político».
Su intencionalidad puede ser informar, persuadir, narrar, describir o instruir
mediante la articulación de un discurso argumental sólido y convincente, con
objeto de que el receptor asuma nuestros planteamientos. Lo que no quiere decir
que, necesariamente, se ajuste a la verdad, sino que sea asumido como verídico.
Bajo mi criterio el discurso pivota
sobre dos elementos clave, como son el razonamiento y la emoción. Es complejo
articular estas dos variables, pero en demagogia se impone lo emocional para
atrapar al ciudadano. Existen dos elementos a considerar, con gran influencia
en el proceso cognitivo que sustenta el razonamiento, como son la Disonancia
cognitiva, formulada por Leon Festinger en 1957, y el Sesgo de confirmación,
que nos lleva a sobrestimar el valor de la información que encaja con nuestra
creencias, reduciendo la disonancia cognitiva.
La pérdida de la dignidad política
Desde la irrupción del trumpismo
norteamericano, con sus sucursales internacionales, se han roto los esquemas y
con ello la ética política, si es que alguna vez existió. Ya vale todo para
fraguar un discurso alevoso, infame y desleal, con el ánimo de influir en el
ciudadano. El nivel de alienación queda patente cuando Trump se permite decir
en Iowa, en la campaña de 2016: «Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis
visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente
y no perdería votantes». Un exabrupto que no pasa factura electoral.
La confrontación irracional se
impone y cabe el bulo, la mentira maquillada, las medias verdades y la
posverdad. Se ha perdido, por parte de algunos partidos, la dignidad dando paso
a la política canalla con su esencia antidemocrática. Nunca imaginé que un
líder político pudiera llamar «mierda» o hijo de puta al presidente de su país
o «rata» a un ministro. No lo imaginé porque creía que no se podía caer tan
bajo cuando ante la falta de argumentos se recurre al insulto.
La verdad ha muerto o esta en la
UCI malherida por los falsos relatos, por las falacias usadas intencionalmente,
por el insulto y la falta de respeto a la democracia. Lo importante es, para
muchos, ganar el relato, pero no el relato comparativo de programas políticos.
Si consigo mostrar que el otro es lo peor, yo seré la mejor alternativa sin tener
que mostrar mis debilidades. Ya se sabe: «en el país de los ciegos el tuerto es
el rey». Un programa político nunca puede consistir en una conjura para “acabar
con el sanchismo” sin dejar claro cómo se pretende gobernar, pues se puede
sospechar que existe un programa oculto que, de conocerse, sería rechazable.
Sería bueno recordar que «cuando
los políticos pierden el sentido común, la gente común debe recuperar el
sentido», ahí lo dejo…

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