jueves, 12 de octubre de 2017

La tolerancia a la frustración


Hay luz en el horizonte
(Hay luz en el horizonte)

Podemos entender la frustración como la imposibilidad de satisfacer una necesidad o un deseo; o sea, cuando no conseguimos lo que queremos o cuando nos suceden situaciones no deseadas y, a su vez, como un sentimiento de tristeza, decepción y desilusión que esta imposibilidad provoca. La prolongación de este sentimiento puede llevar a la depresión, a la apatía, condicionando el estado anímico de la persona y su felicidad, en función de su capacidad de gestionar esas emociones. Nuestra reacción ante la situación vendrá condicionada por factores de personalidad y habilidades de afrontamiento, lo que nos llevará a sentir enfado, angustia, ansiedad, etc. si bien, tras racionalizar el escenario, se produce una acomodación donde la disonancia cognitiva no nos atormente y quepa la inteligente adaptación al medio en un equilibrio entre nuestro deseo frustrado y la realidad que se imponga. Ese es el continuo devenir de la existencia humana y lo que fragua las conductas y socialización del sujeto a lo largo de su vida. La teoría freudiana lo enmarcaría en el conflicto entre el superyó y el ello, entre la norma social y el deseo o pulsión con su base subconsciente.

La tolerancia a la frustración resulta de la capacidad o habilidad que tenga el sujeto para soportar esa situación frustrante en función de su análisis y adaptación al medio. Esa tolerancia se suele incrementar con la madurez personal, dado que, a través de la experiencia, el sujeto percibe una realidad compartida con el entorno, con los semejantes, donde los propios deseos chocan con los de los demás y deben encajar en un marco de respeto, compartiendo el todo con ellos en un justo equilibrio de igualdad, al menos de igualdad percibida. Los niños suelen tener poca tolerancia a la frustración, cuestión que se va modulando con la madurez psicológica, que no es lo mismo que la madurez cronológica, o sea la edad. Por tanto, bajo mi opinión, a mayor madurez psicológica mayor tolerancia a la frustración, y mayor frustración ante la inmadurez incapaz de gestionar las emociones.

La sociedad, sistemáticamente, nos va frustrando desde la infancia desde un proceso educacional que nos identifica las conductas y hábitos aceptables y reprobables; establece reglas y normas de convivencia y respeto hacia los demás en función de la cultura social donde nos encontremos y en la cual los principios y valores que la conforman tienen un papel fundamental. Ello no quiere decir que, desde un punto de vista razonable, esa cultura sea ejemplar y la más apropiada para el desarrollo del individuo como persona, por supuesto, sino que es el resultado de un proceso histórico cultural que ha ido definiendo sus valores según el poder y dominio social que se haya impuesto, donde las religiones son elementos claves como amalgama que cohesiona y consolida la sociedad (no entro en valorar el papel de las religiones, con las que me siento muy crítico en tanto son encorsetadoras y dogmáticas).

Los conflictos, pues, están servidos al colisionar esos valores impuestos con otros que emanan de las ideas nuevas, de los pensamientos transgresores que surgen de mentes librepensantes, no sujetas al encorsetamiento del marco social o grupos de presión, por tanto rompedoras. Luego vendrá la gestión del conflicto, la necesidad de dar respuesta a esas nuevas ideas y la posibilidad de cambiar o modificar los viejos valores para adaptarlos a las razonables aportaciones del nuevo pensamiento, rechazando los planteamientos quiméricos y aceptando los que puedan redundar en un desarrollo del conjunto de la ciudadanía, así como el coste de esos cambios desde el punto de vista del conflicto y su gestión. Cabe, pues, un debate sosegado, desde la madurez y el respeto, capaz de comprender y entender que el objetivo final es el progreso de la humanidad desde un punto de vista biopsicosocial, aceptando lo nuevo y modificando lo antiguo.  Así progresó el mundo y así deberá seguir haciéndolo. Tal vez, lo primero que deberían enseñarnos, en el colegio y en la sociedad en su conjunto, es a debatir sosegadamente, con mente abierta y la receptividad suficiente para identificar y aceptar, razonadamente, lo que los demás aportan de bueno y rechazar lo malo, con base argumental claro está. Pero se nos enseña a aceptar sumisamente los valores sociales establecidos, las ideas, principios, héroes y mitos de la cultura que sustenta la sociedad, sin dar demasiado chance al espíritu crítico. Se potencia el condicionante de los prejuicios, que son una forma de pensamiento único que, al generalizar, nos evita el ejercicio de pensar discriminadamente, condicionado por el bulo y las etiquetas: los andaluces son vagos y solo están de juerga, los catalanes tacaños, los vascos brutos, los madrileños chulos, etc. Lo cual es una mentira puesto que en todo lugar hay de todo. Si bien las culturas pueden establecer matices de orientación en un sentido determinado con los hábitos que inoculan en su sociedad.

Dicho esto a modo de encuadre, también diré que, bajo mi opinión, lo que está sucediendo en España, en estos momentos de crisis, es precisamente una confrontación política o de poder, más que social o cultural, una lucha de intereses de grupos ideológicos, económicos y políticos que trasciende, en buena medida, a la sociedad, embarcándola en una confrontación donde se juega con las emociones y se usan los prejuicios y etiquetas para marcar y demonizar al contrario. Para segregar hay que hacer patentes las diferencias, romper los puentes, aflorar los agravios, descalificar al contrario marcándolos como fascistas o represores, o bien como separatistas insolidarios y egoístas que quieren romper lo establecido en beneficio propio obviando los derechos de los demás.  Esto requiere de diálogo y de saber que todos podemos perder o ganar según se establezca la solución. En todo caso, traerá frustraciones, para unos y otros, que se vivirán, en mayor o menor medida, en función de esa tolerancia referida. Posiblemente, y eso sería lo ideal bajo mi punto de vista, una mayor frustración para los vehementes intervencionistas y para los antisistema pues ambos rompen la convivencia con mayor descaro, dejando una menor dosis para el resto de la sociedad madura que puede acabar encontrando, en ese proceso de acercamiento, la posibilidad de compartir un proyecto alternativo al existente, consensuado y beneficioso para todos. La solución que se dé no va a ser, seguramente, la que proponen uno y otro extremos, sino la que más le interese a los poderes económicos y políticos del entorno, no solo localizados en Cataluña o España, sino en el conjunto de Europa con quienes tenemos lazos económicos y políticos difícilmente quebrantables dadas las circunstancias que definen el marco europeo. A nadie le interesa, en estos momentos de incertidumbre, salir del paraguas para caer bajo la lluvia, sería un caos costoso para hacer una catarsis de utopía. Vienen tiempos difíciles y es mejor afrontarlos desde la unidad y desde la conciencia ciudadana común, o sea desde el sentido común.

Yo propongo: Entierren el hacha de guerra y hablen con la intención de articular la convivencia, la interdependencia, mientras fuman la pipa de la paz. Si de partida quieren que el otro asuma sus deseos sin más, poniéndolos como condicionantes irrenunciables, serán unos insensatos y volveremos a la frustración y el fracaso. De todas formas, vayan con la idea de que tendrán que poner en juego su propia tolerancia a la frustración, porque de toda negociación se desprende frustración y eso es bueno, compartir la frustración implica que no hay vencedores ni vencidos. 

1 comentario:

Prudencio dijo...

Como va el asunto independentista me siento frustrado, por un lado, y por otro esperanzado. Frustrado porque no dialogan. Y esperanzador porque después de todo esto parece que muchos estamos de acuerdo en que hace falta reformar la Constitución, que daría marco legal para resolver el conflicto. Porque si nada se modifica el problema catalán seguirá como una espina que siempre estará ahí. Un abrazo.