domingo, 1 de octubre de 2017

La posverdad y la política.


Hoy es jornada de reflexión. Para mí lo es siempre, porque mi reflexión la gestiono yo y, en este caso, aunque no estoy llamado a reflexionar al no tener que ir a votar, creo que deberíamos hacer esa reflexión propia, todos, para clarificarnos un poco.

Uno ya no se sorprende de nada en esta era de la posverdad, esa especie de verdad falsa que todo el mundo da por buena a base del machaqueo y de la presión social, por muy increíble que sea. La RAE, que próximamente la incluirá en el diccionario, parece que la definirá, según ha comentado el director de la misma, como “la información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público". La posverdad se sitúa en el campo de la especulación, en la creación de falsas verdades que se acaban asumiendo como ciertas por estar en consonancia con nuestros principios, ideas o convicciones políticas o religiosas y vamos arrimando el ascua a nuestra sardina sin quemarnos. Creer en la posverdad, por tanto, sería un acto visceral o emocional. Tiene relación con la evitación de la disonancia cognitiva, según mi entender, pues no me causará conflicto interno aquello que no me los cuestione y además me los afirme. De esta forma damos por buenas afirmaciones tendenciosas, falaces y manipuladoras que tienden a conformar los estados de opinión en que uno se mueve.

Es aquí donde hemos de pararnos a reflexionar para que no nos arrolle la marabunta. Para que podamos discernir la verdad de la posverdad, para escapar del machaqueo que nos separa de la razón y nos ubica en la emoción.

Asumimos como verdad absoluta que las urnas son la democracia, pero la democracia la conforma la ley y las urnas solo son un instrumento para cuantificar la voluntad de la ciudadanía. Las urnas son, pues, un elemento imprescindible para su ejercicio, pero, per se, no son nada… las llegan a utilizar los dictadores para sus referéndum de confirmación, junto a las presiones para votar y el control del sentido del voto de los llamados a ejercerlo. Las urnas sin una ley emanada democráticamente del pueblo a través de sus representantes legítimos no valen para nada. Las urnas sin la libertad y la participación de todo el ideario que representa al pueblo en su diversidad, no tiene nada que ver con la democracia, más bien al contrario, introduce variables distorsionadoras que pueden acabar asociando, exclusivamente, la democracia a la urna en lugar de a la ley que la desarrolla. Para que la urna sea un instrumento de la democracia, se ha de apoyar en una ley democrática. Porque la urna sin ley no es democracia y la ley sin urnas tampoco lo es. La democracia, pues, es la expresión libre de la voluntad de la ciudadanía regulada por leyes emanadas del propio pueblo, mediante sus legítimos representantes, de acuerdo a un marco legal establecido, o ley mayor, como son las constituciones.

El problema viene cuando se discute y rechaza la ley y no se consensua otra que la supla. Entonces, ningún referéndum, ninguna urna, por mucho que se diga, tiene el marchamo de democrática. En este sentido, en el caso catalán, esta consulta llamado referéndum, carece de la legitimidad democrática, como vengo sosteniendo, pues se realiza apoyándose en leyes “ilegales” y obviando los derechos de los otros ciudadanos sobre los que también recae el derecho a decidir según la ley vigente, y cuando digo los otros ciudadanos no me refiero exclusivamente al resto de españoles, sino al resto de ciudadanos catalanes que piensan diferente y cuyos representantes en el parlament no han participado en el proceso de elaboración de esas leyes por no ajustarse al derecho constitucional que avala a la propia cámara.

El derecho a decidir, bajo mi criterio, se ejerce en cada votación democrática de acuerdo a la ley que se desarrolló al efecto. De ahí pueden deprenderse los desacuerdos sobre cuales son las materias en que el elector es competente para decidir. Por ejemplo y en estas circunstancias: ¿El derecho a decidir sobre la separación de Cataluña es exclusivo de los catalanes o del conjunto del Estado? Según el marco constitucional español no se posibilita la secesión y, en todo caso, correspondería al conjunto de la ciudadanía ese derecho,  y según el independentismo, como no podría ser menos, esa ley no es justa y reclaman para sí, para la ciudadanía de Cataluña, en exclusividad, ese derecho.

¿Cuál es la verdad y cual al posverdad? En la política hay más posverdad que verdad. España va bien, el milagro económico del PP con sus reformas, el crecimiento económico, la posverdad de Rajoy, de Montoro, de la Fátima, etc. Pero también la manipulación de la historia, de la información de los medios, del referéndum democrático, de la España nos roba, de toda España es del PP, de generalizar actitudes fascistas como el vergonzoso “a por ellos”, de objetivar de fascista a quien no vote, etc. Cada cual usa esa posverdad para apoyar un objetivo superior, engatusando al ciudadano desde lo emocional más que desde lo racional, lo cual es dudosamente democrático.


Parece que las verdades son, o no son, según la visión de cada cual, la mía es esta que expongo. Las demás las respeto aunque no las comparta, ni acepte que me las impongan. Pero para mí, la gran verdad está en que hay una parte considerable del pueblo catalán que anda harta de la situación al igual que una inmensa mayoría de españoles, que Rajoy la está cagando en la gestión de la crisis desde el mismo momento en que empezó a recoger firmas contra el nuevo estatuto catalán, hace ya años, y que ahora, una alternativa, es prepararse y aglutinar poder para la negociación de un nuevo marco de convivencia que tiene que venir por narices y cuyo resultado es de difícil previsión. El “referéndum” es una buena baza para medir fuerzas y cargarse de razones para negociar.

2 comentarios:

Prudencio dijo...

Antonio, tenemos nuestra Constitución. No podemos salirnos de ella. Cuando se votó no había otra que votar sí. Han pasado 40 años, y se ha quedado obsoleta. No sólo a raíz de un posible referéndum catalán, sino por otras más razones. Nuestra Constitución no puede perdurar porque no se adapta a los tiempos. Sería incontables los casos en los que falla. Un ejemplo muy claro es la independencia judicial. Si los políticos nombran a los jueces y fiscales, éstos no pueden ser objetivos. Si los fiscales obedecen jerárquicamente a sus superiores hasta llegar al ministro de Justicia, tampoco estos son independientes. Hoy precisamente he leído como se resolvió el independentismo en Quebec. Ya en 2012 hubo una sentencia del Constitucional español en que declaraba ilegal un posible referéndum catalán, para a continuación decir que habría que dialogar para hacerlo posible como en Quebec. Esto último se ha obviado por los gobiernos.
Creo que el asunto catalán es de los catalanes exclusivamente, no de los que vivimos fuera de Cataluña.
Una abrazo, Antonio.

Antonio dijo...

Prudencio, esta constitución está obsoleta, es de una etapa donde hubo que ceder mucho para no volver atrás. Ahora nos toca seguir adelante creando un nuevo marco, tal como digo en mi muro de facebook, pero para eso se han de apartar los líderes que nos han llevado a esta locura y dejar a gente con mente abierta, con capacidad de escuchar, acercarse y consensuar todo lo que se plantee sobre la mesa, incluido el derecho a decidir y sobre qué. De lo contrario estamos condenados al fracaso y la confrontación.
Un abrazo