miércoles, 30 de marzo de 2016

Benito Pérez Galdós y la España del XIX


El eterno conflicto entre los españoles lo plasmó magistralmente
Goya en este cuadro. "Duelo a garrotazos" (1820)
símbolo de nuestras guerras civiles
(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.) 

Al fin… Acabo de concluir la lectura de una de las obras más amplias e intensas de nuestra literatura reciente. Se trata de Los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós, el insigne y nunca bien valorado escritos canario que vivió en una de las etapas más convulsas y trascendentes de nuestra historia. Hace tiempo, muchos años, había intentado su lectura pero no estaba preparado para ello y acabé aburriéndome como una ostra y dejando el intento. Hay libros u obras literarias que se han de leer cuando la mente está en condiciones de hacerlo. No siempre se puede, pues a veces es necesaria una actitud, una disposición y estado mental y de conocimiento, que permita la absorción de los temas tratados a la par que despierte el interés necesario para hacerlo.  Son 46 novelas de componente histórico, protagonizadas por personajes varios, lógicamente ficticios,  que nos llevan de la mano a través de la historia de España del siglo XIX, en concreto desde 1805 a 1880. Empieza con la aciaga  derrota de Trafalgar y termina con la restauración borbónica de manos en Cánovas del Castillo en la persona de Alfonso XII. En el interin se da un repaso a todo lo acontecido entre uno y otro acto.

Salgo con cierto malestar, desasosiego y desesperanza en un pueblo que a lo largo de su historia no ha sabido dar salida a sus conflictos, donde la visceralidad y el dogmatismo religioso se impusieron a la razón, manifestándose en continuas luchas fratricidas enarbolando el desprecio a los demás y a la diversidad. Es la historia de la frustración de una nación, cuyos mandos y ostentadores del poder civil, militar y religioso se encargaron de yugular cualquier proceso de desarrollo en la línea evolutiva de Europa. Las asonadas militares de uno y otro bando nos muestra cuán implicado estaba un ejército caduco, muy tocado por las guerras coloniales, que buscaba el ascenso y los honores en el uso de las armas. El llamado Siglo de las Luces, o sea la Ilustración, tuvo su freno en los pirineos, y las ideas de la Revolución Francesa, que cambiaron Europa, se neutralizaron por la traidora invasión napoleónica y por el avivamiento de la llama opositora por parte de un clero y una nobleza, salvo casos testimoniales, que presentía el riesgo de perder sus prebendas e influencia.

El querer evolucionar por parte de una masa popular, y el freno a ello, impuesto por los poderes anacrónicos dominantes, revirtieron siempre en sangre y muerte, en miseria y confrontación, en incompetencia política y  administrativa.  La corrupción de los gobiernos, el nepotismo, las cesantías según quien gobernara, las revoluciones de diferente calibre, hicieron de este país un campo de batalla y discordia, donde se perdió la esencia de nación homogénea y próspera, descolgándose del tren del desarrollo industrial, económico y social que circulaba en los países del entorno. Ya no fue solo el veto a la revolución ideológica que llevó a Francia a la República, sino a la propia revolución industrial y mercantil que dinamizaba la economía mundial.

España perdió escandalosamente esa guerra llamada de la Independencia. Franceses e ingleses, incluso portugueses, se cebaron en la destrucción de la poca industria que existía, en las infraestructuras y vías de comunicación, y en todo aquello que ayudara a empobrecer a la que fuera “in illo tempore” la primera potencia mundial. Borrar definitivamente del mapa de las potencias occidentales a un país como España era eliminar competencia e introducirla en un tercer mundo de miseria donde pescar, explotando sus minas y sus riquezas desde el dinero de las potencias extranjeras y la compra de sus personajes influyentes. Vamos, más o menos como ahora.

Luego nos vino un rey, Fernando VII, llamado el deseado, que resultó ser un felón impresentable que no dudó en llamar a los cien mil hijos de San Luis (segunda invasión francesa que no se consideró agresión al defender el absolutismo de la monarquía) para imponer su dominación totalitario y cruel, con una década ominosa, que se llevó por delante de forma alevosa a Riego (El 7 de noviembre de 1823 Rafael de Riego, hundido moral y físicamente, fue arrastrado en un serón hacia el patíbulo situado en la Plaza de la Cebada en Madrid y ejecutado por ahorcamiento y posteriormente decapitado), Torrijos y sus compañeros en las playas de San Andrés en Málaga, y otros muchos de los militares y políticos que pregonaban la Constitución Liberal de 1812. A su muerte dejó la herencia de la ingobernabilidad, de la confrontación entre herederos; por un lado su hermano Carlos María Isidro y por otro su infantil hija Isabel, regentada por su esposa María Cristina Borbón Dos Sicilias. El conflicto entre la ley Sálica (algo descafeinada, pues mientras en la ley sálica establecida en las leyes seculares no podía reinar una mujer, en este otro caso no podían reinar mientras hubiera un varón en la línea directa de sucesión) y la Pragmática Sanción (que reinstauraba la de 1789 retomando la sucesión tradicional de las Siete Partidas de Alfonso X de Castilla) no suficientemente promulgada y clarificada en 1830, desembocó en una larga y cruel guerra que enfrentó a Carlistas e Isabelinos (Cristinos) por el tema de la sucesión, desarrollada sobre todo en el norte, donde más abundaban los seguidores del carlismo. La primera guerra de las tres que hubo, tuvo su apogeo con Tomás de Zumalacarregui, general de las huestes carlistas muerto a consecuencia de las heridas recibidas en el cerco de Bilbao, mientras su hermano Miguel Antonio ejercía de jurista  liberal, lo que da una idea de hasta qué punto estaban divididas las propias familias. Esta concluyó, según muchas opiniones en falso, con el Abrazo de Vergara el 31 de agosto de 1839 entre los generales Espartero y Maroto (no sé si este Maroto tendrá algo que ver con el Maroto actual del PP).

Es de resaltar la extrema violencia y ejecuciones sumarias que se practicaron por ambas partes. El general Cabrera, llamado el Tigre del Maestrazgo, fue uno de los más aguerridos y crueles desde su posición inexpugnable de la fortaleza Morella y Cantavieja. Claro que esto se justificaba en que, tras mandar éste el fusilamiento de los alcaldes liberales de Torrecilla y Valdealgorfa, sus enemigos, por orden del general Nogueras, con el consentimiento del general Espoz y Mina, a la sazón capital general de Cataluña, fusilaron a su madre como represalia, lo que encabritó sobremanera a Ramón Cabrera y lo hizo despiadado y cruel. Acabó en Londres, casado con una inglesa y, por lo que se dice, sometido a los designios de la esposa… una cosa es la batalla a pecho descubierto en las guerras y otra la batalla soterrada por el dominio doméstico, donde el militar suele claudicar (tómenselo a broma).

Una características de los carlistas, defensores del Trono y el Altar, dispuesto a morir por Dios, por la Patria y el Rey, es decir del absolutismo monárquico y religioso, era que no fusilaban a nadie sin antes tener un cura con el que poder confesarse el condenado. Curiosa idea, pero bajo mi modesta opinión era congruente con su  credo, pues podía enjuiciar y arrebatar la vida, pero no matar el alma, que era jurisdicción divina y correspondía a Él el juicio de condena o absolución mediante la confesión a través de sus ministros. Vaya forma de pensar y entender estos caballeretes la justicia. La verdad es que pasar del altar a la batalla era cosa bien vista y muchos los curas que tomaron las armas para defender su credo absolutista.

El movimiento político era vertiginoso y continuos los cambios de gobierno, cuyos Presidentes del Consejo de Ministros era extraño que duraran más de uno o dos años. Desde 1833 a 1874 con la restauración con Antonio Cánovas, hubo 72 cambios de estos Presidentes, repitiendo algunos de ellos en varias ocasiones, como es el caso Narvaez, llamado el Espadón de Loja de tendencia moderada, el propio Espartero que era del grupo progresista, o Leopoldo O’Donnell catalogado como liberal. O sea, cambios entre unos y otros en función del viento o lo veleta que estuvieran los reyes y los movimientos sociales, sobre todo Dª Isabel II que acabó desterrada y dando paso a la Gloriosa, una revolución casi de guante blanco, que acabó buscando un rey que ocupara un trono poco deseado por su conflictividad. El general Prim consiguió que viniera Amadeo de Saboya, en un intento de proclamar la primera monarquía parlamentaria de España, pero en las vísperas de su recepción en Cartagena, asesinaron a Prim y el primer acto real de protocolo que hubo de hacer fue acudir al entierro de su mentor. Tras dos años de reinado se acaba largando a su tierra, junto a su papá, que era el rey de Italia, Víctor Manuel II y dando paso a la Primera República, donde al aparo de la libertad aparece el movimiento cantonalista con Cartagena como uno de sus principales bastiones.

Luego vendría D. Antonio Cánovas del Castillo, paisano nuestro como malagueño y conservador convencido, que procuró y consiguió la restauración monárquica con la abdicación de Isabel II en su hijo Alfonso, lo que instauró, por el llamado acuerdo del Pardo, una etapa de alternancia política entre su partido y el de Práxedes Sagasta, conservadores y liberales, que se mantuvo hasta 1909, si bien Cánovas fue asesinado en Mondragón en 1897.

En fin, amigos, que si sois gente de lectura a la que le gusta la novela histórica, podéis daros una vuelta interesante por la historia de España, de la mano de D. Benito y su obra. Materia no os faltará en un sin fin de páginas que os llevará meses leerlas (yo empecé en junio del año pasado y poco a poco lo he logrado). Eso sí, aunque los datos históricos son de mucha fianza, mirad que los personajes no son reales, vayamos a entender que existieron en realidad sus protagonistas, pero sacaréis conclusiones muy interesantes que os harán comprender mejor el porqué estamos como y donde andamos y que esto no se arregla si no se cambiando las actitudes, sobre todo de los políticos, la política educativa y la formación de un espíritu democrático  y respetuoso que nos lleve a comprender y compartir la vida y las cosas con nuestros conciudadanos en sinergias que pretendan el bien común.

Me quedo las frases finales que le dice Mariclio, la diosa o musa de las historia, a Tito Liviano, el protagonista final en la novela Cánovas, de la quinta serie:

»La paz, hijo mío, es don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo. Pero la paz es un mal si representa la pereza de una raza, y su incapacidad para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar. Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos desarrollarse en años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte.

»Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia.

»Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro... me duermo...».


Que tengas ustedes buena lectura.

En mi pueblo todos nos tocamos...

Vista general de 1947

Esto de los 8 apellidos vascos, o catalanes, o andaluces, o lo que fuere, que no deja de ser una chorrada, tiene una interesante versión en la búsqueda del parentesco entre la gente de la misma localidad, lo digo por el hecho de que si indagamos en los ascendientes de cada cual, encontraremos que puede existir un mínimo grado de vinculación familiar entre todos y cada uno de los habitantes de la localidad de origen. En mi caso, aludo a Cuevas de San Marcos, mi lugar de nacimiento. Mis ocho apellidos más inmediatos son: Porras, Cabrera, Molero, Martínez, Perez, Collados, Velasco, Pueyo… y así hasta los 91 diferentes que he encontrado por la línea masculina directa de mi madre y padre. Esto me lleva a una reflexión que me permito hacer y desarrollar desde la ociosidad del jubilado como alternativa a otras actividades de bar u ocio típico de la madurez.

Veamos: Cuevas de San Marcos, por su ubicación en el límite noreste de la provincia de Málaga, es un pueblo singular. Apartado de las vías principales de comunicación, con acceso dificultoso en el pasado, acabó siendo un pueblo marginal como dehesa de Antequera, hasta que en 1806 recuperó la entidad propia perdida con su conquista por los cristianos en 1424. Si bien continuó con vías de comunicación insuficientes para relacionarse con los pueblos vecinos, pues era un pueblo finalista en el sentido de esas vías.

Ello nos llevó a una importante endogamia. Era difícil buscar novia/o en los pueblos vecinos por los desplazamientos. A veces surgían noviazgos, con sujetos de otros lugares, en los trabajos temporeros de la recogida de la aceituna, la vendimia, siega u otros, pero eran los menos, y siempre sujetos a las desconfianzas de no saber de qué familia eran, si era gente de fiar y honrada. Ya se sabe que en el pretérito, se miraba mucho la calidad de la familia a la que se iban a enlazar los hijos e hijas. Para los noviazgos se requería el beneplácito de los padres, el visto bueno a la procedencia del o la pretendiente.

Era, pues, mucho más fácil y seguro buscar la media naranja en el mismo pueblo, donde se conocía todo el mundo y, además, se garantizaba la relación con los hijos por la proximidad y vecindario, evitando que la hija o el hijo se fuera a vivir al otro pueblo. Los padres y madres intentaban controlar, no siempre con éxito, las locuras del enamoramiento, evitando que sus hijas, sobre todo, cayeran en manos de indeseables, borrachos, pendencieros y jugadores… gente de baja calaña que las arrastrarían al sufrimiento y al maltrato. Pero también procuraban que la pareja elegida estuviera en consonancia con ellos, buscando así que las relaciones familiares se consolidaran y mantuvieran a lo largo del tiempo, llegando, incluso, a garantizar su propio cuidado en la senectud.

Ya sabemos que las microculturas familiares, que son esas formas de actuar y entender la vida que se cultivan en el seno de cada familia, eran importantes. El proceso de ajuste de cada nueva pareja se facilitaba si había convergencia entre esas microculturas de las familias de origen. La moralidad y valores, la religiosidad, el ideario social, la historia familiar, la economía y la clase, sus recursos materiales y bienes, sus propiedades agrarias o negocios, etc. formaban otro abanico importante a la hora de aceptar al pretendiente. Por tanto, podríamos decir que para dar el visto bueno a una relación jugaban distintos factores, de los que entresaco los siguientes: Clase social, credo religioso, ideario político, valores de conducta e historia familiar, además del enamoramiento entre los sujetos, claro está.

¿Qué opciones les quedaba a los jóvenes para buscar su pareja? Ya sabemos que el enamoramiento es traicionero. Que una cosa es enamorarse y otra es el amor de verdad, que se consolida luego. Yo suelo descomponer la palabra ENAMORAMIENTO resultando: EN AMOR (A) MIENTO, pues si esa fase no se aprovecha para esa consolidación que refería, cuando pase el encanto habremos fracasado y aparecerá el desencanto irreversible, pues en aquellos tiempos la gente se casaba para toda la vida, “hasta que la muerte los separe”. La opción, pues, más saludable y segura era lo conocido, que en esa filosofía tan popular se justifica en: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, la malo y conocido es gestionable, lo bueno sin conocer es una incógnita.

Resultado de todo esto que os comento, era una sistemática mezcla de sangre entre los habitantes del pueblo con mayor o menor grado de parentesco. Si empezamos a investigar en escala ascendente, o sea a nuestros ancestros, seguro que encontramos algún grado de ese parentesco entre todos y cada uno de los habitantes del pueblo. En algunos casos, por cuestión de clase, puede que se escapen, pero en la mayoría encontraremos esa consanguineidad que nos vincula desde los antecesores. Eso quiere decir que en Cuevas de San Marcos, nos tocamos todos. Entiéndase que no es en sentido físico, vayan a quedarse ustedes con la idea de que somos unos promiscuos, sino en el metafórico, ya que hablamos de parentesco. Creo que, cuando vamos por la calle, cabría y sería justo saludar a los paisanos con el apelativo de pariente.

Marcos, y no sé si alguien más, según tengo entendido, hicieron un interesante trabajo volcando datos a un  programa informático de los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones, de los habitantes de Cuevas, desde tiempo inmemorial, al menos desde el siglo XVII o XVIII, si no recuerdo mal. Ahondando en ellos, como ya he comentado al principio, desde mi línea paterna y materna, con algunas limitaciones que me impedían el acceso a determinadas ramas por falta de datos, hallé en mis antecesores hasta 91 apellidos diferentes, que abarcan a la mayoría de los que encontramos en Cuevas. Por tanto, el grado de posibilidad de compartir vínculos familiares con quienes ostentan esos apellidos es más que probable. Pero también lo es que, sin tenerlos en la actualidad, los encontremos en su ascendencia, con lo que volvería a tomar sentido esa afirmación de parentesco.

¿Concluimos, pues, que en mi pueblo somos una inmensa familia? Puede que sí. Y como familia no siempre se comparten las mismas ideas y posiciones, no siempre estamos de acuerdo, y surgen controversias que nos enfrentan, no ya por herencias o celos ante el favoritismo de nuestros padres, sino por la diversidad que se da en el proceso evolutivo de cada cual. Pero, en el fondo, integramos una misma entidad cultural compartiendo historia, vivencias, hábitos y conductas sociales, conflictos y acuerdos... en suma, somos eso, una familia cualquiera en su sentido más amplio, con infinidad de miembros que han de saber articular una vida en común compartiendo espacios y recursos, a la vez que respetar esa diversidad enriquecedora, de ideas y sentimientos, que nos proporcionará un valioso prisma visual de la vida. Tenemos muchas cosas en común para compartir, incluso los que hemos tenido que marchar a otros lares, aunque sea en esta primera generación de emigrantes… nuestros hijos son otra cuestión que, sin desvincularse de su historia, puede que se sientan más del lugar donde nacieron. Inculcarles el cariño e interés por nuestra tierra y nuestra historia es un valor a cultivar por aquellos que, habiendo tenido que irse por razones diversas, se siguen sintiendo cuevachos, hijos de Cuevas y de sus ancestros.

Cierro la reflexión mandando un saludo afectuoso a todos los Porras, Cabreras, Moleros, Martínez, Perez, Collados, Velascos y Pueyos, que comparten mis ocho apellidos de Cuevas y lo extiendo al resto de parientes que, en consonancia con mi razonamiento, son todos los habitantes de la localidad.




lunes, 14 de marzo de 2016

¿Hacia dónde vas, Europa?

Aylan Kurdi ahogado
(Me gustaría conocer tu opinión sobre este blog para orientarme a la hora de tomar decisiones y cumplir el objetivo que me propuse. Si no te importa, te ruego contestes a una pregunta que aparece al margen izquierdo sobre el asunto. Gracias.) 


La vergonzosa muerte del niño sirio, Aylan Kurdi a sus 3 años en las playas de Turquía, removió las conciencias de la Europa de los ricos, la enfocada al mercado, que se mueve por intereses, a veces, inconfesables. Agitadas las conciencias, Europa se enfrentó a la crueldad de la guerra en otras tierras al aflorar el terror de sus consecuencias en las playas que intentaban pisar los fugitivos para salvar la vida. No fue solo Aylan, sino cientos de muertos los que escupió el mar en la cara de Europa.

La tierra que preconiza la esencia cristiana en su cultura y conformación entró en contradicción manifestando la hipocresía, defendiendo valores que traiciona en el día  a día. La acogida del que sufre, la ayuda al necesitado, la solidaridad y caridad cristiana que defiende esa religión de la que se llena tanto la boca a determinados políticos y religiosos, quedó destrozada, apartada y olvidada en el desván de los recuerdos, de donde se saca solamente cuando aparece en los medios, de forma impactante, el trauma insoportable del sufrimiento infantil, como es el caso.

Al igual que las aguas del mar, removidas por las olas, escupen el cuerpo sin vida de Aylan, se remueve la conciencia de los pueblos ricos y levanta la porquería que se deposita en el fondo, apareciendo turbia, sucia e insolidaria, pues solo pretende hacer dinero para sus clases dominantes. Esos gobiernos, y la gente que los apoya, lavan esa conciencia con promesas atenuadoras de la culpa y hacen actos de constricción con propósito de ayudar… pero al final no son capaces, o no quieren hacerlo. Una vez más, se vuelve a la engañifa y la manipulación de sentimientos, a la gestión emocional de los pueblos, sabedores de que la conciencia, como el agua con partículas en suspensión, acabará sedimentando la porquería y volverá a aparecer clara si no se profundiza en ella.

Entonces se criminaliza a la víctima, se asusta al ciudadano invadido por las hordas migratorias, se les hace ver el peligro que corre su bienestar y se revierte el proceso hasta expulsar al invasor o cerrarles la puerta que se les había prometido abierta. El desahuciado, el perseguido, el desterrado, el menesteroso, acaba siendo culpable y sufridor de una guerra incontrolada auspiciada por las potencias con intereses mezquinos, una guerra de la que huye desesperado para evitar el sufrimiento y la muerte de los suyos.

Pero puede que a los poderosos, a los que mueven los hilos del globo, les importe un bledo la vida o la muerte de la gente sencilla. En la ruleta de la geopolítica siempre gana la banca. Somos muchos en este mundo y más los que no sirven para sus intereses. Ellos no forman parte de ese mercado del “progreso” que les permite seguir engordando sus bolsas, su poder y su prestigio. El nuevo mundo, el del mañana, no quiere tanta gente, sino aquella que sea rentable y dispuesta a sucumbir ante el poder de la nueva era. Hay que callar las voces discordantes, las de aquellos que denuncian y mueven la conciencia mostrando su suciedad, los que la agitan para mostrar las heces que la contaminan y despertar en la gente los viejos y eternos valores de solidaridad y ayuda, de justicia social y de humanismo. Esos son un incordio.

Ante una situación de choque como la que produce la imagen de un niño ahogado en la playa, se ha de reaccionar hasta calmar la conciencia, hasta revertirla, para volver a ser como antes, para volver a las viejas andadas. Ya está. Europa cambia el rumbo y emite una normativa y un acuerdo con Turquía para que esos indeseables, se queden allá y nos dejen tranquilos, sin remover conciencias y lejos de la imagen que, con la empatía, nos aterra. Para ello engordaremos partidos xenófobos que desprecien al insignificante que llama a la puerta pidiendo ayuda. Es fácil, solo hay que despertar el egoísmo de la sociedad, el egocentrismo de la vieja tribu, cuestionar su bienestar y mostrar el peligro… ellos se encargarán de enfocar la cuestión para crecer la semilla de esa xenofobia. Lo demás lo puede hacer el dinero…


Ahora lo que sigue interesando, una vez esquivado el lamentable e impactante incidente de la playa, es seguir conformando el nuevo mundo, las muevas formas y leyes que nos lleven a la dictadura de las multinacionales, a la neutralización del poder de los Estados, a la sumisión de la sociedad al poder del dinero. La gente no importa, lo que importan son los mercados que nos lleven al “progreso material” de un mañana incierto, bajo la injusticia distributiva de la globalización. Ese es el mundo que nos espera: ¡Viva el TTIP y muera Al Asad y todo aquél que se oponga al gran proyecto de la Nueva Era! 

¿Hacía dónde vas, Europa?