sábado, 10 de septiembre de 2016

La Aceña


Vista de la Aceña desde Montenegro
(Relato en remembranza de los años 50)

Mirar hacia atrás es revivir la vida; tal vez por eso exista la nostalgia, que es esa tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, pero que, mirándolo en su parte positiva, desde la madurez, permite reactivar las emociones que ya se vivenciaron en su día. Además la remembranza tiene un valor muy importante, pues uno elige la parte de la vida que quiere recordar y revivir, que suele ser siempre algo agradable, aunque lo desagradable, que también puede ser recordado y, siguiendo las propuestas psicoanalíticas, pretendería superar el trauma que lo causó a través de la evocación del pasado, es como si quedara pendiente la liquidación de un conflicto del ayer que debió superarse en su día. Pero yo voy al primer caso, es decir a recordar mi infancia con sus partes bellas y gratificantes o, al menos, aquellas que prevalezcan sobre las lamentables.

Noria actual que riega la parte baja de la Aceña
La foto primera de las huertas de la Aceña, tomada desde la cumbre de Montenegro, ha sido el revulsivo que me ha llevado al recuerdo. Fue tomada hace algunos años, cuando solía hacer senderismo y buscar lugares con vistas panorámicas, intentando descubrir la espectacularidad de las imágenes y perspectivas desconocidas. Como puede verse, el río Genil abraza la zona a modo de protección, como si fuera una herradura, tal vez la de la suerte, que con su brazo de agua la nutre y alimenta. La noria canaliza el agua sustraída al caudal del río para fusionarse con la tierra dando vida a los frutos de la huerta.

Pero la casa y huertas de mi familia no estaban en ese entorno, sino en la parte abierta de la herradura, elevadas sobre el río, lo que impedía usar el agua para el riego, del que disfrutaban las huertas de los Bernardos, Lara y compañía. Las otras familias, como los Cosarios, se nutrían de albercas alimentadas por veneros, sometidas a acuerdos de uso y propiedad del agua. Tal día le tocaba el riego a uno y tal otro a otro. Recuerdo la alberca nutrida por un caño de agua fresca que era fuente de vida, pues proporcionaba agua potable a los habitantes del entorno mediante el uso de cántaros y recipientes para transportarla a casa, a la vez que su embalsamiento permitía el riego sistemático de las huertas del lugar.

Las huertas… la huerta era para mí un paraíso pues yo vivía en una aldea de la Roda, donde no tenía acceso a espacios similares, por lo que cuando visitaba a mi familia (allí vivian mis tías Dolores y Brígida, mi tío Mariano y mi tía Teresa con mi abuelo hasta que murió, rodeados de mis primos y primas) era todo una fantástica experiencia. Cambiaba la forma y el fondo de vida, el cariño y afecto de la familia, la alimentación, el juego y diversión, los baños en el río, los paseos por la tierra, el trillo de la era con su parva y los hombres aventando las mieses. Qué experiencia más alucinante era dormir en la era en las noches de verano. Jamás volví a ver un cielo tan claro y poblado de estrellas, con su vía Láctea, o Caminito de Santiago como refiere el Códice Calixtino. En aquellos tiempos uno no sabía casi nada del firmamento y cómo, en todas las culturas, fue un motivo mágico para interpretar el cosmos y su influjo en la vida de los seres humanos. Qué belleza y fantasía hay en la interpretación de la mitología, cuando dice que la vía Láctea se formó con el reguero de leche de la diosa Hera desparramada por el cielo cuando se negó a amamantar a Hércules niño, producto de la infidelidad de su esposo Zeus con la mortal Alcmena. Con estas cosas, te tumbas bocarriba, miras el cielo y le das rienda suelta a tu imaginación, liberándote de las presiones de este mundo, refugiado en las estrellas por unos instantes con un vuelo prodigioso y mítico.
 
Sentado en el borde de la vieja alberca
Pero vuelvo a la huerta y dejo la era. La huerta me recordaba, dentro de mi candidez, al paraíso terrenal. Había frutales variados como cerezas, peras, membrillos, granadas, ciruelas, cermeñas, manzanas y una linda higuera sobre el brocal, que temerariamente se asomaba al agua dando sombra casi a la totalidad de la alberca. Esa higuera era lugar común de juegos mientras nos deleitábamos comiendo higos a horcajadas de sus ramas con el riesgo, no consciente, de caer sobre el agua y darnos un baño forzoso, nada desechable en pleno y caluroso verano. Los frutos tropicales, tan de moda hoy día, no se conocían ni cosechaban en aquellos tiempos.
 
Excelentes tomates cultivados por mi primo José
En las eras crecían, alimentadas por el riego, un interesante número de hortalizas. Como tomates, berenjenas, pimientos, melones, sandias, ajos, cebollas, lechugas, zanahorias, calabacín, pepino, etc… Pero uno de los productos más deseados era el tomate, que al abrirse por la mitad y ponerle sal refregando las partes para la disolución, era un bocado exquisito. Si a ello sumamos la accesibilidad al consumo de fruta, ya me dirás si aquello no era un paraíso para los críos, que no veíamos el esfuerzo y el trabajo que requería el cultivo y cuidado de la huerta.

Recuerdo la vereda que llevaba de las casas a la alberca, estrecha y siempre amenazada por el zarzal indómito, escoltada por frutales en sus bordes y acariciada melosamente por la acequia a cuyo borde pugnaba por sobrevivir la mata del TE. Era dificultoso transitar en algunos tramos del camino ya que frutales y zarazas, en su pugna por dominar la zona, ocupaban el espacio obligando al transeúnte a inclinar la cerviz a modo de sometimiento ante la lucha de la naturaleza.

Desde la perspectiva actual se ve claramente que no eran tiempos fáciles, sin agua en las casas, sin servicios sanitarios que te remitían al uso del muladar, sin acomodos y confortabilidad y escasez de enseres del hogar. Eran tiempos difíciles, pero el niño, en su inocencia, no llegaba a comprender el agobio que tanta dificultad producía en sus padres. A pesar de todo, la vida tenía su encanto, la casa encalada y blanca, su suelo empedrado con cantos rodados del cercano río, la chimenea encendida y adornada con morcillas ahumándose, el corral con las gallinas dando huevos y carne, mientras que la cabra aportaba leche, los conejos carne y el cerdo era un gran reciclador pues hacía de los desperdicios excelentes jamones y demás derivados; el burro pacía en la cuadra a la espera de su turno de trabajo, mientras perros y gatos merodeaban en continuas esquivas para evitar encontrarse en conflicto… era un conjunto ecológico donde compartían espacio y hogar los seres humanos y los otros seres que, en su alianza, nos hacían la viuda más fácil desde su arcaica connivencia.

Casas de la familia en la actualidad
El calor en las noches de verano te arrojaba de la casa y buscabas en la puerta, sentado en la silla de aneja, una ligera brisa que paliara el sofoco. Mientras los mayores charlaban y fumaban, los críos jugábamos o nos quedábamos embelesados con las historietas y cuentos que nos relataba un espontáneo con vocación de narrador, o más bien narradora, pues eran las mujeres las que, desvinculándose de la charla de los mayores, se aliaba con nosotros con su voluntad de asombrarnos con sus relatos de tradición oral. Eran temas de fábulas, de amores, bandoleros, pugnas y reyertas, o de cuentos, que nos hacían interesarnos por el pasado y la historia permaneciendo con la boca abierta. ¡Cuánta bondad había en aquellas relatoras!

La casa de mi abuelo tenía una explanada empedrada delante; una parra escuálida, a juego con la penuria de aquellos tiempos, que se esforzaba denodadamente en ofrecer unas escasas hojas que nos protegieran de las agresiones del sol, adornando unos raquíticos racimos de uvas que eran más un ornamento que un fruto comestible, en un intento de ganar el favor de mi abuelo para no ser eliminada por incompetente. El botijo de agua fresca, del que había que beber a chorro… y pobre del que chupara el pitorro, se ofrecía como forma de apagar la sed y las amenazas del calor. Todo ello a la espera de que una ligera brisa suavizara la calurosa noche, que una vez superada invitaba al descanso en un catre con colchón, en algunos casos, relleno de crujientes panochas, o de lana de borra.


Yo, hoy, a la vista de esta foto, volé buscando en el pasado reflejos diferentes de un humanismo tan ausente, de una forma de vida en valores distintos. La tecnología nos apartó de la naturaleza, le volvimos la cara y le mostramos un desprecio que nos puede costar caro, pues la tierra es la madre de todo nuestro sustento. Nos satisfará hasta su último aliento, pero si no somos capaces de encontrar la belleza y las emociones que conlleva su trato, si el amor a la “Pacha mama” se diluye y muere, también será nuestra sentencia de muerte. El hombre forma parte de un todo, y si no lo respetamos y conservamos no seremos nada, porque “el todo” nos habrá abandonado y entregado a la nimiedad.

3 comentarios:

Myriam dijo...

Lindos recuerdos.

Besos

Antonio dijo...

Así, es Myriam. La infancia y sus vivencias son la fuente que alimenta nuestro ser actual.

Besos

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Qué belleza!!!