jueves, 30 de octubre de 2014

Los muertos viven en la memoria de los vivos

Cementerio de mi pueblo

Estamos a las puertas del día de los difuntos y he recordado la frase que titula mi reflexión; le he dado suelta a mi pensamiento y he comenzado a escribir sin condición previa. Lo que viene a continuación ha surgido a borbotones de mi mente y mis dedos apenas han podido seguir tecleando el flujo que afloraba de mi cavilación. Lo comparto con vosotros a modo de homenaje a nuestros ancestros y de reflexión sobre la propia vida.
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En estos días, cuando honramos a nuestros muertos, es bueno y conveniente que nos enfrentemos a esa realidad ineludible. Tomar conciencia de nuestra nimiedad, de lo lábiles que somos, de cuan corto es el tránsito entre la vida y la muerte, nos permite reubicarnos en esa verdad de la que, normalmente, huimos. La muerte, al fin y al cabo, no es más que el punto culminante de la vida, la última etapa, la meta final. Sí, nacemos para morir y lo importante es vivir, porque el bien vivir nos llevarán a un buen morir. La conciencia limpia, la bondad por bandera, el trabajo bien hecho, el objetivo de la vida bien cubierto y, aparte de haber recorrido el camino, haberse nutrido y crecido con ese tránsito, llegar al final en paz con uno mismo y su entorno, sin conflictos internos y con la sensación de haber aprovechado el tiempo que nos dio esa vida para crecer mentalmente, en conocimiento, mejorando el mundo que nos fue entregado y dejando la herencia a nuestros descendientes en mejores condiciones de las que la recibimos.

Hay credos que hablan de esta vida como un campo donde venimos a cultivar la espiritualidad, a sanar el alma, a limpiar y purgar los pecados o errores cometidos en otras vidas anteriores, hasta llegar a la perfección que nos abra las puertas de una dimensión pura para no volver más. Tal vez sea un cuento chino al amparo de nuestra resistencia a la nada, de nuestra rebelión contra el desvanecimiento, evaporación y muerte, de nuestro egoísmo y soberbia, pero no deja de ser bonita esa imaginación, esa concepción de la vida y de la muerte, que nos palia el sufrimiento que provoca la desaparición. En nuestro mundo judeocristiano, la muerte implica el juicio, con posible tormento eterno (que curioso eso de eterno… no se nos dará otra oportunidad), aunque la iglesia católica ya descartó la existencia del infierno, sigue pesando en nuestras mentes el troquelado infantil de aquella etapa del nacional-catolicismo preñada de amenazas divinas y castigos ejemplares. Tememos  a la muerte, al juicio, al potencial castigo con el que se nos aterró en la vida, pero también nos resistimos a abandonar nuestras propiedades, nuestras cosas ganadas con el sudor de la frente, nuestras comodidades materiales y los bienes del entorno. No olvidemos que somos gente de conciencia poco clara, voluble según el caso, sometidos al discurso del pecado y su condena, cargados de dudas sobre nuestra moral y conducta, sujetos a juicios ajenos sobre aquello que hicimos, sin respeto al discernimiento y análisis personal y al libre albedrio… nosotros no definimos lo que está bien y mal, lo definen otros y eso confunde. Dios, y en su nombre sus ministros, marca la  pauta del pecado, pero esos ministros son tan hombres como uno, tan propensos al error y a la confusión como lo somos nosotros. De ello han dejado suficiente constancia a lo largo de la historia. Por tanto nuestro miedo a la muerte se ampara en ese juicio ante un Dios terrible, que nos arrojará al infierno, como hizo con los ángeles malos y rebelados y, por otro lado, a abandonar nuestras bienes materiales.

Pero hablemos desde otra perspectiva de la inmortalidad, de la vida eterna, que según los credos es variable y concebible de distinta forma. El ser humano, en general, dentro de su egolatría, se siente como un dios menor que no soporta su desaparición. Pero, en el fondo, no desaparece, deja sus genes, sus enseñanzas, sus recuerdos y sus obras. Eso perpetúa su existencia, da sentido a su vida y trascendencia en distintos campos. Sabido es aquello de que se ha de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Curioso… tener un hijo: dejar tu semilla, tus genes, tu sangre con su carga proyectiva, con tu trascendencia personal en un nuevo ser capaz de dar testimonio de tu existencia con su herencia genética y su conducta. Plantar un árbol, representa tu alianza con la naturaleza, con el medio ambiente que sustenta la vida que inicia la escala desde el vegetal al animal más básico hasta llegar al hombre, esa especie de reconocimiento ecológico, de contrato tácito entre la madre naturaleza, la pachamama de la América incaica, y el ser humano donde se da esa afinidad que perpetúa la vida en equilibrio. Finalmente, escribir un libro, que no es otra cosa que dejar testimonio de tu paso por la vida, de tu relato, plasmando todo el desarrollo que has realizado, qué viste y viviste, cómo lo entendiste, qué hiciste a lo largo del camino… o, en todo caso, si no hablas de ti de forma directa, lo haces de forma indirecta, aunque sea un testimonio novelado, proyectado en otra historia. El libro es un testamento, un documento que deja constancia a las generaciones venideras de tu paso por la vida.

Recuerdo lo que me decía un paciente, etiquetado de loco en tratamiento con neurolépticos, antipsicóticos, a raíz de sus delirios. “Los muertos viven en la memoria de los vivos, por eso yo no puedo olvidarme de mi madre, por eso voy al cementerio todos los días, para que ella no muera…” Esa certera locura constataba una realidad, la inmortalidad la consiguen los hombres desde su propia trascendencia a otras generaciones. Si saben que exististe, sin duda has existido, pero si no lo saben... sabe Dios si habrás existido.

Al menos una vez al año nos acordamos de nuestros difuntos, les llevamos flores, limpiamos sus tumbas y sus lápidas, le rezas si crees y, si no, te acuerdas de ellos, de sus actos, de su vida y su contacto. Es bueno no perder la memoria de dónde venimos, pues ello nos ayuda a hacer el camino desde esa constelación familiar que marca nuestro sino. El día de los difuntos los cementerios se llenan de vida, de colorido, de luces y de gente que hace revivir al ausente y hacerlo presente con su recuerdo. Tal vez ese día, sea el día en que menos le temo a la parca pues tomo conciencia del corto camino que va desde el parto a la muerte. Al fin y al cabo, entre el nacer y le morir solo hay pasos de esa senda que nos tocó transitar sin ni siquiera pedir que la queríamos andar. Ahora me toca pensar cómo se puede encajar en mi forma de vivir ese objetivo final para poder terminar bajo la influencia de la bonhomía. Me viene a la memoria un estrambote que le puse a un soneto sobre mi bodeguilla, dedicado a la bonhomía, y que termina:

“De esta forma te lleva a la vejez
en paz contigo y pleno de armonía
la dulce carroza de la bonhomía”.

Vida y muerte, y mientras tanto, tránsito digno del camino que lleva hasta el destino final.


7 comentarios:

Camino a Gaia dijo...

Quien planta árboles a cuya sombra sabe que jamás habrá de sentarse ha comprendido el sentido de la vida. Porque somos eslabones, porque es absurdo empeñarse la preeminencia del ego, porque es precisamente lo que no sobrevive.

Antonio dijo...

Ese es el sentido de la trascendencia, de la inmortalidad a través de la naturaleza de la que todos formamos parte.

iñaki zaratiegui dijo...

Que hermoso es reconocer en las palabras de otro, nuestra pensar. Y mas si el otro es una buena persona.
Gracias Antonio, un saludo.

RichardB dijo...

Sobra evidencia de la inmortalidad del alma; de que al morir el cuerpo, salimos del cuerpo y volvemos a un sitio de inmensa belleza y perfecta felicidad. Un sitio donde nos encontramos con gente que ha pasado antes de nosotros. La misión de Jesús era proclamar que el dios celoso y vengativo del viejo testamento no existe; que somos parte del cuerpo del Dios Verdadero, un Dios benévolo que solo nos quiere ayudar y proteger. Los que vinieron después, empezando con San Pablo (Saulo de Tarso), y siguiendo con el emperador Constantino y otros hasta el dia de hoy, corrompieron el mensaje de Jesús para poder mantener poder y control sobre los fieles. Asi que no hay que confundir lo que dicen las iglesias y sus ministros con “lo que Dios manda” porque no tiene nada que ver el uno con el otro. Lo único que importa is, como dijo Jesus, "Amar a Dios y amar al prójimo." Y si no crees en Dios, a Dios no le importa, amar al prójimo es suficiente.

Antonio dijo...

Gracias, Iñaki, por identificarte con mi escrito. Un saludo

Antonio dijo...

Yo. amigo Richard, prefiero quedarme con amar al prójimo, comprenderlo y respetarlo en su libertad de credo, de pensamiento y de discernimiento. El credo y la fe es cosa de cada cual.
Comparto tu crítica al proceso evolutivo de la iglesia y a como se vendió la poder apartándose del mensaje de Cristo, pero ya no creo en la parafernalia del hijo de Dios, pues si acaso todos somos hijos de ese Dios, si existe como bien dices.

RichardB dijo...

No, eso del Hijo de Dios es nada mas que otro invento de la iglesia para poder decir que su religion es el unico verdadero, porque lo fundó Dios. Si que todos somos hijos de Dios, o, si prefieres, somos del mismo espiritu, y amar al projimo es lo único importante...