lunes, 12 de enero de 2009

Leyenda sioux

Cuenta una leyenda de los indios sioux que, cierta vez, Toro Bravo y Nube Azul llegaron tomados de la mano a la tienda del viejo hechicero de la tribu y le pidieron:


- Nosotros nos amamos y vamos a casarnos. Pero nos amamos tanto que queremos un consejo que nos garantice estar para siempre juntos, que nos asegure estar uno al lado del otro hasta la muerte. ¿Hay algo que podamos hacer?


Y el viejo, emocionado al verlos tan jovenes, tan apasionados y tan ansiosos por una palabra, les dijo:


- Hacer lo que pueda ser hecho, aunque sean tareas muy difíciles. Tu, Nube Azul, debes escalar el monte al norte de la aldea solo con una red, cazar el halcón más fuerte y traerlo aquí, con vida, hasta el tercer día despues de la luna llena. Y tú, Toro Bravo, debes escalar la montaña del trueno; allá encima encontrarás a la más brava de todas las águilas. Solamente con una red deberás agarrarla y traerla para mí, ¡viva!


Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron para cumplir con la misión.


El día fijado, en frente a la tienda del hechicero, los dos esperaban con las aves.


El viejo las sacó de las bolsas y constató que eran verdaderamente hermosos ejemplares de los animales que él les había pedido.
-¿Y ahora, qué debemos hacer? Los jovenes le preguntaron.
-Tomen las aves y amárrenlas una a otra por las patas con esas cintas de cuero. Cuando estén amarradas, suéltenlas para que vuelen, libres.


Ellos hicieron lo que les fué ordenado y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron volar, pero apenas consiguieron dar pequeños saltos por el terreno.


Minutos despues, irritadas por la imposibilidad de volar, las aves comenzaron a agredirse una a otra, picándose hasta lastimarse.




Entonces, el viejo dijo:


- Jamás se olviden lo que están viendo. Y este es mi consejo: Ustedes son como el águila y el halcón. Si estuvieran amarrados uno al otro, aunque fuera por amor, no sólo vivirán arrastrándose sino tambien, mas tarde o mas temprano, comenzarán a lastimarse uno al otro.


Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos, pero jamás amarrados.


Libera a la persona que amas para que ella pueda volar con sus propias alas. Esta es una verdad en el matrimonio y también en las relaciones familiares, amistades y profesionales. Respeta el derecho de las personas de volar rumbo a sus sueños. La lección principal es saber que solamente libres las personas son capaces de amar.

domingo, 11 de enero de 2009

Relación objetiva Vs. relación objetal

Hace algún tiempo, mi amigo Juan Carlos Higuero, me incitó a reflexionar sobre el egoísmo imperante en las interacciones humanas y, sobre todo de pareja, indicándome: “… a algunos solo les prima el mí, el mío, el para mí …” Me pidió una reflexión muy interesante. Yo se la debía y hoy quiero colgarla en mi blog. Es una visión sobre las relaciones que está basada en el vínculo objetivo en contraposición al objetal.

Creo recordar que Carlos Castilla del Pino, en unas de sus obras (posiblemente “Un estudio sobre la depresión”) plasmaba una visión dicotómica sobre las relaciones humanas, donde diferenciaba la relación objetiva de la objetal. Uno, que a lo largo de su vida va asimilando, digiriendo e interpretando las distintas cuestiones con las que ha ido nutriéndose, dándole una explicación propia y razonada, que puede diferir de los planteamientos del autor de referencia, acaba elaborando sus propias conclusiones, de modo natural, como consecuencia de reflexiones y vivencias que soportan el hilo argumental de las mismas. Pues bien, estas son las mías, de momento.

En este jodido mundo, la competitividad nos lleva al poder a través del tener o poseer; no del SER, de la autorrealización, de la inteligencia y el conocimiento. Por tanto, ejerce más poder el que más tiene, posiblemente el más egoísta, con menos escrúpulos y valores sociales. Así pues, queremos, pero desde el punto de vista interesado.

Querer tiene la acepción del deseo por necesitar una cosa, es pues una relación objetal, pretendemos un objeto que nos satisfaga esa necesidad. Deseamos y queremos el objeto que nos satisface, pensando en nuestra propia felicidad básicamente. No pensamos en el amor, que tiene otra interpretación basada en la relación objetiva; es decir, sabemos que nos relacionamos con otro ser que tiene su propia proyección y que nosotros podemos ayudarle, si así lo estima, en su desarrollo personal, a la vez que él nos enriquece a nosotros. En este intercambio libre, de emociones, experiencias, vivencias y, en suma de vida, crecemos ambos. Dejemos el querer para las cosas materiales y usemos el amor para las personas.

En la relación objetal manipulamos al otro para que sea como nosotros necesitamos que sea o, al menos, lo intentamos, por lo que la convivencia se convierte en una negociación continua, en un intento de conseguir que el otro se adapta a nuestras necesidades en lugar de desarrollarse libremente y enriquecernos con ese desarrollo personal, libre y autónomo. Renunciamos a esta diversidad, que nos proporcionaría el beber de diferentes fuentes, de gran creatividad, para garantizar el beber en una sola, controlada por nosotros en la línea que nos interesa a priori.

La relación de pareja es una de las más perversas, en este sentido, cuando se enfocan al querer en lugar de al amar. Mi marido, mi mujer, mi… lo que sea, es posesivo. Lo posesivo implica “beneficiarse de…” y lleva a lo objetal. Por desgracia, históricamente, se nos ha enseñado en la dependencia, se nos han cortado las alas de la libertad, se nos ha frustrado a través de principios y conductas de componente religioso y social, se nos ha orientado en el servir a los demás miopemente. Se sirve mejor a los demás siendo más libre y buscando el propio desarrollo, que se ofrece como fuente donde beban los otros. La educación en el compromiso social y la responsabilidad garantizan esa eficacia. La siembra de estos principios, de compromiso social con la ciudadanía, permite el desarrollo de la sociedad.

Encontrar con quien compartir la vida, en sentido de pareja, y que tenga tu misma orientación en el respeto al desarrollo personal y común a la vez, es complicado, pero necesario para crecer. El problema se da en el proceso de crecimiento, en cómo se gestiona el día a día para que este sea compartido, en cómo volar sin estorbarse el uno al otro, en cómo ayudarse y darse la mano para pasar los obstáculos. La herramienta es el diálogo, hablar el mismo idioma, comprenderse mutuamente y usar la asertividad constatando que el mensaje que se quiere emitir es bien entendido y comprendido. La comunicación es la herramienta, el vehículo, que usamos para cohesionar las posiciones, para acercarnos y trasvasarnos los conocimientos, las ideas y las reflexiones que nos permitan ese crecimiento; es el soporte alimentario que nos aporta la energía necesaria para evolucionar.

Como digo en muchas ocasiones, el arte de comunicar está en hablar el idioma del que escucha. En el proceso evolutivo el leguaje se modifica, se condiciona y sufre mutación al amparo de nuestras vivencias, emociones y sentimientos, que le dotan o recubren de un contenido analógico o no verbal. Esa comunicación no verbal, que escapa a la lógica del léxico y de la estructuración gramatical, es una continua fuente de expresión de los sentimientos verdaderos, que no siempre son bien interpretados por el receptor y, en otros casos, camuflados por la parte emisora cuando le interesa controlarlos. Por tanto, cuando existe una relación objetiva la franqueza está por encima de cualquier cuestión, puesto que lo que se pretende es el desarrollo de ambas partes bajo el respeto mutuo, lo que lleva a valorar y comprender cualquier posicionamiento, sentimiento o emoción de la otra persona; el camino del entendimiento en pareja está expedito. Pero cuando la relación es objetal se da un contexto morboso y existe una tendencia a esconder los sentimientos liberalizadores, o subversivos, para evitar el conflicto, para que la incomprensión y la discordia no se adueñen de la situación.

En este tipo de relación perversa y posesiva (objetal) pretendemos que el objeto (el otro) sea como nos interesa, intentamos modelarlo a nuestra conveniencia y para ello usamos cuantas artimañas consideremos necesarias, incluyendo el chantaje emocional, el premio y castigo a través de dar o no aquello que tenemos y que le pueda interesar al otro, incluido el sexo. Y esto… ¿No parece más un intercambio comercial de objetos o partes de los mismos? Si a ello le sumamos la famosa sociedad de gananciales encontraremos el nexo que mantiene unidas a una gran cantidad de parejas, pero en una relación meramente objetal. En todo caso, se recurre habitualmente al recordatorio de las bases del contrato con el que se fraguó la pareja; o sea, “tu ya no eres el/la que eras, tú has cambiado” sin entender que la vida es un proceso continuo de cambio y de evolución.

En este punto, y a modo de despedida, quiero remitiros a la lectura de la leyenda de los indios sioux Toro Bravo y Nube Azul que cuelgo aparte.

La sociedad encorsetadora



La vida, el azar y la necesidad nos sitúan a cada uno en un sitio y te obligan a luchar en él, es tu camino, tu campo de desarrollo, ese campo de juego donde se da el partido de la vida, con sus interferencias y sus exigencias, con las estructuras sociales, sus preceptos, reglas, normas y valores, con sus partes positivas y las negativas. Lo positivo y negativo depende más de la propia posición de cada uno, de los principios morales y éticos que te hayas formado o que te hubieran introducido en el proceso de formación y socialización. Es el resultado de un balance personal y subjetivo que no siempre ha de coincidir con el que hagan otros sujetos del entorno, pero que está mediatizado por los parámetros que la propia sociedad ha ido definiendo para la elaboración de esos análisis.

Esta jodida sociedad, que establece las normas del juego, hace que nuestro crecimiento, basado en el intercambio con los demás, esté condicionado por falsas éticas y moralinas de tres al cuarto que limitan la comunicación y el contacto. Hace falta un mayor desarrollo intelectual de la gente para sobrepasar el listón de esas imposiciones y tener criterios propios, donde nuestros principios y valores cuestionen la atadura de las mentes trasnochadas, que se fueron imponiendo a lo largo de la historia, y podamos liberarnos de las exigencias y modular a ese superyo traicionero con nosotros y servicial con los ostentadores del poder en la sociedad, que lo han ido moldeando desde nuestra infancia para hacernos serviles y esclavos de los principios y valores que nos fueron imponiendo.

Qué difícil es luchar cuando en tu interior se produce la batalla y el desencuentro entre tus ideas, que vas elaborando para poder crecer, y los principios y valores castrantes que te fueron colocando a lo largo de tu existencia. Esos paradigmas que pululan en tu entorno y que van marcando lo permitido y lo desautorizado, la bondad y la maldad, lo correcto y lo incorrecto, que te ubican en la relación con tu medio, y cuando no los cumples eres arrojado del “paraíso” de pertenencia al grupo, siendo satanizado y desvestido del reconocimiento social. Si bien ello te libera del contrato social, la pérdida de los beneficios actuales y la necesidad de reorientación de tu vida actúan como freno y, si no quieres una ruptura traumática, solo te queda el pensamiento y el intercambio de ideas, de energías y emociones con la gente que está en tu línea, incluso de forma furtiva, pues en tu entorno no entendería el flujo energético-afectivo que vehiculiza esa relación. A veces tienes que reprimir el impulso de atracción porque no encaja en el juego social. Ese es el gran drama del ser humano, que pudiendo comer de todos los frutos de la vida (entiéndase por frutos el intercambio y contacto con los demás) en un paraíso de relaciones sociales en interacción libre, hemos sido condenados a modular nuestra conducta y solo se nos permite comer del fruto adulterado por la manipulación de las religiones y de los principios y valores que instauran el sistema de servilismo al poderoso. Estamos presos de nosotros mismos y solo nos queda orientar el afecto y el amor hacia otros a través de lo permitido y potenciar el Síndrome de Estocolmo buscando el sentimiento hacia aquellos que son nuestros propios carceleros.

El enemigo, pues, está en nuestro interior, en nuestra mente y lo han fraguado sujetos ajenos que no quieren que seamos libres, porque les da miedo y ellos perderían su preponderancia. Nuestro superyo, nuestra dependencia de los demás, nuestro compromiso social con la familia y con los amigos en menor grado, nos ata al suelo y no nos deja volar en busca de nuevas dimensiones de desarrollo personal. Hay cosas a las que tienes que renunciar, pues no las entendería tu pareja, tus hijos, tus padres, tu entorno social… pero sobre todo, te generarían un proceso interno de conflicto que solo puede ser abordado desde la maduración, gestionando el cambio con habilidad para no enfrentarte violentamente contigo mismo. Ese camino es lento y doloroso, es el parto a una nueva vida de libertad que implica posibles rupturas y redefiniciones de cosas y valores. El dolor será mayor cuanto más abrupto el cambio. No obstante, si compartes el cambio y desarrollo con tu entorno, propiciándolo en ellos, puedes evitar rupturas y el dolor, pero eso es tremendamente difícil, pues no siempre se da una evolución paralela con tus prójimos y el compromiso con ellos pasa por mantenerte en la posición inicial, aquella en la que fue firmado el contrato, permitiendo solo los cambios que paulatinamente han sido aceptados en el proceso de relación. Al ser un cambio negociado implica renuncias y frustraciones, limitaciones y frenos que siguen condicionándolo todo y que solo pueden ser bien entendidos desde el respeto a la libertad de cada uno de los negociadores, evitando el chantaje emocional y la imposición, potenciando el libre albedrío de cada uno como lo más constructivo y evolutivo para un mejor desarrollo de ambas partes.

La libertad se cimienta en la tendencia a no depender de los demás, en crear un espíritu de colaboración entre todos que nos oriente al desarrollo personal, en entender que si tu creces yo crezco, en aceptar que la palabra “mi” en sentido posesivo debe ser erradicada cuando hablas de otras personas, en tener y encontrar actitudes potenciadoras del desarrollo por encima del sentimiento de dependencia; es decir, en aliarnos para crecer, en lugar de frenar y condicionar el crecimiento de tus semejantes. Pero es todo tan complicado, que, a veces, no sabes que hacer, que te asaltan las dudas, que ves disonancias irreconciliables y te planteas la fidelidad a ti mismo como prominente sobre las demás, cuando la sociedad te habla de fidelidades a otras personas en su lugar. Esto es lo incongruente del asunto. Nuestra principal función en la vida es crecer para aportar más a los demás y llegan unos imbéciles y nos dicen que tenemos que someternos a los demás, con los matices que quieras introducir, y reconducen el camino del desarrollo en base a principios encorsetadores.

Nos cortan las alas de la fantasía, de la investigación, de la libre búsqueda de la verdad y nos condicionan y nos dirigen por caminos de “verdades incuestionables” basadas en actos de fe, de principios inamovibles y de normas sociales y de convivencia que son la argamasa de una sociedad vieja y caduca, que no nos ha permitido evolucionar en un sentido amplio y personal, que solo se ha preocupado del desarrollo económico y tecnológico movido por el afán lucrativo de dirigentes empresariales y de las clases ocultas que mueven los hilos del poder desde la tramoya.

Pues bien, este es nuestro campo de batalla o de disfrute, de desarrollo personal y colectivo, de encuentros y desencuentros; en suma el lugar en el que hemos de ejercer nuestro derecho a la vida, en el que hemos de trabajar día a día para encontrarnos con nosotros mismos y potenciar nuestro crecimiento y el de nuestro entorno; es nuestro camino compartido hacia la madurez…

Es un reto mantenido, donde hemos de descubrir nuevas formas de relación en las que el desarrollo del ser humano esté por encima de cualquier otro interés bastardo, dónde el principal objetivo sea el crecimiento personal de todos y cada uno. Pero estamos fracasando en el intento y la historia lo demuestra. Ya va siendo hora de buscar en nuestro interior las esencias del ser humano, sacarlas a relucir sin complejos, crear un nuevo orden de prelación dónde se imponga la paz y el respeto a los demás, donde el bien común se anteponga a la codicia de círculos minoritarios, erradicando los intereses de los grupos de poder sobre las mayorías, dónde los principios encorsetadores se vayan eliminando y sustituyendo por otros que permitan el crecimiento y desarrollo personal, dónde fluyan las emociones y sentimientos sin perturbaciones y dónde cada uno sea dueño de sus pensamientos sin miedos ni tapujos, dónde la amistad sea garante de la expresión libre y no condicionante de la misma. Esa amistad que se resumiría en: “Un amigo es aquel con el que puedes pensar en voz alta”.