sábado, 6 de mayo de 2017

La nieta y la abuela


Foto tomada de internet
He de reconocer que no suelo salir a andar. Ya se sabe que es un sano ejercicio a mi edad. Pero, tal vez por vagancia, por estar haciendo otras cosas o preferir dedicar el tiempo a otros quehaceres, un día por otro, a pesar de ser consciente de la necesidad de caminar, sigo sin hacerlo.

No obstante, de cuando en cuando, me gusta despejarme, hacer volar el pensamiento a otras esferas y, al ritmo sosegado del paseo, dar rienda suelta a la imaginación. Digo eso porque si dejas la mente suelta, abierta a los estímulos del entorno, ella divagará en función de lo que prefiera o le sea más impactante o interesante entre todo aquello que se ofrece a sus sentidos.

Hoy, en uno de esos escasos paseos, observé delante de mí a una pareja formada por una chica joven y una señora mayor. La joven tenía un tipo impresionante, una figura seductora de belleza 10, y con matrícula de honor. Aflojé mi ritmo para no adelantarlas y seguir disfrutando de la maravillosa visión. Se me vino a la mente lo de viejo verde y recordé lo que suele decir un amigo mío, que prefiere ser viejo verde a estar muerte y carente de deseos. La chica debía medir algo más de 1,70 m. Llevaba una especie de top corto mostrando una fina línea de su cintura entre la falda y el top. La falda, ligeramente por encima de la rodilla, mostraba algunos centímetros de los muslos, dejando a la fantasía una morfología ideal, a la par que le daba frescura a la imagen y un cierto encanto con el rítmico bamboleo al caminar. El pelo rubio y abundante le caía sobre la espalda formando una melena juguetona con la suave y casi imperceptible brisa de la mañana. Zapatos de tacones moderadamente altos, lo suficiente para elevar los glúteos en su justa medida, exhibiendo un trasero seductor. Piernas bien formadas, con caderas perfectas que se iban ajustando armoniosamente a la dimensión de la cintura, que, sin ser de abeja, ofrecía un diámetro de película, formando una figura ejemplar, de modelo, que me hizo pensar por qué es un placer subliminal el toque de guitarra.

Aquella chica tenía todos los encantos necesarios para llamar la atención, para despertar admiración al observarla. Ciertamente, el mundo nos ofrece bellezas por doquier, bien sean naturales o artificiales. Lindas panorámicas, maravillosas construcciones, exuberantes floraciones en primavera, etc. Y cómo no, la natural belleza del sexo contrario o, por qué no decirlo, para algunos y algunas, los del propio sexo. Esto de la belleza parece que no es una cuestión perfectamente definida y baremable, aunque hay ciertas tipologías que serían los modelos matizables según cada cual. En todo caso, yo suelo decir, cuando se ve una mujer bella, que es como una obra de arte expuesta en el museo natural de la vida para ser observada y admirada pero, como en los museos, queda prohibido tocar.

Reconozco, como hombre, que ante estos estímulos afloran sensaciones, sentimientos y deseos esporádicos que bullen en el interior, produciéndose una batalla entre el deseo y la razón que, al final, acaba venciendo. Para ello se nos ha educado en esta sociedad que nos encorseta a normas, no siempre bien interpretadas. Porque, digo yo, ¿no quedaría bonito que cuando un hombre o una mujer, ve a otra persona de belleza y encanto se lo dijera? Sería lindo que alguien te parara por la calle, cuando a veces necesitas un chute de energía positiva, y te dijera: “perdone pero al verle he sentido en mi interior la necesidad de decirle lo bella que es usted, me encanta su pelo, sus ojos o su…” lo que fuere, sin que ello significara que esa otra persona te está agrediendo o invadiendo tu intimidad, sino reconociendo y realzando tu valor. Tenemos miedo a que la gente nos malinterprete cuando decimos algo que pueda sonar a piropo intencionado, a que se viva como una agresión y se nos mande a freír espárragos con cajas destempladas, desde la suspicacia y paranoia que nos ha creado este mundo de oscuras pretensiones. A mí, a veces, me sale del alma y, en más de una ocasión, le he dicho a una chica, amparado tal vez en la diferencia de edad, lo bonitos que tiene los ojos, la luminosidad que proyectan y le otorgan a su cara, o la esbelta y modélica figura de su cuerpo. Evidentemente, mis pretensiones son las del visitante del museo, solo observar y disfrutar de la belleza de la obra creada, sin tocarla, claro está.

Pero volvamos al caso de la chica y la señora que nos ocupan. ¡Qué maravilla! La suerte dotó a la joven, sin ni siquiera hacer nada, con toda su belleza. Ella lo sabía, ¿cómo no? si solo al mirarse al espejo debía recibir una chorro de autoafirmación, y satisfacción personal, con el riesgo de llevarla a la pedantería y el engreimiento. Y mirándolo bien, me dio la sensación de que así era. Pienso que, como se suele decir, se lo tenía creído. Sin comerlo ni beberlo, la naturaleza le regaló la belleza; el mérito no era suyo, en cierto sentido. De todas formas, a mí, me arrebató, sintiendo en mi interior las alteraciones naturales del deseo, porque no nos engañemos, la edad es la edad cronológica, pero la juventud y el deseo afloran sin remisión… otra cosa es el autocontrol y la represión que ejercemos a lo largo de nuestra vida sobre esos deseos de inapropiada exhibición pública.

Luego, cuando se pararon en el escaparate de una librería, no pude menos que imitarlas. No eran los libros expuesto mi motivación, lógicamente y ante el susodicho arrebato. De soslayo observé más detenidamente su cara, su torso, ojos, etc. que la reafirmaban. Linda chica, me dije… y entonces miré a la señora mayor. Debía ser su abuela.

Cambié el chip al ver su cara, cargada de arrugas, el pelo blanco, sus ojos cansados pero no apagados, y todo su ser marcado por el tiempo, por la vida vivida y sufrida, por las experiencias traumatizantes y enriquecedoras, por el acúmulo del conocimiento y saber estar. Yo creo que superaba con holgura los 70 años, pero a mí nunca se me dió bien el calcular las edades, sobre todo en el caso de las mujeres. Eso sí, aquella señora exhalaba encanto por los cuatro costados, hasta tal punto que borró de mi mente a la joven y mi pensamiento voló a otros campos. En ella vi el valor de la persona que a lo largo de su vida se va fraguando, que se crea a sí misma y su belleza y valía es una autocreación, un cúmulo de riqueza acumulada en su ejercicio vital, en su esfuerzo y dedicación a lo largo de la vida.

La obra de arte que portaba su nieta era de otro artista, siendo ella un mero soporte de la belleza; en el caso de la abuela, era ella la artista, la que había creado su obra. La belleza de la joven era un regalo divino, no una creación propia, mientras la belleza de la abuela era el producto de una conformación personal, una creación exclusiva realizada a lo largo de su existencia donde fue modulando sus sentires, emociones, convicciones, valores, etc. hasta resultar el cúmulo de encantos que emanaban de su ser. Se veía una persona culta, sosegada, inteligente, irradiando paz. Ese era su atractivo precisamente. Tal vez despertara cierta envidia en mí, pues a estas edades uno de los elementos básicos que deben movernos en la vida es, precisamente, el encuentro con esa sosegada paz que nos permita transitar por el estadio final de nuestra existencia, hasta llevarnos a un final tranquilo, apacible, dulce y afable. La paz interior se refleja en la sonrisa, en la mirada y los gestos. Se muestra desde la tranquilidad del espíritu, desde el equilibrio interno y la madurez psicológica. A esas edades, si se alcanza esa madurez, se comprende casi todo, se entiende a la gente y se acepta la nimiedad personal, dejando de ser insoportable la levedad del ser, como diría Milan Kundera. A esa edad ya no ha de haber envidias, ni vanidades, ni codicia y avaricias sobre el mundo material, sino sosiego, ternura y nobles sentimientos que se puedan ofrecer a los jóvenes como guía para alcanzar en su mañana esas cotas de desarrollo cercanas a la autorrealización personal.

Curiosamente, la joven pasó a segundo término eclipsada por su (presumible) abuela. Mi instinto reproductor, mi deseo sexual, quedó superado por mi otro deseo de maduración psicológica, de identificación generacional y de modelo proyectivo, sabedor de que mi camino se alejaba de aquella juventud ostentosa de la chica y se acercaba al sereno tránsito de su abuela. Entonces prefería el valor nutriente de la experiencia, a la bacanal impulsiva de deseos con matices de sensualidad lasciva. Tal vez se comprenda esto al entender que el deseo sexual es una necesidad perentoria que una vez satisfecha pierde su poder, como el hambre desaparece después de haber comido.

Hay instintos importantísimos en el ser humano, y todas las especies animales, que permiten su perpetuación a través de la gestación y nacimiento de sus crías, para ello, el acto de inseminación se acompaña de uno de los placeres de mayor intensidad, porque de lo contrario no estaría estimulada esa reproducción y la especie desaparecería. Por tanto, la sexualidad es hedonista y placentera hasta tal punto que, mientras el resto de las especies la usan, por lo general, en los momentos de receptividad de le hembra para la reproducción, el ser humano, dotado de inteligencia, la busca por puro placer. Mientras que las otras especies detectan esa receptividad por el olfato, nosotros usamos más el conjunto de sentidos, la vista, el oído, etc. junto a la interpretación del mensaje verbal y no verbal con todas sus ambigüedades para valorar la receptividad del sexo contrario y la afinidad, feeling o química, que se pueda dar entre ambos.

De ahí que la sexualidad de las personas mayores sufran un declive con la edad, porque la naturaleza es sabia. Los jóvenes, desde su fortaleza, garantizan una mayor calidad de las crías. A los mayores, en todo caso, les compete aportar su cúmulo de saber en lo vivido actuando como nutrientes del conocimiento, como aporte de la sensatez y el equilibrio que otorgó la experiencia, aunque en los últimos tiempos la tecnología nos ande arrebatando el derecho a transmitir las actitudes y el conocimiento intergeneracional. Ello no quiere decir que en la madurez el sexo no exista, sino que se vive de otra forma más sosegada, donde el coito y penetración no es el objetivo principal, sino el contacto, la caricia, el sentimiento de acompañamiento y comprensión. En suma la aparición del amor verdadero y no del amor pasional que prevalece más en la juventud por imperativo subliminal de reproducción.


Si, la abuela era la verdadera obra de arte en el sentido humano integral, con las marcas y arrugas que dejan los tiempos; la nieta era apariencia sublime, de piel virginal, sin el contenido humano de la abuela. ¿Me estaré haciendo viejo?

De todas formas, dado que mañana es el día de la madre, ¿qué mejor madre que la abuela? por eso se llama en algunos idiomas gran madre... va por ellas.


5 comentarios:

Fanny Sinrima dijo...

Después de leer estas interesantes reflexiones, solo me queda animarte a que todos los días salgas a pasear. ¡Ya ves lo que te pierdes!

Un abrazo.

Antonio dijo...

Creo que tienes razón, Fanny.
Deberé plantearme hacer ese ejercicio y ver lo que me muesra la vida cada día, dejando a mi mente libre para divagar.
Un abrazo

Myriam dijo...

Con un mes de atraso llego aquí. antonio y te leo. Creo que vas a tener que hacer más caminatas "filosóficas" como esta. La joven es pura potencia, pura promesa; y la mayor, pura esencia, puro ser.

Un abrazo a ti y otro a L.

Myriam dijo...

Por cierto, la foto que elegiste para esta entrada es preciosa.

Antonio dijo...

Soy vago para esas caminatas y debería de caminar más, aunque solo fuera por buscar la salud. Si luego se suma esa fase reflexiva que acompaña al deambular, mejor que mejor.

Besos