miércoles, 16 de mayo de 2007

PROGRESO

Hace algún tiempo vengo dándole vueltas a la cuestión del concepto progreso y su aplicación en términos políticos. Casi todos los partidos pretenden el progreso y se identifican con el progresismo como argumento electoral. Yo pienso, como es lógico, que el progreso es la base del desarrollo, pero podemos entenderlo de diferentes maneras y orientaciones. El diccionario de la lengua española, en una doble acepción, lo define como:
1. Acción de ir hacia adelante.
2. Avance, adelanto, perfeccionamiento.

Por tanto, podemos decir que sería el acercamiento al objetivo marcado. La cuestión es: ¿Cuál es el objetivo? Por un lado, entendemos que progresamos cuando estamos mejor desde un punto de vista económico, tecnológico, de avances y adelantos materiales. Es decir, cuantos más recursos tengamos a nuestra disposición nos situaremos en un mayor progreso. Esto hace que lo midamos en “tener cosas” y medios para satisfacer nuestras necesidades básicas, por lo que gozaremos de un progreso material. De aquí se desprende que nuestro objetivo se centraría en la elaboración de la materia hasta convertirla en la base de nuestro bienestar. Por tanto, el desarrollo de la industria transformadora es el instrumento de elección para conseguir este fin. En ese sentido, todos los ciudadanos deberían asumir su entrega al servicio de la producción de bienes de consumo, para dotarse de artilugios y aparatos que le faciliten la vida, dando mayor preponderancia a la empresa, como medio de progreso y desarrollo, que al sujeto; por lo que éste estaría sometido a los intereses de producción. La empresa y sus técnicos definen lo que nos interesa y, mediante los criterios del mercado, nos lo hacen llegar con el fin de consumir el material que han diseñado para satisfacer nuestras necesidades, que, previamente, han estudiado y definido, e incluso nos han motivado para su consumo. Por otro lado, la misión de la empresa está en sus beneficios, en hacer progresar y enriquecerse a los dueños o accionistas de la misma, no en los intereses del consumidor, que se darán en un segundo orden y siempre que de ello se desprenda una mayor demanda del producto. En suma, aquí, el dinero y la propiedad son los indicadores del progreso y, por ende, el objetivo del mismo.

Existe otra idea de progreso orientada al desarrollo personal, a la autorrealización y a la maduración de los sujetos, entendiendo lo material como instrumentos a su servicio y no como objetivo final. El ser humano ha venido a este mundo para realizarse, para evolucionar mental y “espiritualmente” (entrecomillo para que cada uno/a aplique la interpretación polisémica que considere, pero hago referencia a la esencia o sustancia del ser humano). Para mí esta es la base del desarrollo y del progreso, la que antepone el sujeto sobre cualquier otra cuestión. Los aspectos relacionados con su formación personal, el desarrollo de su libertad, capacidades intelectuales y potencialidades, su espíritu crítico, su creatividad, junto con la educación en valores sociales de tolerancia, igualdad, comprensión, implicación, responsabilidad, solidaridad, apertura de miras, etc. que permitan una justa convivencia en paz entre los pueblos. Lo importante no es el tener, sino el ser. En este caso, el ser humano es el bien más preciado, con una espiral de potencialidades a desplegar que garantizan una sociedad de verdadera evolución. Bajo esta perspectiva, todo el sistema debería estar enfocado a este perfeccionamiento del sujeto, a una conjunción social donde los intereses económicos no primaran sobre los valores de convivencia y progreso social, permitiendo el desarrollo de la espiral de potencialidades a que me refería. Donde lo importante no es que las empresas tengan mayor o menor beneficio, sino que estén orientadas al servicio del ciudadano, antes que al de los accionistas. La producción se ha de estudiar conjugando las necesidades humanas con el menor daño posible al ecosistema y procurando la preservación de la especie y su entorno.

En las últimas décadas se observa un incremento de la influencia de las empresas, sobre todo multinacionales, en la orientación de la política mundial (estoy sorprendido por el alarde de poder que ha hecho el Sr. Ecclestone, ese caballero que es dueño de lo relacionado con la fórmula 1, amenazando con no celebrar el gran premio de Valencia si no gana el PP las elecciones en esa comunidad). La economía es preponderante sobre cualquier otro principio. Lo importante son los beneficios y el flujo económico. Los sujetos son usados como instrumentos directos o indirectos para este objetivo. No importan los muertos, el hambre y la miseria de los otros si nosotros estamos bien. Lo importante es nuestra cuenta corriente y los beneficios de nuestras acciones, nuestro cómodo sillón para asomarnos a la ventana de esa vida virtual que nos presenta la TV, donde confundimos realidad con ficción. La imagen de una muerte o situación de violencia en una película tiene el mismo valor que la de una realidad objetiva. Rambo mata y mueren los malos, no importa donde, pero son solo los malos, los que quieren yugular nuestro progreso económico y nuestro bienestar social. Sin embargo, ante esta situación, nuestra obligación esta en llevar el progreso a esa gente; el incluirlos en este sistema de desarrollo, en esta dinámica de producción y consumo, aunque sea a fuerza de sangre y a modo de escarmiento. ¡Qué cinismo!

Ahora, desde la “poltrona de los Neocons”, tenemos gran descaro. Los gobiernos y estados están a nuestro servicio. Hemos establecido unas reglas del juego y unos elementos de control sobre la gente que nos permiten reorientar opiniones y criterios según nuestras necesidades y objetivos. Los planteamientos revolucionarios, que surgen con la toma de la Bastilla, de igualdad, fraternidad y libertad los hemos reconducido. Mayo del 68 y sus principios es una pesadilla en el tiempo que ha de pasar a mejor vida. El “progre” lo asociamos a sujetos descuidados y de moral laxa, con un leve componente trasnochado y una gota de locura genial, que le da cierto encanto, pero situándole fuera de lugar y en periodo de extinción. La democracia la hemos situado en la opinión política y no trasciende a la cuestión económica y social, salvo lo justo, lo que nos interesa. Tenemos psicólogos, sociólogo, politólogos, y todos los ólogos que se quiera, para crear opinión pública que apoye a nuestros políticos. Compramos medios de comunicación, periodistas, políticos, religiosos, científicos y cuanto profesional necesitamos para ello y aquellos que no se pliegan a nuestros designios los denostamos y descalificamos. Eso sí, todo lo hacemos por el bien de la sociedad, porque nosotros sabemos lo que le interesa y que es lo mejor para ella. Somos los iluminados por Dios para salvar a la civilización. Los gobiernos se han rendido a nuestros pies. Si no cumplen los asfixiamos económicamente y los cambiamos democráticamente (el pan da el voto)… Por todo ello, queridos amigos, me dan miedo los “neocons” y sus planteamientos. ¡Poderoso caballero es don Dinero!

Pero, ¿dónde está el futuro? O sabemos conjugar los dos progresos, poniendo el económico al servicio de la realización de los hombres y mujeres de este mundo o iremos al fracaso. Los intereses económicos sobre los de desarrollo humano llevan a la guerra y a la imposición, como se ha demostrado a lo largo de la historia. El desarrollo de valores humanos y principios de convivencia y de justicia social llevan al encuentro y entendimiento de las distintas civilizaciones. Se pretende globalizar un mundo para el mercado, pero no para la igualdad y la justicia. No se busca, en primer lugar, el bien de los habitantes del planeta, sino el de las empresas multinacionales. La globalización es un mal rollo desde esta perspectiva... El problema es que estamos subidos en un carro del que no nos podemos bajar, salvo que nos convirtamos en sujetos marginales. El reto está en reconducirlo y orientarlo hacia unos objetivos basados en principios de desarrollo humano universal y poner a la empresa al servicio de los intereses de hombres y mujeres y no al revés. El instrumento, desde la política, es la legislación. Para hacer leyes consecuentes con estos objetivos hemos de identificar los programas y principios de los partidos que estén en esta onda, pero sobre todo pedirles que respeten la soberanía de los pueblos y la antepongan a los beneficios económicos de las multinacionales, exigiéndoles, a éstas, pleitesía ante el ciudadano y sus intereses.

En resumen, el asunto está en tomar conciencia del problema y desarrollar criterios sociales y políticos que modifiquen la tendencia al enriquecimiento material de colectivos sin escrúpulo, dando protagonismo al segundo concepto de progreso que he barajado. Por otro lado, las distintas culturas y credos definen nuestra relación con la tierra. Según la Biblia, Dios creó la tierra en seis días y la puso al servicio del hombre. Pero otras culturas, que consideramos atrasadas y que nos empeñamos en descalificar y destruir, imponiendo la nuestra con criterio de conquistadores, como la indígena de los Andes, mantiene otra filosofía relacional, considerando a la tierra como la Pachamama o Madretierra, por la que sienten veneración y respeto. Es nutriente y de su sustento depende nuestra existencia. El futuro está ligado a su capacidad de alimentarnos. Por tanto, es de inteligentes conservarla y mantener una simbiosis con ella y con todos los elementos que la integran. ¿Dejaremos de ser depredadores de la tierra para convertirnos en sus hijos? ¿Seremos capaces de cambiar la idea de expolio por la de uso agradecido de los recursos que nos presta?