sábado, 17 de enero de 2026

La duda, antesala de la verdad

 

Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 17 ENE 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/01/17/duda-antesala-125769897.html

La vida nos fue mostrando que la supuesta verdad ignota no es alcanzable y que cada cual tiene su propia verdad relativa, fundamentada en sus propias convicciones

George Gerbner / L.O.

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Malos tiempos para los dudantes, para aquello que siempre andamos cuestionando cosas y dudando hasta de lo que hemos dado por verdad. «Solo sé que no sé nada», decía Sócrates, porque el verdadero saber comienza al reconocer la propia ignorancia. Ese nada es poco, casi nada, en relación a lo que esconde el cosmos, a la verdad absoluta, si es que existe, ya que escapa a nuestra pobre inteligencia.

Yo soy dudante

El 8 de febrero de 1992, en Zurich, dio su último recital Atahualpa Yupanqui, junto al chileno Ángel Parra. Antes de interpretar la canción ‘Preguntitas sobre Dios’, comentaba: «Cuando mi madre decía: ‘yo soy creyente’, mi padre la miraba y decía: ‘yo soy dudante’».

Tal vez haya que ser un dudante activo, es decir alguien que duda porque busca la verdad y conoce sus propias limitaciones para comprenderla. Cuando se piensa que ya se encontró la verdad, no te preocupas de ir más allá, pues has llegado al final. Dentro de esa pedantería soberbia vivirás en la mentira de una fantasía que, casi siempre, te transmiten otros. La ciencia es dudante por definición. Incluso, en muchos casos, ante las certezas que ya han sido demostradas, siempre existe la duda de que, en otras circunstancias o contextos que afloraran, pudieran no ser ciertas, dado nuestro limitado conocimiento.

En este sentido quiero traer a colación unos aforismos que recientemente publiqué: 1) «Hace tiempo que dejé de creer en lo que me dijeron que tenía que creer, porque ya no creía en quien me lo decía»; 2) «Ahora, de mayor, solo creo en lo que creo que se puede creer; pensando que mañana, con la evolución, tal vez, parte de lo que creo, ya no sea creíble». He aquí, bajo mi opinión, el razonamiento del dudante… sin entrar en la disonancia cognitiva que provoca todo cuestionamiento del propio pensamiento. El primero de ellos surge con la pérdida de la fe en las religiones y la reivindicación de la libertad de pensamiento que estructura este otro apotegma: 3) «Dios creó el espíritu libre y los hombres inventaron las religiones para someterlo». Reivindicar el espíritu libre es reivindicar la duda como forma de ejercer la libertad.

El dudante ‘sufre’ al estar sometido a la angustia de la búsqueda sistemática de la utópica verdad, ante esa inquietud que le genera el continuo elaborar del pensamiento. Dudar es complejo, te exige un trabajo intelectual importante de contrastación crítica y un posicionamiento equilibrado, abierto de mente, para no caer atrapado en una agobiante red estresante. Tomar conciencia de la duda no debe significar agobio sino un prudente sosiego que te capacite para que la vida no te arrastre el desequilibrio irracional de la duda atenazadora. La duda debe ser un éter que envuelva una serena actitud que permita la claridad de la mente motivada.

La búsqueda de la certeza desde la nimiedad

Ahora, cuando llevamos tres cuartos de siglo a la espalda, las dudas se incrementan desde la certeza de nuestra propia nimiedad. La vida nos fue mostrando que la supuesta verdad ignota no es alcanzable y que cada cual tiene su propia verdad relativa, fundamentada en sus propias convicciones, o lo que es lo mismo, ve una cara del prisma que la conforma sin llegar a comprender el todo. Lo malo es cuando pretendes poseer la verdad desde la visión parcial de una de sus caras y, además, imponerla como dogma de fe y a la fuerza.

La verdad de cada cual se fragua en la experiencia, en la forma de comprender y entender las cosas al hacer el camino, como dice Antonio Machado: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar», que es donde se consolida el verdadero aprendizaje. Por tanto es un camino personal, individual e irrepetible, que no lo puede recorrer otra persona, aunque pueda, incluso, acompañarte haciendo un aprendizaje vicario, en la línea que define Albert Bandura en ‘La teoría del Aprendizaje Social’.

La teoría del cultivo de Gerbner

Si profundizamos un poco más nos encontraremos otro planteamiento muy interesante, como es la ‘Teoría del Cultivo de George Gerbner (1919-2005)’. En ella se plantea el modelaje que ejerce la televisión sobre el ser humano a nivel cognitivo, cuando se da una exposición larga a sus efectos, produciéndose una representación social del mundo, una realidad percibida, que cada individuo construye ante el mensaje más o menos tergiversado que nos transmite la tele, haciéndonos creer que el mundo social es similar a lo que se muestra en la pantalla. Como ejemplo tomamos que «la exposición a la violencia continuada crea una imagen de mundo hostil», que generalizamos al conjunto de la sociedad.

Mas, últimamente, cuando irrumpen en tropel los medios digitales de comunicación, como los videojuegos y los contenidos que se pueden encontrar en internet, sean redes sociales, WhatsApp u otros, se consolidan como instrumentos de manipulación y conforman un aprendizaje vicario, digamos de riesgo, pues exponernos a ciertos medios hace que confundamos la realidad social con la sociedad mostrada en ellos.

Decía Bertrand Russell: «Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas». Ese es el riesgo que corremos con los medios de comunicación, que se imponga la certeza del necio ante la duda del inteligente, porque la gente quiere certezas, aunque sean absurdas, y no las lógicas dudas que le coman el coco.

Dicho esto, retomo el tema, pues parece que ande ya por los cerros de Úbeda atraído por lo interesante del tema, pero volvamos al motivo que me ocupa.

Somos un mundo de dudas

Comentaba que, con tres cuartos de siglo a las espaldas, somos un mundo de dudas. Y está bien que así sea, siguiendo la idea de Russell. La primera duda es, precisamente, si desde la experiencia acumulada a lo largo de ese tiempo, tenemos el derecho a pedir a las generaciones venideras una conducta afín a nuestros planteamientos, sin considerar que cada generación, al igual que cada individuo, debe tener su singularidad.

Decía Saramago que intentar convencer a alguien de tus ideas es querer colonizar su pensamiento. Por tanto, ¿qué hacer con nuestra experiencia? Las siguientes generaciones se van formando a otros niveles, expertos en el uso de la tecnología, adaptados a otros modos y tendencias, con mente más abierta, con capacidades y disposiciones diferentes y en un mundo nuevo del conocimiento. Pero esta abducción puede que les haya apartado del necesario espíritu crítico.

A veces me planteo que los de mi generación somos el pasado, nuestros hijos el presente y nuestros nietos el futuro. En todo caso, somos testigos de la historia, y estamos obligados a presentificar el pretérito para evitar que se repitan los errores cometidos o, al menos, para que las generaciones posteriores los conozcan y actúen en consecuencia.

A nuestra obsolescencia la rodea la experiencia

Nosotros, que en nuestra infancia se nos introdujo un software educativo ya anacrónico o caduco, hemos pasado por cambios importantes, desde el punto de vida social y del conocimiento, a veces traumáticos, hasta llegar a este momento. La actual sociedad se ha hecho desde el cambio que soportamos y ejercimos desde una nueva conciencia social, de igualdad y justicia, que asumimos y cultivamos al desarrollar nuestro autocrecimiento y evolución desde una sociedad totalitaria, transitando de la dictadura a la democracia.

Hemos hecho grandes esfuerzos por mantenernos al día ante el avance de la tecnología y nos vemos, con orgullo, superados por nuestros hijos, a veces por nuestros nietos. No representamos la sabiduría del anciano de la tribu, porque el conocimiento nos ha desbordado y la tribu ya no existe, incluso ni la familia tiene la estructura de influencia del ayer; pero seguimos acumulando el saber del tiempo y la experiencia. Eso sí, al traspasar el saber a los más jóvenes debemos ser conscientes de que está sometido al cedazo de su época, de este tiempo que ya escapa a nuestra generación.

Solo queda el consejo filosófico, la incitación a la reflexión desde un buen razonamiento, para que no se dejen llevar por cantos de sirena, para que no se aborreguen y se sumerjan en un rebaño conformista y sumiso ante un líder ególatra y narcisista que imponga su voluntad por encima de la ley y el sentimiento humanitario, que arrebate su libertad y sus derechos.

 

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