sábado, 31 de enero de 2026

Solidaridad… o egoísmo

Publicado en el diario La Opinión de Málaga


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Hay quien habla de solidaridad, de compartir, y se plantea si compartir es egoísmo en su fin último. Siempre mantuve que el motor principal que mueve al ser humano es el egoísmo. Asume sobre sí mismo, en un proceso de filogénesis, la responsabilidad de la perpetuación de la especie. Su principal objetivo es crecer y multiplicarse, para lo cual ha de preservarse por encima de todo, incluso de los de su propia especie, que son rivales en muchos campos, incluido el reproductor. La confrontación darwiniana con el entorno es el campo donde se juega el futuro toda especie. En este sentido, casi todas ellas tienen adquirida una conformación social, por lo general estructurada y poco flexible e instaurada a lo largo del tiempo, como mero resultado del acoplamiento en el proceso evolutivo que procura su supervivencia. Lo sorprendente es cómo un ser tan indefenso y sin recursos físicos para afrontar a sus depredadores, como es el ser humano, puede salir airoso de ese trance si no es desde la solidaridad y la cooperación.

Inteligencia y supervivencia

La inteligencia es la clave, el saber deducir y sacar conclusiones de sus vivencias, el poder discernir sobre los hechos que le acontecen y aprender a enfrentarse a ellos con recursos instrumentales. Desarrollar herramientas y habilidades en función del enemigo al que se enfrenta y todo un proceso de aprendizaje, incluido el control de sus reacciones emocionales, como miedos y actos instintivos instaurados ancestralmente, a la par que una mente flexible y reflexiva de inteligencia superior, le permite discernir y establecer estrategias sociales o solidarias de supervivencia.

Dentro de este sistema de alianzas está la socialización, que es el proceso mediante el cual un sujeto introyecta las normas y leyes que rigen el grupo de personas que integran su cultura social. En suma, un acuerdo tácito a veces escrito, de convivencia para asociarse solidariamente en la defensa, mejora y sostenimiento del grupo o la tribu.

La cultura como argamasa de la sociedad

Para ello, se crean culturas con una serie de principios y valores que consolidan la alianza en la línea que se establezca, si bien esa línea se suele determinar desde el propio poder. Tú no puedes morir, tienes que conservarte, pero si no haces lo que el poderoso o la ley grupal te diga acabarás fuera del grupo, sin protección e, incluso, muerto por ellos mismos. Puedes matar a tus semejantes para mantenerte en el grupo, puedes poner bombas para destruir al infiel, puedes asesinar por la idea alienante que se ha sembrado en ese grupo… El mundo y la historia están cargados de casos en que se hicieron verdaderas barbaridades, por parte de la gente, basándose en que, si no, les matarían a ellos, o defendiendo los valores imperantes en esa sociedad… “Por Dios, por la Patria y el Rey”. La deserción en la guerra estaba castigada con la muerte… O vas a matar o te matamos nosotros por traidor, pero si tú matas al identificado como enemigo serás nuestro héroe y tendrás prestigio social, que es el reconocimiento de haber hecho algo importante por el propio grupo, que es el gran representante de la especie para ese colectivo. Fijémonos en que hay pueblos que se adjudicaron el derecho a ser el pueblo elegido por Dios, para darle más consistencia y verosimilitud al hecho. Eso merece un tema especial de reflexión.

Pues bien, cuando creamos estructuras solidarias con nuestro grupo de referencia estamos estableciendo una vía de solución de problemas personales a través del propio grupo, o lo que es lo mismo, nuestro egoísmo trasciende lo aparente para pasar a ser una conducta de intercambio que favorezca a las partes. ¿Es solidaridad o es buena vista para el negocio compartido?

La conciencia de cooperación

El ser humano tiene otro factor añadido, que son los principios y valores que hemos comentado. Si se crea una conciencia de cooperación con los demás, no podremos sostener situaciones de disonancia donde nuestra conducta sea contraria a nuestros principios, por lo que pasamos a ayudar y solidarizarnos con la otra parte, aunque sea en una mínima, pero suficiente, cantidad que acalle nuestro conciencia y cubra el principio cultural o de valores que nos motivó a ello.

Y aquí presento dos formas de afrontar la relación social y con el propio entorno. Una, que podríamos identificar con el egoísmo más burdo, sería la de aprovecharse de los demás, usar a los otros para cubrir nuestra necesidades, dándoles a cambio lo menos posible; incluso usar la amenaza: “Si no haces esto lo pasarás mal, te castigaré desde mi poder”. El miedo hará el resto. Esta es la tendencia imperante en nuestra cultura y sistema capitalista, donde el ser humano puede no ser un ente respetable, sino un instrumento de producción. Solo ha sido respetado cuando ha exhibido su poder ante el otro, que se ha visto forzado a negociar el intercambio y la colaboración. En este caso sigo utilizando el símil biológico del parásito que vive del trabajo de los demás y el saprofito que vive de la descomposición, la miseria y la muerte de los otros.

Pero el “ser” inteligente lleva su egoísmo más allá. Lo fusiona con el egoísmo ajeno y se alían para sacar provecho los dos. A esto le llamaremos simbiosis. Lo que yo hago te aprovecha a ti y lo que tú haces me aprovecha a mí, por lo que los dos crecemos. No me interesa tu incompetencia, sino tu competencia para crecer yo. Entonces ya no se nominan egoístas, sino solidarios, pero la motivación sigue siendo la misma. Son, pues, las sinergias y alianzas las que nos llevan a ambos hacia un desarrollo común. Tú no eres un objeto de explotación para mí, sino un aliado que comparte su crecimiento personal mediante el intercambio justo y consentido o consensuado.

Tal vez, lo que haya que hacer en estos tiempos sea potenciar esa idea para ser simbiontes y no parásitos. Los simbiontes crecen ambos, el parásito solo vive, pero no adquiere habilidades y se desarrolla, pues es el parasitado el que desarrolla las habilidades para satisfacer esas necesidades. Cuando el parasitado muere, el parásito queda sin recursos y muere también o parasita a otro.

Entonces, ¿hablamos de egoísmo o de solidaridad?, ¿son dos caras de una misma moneda?, ¿es la solidaridad un egoísmo inteligente?... En todo caso, puede que prevalezca el instinto de conservación y desarrollo de la especie, incluida la espiritualidad o la inteligencia superior.

La Teoría de la Evolución de Richard Dawkins

Mas, antes de concluir propongo echar un vistazo a la Teoría de la Evolución de Richard Dawkins, expuesta en su obra “El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta”.

Dawkins parte del principio de que el gen es lo único que trasciende de nosotros, lo que pasa de una generación a otra. Aceptando esa hipótesis, una persona puede entonces considerarse como una colonia de células que actúan simbióticamente. Necesitan pues de un ego que las represente y defienda en un sistema superior donde las colonias son elementos. En su obra “El gen egoísta”, postula que la evolución se centra en los genes, no en los individuos, siendo estos últimos "máquinas de supervivencia" para replicar sus genes.

Los individuos (y sus genes) necesitan trascender, que el concepto de lo que son se replique y hacer un esfuerzo altruista, puesto que en sí mismo, ni el individuo ni el gen sobreviven materialmente. Por tanto se complicaran la vida formando una familia integrada en la tribu.

Si la tribu perece, ni el gen, ni el individuo, ni la familia, sobrevivirán por lo que es necesario, no solo la colaboración simbiótica, sino también el altruismo; de ahí que para defender al grupo, a veces, los individuos se sacrifican y se les reconoce como héroes. Además de eso, la tribu pertenece a la especie. Si la especie desaparece, desde el gen a la tribu perecerán.

Ahora bien, la tribu, el grupo, forman parte de un sistema superior que habita la biosfera. Si desaparece la biosfera, derrotado el sistema regulador que establece la hipótesis Gaia, ni el gen, ni el individuo, ni la familia, ni la tribu, sobrevivirán. Si bien es cierto que la vida podría volver a surgir. En este sentido el altruismo podría explicar el egoísmo como la necesaria defensa del ser. Entonces cabe la pregunta: ¿altruismo y egoísmo son dos caras de una misma moneda?

 

 


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