Publicado en el diario La Opinión de Málaga
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Hay quien habla de solidaridad, de
compartir, y se plantea si compartir es egoísmo en su fin último. Siempre
mantuve que el motor principal que mueve al ser humano es el egoísmo. Asume
sobre sí mismo, en un proceso de filogénesis, la responsabilidad de la
perpetuación de la especie. Su principal objetivo es crecer y multiplicarse,
para lo cual ha de preservarse por encima de todo, incluso de los de su propia
especie, que son rivales en muchos campos, incluido el reproductor. La
confrontación darwiniana con el entorno es el campo donde se juega el futuro
toda especie. En este sentido, casi todas ellas tienen adquirida una conformación
social, por lo general estructurada y poco flexible e instaurada a lo largo del
tiempo, como mero resultado del acoplamiento en el proceso evolutivo que
procura su supervivencia. Lo sorprendente es cómo un ser tan indefenso y sin
recursos físicos para afrontar a sus depredadores, como es el ser humano, puede
salir airoso de ese trance si no es desde la solidaridad y la cooperación.
Inteligencia y supervivencia
La inteligencia es la clave, el
saber deducir y sacar conclusiones de sus vivencias, el poder discernir sobre
los hechos que le acontecen y aprender a enfrentarse a ellos con recursos
instrumentales. Desarrollar herramientas y habilidades en función del enemigo
al que se enfrenta y todo un proceso de aprendizaje, incluido el control de sus
reacciones emocionales, como miedos y actos instintivos instaurados
ancestralmente, a la par que una mente flexible y reflexiva de inteligencia
superior, le permite discernir y establecer estrategias sociales o solidarias
de supervivencia.
Dentro de este sistema de alianzas
está la socialización, que es el proceso mediante el cual un sujeto introyecta
las normas y leyes que rigen el grupo de personas que integran su cultura
social. En suma, un acuerdo tácito a veces escrito, de convivencia para
asociarse solidariamente en la defensa, mejora y sostenimiento del grupo o la
tribu.
La cultura como argamasa de la sociedad
Para ello, se crean culturas con
una serie de principios y valores que consolidan la alianza en la línea que se
establezca, si bien esa línea se suele determinar desde el propio poder. Tú no
puedes morir, tienes que conservarte, pero si no haces lo que el poderoso o la
ley grupal te diga acabarás fuera del grupo, sin protección e, incluso, muerto
por ellos mismos. Puedes matar a tus semejantes para mantenerte en el grupo,
puedes poner bombas para destruir al infiel, puedes asesinar por la idea
alienante que se ha sembrado en ese grupo… El mundo y la historia están
cargados de casos en que se hicieron verdaderas barbaridades, por parte de la
gente, basándose en que, si no, les matarían a ellos, o defendiendo los valores
imperantes en esa sociedad… “Por Dios, por la Patria y el Rey”. La deserción en
la guerra estaba castigada con la muerte… O vas a matar o te matamos nosotros
por traidor, pero si tú matas al identificado como enemigo serás nuestro héroe
y tendrás prestigio social, que es el reconocimiento de haber hecho algo
importante por el propio grupo, que es el gran representante de la especie para
ese colectivo. Fijémonos en que hay pueblos que se adjudicaron el derecho a ser
el pueblo elegido por Dios, para darle más consistencia y verosimilitud al
hecho. Eso merece un tema especial de reflexión.
Pues bien, cuando creamos
estructuras solidarias con nuestro grupo de referencia estamos estableciendo
una vía de solución de problemas personales a través del propio grupo, o lo que
es lo mismo, nuestro egoísmo trasciende lo aparente para pasar a ser una
conducta de intercambio que favorezca a las partes. ¿Es solidaridad o es buena
vista para el negocio compartido?
La conciencia de cooperación
El ser humano tiene otro factor
añadido, que son los principios y valores que hemos comentado. Si se crea una
conciencia de cooperación con los demás, no podremos sostener situaciones de
disonancia donde nuestra conducta sea contraria a nuestros principios, por lo
que pasamos a ayudar y solidarizarnos con la otra parte, aunque sea en una
mínima, pero suficiente, cantidad que acalle nuestro conciencia y cubra el
principio cultural o de valores que nos motivó a ello.
Y aquí presento dos formas de
afrontar la relación social y con el propio entorno. Una, que podríamos
identificar con el egoísmo más burdo, sería la de aprovecharse de los demás,
usar a los otros para cubrir nuestra necesidades, dándoles a cambio lo menos
posible; incluso usar la amenaza: “Si no haces esto lo pasarás mal, te castigaré
desde mi poder”. El miedo hará el resto. Esta es la tendencia imperante en
nuestra cultura y sistema capitalista, donde el ser humano puede no ser un ente
respetable, sino un instrumento de producción. Solo ha sido respetado cuando ha
exhibido su poder ante el otro, que se ha visto forzado a negociar el
intercambio y la colaboración. En este caso sigo utilizando el símil biológico
del parásito que vive del trabajo de los demás y el saprofito que vive de la
descomposición, la miseria y la muerte de los otros.
Pero el “ser” inteligente lleva su
egoísmo más allá. Lo fusiona con el egoísmo ajeno y se alían para sacar
provecho los dos. A esto le llamaremos simbiosis. Lo que yo hago te aprovecha a
ti y lo que tú haces me aprovecha a mí, por lo que los dos crecemos. No me
interesa tu incompetencia, sino tu competencia para crecer yo. Entonces ya no
se nominan egoístas, sino solidarios, pero la motivación sigue siendo la misma.
Son, pues, las sinergias y alianzas las que nos llevan a ambos hacia un
desarrollo común. Tú no eres un objeto de explotación para mí, sino un aliado
que comparte su crecimiento personal mediante el intercambio justo y consentido
o consensuado.
Tal vez, lo que haya que hacer en
estos tiempos sea potenciar esa idea para ser simbiontes y no parásitos. Los
simbiontes crecen ambos, el parásito solo vive, pero no adquiere habilidades y
se desarrolla, pues es el parasitado el que desarrolla las habilidades para
satisfacer esas necesidades. Cuando el parasitado muere, el parásito queda sin
recursos y muere también o parasita a otro.
Entonces, ¿hablamos de egoísmo o de
solidaridad?, ¿son dos caras de una misma moneda?, ¿es la solidaridad un
egoísmo inteligente?... En todo caso, puede que prevalezca el instinto de
conservación y desarrollo de la especie, incluida la espiritualidad o la
inteligencia superior.
La Teoría de la Evolución de Richard Dawkins
Mas, antes de concluir propongo
echar un vistazo a la Teoría de la Evolución de Richard Dawkins, expuesta en su
obra “El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta”.
Dawkins parte del principio de que
el gen es lo único que trasciende de nosotros, lo que pasa de una generación a
otra. Aceptando esa hipótesis, una persona puede entonces considerarse como una
colonia de células que actúan simbióticamente. Necesitan pues de un ego que las
represente y defienda en un sistema superior donde las colonias son elementos. En
su obra “El gen egoísta”, postula que la evolución se centra en los
genes, no en los individuos, siendo estos últimos "máquinas de
supervivencia" para replicar sus genes.
Los individuos (y sus genes)
necesitan trascender, que el concepto de lo que son se replique y hacer un
esfuerzo altruista, puesto que en sí mismo, ni el individuo ni el gen
sobreviven materialmente. Por tanto se complicaran la vida formando una familia
integrada en la tribu.
Si la tribu perece, ni el gen, ni
el individuo, ni la familia, sobrevivirán por lo que es necesario, no solo la
colaboración simbiótica, sino también el altruismo; de ahí que para defender al
grupo, a veces, los individuos se sacrifican y se les reconoce como héroes.
Además de eso, la tribu pertenece a la especie. Si la especie desaparece, desde
el gen a la tribu perecerán.
Ahora bien, la tribu, el grupo,
forman parte de un sistema superior que habita la biosfera. Si desaparece la
biosfera, derrotado el sistema regulador que establece la hipótesis Gaia, ni el
gen, ni el individuo, ni la familia, ni la tribu, sobrevivirán. Si bien es
cierto que la vida podría volver a surgir. En este sentido el altruismo podría
explicar el egoísmo como la necesaria defensa del ser. Entonces cabe la
pregunta: ¿altruismo y egoísmo son dos caras de una misma moneda?

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