Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 13 JUN 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/06/13/certeza-ignorante-131350591.html
El exceso
de información y la facilidad para asumir relatos ajenos llevan a la
'posverdad', dificultando la valoración crítica de los contenidos
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| Muchos bulos provocan la injerencia extranjera en procesos electorales / El Periódico |
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Hoy me doy un garbeo por las redes sociales, sobre todo por Facebook, ese campo virtual donde se
vuelcan infinidad de sujetos dispuestos a desarrollar su visión de las cosas, a
sentirse autorizados protagonistas de la vida sea personal o social. Podemos
observar que el debate pierde
su sentido cuando escasamente se encuentran argumentaciones consistentes a la
hora de comentar un tema. Se entra al trapo con facilidad y, desde la certeza
absoluta de estar en posesión de la verdad, se hostiga al oponente o
divergente; mas no se hace desde el respeto y el discurso coherente para
rebatirle y, a la vez, aprender, sino desde la descalificación y los prejuicios… incluso desde el insulto, que es el recurso por
excelencia del ignorante. El debate no se entiende para aprender, sino para
imponer el relato propio.
La defensa del relato político se ha trasladado
a las redes sociales y
de ellas beben, cada vez más, especialmente la juventud que, en muchos casos, anda atrapada por los llamados
«influences», a los que se le
otorga un excesivo crédito en función de sus habilidades comunicacionales más que por su exposición
argumentada.
El vértigo del desarrollo
En las últimas décadas estamos
sometidos a un vertiginoso
vendaval. La gran cantidad de medios y la infinidad de noticias nos bloquean. Somos incapaces de digerir tanta información, lo que requiere un alto
nivel de criterio selectivo para priorizar lo importante desde la razón, de lo
contrario acabaremos arrastrados por las noticias que despiertan sentimientos y
quedamos atrapados por la posverdad que
no deja de ser una mentira, vestida de verdad, avalada por las emociones que
despierta.
Esta especie de indigestión informativa nos
aturde e intoxica. Para evitar el complicado proceso que requiere la valoración crítica de aquello que
se nos oferta, optamos por asumir determinadas propuestas que halagan a nuestro
ego, pues nuestra ignorancia nos
impide ahondar más en la materia de discusión. Siendo cierto que nuestro conocimiento es universalmente
limitado, hay materias en las que podemos sentirnos más autorizados que en
otras. Decía Einstein:
«Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas
cosas». Es inteligente considerarnos ignorantes y, a través de esa humilde
concepción, abrir nuestra mente a la duda, que ejerce como senda del
inteligente.
La visión de Bertrand Russell
Aludiendo a otro gran
pensador, Bertrand Russell,
retomo una de sus máximas: «Gran parte de las dificultades por las que
atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y
los inteligentes llenos de dudas». Yo creo que en el fondo siempre fue así,
el ignorante necesita
certezas para sentirse seguro y sostener su autoestima y coherencia mental. Es
evidente que con sus limitados recursos
intelectuales, difícilmente conseguirá pergeñar de forma argumentada
un pensamiento libre; por
tanto asume el ajeno como propio. De ahí que el poder siempre cultivara
el analfabetismo del
pueblo como forma de dominio a través del monopolio del conocimiento sustentado
en las esferas aledañas y aliadas al mismo.
En este caso, el valor argumental lo define el
reconocimiento que el sujeto otorgue al emisor, dando por sentada su autoridad
en la materia. Cuando identifica esos argumentos como válidos, sin considerar
la evidencia científica, y
los introyecta y asimila como verdades, se aferra a ellos como un salvavidas y
los defiende a capa y espada. Esos es lo fácil, lo que menos complica
asumiéndolos como dogma de fe.
Entonces se pueden convertir en un «pensamiento
enquistado resistente a la argumentación lógica», con lo que cualquier
apertura a nuevas ideas acabaría desestabilizando su estructura argumental y,
por consiguiente, afloraría un conflicto interno, una disonancia cognitiva, que
desestabilizaría su sistema de valores. Pero hete aquí que en su defensa podrá
utilizar un interesante mecanismo como el «sesgo de confirmación» por el que
despreciará los argumentos que ataquen a sus ideas enquistadas y asumirá, como
confirmación de su verdad, aquellas que le den consistencia a las ya
instauradas, por muy sibilinas que fueren, siempre en defensa de su coherencia
interna. Decía Mark Twain que «Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer
a un idiota».
La segunda parte de la aseveración
de Russell, dice que «los inteligentes están llenos de dudas». Es esa duda de los inteligentes la que
ha hecho avanzar al mundo del conocimiento,
esa necesidad de confirmar las hipótesis
científicas que sirvieron como base de una investigación, asumiendo
humildemente un resultado final clarificador, al menos por el momento y con esas
variables o premisas. La idea de ver más allá de lo que se observa a simple
vista permite ahondar al inconformista, al insumiso, al «dudante», al buscador de la verdad más allá
del dogma; al que, desde la mente
abierta y permeable, conociendo sus limitaciones, está en disposición
de someter el pensamiento al tamiz de la razón y de la lógica.
La importancia de la duda buscando
la verdad
Gracias a quienes investigan, razonan, dudan y descubren, hemos
evolucionado. Si hubiéramos persistido en el dogma, en la ignorancia sumisa al credo, estaríamos creyendo que
las serpientes hablan y tientan, que las murallas de Jericó cayeron por un toque de
trompeta, que el sol gira a nuestro alrededor, que las pandemias son castigos
divinos, o que las gallinas pueden cantar después de asadas. Sin aquellos que
buscan e investigan, que cuestionan todo desde su ideación creativa del pensamiento humano, a los que José
Ingenieros, el filósofo argentino, define como idealistas, estaríamos anclados
en la historia.
Comprender el tiempo en que nos movemos, en
este mundo de gran incertidumbre,
de inseguridad e inestabilidad, donde el ignoto futuro tiene un alto nivel
enigmático, es tarea complicada donde resbalan hasta las mentes más lúcidas. No
sabemos si las nuevas tecnologías y
todo lo que acarrea esta cuarta
revolución industrial, será en beneficio de un humanismo que hoy agoniza
en una evidencia perceptible a simple vista. Pero sí sabemos, o al menos lo
intuimos, que se está desarrollando la batalla por el dominio del futuro, a
través de la conformación de una sumisa opinión pública, donde el combate se dé entre ellos y no contra de
la tecno-oligarquía que pretende asaltar el poder.
La lucidez, un hándicap para la
felicidad
Pérez
Reverte pone en boca del Capitán Alatriste la frase: «Ser lúcido y español siempre
aparejó mucha amargura», frase que hoy se puede globalizar viendo el percal que
se vende, dado que se va imponiendo la ley del más fuerte a través de la colonización del Estado por
los oligarcas. Nos harán
odiar la verdad, como dice George
Orwell: «Cuanto más se desvié una sociedad de la verdad, más odiará a
aquellos que la proclamen». Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz) va un poco más
allá: «Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar
al opresor y odiar al oprimido».
Hablando de la lucidez no me gustaría dejar de
referirme a mi admirado José
Saramago y a su novela, o fábula sociopolítica, sobre el descontento democrático: Ensayo sobre
la lucidez. La novela plantea una crisis
de poder cuando la mayoría de los ciudadanos de una capital votan
en blanco como protesta, reaccionando el gobierno con represión, paranoia y persecución hacia la
población en lugar de escúchalo. La verdadera «lucidez» la asume el pueblo que
desafía a un sistema diseñado para someterlo, queriendo poner en evidencia que
el verdadero peligro reside en las cloacas del poder corrupto.
Mas esa lucidez parece ausente en
nuestra sociedad.
Según Mark Twain: «Es más
fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada». En cierto
sentido estamos en la cultura de
la mentira. Desde pequeñitos se nos miente, ya sea con los Reyes Magos, con el Ratoncito Pérez o
con los cuentos que nos introducen en esa sociedad condicionante. Hasta tal
punto que Henrik Ibsen, el dramaturgo noruego padre del drama realista moderno,
se permite decir: «Quítale a un hombre vulgar la mentira de la que vive y le
quitarás la poca felicidad que le sostiene».
Querido lector, o lectora, la lucidez hoy es un hándicap para conseguir la felicidad, porque cuanto más claro lo
ves todos más te repugna quienes dominan el mundo, sus tretas y estrategias
canallescas. Eso sí, no vayamos a tomar la decisión de Stefan Zweig y señora al ver como
el nazismo iba ganando
la Segunda Guerra Mundial en 1942, optando por suicidarse para no vivir esa
hecatombe cultural y social, habrá que afrontarlo con el juicio requerido.










