Opinión | Tribuna
Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 14 MAR 2026 7:00
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Hoy dedico
mi texto a esa digna generación a la que se ha de respetar y considerar por su
compromiso histórico. Su esfuerzo se refleja en esta España europeizada y
moderna
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| Imagen de la posguerra / l.o. |
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Ahora, cuando han transcurrido 75
años de mi generación, me gustaría escribir y dejar testimonio de un periodo ya
pasado, bastante desconocido para algunos, que se apaga con nuestra silenciosa
marcha. Son 75 años consumidos, que ya no tenemos, ni tampoco sabemos los que
nos quedan por gastar en ese futuro incierto que nos acecha.
La marca de la postguerra
Pertenezco a la generación de la
postguerra, los nacidos tras la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial
(1951). Somos hijos de aquella ‘nada’. Crecimos bajo las consecuencias de una
terrible destrucción provocada por unas ideologías que abocaron al mundo a la
más sangrienta e inhumana confrontación de todos los tiempos, donde la parca
asoló Europa y parte del mundo. Donde la indignidad humana afloró con su vileza
y más altas cotas de maldad, junto a la exigencia de entrega de los inocentes
ciudadanos a los que les tocó vivir el drama del conflicto, combatiendo en la
obediencia forzada a psicópatas guerreros cargados de medallas, de odio y de
violencia.
Los nacidos en torno a los 50,
aquellos que ya andamos cerca de ese abismo existencial que define el fin de
nuestro tiempo, vemos cómo se van nuestros amigos y amigas poco a poco; cómo
llega el momento en que nuestra lúcida memoria debe ejercer de testigo de la
historia. Es importante que las nuevas generaciones no se traguen el relato
oficial e interesado de unos cuantos que obvian las vivencias de la gente
humilde. La historia de esta nuestra amada patria, de este país cainita y
fratricida, también es un compendio de las historias sencillas que vivieron sus
hijos, unos sometidos y otros opresores e incapaces de sentir y entender la
fraternidad en igualitaria libertad. Ese es el drama que estigmatiza a nuestro
pueblo y recidiva a lo largo del tiempo tomando vigencia en mentes ingenuas y
simplistas, abducidas por cánticos de epopeyas guerreras, cultivados en
espíritus despóticos y dominantes que cercenan la libertad desde la tiranía.
Son cantos de sirenas sobre una falacia que le otorga la falsa certeza al ignorante,
mientras el inteligente, en su búsqueda de la verdad, se mueve entre la duda
hasta acercarse a ella, como refiere Bertrand Russell.
En mi generación, la de posguerra,
al descubrir el sofisma que se nos pretendía imponer, nos enfrentamos a la duda
que busca la verdad, a través del librepensamiento, procurando desarrollar el
propio conocimiento basado en el uso de la razón y de la mente abierta que
transita los caminos de la libertad.
Mi memoria histórica
Mi memoria histórica se pierde
entre recuerdos de mi infancia, en una pequeña aldea habitada por campesinos
andaluces, temporeros al albor de las cosechas. Tiempos de yunta y arado al
grito de ¡Arremula! Callos en las manos del gañán por apretar la mancera para
hundir la reja del arado en la tierra. Después la estación de sementera,
escardar la mies, siega y trilla, aceituneros altivos ya sumisos tras la
guerra. Tiempo de escasez y de miseria para unos y chulesca prepotencia para
otros, que disfrutan del sudor ajeno y, a caballo de sus monturas, de la visión
de espaldas encorvadas para labrar la tierra con manos ásperas y encallecidas
por el manejo de la hoz, de la azada, el arado o el vareo del olivar con la
vara o ‘harapera’.
Olor a tomillo y romero, a tierra
mojada, a alpechín de los molinos y un cúmulo de efluvios naturales que
impregnaban el aire, a veces agresivos y otros acompasados. Con escasos años
era experto en el uso de las trampas para cazar pajarillos, en la búsqueda de
alúas para llevarlos al engaño, en la recogida de yerba para alimentar a los
conejos o de leña y raíces entre olivares para quemar en el fuego de la cocina
y calentar la casa.
Fueron tiempos de adoctrinamiento.
El nacionalcatolicismo conformaba gente sumisa en su misa dominical; con su
prédica transmitía al creyente que su misión era la sumisión. Había que
obedecer el dictado del Caudillo, que lo era por la Gracia de Dios, negando la
realidad impuesta por las armas, al que paseaban bajo palio como clara señal de
acatamiento. La idea única que impregnaba el sistema era una confluencia entre
política y religión, forjando un dogma incuestionable, donde no cabía
alternativa salvo que fuera un acto de pura traición a la patria, que algunos
patentaron como propia. In illo témpore se pecaba de pensamiento. Pensar
diferente a los principios del Glorioso Movimiento Nacional y a la Fe Católica
era pecado severo merecedor de castigo y estigmatización.
Huyendo de la nada
Huir de aquella trampa, de aquel
destino miserable, que te arrodillaba bajo el olivo en los crudos y gélidos
inviernos, era una obligación y un deseo. Pocas puertas daban a un mañana de
promesas. Estudiar era complicado en las familias campesinas donde la cultura
familiar proyectaba en los hijos el destino vivido por los padres. Abundaba la
prole inserta en el proletariado. El destino era sostenido en el tiempo,
mantenido generación tras generación en un mismo proyecto de vida. Como diría
Miguel Hernández en su poema El niño yuntero: «Carne de yugo, ha nacido / más
humillado que bello, / con el cuello perseguido / por el yugo para el cuello».
Ese era nuestro destino en aquella España. Los hijos de la tierra se criarían
en la tierra, con y para la tierra, trabajándola a beneficio del amo.
Para que el país progresara era
inevitable saltar al vacío y lanzarse, con la fuerza de la juventud, a
desprenderse del yugo, a romper las cadenas, hasta alcanzar la manumisión, la
liberación del influjo de un pasado ya superado por el resto de Europa, hacia
donde debíamos mirar para alcanzar el ansiado progreso.
El hándicap de estudiar
No fue tarea fácil. Mi generación
debió utilizar subterfugios para poder estudiar y muchos lo hicimos a través
del seminario, en primera instancia, para, luego, una vez abandonado este,
cursar estudios superiores en otros centros. La losa del proletariado se
mantenía sobre nuestras cabezas. La prole debía trabajar para la familia. Ese
era el destino histórico y a él nos debíamos. Desde pequeños ejercimos de
porqueros, cabreros o cualquier otra función productiva que pudiera ejecutar un
niño según su edad… ¡carne de yugo ha nacido!
Muchos dejaban los estudios básicos
para servir a la familia. La emigración era la salvación, el escape a aquella
maldición condenatoria que se cernía sobre nuestro futuro. Muchos andaluces emigramos
a otros lugares de España o al extranjero. Allá, trabajando en horarios
estructurados, estudiábamos tras cumplir con la obligación laboral. Tiempos
difíciles, salir del trabajo a las 6 de la tarde, marchar a las clases
nocturnas del instituto hasta las 10 de la noche, volver a casa e iniciar el
ciclo a primera hora del día siguiente en un eterno retorno, para conseguir
labrarte otro futuro a través del conocimiento.
Levantar España
Unos gritaban, desde su poltrona,
¡Arriba España! mientras otros la levantábamos. Trabajar, estudiar, crecer en
conocimiento y preparación era el principal interés de muchos de mi generación.
Huir de aquella nada que nos vio nacer. España creció con su actividad, con el
esfuerzo de los emigrantes, con la superación de la juventud en el día a día,
trabajando desde tierna edad en labores muy diversas. Más tarde se construyeron
carreteras, hospitales, escuelas e institutos, universidades, aeropuertos,
etc. con el esfuerzo de aquellos que hoy, desde la jubilación, empezamos a
decir adiós. Su esfuerzo se ve en todo el entorno, que manifiesta la transición
que fuimos fraguando, mientras se luchaba por un ideal político de libertad y
democracia, que también hoy se disfruta.
Ahora, cuando ya he vivido tres
cuartos de siglo, me gustaría hacer un homenaje a toda esa generación que se
sacrificó por mejorar este país, a su familia, sus hijos y nietos, dignificando
al ser humano desde la libertad. Lo hago con mayor fuerza al ver cómo se
cuestionan sus pensiones, su derecho a ser atendidos dignamente en su salud y
dependencia, lamentando la soledad y el abandono en que muchos viven al declive
de su vida.
Hoy dedico mi texto a esa digna
generación a la que se ha de respetar y considerar por su compromiso histórico.
Su esfuerzo se refleja en la realidad que vivimos hoy en esta España
europeizada y moderna, en sus infraestructuras y servicios, en su nivel
cultural. ¡Se le debe tanto!






