Opinión | Tribuna
Publicado en el diario La opinión de Málaga el día 21 MAR 2026 7:00
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Cada vez
son más los países que denuncian esa desnudez y muestran su negativa a
colaborar con su orquestado delirio. Europa empieza a cerrar filas en una
actitud común
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| El presidente de EEUU, Donald Trump, recibe a militares caídos de EEUU durante la guerra contra Irán / Europa Press/Contacto/Daniel Torok/White House |
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La metáfora del emperador desnudo
se plasma en un cuento de Hans
Christian Andersen, titulado ‘El traje nuevo del emperador’. El
autor narra cómo un rey vanidoso, al que le hablan de unos tejedores que fabrican
una tela que tenía como singularidad extraordinaria el ser invisible para
cualquier persona que fuera tonta o incompetente en su cargo, decide hacerse un
traje con ella para descubrir a esos tontos e incompetentes, que serían quienes
le vieran desnudo. Él, lógicamente no la ve, pero, aun sorprendiéndose, para
preservar su honor, lo oculta sin caer en lo falsario del tejido de los pícaros
tejedores.
Sabedores, sus súbditos y
cortesanos, de las propiedades de la tela, ninguno comenta la desnudez del rey
para no descubrir su idiotez o incompetencia creyendo que el único que no la ve
es él. Hasta que un niño, dentro de su inocencia, grita que el rey está desnudo. En ese momento empiezan a
cuchichear y van descubriendo que todo el mundo lo ve de la misma guisa,
quedando desmontado el engaño que los tejedores hicieron al monarca y su corte.
Parece ser que esta historia la
pudo extraer el autor de El Cuento
XXXII de El Conde Lucanor: «De lo que sucedió a un rey con los pícaros
que hicieron la tela», obra escrita por el infante Don Juan Manuel siglos
antes. Incluso Miguel de Cervantes, en su entremés ‘El retablo de las
maravillas’, también establece un símil, pero orientado a la pureza de sangre.
En todo caso, es una forma de mostrar al mundo la hipocresía que reina en la
sociedad, donde muchos andan intentando encubrir su incompetencia.
El nuevo emperador
El cuento de Christian Andersen,
viene a cuento, valga la redundancia, como metáfora del nuevo emperador, título
que, subrepticiamente, se ha otorgado
Trump por su propia iniciativa y contra viento y marea. Se ha revestido
con un traje imperial que él mismo y sus adeptos han elaborado. Eligieron la
tela, el corte y la propia confección a su gusto e interés, desde la falacia y
la ilegalidad, arrogándose el poder de intervenir donde le plazca, pasando
olímpicamente del derecho internacional, incluso de su propio país. Nada hay,
pues, que le avale y otorgue tal derecho a intervenir en asuntos ajenos
erigiéndose defensor de los pueblos oprimidos según su entender y, además,
decidir quiénes son y no son esos pueblos.
En realidad nos está mostrando
que él tiene el poder, aunque no
tenga la autoridad. «El poder es la capacidad real de influir, controlar
recursos o imponer la voluntad sobre otros (fuerza o coacción). La autoridad es
el derecho formal y reconocido socialmente para ejercer ese poder, basado en la
posición, el respeto o la confianza (legitimidad)».
Hasta ahora el poder estaba sujeto
a intereses comunes y a principios de legitimidad basados en acuerdos y el derecho
internacional, avalado y garantizado por organismos de carácter multilateral. Ese era el traje que revestía de autoridad a
quienes lo ejercían.
Mas Trump parece que ha cambiado el
vestido. Se mudó de traje y
se confeccionó otro donde la legalidad se la otorga su propia voluntad, quedando
desnudo ante el mundo al no contar con la legitimidad que le otorga el citado
derecho internacional. Pero, aún siendo evidente su desnudez legal, sus
acólitos sumisos y temerosos no la reconocen.
La conducta errática de Trump
Su conducta, peligrosa por errática e infantiloide en
su forma ―discurso, terminología, actitudes, gestualidad― y en su fondo
―historia y desarrollo del proceso de creación del personaje― nos ubica en un
escenario preocupante para el mundo y su propio país, ya que no se siente
compelido a cumplir las leyes internacionales ni de los EEUU.
La singularidad del personaje la
define su propia sobrina Mary
Trump, que es psicóloga, en su libro ‘Siempre demasiado y nunca
suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo’, donde se
alude a «los traumas, las relaciones destructivas y cómo la trágica combinación
de abandono y abusos forjaron al hombre que hoy ocupa el Despacho Oval» (Cito
textualmente reseña del libro).
Un ejemplo de su conducta errática y disruptiva lo
muestra en la recepción oficial de los féretros de los soldados fallecidos en
la guerra con Irán, en lo que debería ser un acto de solemnidad, aparece
saludando con una gorra de béisbol y corbata roja. Manifiesta, en su soberbia,
esa falta de respeto a los protocolos y rituales establecidos para actos tan
solemnes, que puede volverse en su contra.
No obstante, esta desnudez no la
reconocen sus cortesanos, como ya he mencionado, que son el conjunto de aduladores y seguidores que le
acompañan, creando un entorno donde ejerce de corifeo. En todo caso le
van confeccionando otro traje, otra indumentaria, afín a su espíritu imperial
donde quedan fuera los principios y valores clásicos, suplantados por otros que
establecen un nuevo orden, donde el respeto a la multilateralidad queda al
antojo del poder coercitivo que ejerce.
El rey está desnudo
Pero alguien ha gritado que el rey
está desnudo. Se ha iniciado un proceso de concienciación, yo diría que
universal, a través de los medios de comunicación, mediante declaraciones
políticas de diversa índole. En el debate suscitado surgen argumentos, que
hacen tambalear el estatus quo del mundo, en un proceso de decantación de ideas que se ha de consolidar.
En todo caso, la evidencia no se
puede negar. El rey está desnudo, ilegitimado para actuar como lo hace, según
el marco jurídico internacional que se fraguó tras la II Guerra Mundial. Trump,
en su vanidad, se ha vestido de emperador, se ha puesto el traje invisible,
pero sigue desnudo. Su traje es un delirio megalómano que le otorga el poder
universal basado en su maquinaria de guerra, aunque no pueda ejercer la
autoridad legal y moral que le legitime. Lo terrible es que, desde su
infantilismo, ha iniciado un juego de guerra contra ‘los malos’ en su consola
del Despacho Oval.
Sánchez, némesis de Trump
Ahora está rabioso. Pedro Sánchez, entre otros, al igual que
hiciera el niño del cuento, ha gritado a los cuatro vientos que está desnudo,
que no le reviste la legitimidad que le otorgue tal autoridad, que es un
infractor del derecho internacional y, por tanto, no está revestido con el
traje que le legitima para regir el mundo y llevarlo a una guerra fatal para la
humanidad.
Cada vez son más los países que
denuncian esa desnudez y muestran su negativa a colaborar con su orquestado
delirio. Europa empieza a
cerrar filas en una actitud común… que veremos cómo acaba. En estos
últimos días hasta sus allegados de MAGA lo están criticando. Incluso dimite
Joseph Kent, el director de la lucha antiterrorista de EEUU, por desacuerdo con
las causas de la guerra. Por otro lado, fracasa su reclamo de una gran armada
de países aliados para mantener abierto el estrecho de Ormuz, más aún cuando
reclama, desde lo absurdo, la intervención de China en defensa de sus premisas.
El presidente español no alcanza a
comparársele a nivel de poder, no puede realmente ejercer de némesis de Trump
por sí solo. En todo caso, su propuesta contra la guerra, podría ser el faro que ilumine el horizonte hacia donde
navegamos en plena tormenta. Las ideas, los principios y
valores y el derecho que otorga la legitimidad internacional sí pueden ejercer
de némesis o antagonista, devolviendo a EEUU, con o sin Trump, al respeto y
orden de los organismos internacionales que lo enmarcan.
EEUU es el ‘hegemón’
EEUU es el país ‘hegemón’ a nivel
mundial y ese poder genera miedo a las represalias, pudiendo cambiar actitudes,
incluso la percepción de los trajes y ver preciosas telas de seda donde no hay
nada. Lamentablemente, tal como indica el dimitido Joseph Kent, Trump, en su
soberbia y prepotencia, ha caído en las redes de Netanyahu, genocida de Gaza,
haciéndole parte del trabajo sucio, a la vez que avala su crueldad.
El futuro
es un enigma, hoy más que nunca. La batalla ha comenzado y el resultado es
imprevisible. Trump proviene del mundo de la empresa y allá están sus
intereses. En EEUU al poder se accede desde el dios dinero, para hacer más
dinero. Es el pragmático americano surgido a finales del siglo XIX, del que
Bertrand Russell dijo que era «el pensamiento puesto al servicio de la codicia
del capitalista». El pragmatismo, carente de humanismo, puede ser un crimen.






