Publicado en el diario La Opinión de Málaga
| Pittsburgh =========================== |
Por ello, me gustaría, para sortear
el agobio que las amenazas e imposiciones de Trump nos anda provocando,
invitaros a vivir una intensa experiencia acaecida en enero de 2016 en el
tránsito de Filadelfia a Pittsburgh, cuando, camino de las Vegas, y estando
cerrado el aeropuerto de Filadelfia, decidimos marchar a Pittsburgh y tomar
allí otro vuelo, para lo que alquilamos un vehículo.
En la oficina de National tomé
cuatro botellitas de agua y cuatro pastelillos para el camino, que ofrecía la
compañía para sus clientes. Bendita decisión que solo se justifica por el
instinto de prever un posible incidente. Eran las 18,30 h. del viernes 21 de
enero de 2016, cuando iniciamos el viaje.
Apresados en la nieve
Nada más salir hacia el destino
aparecieron los primeros copos que fueron arreciando, aunque las quitanieves dejaban
expedita la vía. La circulación recomendada era 45 millas por hora (una milla
es 1,6 Km. aproximadamente). Todo iba bien. Con cierta dificultad visual, pero
con seguridad, progresábamos en la carretera hacia el destino final,
Pittsburgh, al norte de Pensilvania, cerca ya de Canadá y lindando con Ohio.
Aunque guardábamos la debida prudencia observamos como los camiones, con ese
aspecto monstruoso de los modelos que vemos en las películas americanas,
pasaban a considerable velocidad, vulgarmente “cagando leches”. En un momento
dado encontramos un atasco por un accidente. Al quedar cortada la circulación
no podían actuar las quitanieves, los camiones y coches se acumulaban quedando
atrapados en un embotellamiento de proporciones desconocidas. La trampa estaba
servida. No había escape posible; a la derecha nieve, a la izquierda nieve, al
frente y a la espalda vehículos parados rodeados de nieve. Eran las 12.30 de la
noche, empezaba la madrugada del sábado y estábamos a unas dos horas de la
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En ese momento aparecieron los
fantasmas, tuvimos conciencia de que se presentaba una noche fría, atrapados en
la nieve, con el riesgo de quedar sin combustible para mantener la temperatura
interior del vehículo, sin alimentación (solo el agua y los pastelillos que he
mencionado), con inseguridad, pero sin miedo, y con la incertidumbre que conllevan
estos casos. Cuándo y cómo podríamos escapar de la trampa. Cómo pasar el tiempo
de la espera sin agobio. He de decir que nos sorprendió la sensatez que
mostramos, la madurez y racionalidad con que abordamos el problema, la
capacidad de afrontamiento en una situación extraña, desconocida, con la que
tuvimos que lidiar.
La larga noche
Fue una larga noche entre
somnolencia y vigilia, cabezadas y expectativas por ver si aparecía alguna
máquina o recurso que nos sacara del atolladero. Conversamos, contamos
anécdotas y chistes. La noche fue pasando sosegadamente entre copos y más copos
de nieve que nos fueron aislando hasta superar el borde inferior de la puerta y
crear una capa de 30 centímetros sobre el techo del coche. El agua racionada
para cubrir las necesidades básicas. Poco apetito, por suerte.
Amaneció entre una suave luz que
hizo resaltar con su brillo la alfombra nívea y la silueta de los camiones que
nos cercaban, mientras observábamos el muro de hormigón que nos separaba de la
otra dirección de la autopista por donde, causando gran envidia, circulaban los
vehículos en dirección contraria. Estos americanos, tan adelantados, no habían
pensado en establecer vías de escape, conectando con la otra dirección, para
volver en libertad hacia atrás.
En todo caso no nos apareció ayuda
de nadie hasta bien entrada la mañana. Me dio la sensación de indolencia, de
pasotismo y despreocupación por parte de los auxiliares de los troppers, la
policía de carreteras responsables de mantener la circulación. Debieron pensar
que solo un gran colapso merece su atención… “dejémoslo crecer hasta que llegue
a esa dimensión”.
A media mañana pasó una chica, bien
abrigada, preguntando si necesitábamos algo… claro, queríamos salir de allí.
Mas ella solo nos podía ofrecer unas botellas de agua… ¿y comida? No, solo agua…
pero ya estábamos rodeados de agua en forma de nieve… de sed no moriríamos. El
tiempo pasaba lentamente y nosotros, en nuestra charla habitual, nos
maravillábamos de la serenidad que presentábamos. Nada de histeria, de
verbalizar angustias, de mostrar desaliento, miedo o inseguridad. Todo estaba
dominado, todo era previsible, nada podía complicarse, solo había que esperar a
que se iniciara el proceso de limpieza de la vía que facilitara la circulación.
¡Resignación! La esperanza estaba en que actuaran los de fuera, los que tenían
los recursos.
El rescate
El tiempo evolucionaba perezoso,
tedioso, amenizado, si se puede decir eso, por la música, la charla,
conversando sobre las cosas de la vida, la familia, los amigos, los viajes, los
recuerdos, los proyectos, la terrible tormenta de nieve que asolaba el noreste.
Sobre las 18,30 empezamos a oír un pitido de una máquina que se acercaba… era
un “pipipipi” de una excavadora que iba retirando la nieve de alrededor dejando
expedito un carril que se estaba habilitando en el arcén. Empezaba la maniobra
de escape y liberación. Cuando nos hubo retirado la nieve de atrás pudimos, no
sin dificultad, salir a esa vía libre, mas nos encontramos con un Maserati
delante que no podía circular. Como sabréis, el Maserati, que es un vehículo de
alta gama, suele tener tracción trasera, por lo que las ruedas delanteras iban
a su bola sobre el hielo. Al fin, tras múltiples esfuerzos, se consiguió
escapar de la trampa. Eran las 20,30 horas del sábado. Habíamos salido de
Filadelfia 26 horas antes y aún nos quedaban unas cuantas más para llegar a
Pittsburgh.
¡Libres al fin! Buscamos dónde repostar
gasolina y tomar alimento. Incomprensiblemente las dos primeras gasolineras
encontradas estaban fuera de servicio. Poca gasolina, esperemos no quedar
atrapados nuevamente por falta de combustible. La tercera nos sirvió y pudimos
comer algo en esa especie de tugurios de comida rápida… Yo no tenía hambre, solo
una extraña sensación de vacío que no demandaba nada específico para llenarse.
Quedaban más de dos horas para llegar a Pittsburgh. Paciencia… ya queda poco. El
hotel nos espera con una buena ducha, algo caliente para tomar y una cómoda
cama para descansar.
La marcha hacia la ciudad se
mantuvo a un ritmo prudente y lento, temerosos de que el hielo en la calzada
nos juagara una mala pasada. Dejamos la 76 para pasar a la 66 en New Stanton,
después a la 376 hasta Pittsburgh. Transitando por las zonas montañosas
alcanzamos los 15 grados bajo cero. Ya no nevaba. Cuando llegamos a la ciudad
estábamos a 10 bajo cero. Los cristales no obedecían a los elevalunas, estaban
apresados en sus marcos por el hielo.
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| Monumento a Washington con el jefe Seneca |
El hotel Marriot, acogedor, nos
abrió sus puertas y sus cálidas estancias. Tomamos unas frutas antes de la
ducha y a la cama. A la mañana siguiente una alfombra de nieve envolvía la
ciudad. Pittsburgh resultó espectacular. Subimos a Point of View Park para
observar la impresionante vista, desde las alturas, sobre el punto donde
confluyen los ríos Allegheny, Monongahela y Ohio. A nuestro lado el monumento a
la reunión que mantuvo Washington con Seneca, el líder de la tribu Guyasuta que
habitaba la zona, en 1770, para cerrar el paso a los franceses provenientes de
Canadá. La panorámica era impresionante con los helados ríos confluyendo abajo.
Más al fondo el estadio Heinz Field donde juega el equipo de
futbol americano Pittsburgh Steelers, a la derecha los
grandes edificios del centro económico y administrativo de la ciudad… Frio a
manta, nieve y blancura por doquier que ofrecía una visión novedosa para un
malagueño nada acostumbrado a estos parajes. Gorra con orejeras bien calada,
nariz helada y sumo cuidado con los resbalones en un suelo cubierto por capas
de hielo.
Tras la visita, adiós Pittsburgh,
adiós, nos vamos. También nos habían cancelado el vuelo aquí y tendríamos que
embarcar en Cleveland si queríamos llegar a Las Vegas y cumplir mínimamente el
plan de viaje previsto.
Espero que hayas disfrutado del
viaje.

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