sábado, 24 de enero de 2026

Atrapados por la nieve

Publicado en el diario La Opinión de Málaga 

Pittsburgh
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No sé si volveré a los EEUU algún día. No quiero que se me confunda con un inmigrante y se me deporte por arte de magia trumpista a manos del ICE. Siendo un país que me sorprendió en las cuatro ocasiones en que lo visité, ahora no me resulta atrayente, aunque echo de menos a mis amigos de allá. Han sido tantas las vivencias que hemos compartido que siempre permanecerán en mi memoria sus gratos recuerdos.

Por ello, me gustaría, para sortear el agobio que las amenazas e imposiciones de Trump nos anda provocando, invitaros a vivir una intensa experiencia acaecida en enero de 2016 en el tránsito de Filadelfia a Pittsburgh, cuando, camino de las Vegas, y estando cerrado el aeropuerto de Filadelfia, decidimos marchar a Pittsburgh y tomar allí otro vuelo, para lo que alquilamos un vehículo.

En la oficina de National tomé cuatro botellitas de agua y cuatro pastelillos para el camino, que ofrecía la compañía para sus clientes. Bendita decisión que solo se justifica por el instinto de prever un posible incidente. Eran las 18,30 h. del viernes 21 de enero de 2016, cuando iniciamos el viaje.

Apresados en la nieve



Nada más salir hacia el destino aparecieron los primeros copos que fueron arreciando, aunque las quitanieves dejaban expedita la vía. La circulación recomendada era 45 millas por hora (una milla es 1,6 Km. aproximadamente). Todo iba bien. Con cierta dificultad visual, pero con seguridad, progresábamos en la carretera hacia el destino final, Pittsburgh, al norte de Pensilvania, cerca ya de Canadá y lindando con Ohio. Aunque guardábamos la debida prudencia observamos como los camiones, con ese aspecto monstruoso de los modelos que vemos en las películas americanas, pasaban a considerable velocidad, vulgarmente “cagando leches”. En un momento dado encontramos un atasco por un accidente. Al quedar cortada la circulación no podían actuar las quitanieves, los camiones y coches se acumulaban quedando atrapados en un embotellamiento de proporciones desconocidas. La trampa estaba servida. No había escape posible; a la derecha nieve, a la izquierda nieve, al frente y a la espalda vehículos parados rodeados de nieve. Eran las 12.30 de la noche, empezaba la madrugada del sábado y estábamos a unas dos horas de la ciudad de destino.

En ese momento aparecieron los fantasmas, tuvimos conciencia de que se presentaba una noche fría, atrapados en la nieve, con el riesgo de quedar sin combustible para mantener la temperatura interior del vehículo, sin alimentación (solo el agua y los pastelillos que he mencionado), con inseguridad, pero sin miedo, y con la incertidumbre que conllevan estos casos. Cuándo y cómo podríamos escapar de la trampa. Cómo pasar el tiempo de la espera sin agobio. He de decir que nos sorprendió la sensatez que mostramos, la madurez y racionalidad con que abordamos el problema, la capacidad de afrontamiento en una situación extraña, desconocida, con la que tuvimos que lidiar.

La larga noche

Fue una larga noche entre somnolencia y vigilia, cabezadas y expectativas por ver si aparecía alguna máquina o recurso que nos sacara del atolladero. Conversamos, contamos anécdotas y chistes. La noche fue pasando sosegadamente entre copos y más copos de nieve que nos fueron aislando hasta superar el borde inferior de la puerta y crear una capa de 30 centímetros sobre el techo del coche. El agua racionada para cubrir las necesidades básicas. Poco apetito, por suerte.

Amaneció entre una suave luz que hizo resaltar con su brillo la alfombra nívea y la silueta de los camiones que nos cercaban, mientras observábamos el muro de hormigón que nos separaba de la otra dirección de la autopista por donde, causando gran envidia, circulaban los vehículos en dirección contraria. Estos americanos, tan adelantados, no habían pensado en establecer vías de escape, conectando con la otra dirección, para volver en libertad hacia atrás.

En todo caso no nos apareció ayuda de nadie hasta bien entrada la mañana.  Me dio la sensación de indolencia, de pasotismo y despreocupación por parte de los auxiliares de los troppers, la policía de carreteras responsables de mantener la circulación. Debieron pensar que solo un gran colapso merece su atención… “dejémoslo crecer hasta que llegue a esa dimensión”.

A media mañana pasó una chica, bien abrigada, preguntando si necesitábamos algo… claro, queríamos salir de allí. Mas ella solo nos podía ofrecer unas botellas de agua… ¿y comida? No, solo agua… pero ya estábamos rodeados de agua en forma de nieve… de sed no moriríamos. El tiempo pasaba lentamente y nosotros, en nuestra charla habitual, nos maravillábamos de la serenidad que presentábamos. Nada de histeria, de verbalizar angustias, de mostrar desaliento, miedo o inseguridad. Todo estaba dominado, todo era previsible, nada podía complicarse, solo había que esperar a que se iniciara el proceso de limpieza de la vía que facilitara la circulación. ¡Resignación! La esperanza estaba en que actuaran los de fuera, los que tenían los recursos.

El rescate

El tiempo evolucionaba perezoso, tedioso, amenizado, si se puede decir eso, por la música, la charla, conversando sobre las cosas de la vida, la familia, los amigos, los viajes, los recuerdos, los proyectos, la terrible tormenta de nieve que asolaba el noreste. Sobre las 18,30 empezamos a oír un pitido de una máquina que se acercaba… era un “pipipipi” de una excavadora que iba retirando la nieve de alrededor dejando expedito un carril que se estaba habilitando en el arcén. Empezaba la maniobra de escape y liberación. Cuando nos hubo retirado la nieve de atrás pudimos, no sin dificultad, salir a esa vía libre, mas nos encontramos con un Maserati delante que no podía circular. Como sabréis, el Maserati, que es un vehículo de alta gama, suele tener tracción trasera, por lo que las ruedas delanteras iban a su bola sobre el hielo. Al fin, tras múltiples esfuerzos, se consiguió escapar de la trampa. Eran las 20,30 horas del sábado. Habíamos salido de Filadelfia 26 horas antes y aún nos quedaban unas cuantas más para llegar a Pittsburgh.

¡Libres al fin! Buscamos dónde repostar gasolina y tomar alimento. Incomprensiblemente las dos primeras gasolineras encontradas estaban fuera de servicio. Poca gasolina, esperemos no quedar atrapados nuevamente por falta de combustible. La tercera nos sirvió y pudimos comer algo en esa especie de tugurios de comida rápida… Yo no tenía hambre, solo una extraña sensación de vacío que no demandaba nada específico para llenarse. Quedaban más de dos horas para llegar a Pittsburgh. Paciencia… ya queda poco. El hotel nos espera con una buena ducha, algo caliente para tomar y una cómoda cama para descansar.

La marcha hacia la ciudad se mantuvo a un ritmo prudente y lento, temerosos de que el hielo en la calzada nos juagara una mala pasada. Dejamos la 76 para pasar a la 66 en New Stanton, después a la 376 hasta Pittsburgh. Transitando por las zonas montañosas alcanzamos los 15 grados bajo cero. Ya no nevaba. Cuando llegamos a la ciudad estábamos a 10 bajo cero. Los cristales no obedecían a los elevalunas, estaban apresados en sus marcos por el hielo.

Monumento a Washington con el jefe Seneca
Pittsburgh al fin

El hotel Marriot, acogedor, nos abrió sus puertas y sus cálidas estancias. Tomamos unas frutas antes de la ducha y a la cama. A la mañana siguiente una alfombra de nieve envolvía la ciudad. Pittsburgh resultó espectacular. Subimos a Point of View Park para observar la impresionante vista, desde las alturas, sobre el punto donde confluyen los ríos Allegheny, Monongahela y Ohio. A nuestro lado el monumento a la reunión que mantuvo Washington con Seneca, el líder de la tribu Guyasuta que habitaba la zona, en 1770, para cerrar el paso a los franceses provenientes de Canadá. La panorámica era impresionante con los helados ríos confluyendo abajo. Más al fondo el estadio Heinz Field donde juega el equipo de futbol americano Pittsburgh Steelers, a la derecha los grandes edificios del centro económico y administrativo de la ciudad… Frio a manta, nieve y blancura por doquier que ofrecía una visión novedosa para un malagueño nada acostumbrado a estos parajes. Gorra con orejeras bien calada, nariz helada y sumo cuidado con los resbalones en un suelo cubierto por capas de hielo.

Tras la visita, adiós Pittsburgh, adiós, nos vamos. También nos habían cancelado el vuelo aquí y tendríamos que embarcar en Cleveland si queríamos llegar a Las Vegas y cumplir mínimamente el plan de viaje previsto.

Espero que hayas disfrutado del viaje.

 

 

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