miércoles, 11 de noviembre de 2009

Razonamiento contrafáctico


Hace algún tiempo que quiero compartir con vosotros una reflexión sobre el llamado “razonamiento contrafáctico”… ¡Toma ya! La gente tiene la mala costumbre de ponerle nombres raros a las cosas. Bueno, se trata de ese razonamiento hipotético que hacemos cuando decimos ¿Qué habría sido de mí, o habría pasado en mi vida, si en lugar de esto hubiera hecho lo otro en aquel momento? Es decir, si en lugar de casarme con mi esposa o esposo lo hubiera hecho con aquel o aquella chavala tan maja que me andaba a la zaga, por poner un ejemplo. Por tanto es un razonamiento contra un hecho determinado, que podría haber sido diferente si hubiera tomado otra decisión o actitud, si se hubiera producido otro hecho, que tenía como alternativo en ese momento.

Nuestra vida está cargada de cruces de caminos en los que hemos tenido que decidir cual de ellos tomar. Nos casamos con una persona, estudiamos o no una carrera, resolvemos coger un trabajo u oficio, optamos por vivir en una ciudad, nos rodeamos de amigos, etc. En suma, diseñamos y elegimos un proyecto de vida que a la largo nos gratifica, o no lo hace, estamos contentos con la evolución de las cosas, o no lo estamos, nos sentimos felices con nuestra existencia o desgraciados… o, en todo caso, podemos estarlo a medias tintas.

Ciertamente, cuando nos hacemos esa pregunta sobre como habría sido nuestra vida si tal cosa… nos podemos imaginar una evolución de los hechos que vamos controlando, puesto que nuestra mente es la encargada de montarse la película que nos interesa, partiendo de la situación ideal que se daba en ese momento. Somos nosotros los dueños y gestores del pensamiento y lo modulamos y orientamos hacia donde nos pueda interesar. Asunto falaz, pues no es objetivo ni puede serlo. Aunque podamos valorar otras informaciones. Por ejemplo, en el caso del novio o la novia que se quedó en la estacada, podemos recabar información y analizarla, cruzándola con nuestra propia evolución, y deducir cómo hubieran ido las cosas. Volvemos a idealizar el asunto, sobre todo cuando la vida no nos va todo lo bien que quisiéramos, aunque también puede ser un sano ejercicio comparativo inducido y producido por la curiosidad, sin más.

El hecho es que ese razonamiento es totalmente falso e imaginario y, por ende, escapa a la realidad que pudiera haberse dado. Parece como si, anclados en aquel momento, diseñemos y manipulemos nuestra hipotética historia para llevarla a donde nos interesa colocarla y satisfacer esa curiosidad. Pero no la sometemos al contacto del día a día, a la necesidad de confrontación de ideas, de evolución personal, de resolución de conflictos… en suma a la convivencia diaria, a la prueba del nueve. Y es ahí donde está la clave, en la gestión de esa convivencia diaria.

Lo curioso es que solemos recurrir, por lo general, a ese ensayo imaginario cuando las cosas no van bien, cuando esa gestión no ha dado sus frutos y parece que buscáramos en nuestro interior otra oportunidad fantaseada para, inconscientemente, escapar de esa situación inventando alternativas falaces o ficticias. Craso error. Si nuestra vida empezó a fraguarse en el ayer, ese ayer ya no existe, ni somos los que éramos, ni estamos donde estábamos, ni las otras personas siguen esperándonos. Nuestra vida es la actual, con nuestras bondades y miserias, con los resultados obtenidos a lo largo del tiempo, nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestros errores y nuestros aciertos; en suma, nuestra evolución personal en el entorno que nos fue dado.

Mirar para atrás en plan anhelante es puramente ilusorio. La clave, bajo mi punto de vista, está en saber valorar lo que se tiene, donde se está en este momento y cuales son las alternativas que se pueden estimar en la toma de decisiones, si de ello se trata. En todo caso, cualquier buena evaluación de una situación pasa por apreciar lo positivo y como reconducirla hacia el lugar adecuado. Hacer hipótesis de fantasías ilusorias es contraproducente, pues, en todo caso, lo que hará será separarnos más de la realidad que nos rodea y situarnos en un mundo irreal, ficticio y carente de solidez para resolver el conflicto o la cuestión que nos planteemos.

Es cierto que la fantasía es una forma de vivir la vida en plan sueño despierto. Es decir un sistema íntimo de llenar los espacios vacíos, que nuestras vivencias nos han ido dejando, después de haberse abierto la puerta a esa experiencia. Es bueno porque hay que matar el deseo y satisfacer esa fantasía para abolirla, pero el riesgo está en que no la dominemos y nos lancemos a una búsqueda imaginaria de situaciones idílicas que nos separe de nuestra vida real, con su cierto nivel de insatisfacción y descontento.

Por tanto, piensa en tu viejo amor si quieres, pero no fantasees con que las cosas te habrían ido mejor, pues no tienes ni idea de cómo habrían resultado las interacciones que la convivencia te hubiera deparado. Valora lo que tienes y obra en consecuencia, porque puede que sea tu incompetencia, en el devenir diario, la que te ha llevado a esta situación de insatisfacción personal o fracaso. Si es así, también fracasarás en el próximo intento y solo te resultará satisfactorio el imaginario y fantasioso, el inventado, porque tú dominas tu pensamiento y lo diriges hacia el resultado que te apetece, y eso es jugar con trampa. No mires para atrás, salvo para aprender. Desde el presente, mira hacia delante, que es lo que te espera…

lunes, 9 de noviembre de 2009

Miopía


He vuelto a las andadas, del verbo andar, claro... Paseando, como siempre, por mi ciudad (algún día os la presentaré en un paseo virtual en el que me acompañaréis), meditando durante el tránsito, conjugando las vistas de sus hermosas, luminosas y espléndidas calles con ese borboteo continuo que surge en nuestras mentes, con ese flujo mental que nos hace cavilar sistemáticamente, me retrotraje a mi post anterior y, si bien hablaba de la orientación de nuestro sentidos y su disposición para percibir el entorno lo más acertadamente posible, no dejo de pensar que existen infinidad de alteraciones que complican las cosas, que nos hacen menos objetivos y que nos ciegan o impiden ver la realidad.

Reconozco que tengo un intelecto rumiante y que es esa forma de ensimismamiento la que me permite elaborar mis pensamientos, abstraído en un proceso deliberado de repensar, hilando e hilvanando las ideas hasta desembocar en las reflexiones o conclusiones finales, que luego os presento, para compartirlas con todos los lectores de mi blog. Ahora, otra semana más, en mi bodeguilla, en la soledad de la noche otoñal, al amparo de la chimenea, estructuro el pensamiento apuntalado en mi paseo urbano.

Ante todo quiero hacer algunas precisiones. El ser humano es egoísta por definición, mejor dicho, por necesidad. Su primer objetivo y responsabilidad es velar por su propia vida e integridad y buscar los nutrientes para sostenerla. Su inteligencia es una herramienta que usa para computar los elementos externos y obrar en consecuencia, siempre actuando, de una forma u otra, en el propio beneficio o en el de la colectividad a la que pertenece, puesto que de ello también sacará el suyo. Por tanto, como ya he dicho en otras ocasiones, conjuga tres instintos, el de nutrición, el de reproducción y el de socialización. Todos ellos están enfocados y abocados a la conservación de la especie. El de nutrición porque si no come muere, el de reproducción porque es el que garantiza la trascendencia de la especie en el tiempo y el de socialización porque sabe que solo no puede enfrentarse a los avatares de la vida, a los depredadores y a los enemigos potenciales que le rodean. La inteligencia hace el resto, establece conductas de acoplamiento, beneficiosas para conseguir lo que pretende, para modular el egoísmo que actúa como motor y centra en sí mismo el eje de su actuación.

Es de vital importancia, bajo mi punto de vista, el equilibrio entre estos tres grandes instintos para mantener la armonía existencial. Nutrirse, crecer en interrelación para mejorar la especie y desarrollarse hasta la utopía de la autorrealización. Para poder trascender al mañana mediante el mensaje genético, que proyectamos en nuestros propios hijos y el aporte educacional, o formativo, en cuanto a sus conductas y valores. Al mismo tiempo es nuestra aportación a la mejora de la sociedad, que nos acoge, otra de las obligaciones u objetivos básicos del ser humano. Por tanto, no podemos obviar la trascendencia del hombre a través de su obra personal y su genética, los dos elementos que conforman al individuo, su estructura física y su componente formativo, educacional, que modulará su esencia psicológica. El más allá, lo que resulte después de nuestra marcha, será, en parte, responsabilidad nuestra, la herencia que dejemos a nuestros descendientes, el aporte que hagamos a la perpetuación y el sostenimiento de la especie.

El hedonismo irresponsable, la búsqueda del goce sistemático, del placer sin más, es un acto irreflexivo cuando se fragua en la destrucción y el ataque al entorno que nos sustenta. Yo soy un defensor del goce y me rebelo contra la idea de sufridor, dolor y martirio que nos han ido imponiendo a lo largo de nuestra cultura judeo-cristiana. Yo creo en el goce hedonista, pero en el constructivo, en el compartido responsablemente, en el que respeta a los demás, al entorno y siembra en entendimiento y el encuentro entre el conjunto de la creación.

Digo conjunto de la creación porque veo a la naturaleza como madre sustentadora y nutriente de toda la vida vegetal o animal que nos rodea. Ella está dispuesta a darnos su fruto, pero de forma ordenada, formando parte de un todo cósmico, universal, que es nuestra casa y la de nuestros hijos y nietos, de nuestros descendientes que garantizan la especie. Los antropólogos saben perfectamente que existen culturas apegadas a la tierra, en armonía con ella, a la que veneran como madre. Quechuas, aymaras y otras etnias andinas americanas la consideran la Pachamama, la madre tierra, a la que aman y cuidan, en justa reciprocidad, por sus aportaciones a su sustento.

Sin embargo en nuestra cultura no se da esa simbiosis. Nosotros hemos entendido que Dios nos colocó aquí como reyes del universo y que tenemos derecho a todo. La tierra es nuestra, los animales que la pueblan están a nuestro servicio, y somos dueños de sus vidas, la naturaleza debe producir para nosotros, aún sometiéndola a sobreexplotación. La perforamos hasta sus entrañas para sacar su energía y revertimos en el medio ambiente nuestras toxinas del “progreso incontrolado”. Somos unos inconscientes que andamos mordiendo la mano que nos sustenta, pero hemos tenido la habilidad de establecer unas creencias que nos dan carta blanca para hacer lo que estimemos conveniente. Hemos creado una religión, unas convicciones, en la que somos el centro del universo y lo demás está sometido a nuestra voluntad.

Todo esto se da por la MIOPÍA que estamos mostrando. No vemos más allá de la rentabilidad inmediata. El mundo político sigue siendo el más miope de todos, saben que los votos se consiguen con resultados inmediatos y que nuestra ceguera de ciudadanos votantes, no nos deja ver más allá, queremos lo inmediato. A largo plazo puede que no estemos, que no existamos y… quien venga detrás que arree. Entonces se antepone el instinto de nutrición al que me refería, por encima de los otros y olvidamos la trascendencia. Impera el egoísmo y la codicia sobre lo racional y solidario. Lo importante es estar bien, sin mirar las consecuencias que nuestro bienestar pueda acarrear al ecosistema. Por tanto somos miopes, no vemos más allá del día a día. ¿Para qué se nos han dado dos ojos, para mirar a derecha e izquierda, sin no vemos hacia el frente, hacia el mañana? ¿Cómo somos tan miopes que no vemos la trascendencia que llevamos en nuestros genes?

La gran culpable es esa cultura ancestral que nos sitúa en el centro de la creación, que potencia el egoísmo y la codicia a que me he referido. El sistema socioeconómico que establece el poder del dinero sobre cualquier otro, que subyuga el ciudadano al capital y a la producción, entendiendo que el progreso es tener más, en lugar de SER más. Cuando volvamos nuestra mirada a la naturaleza, al entorno connivente y cómplice que nos ayuda a crecer en armonía, sin la avaricia y el egoísmo que subyacente en nuestro instinto básico, podremos volar en paz y concordia con el entorno, sin guerras de intereses económicos y energéticos de multinacionales ladronas y esclavizantes que piensan en sí mismas antes que en el ciudadano y su provecho.

Este mundo requiere un cambio radical. Un cambio en el que las sociedades multinacionales que usan las estrategias mafiosas, sátrapas, que solo pretenden el beneficio individual o de grupo, dé paso a una sociedad más justa, equitativa, donde el ser humano esté por encima de cualquier otra preferencia, dónde se priorice lo importante para la humanidad en su conjunto, ante los intereses de colectivos económicos de poder, dónde se extienda el entendimiento y no la confrontación por los bienes y riquezas de esa tierra, que es de todos.

Cuando se forja un gran capital o es producto del latrocinio, de la especulación o de la explotación del trabajo y producción ajena, salvo raras excepciones. La historia está cargada de casos que lo demuestran. Me sonrojo ante salarios astronómicos, aunque sean en empresas privadas, de banqueros codiciosos y usureros, ante fichajes de figuras galácticas que saben dar patadas magistralmente, pero nada más, ante las actitudes de sujetos que piden se les ponga donde haya dinero, que ellos ya sabrán que hacer para enriquecerse. Me entristece ver como la mayoría de los ciudadanos han trabajado duramente, a lo largo de su vida, para poder pagar una casa, formar un hogar, criar unos hijos, sustentar a la familia y, al final, no tienen nada por nacer fuera del cauce del dinero, porque la suerte no les acompañó o porque forman parte del colectivo de la masa. Pero lo que más me entristece es que esos ciudadanos no se percaten y rebelen contra esa injusticia, que acudan al campo de fútbol y defienda a la figura de turno, que se contenten con las migajas que caen de la mesa del señor sin denunciar sus abusos. El capital es miope, cuando no ciego, pues solo ve el beneficio a corto plazo y se cree dueño de todo, todo lo compra, todo lo puede, todo le pertenece… hasta la vida de los seres humanos cuando se interponen en el camino de sus intereses.

Nos han hecho miopes. No vemos más allá de nuestras narices y seguimos atrapados en un mundo injusto, dónde la miseria nos la han colocado en otro lugar, para, mediante la comparación, no darnos cuenta de la nuestra, de la propia. Un mundo donde se arremete contra la naturaleza, que es el garante del futuro. Un mundo donde los seres humanos forman parte de los mecanismos de producción que enriquece a unos pocos, en lugar de ser el eje de nuestra cultura. Un mundo donde la picaresca y la especulación se premian con el éxito, mientras el trabajo y desarrollo personal se castiga con la indiferencia, salvo excepciones blanqueadoras de conciencias. ¿Quién nos trajo e implantó estas ideas? ¿Quién se beneficia de todo esto? ¿Quién creó esta cultura del poder y el sometimiento en beneficio de unos pocos? …

He saltado de la mesa y abandonado la bodeguilla. He dejado el ordenador y me he salido al patio. No puedo seguir escribiendo. Vuelvo por mi copa de vino dorado y observo la luna entre las hojas de la parra, escondiéndose al trasluz de los jazmines y jugueteando tras las nubes. Un coro de estrellas la arropan, cantando un aria celestial, mostrando la inmensidad del cosmos. Yo, tomando conciencia de mi insignificancia, me siento impotente y solo me queda un consuelo: pensar que mi misión está en aclarar mi mente, en discernir y procurar que este pequeño grano de arena aporté la máxima calidad posible para cambiar esta injusta sociedad… y decido mostrar lo que pienso. Es como regalar mi energía mental para compartir mis reflexiones en pos de un mundo mejor.

Entonces brindo con la luna y su comparsa, porque tras la oscura noche, donde ella me presta su luz para ver más claro, vendrá la mañana cargado de sol que ilumine el día, que traiga esperanza, donde todo cambie y desaparezca la penumbra oscura que nos acompaña, que nazca de nuevo un mundo más justo, donde la codicia, con el egoísmo, ya no pinten nada.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Mi color preferido


Ahora que ando en mi bodeguilla, al calor de fuego de la chimenea, con la voz de soprano de Sarah Brightman de fondo, rodeado de mi obra bricolajera, en franca meditación y reflexión con mi interior, a las tantas de la noche y degustando una copa de vino dorado y cargado del dulce sabor de mi tierra, me viene a la memoria que os debo un relato sobre la reflexión a que me indujo mi compañero y amigo en la dirección del hospital, cuando me dijo aquello de: “En el fondo estás resultando un rojillo”. Sinceramente, me marché pensando en eso de los colores y si realmente tenían algo que ver con el posicionamiento ideológico o no. Es evidente que desde hace tiempo se identificó a la izquierda con el color rojo y a la derecha, sobre todo en España, con el color azul.

A mí me indujo a una reflexión sobre eso de “en el fondo”, pues hice una introyección e intenté deslizarme por mi interior buscando cómo era yo en realidad, en el fondo, a ver si descubría que elementos podían dilucidar mis pensamientos e ideas y cual era mi disposición anatomofisiológica para afrontar las experiencias y vivencia del subsistir. En suma, intenté buscar mi esencia, desvestido de prejuicios e ideas preconcebidas. Esas ideas que desde pequeñito nos van metiendo en el coco y van calando hasta condicionar nuestra vida, nuestra existencia. Son ideas que nos pueden hacer esclavos de tendencias, posicionamientos, convicciones o fidelidades a principios ajenos que nos fueron colocando en el proceso de socialización. Normas o creencias que debimos acatar y asumir como condicionantes para integrarnos en una sociedad injusta, discriminadora y arbitraria que nos obliga a competir para tener más y colocarnos por encima de los demás, en plan ostentoso, incluso vejatorio para con el semejante. Esas son las reglas del juego que metódicamente te enajenan y llevan, de forma inconsciente, a un combate que puede resultar interiormente displacente, pero que extrínsecamente es reconocido como exitoso. Por tanto, me desvestí de esos prejuicios para intentar hacer un análisis aséptico y limpio, aunque original.

Bien, pues en ese ejercicio de introducción en mí mismo, que te invito a realizar, fui intentando ver como estaba predispuesto mi organismo y cuales eran los acomodos estructurales que me orientaban en la percepción de mi entorno, en el proceso vital que daba razón a mi existencia.

Entonces vi que el sustento básico de todo mi cuerpo se canalizaba a través de mi sangre. La arterial, de color rojo por la hemoglobina, a caballo de mis hematíes, transportaba los nutrientes y el oxígeno que requería mis células para subsistir y cumplir con su cometido. El color azul, o algo más azul y menos rojo, se reservaba a mi sangre venosa, cuando venía cargada de toxinas y detritus procedentes de la metabolización celular y la combustión energética, cuando ejercía la limpieza de CO2 o anhídrido carbónico. Es decir, el rojo llevaba el nutriente y el livianamente azul retiraba las excreciones. Pero mirando el motor, es decir el corazón que bombea la sangre nutriente y purificadora, vi que estaba ligeramente situado a la izquierda.

Entonces me decidí a ahondar un poco más y pensé que, si la base de la comunicación y comprensión del mundo estaba en el análisis de los estímulos que recibimos del entorno, era imprescindible analizar la disposición de los receptores de esos sentidos, que nos informaban de lo que sucedía a nuestro alrededor.

A la sazón vi que tenía dos oídos, uno para oír a la derecha y otro a la izquierda con lo que podría poseer una información bastante precisa de lo que se emitía a ambos lados. Pensé, entonces, que había gente sorda de los dos lados, resultando sujetos que no escuchan a nadie, que se creen en posesión de la verdad absoluta y por tanto se cierran en sus propias creencias, sin contrastarlas con el estímulo que llega desde el exterior. Otros, aquejados la mayoría de las veces de hipoacusia unilateral, solo escuchan por un lado, al que le dan toda credibilidad y al otro lo obvian o no lo atienden, con lo que difícilmente podrá rebatirlo al no comprender su posición o empatizar con él. Suelen ser sujetos intolerantes, que tienen su beneficio en ese lado que escuchan, percibiendo a la gente del otro como enemigos, en lugar de complementos informativos dignos de analizar para sacar unas conclusiones de la vida, y de las cosas del devenir, de forma más precisa. Luego hay gente que escucha atentamente a ambos lados, sin importarle las burradas que pueda escuchar, salvo para rebatirlas y aclarar sus propios pensamientos consolidando sus ideas. Estas son las mentes abiertas a que tantas veces aludo.

También tenía dos ojos, uno a la derecha y otro a la izquierda para ver todo lo que me envolvía; de esta forma podría tener una visión completa de mi entorno. Mi nariz, donde albergaba el sentido del olfato, también tenía dos fosas nasales, a derecha e izquierda, para poder oler los efluvios que emanaban de ambos lados (no agradables en muchas ocasiones). Mis manos, una a la derecha y otra a la izquierda, intentaban saludar y tomar el pulso a ambos lados y, con el tacto adecuado, poder conjugar la harmonía de mi contexto. Lo mismo que pensé para los oídos, apliqué a los ojos, el olfato y las manos. Siempre había quien no lo usaba, quien solo usaba un lado y quien le sacaba el máximo jugo utilizando ambos lados.

Toda esta comunicación fluía a mi cerebro. Un único órgano que, aunque tuviera dos hemisferios, computaba, de forma coherente y centrada, la información. Era el encargado de darle sentido a todo, de conjugar todos los informes para estructurar un pensamiento constructivo que me ayudara a comprender el mundo y, por ende, a desarrollarme libremente y en armonía con mi entorno. El cerebro, pues, es el gran forjador de las ideas. Para que estas sean lo más cercanas a la realidad deben percibir la máxima información posible.

Pero mi entorno requiere comunicación, interacción para desarrollar la interactivación que permite el intercambio y flujo de nutrientes enriquecedores, que permitan el acercamiento y compartir experiencias y vivencias entre los sujetos que lo componen, que transmita esas ideas que elabora el cerebro. Si las ideas se quedan en el interior todo el proceso y el trabajo, desarrollado por la mente, solo servirá para el sujeto, sin trascender al exterior para que otros las conozcan, analicen y compartan

Entonces tendría que darle protagonismo a esa comunicación, con la que formular los mensajes que nos permitieran el flujo de las ideas, pensamientos y argumentos para entendernos y complementarnos los unos a los otros. Para eso esta la voz, el verbo que fluye, o debe fluir, libremente manifestando el resultado de esa computación cerebral. Solo tengo una boca, una laringe para modular mi voz y decir aquello que debo expresar. Ello indica que he de ser asertivo y veraz, convencido de lo que pienso y capaz de comunicarlo con respeto y consideración hacia los demás, compartiendo sus propios pensamientos y abierto a entender y comprender sus mensajes en base a la razón que los sustentan. Ser libre implica no dejarme avasallar por los sonidos de uno u otro lado, sino ser capaz de discernir por mis propios medios, sin dependencia a consignas externas establecidas por otros.

Mi cuerpo me acaba de dar una soberana lección. Su disposición me ha enseñado que todos mis sentidos están orientados hacia la comprensión del entorno, sea cual sea la procedencia del estímulo y que debo aprovechar esa disposición para sacar la máxima información que me permita un análisis coherente y veraz con la que fraguar mis principios y valores humanos. Que el color predominante de mi interior es el rojo de mi sangre nutriente, que porta la vitalidad. Finalmente he de reconocer que mi corazón, como motor de la vida está ligeramente inclinado a la izquierda.

Si mi cuerpo, fraguado a lo largo de siglos y milenios, se ha dispuesto así, llevado por los avatares y las vicisitudes de la existencia de mis antepasados… ¿No me estará orientando en mi actitud ante la vida?

viernes, 30 de octubre de 2009

Contraste de luna


Hablaba yo, en un post anterior, de nuestra característica de ciclotimia, ese cambio cíclico de humor y estado de ánimo que suele acompañarnos a todos en el devenir de la vida. Yo siento, no se si vosotros también, que hay veces en que me apetece escribir poesía, otras ensayo o reflexiones, otra relatos, ocurrencias, etc. Luego están los temas. El amor, la política, la religión, la psicología, sociología, etc. Al fin y al cabo, todo ello forma parte importante de la vida y merece nuestra atención. La inspiración es algo que aparece y desaparece, las ganas de escribir son variables y no siempre anda uno en condiciones de plasmar una idea sobre el papel, bueno sobre la pantalla con estas tecnologías.

La poesía, al menos para mí, que siempre me definí como polifacético (polifacético es aquel sujeto que abarca mucho, aunque poco aprieta), pero sobre todo como librepensador, conlleva el arte de la empatía. Contiene esa capacidad de ponerse en un lugar determinado, en unas circunstancias específicas, con vivencias imaginarias y fantásticas o fantasiosas, que te hagan vivir lo no vivido, o lo vivido, según te apetezca expresar. Hablar de amor o desamor, de encanto o desencanto, de belleza, de todo aquello que te produce desazón, alegría o despierta emociones. La forma de transmitirlas es la clave, pues el asunto está en conseguir que la persona que te lea, u oiga, sienta lo mismo que tú. Por tanto, es el sublime arte de compartir emociones.
Si hurgamos en nuestro interior encontraremos el universo, el cosmos de la energía concentrado en tan poco espacio. Las leyes universales se dan de forma macro o micro, pero son las mismas. Buscar en nuestro interior es descubrirnos, sacar a relucir las potencialidades que tenemos y, sobre todo, elicitar la proyección universal que nos hace inmensos, integrantes natos de un todo incuestionable que se da en la naturaleza, en el conjunto y la integridad de la vida. Ser poeta es buscar en ese interior y sacar a flote todo ese mundo concentrado, escondido, marginado y oprimido, de los sentimientos, de las emociones, de las ideas y percepciones que nuestro entorno nos produce, que nuestra vida nos otorga, que nuestra mente nos presenta elaborado. Sacarlo en libertad, sin prejuicios ni rémoras condicionantes, porque la verdad de nuestro interior no puede ser cuestionada, tutelada o modulada por el exterior. Si lo fuera perderíamos nuestra esencia.

Por eso, hoy quiero colgar otro poema. Es diferente, es una vivencia imaginaria de una noche de luna con cielo juguetón de nubes y claros. Espero conseguir la transmisión de esta vivencia imaginaria a caballo de la propia fantasía del receptor.


Contraste de luna

Sublimes retazos de luna penetran la alcoba
queriendo poseerla desde la ventana.
La oscuridad resiste el envite
y no se retira, solo se agazapa
buscando el momento oportuno
para, con su fuerza, neutralizarla.

Las nubes actúan de compinches
frenando la luz de la luna,
y entonces se lanza como una posesa
sembrando penumbra por toda la casa.
La lucha nocturna entre luz y sombra
de nuevo se entabla.

Yo, tumbado en mi cama,
me siente expectante ante tal hazaña.
El sin par combate se alarga en la noche
y en la madrugada.

La luna se aleja como derrotada
y la sombra, orgullosamente,
se da a la bravata por haber vencido,
llenando la casa con su manto lúgubre
de muerte, tinieblas y sombras
que dejan helada hasta el alma.

De golpe, por el horizonte,
promesas de luz cegadora
se asoman sobre la montaña.
El gallo ya canta.
Y un rayo de luz penetra en la casa
hiriendo de muerte a la sombra
que huyendo se marcha.

Destellos de sol danzan sobre la ventana
dando el esplendor que trae la mañana.
Inunda la alcoba con su resplandor
y de nuevo surgen tumultos de vida
por toda la casa

Y yo me levanto saludando al día
y dando las gracias por haber vivido,
en mi fantasía, toda la aventura
de la lucha intensa entre las tinieblas
y la luz de luna que me iluminara.

miércoles, 28 de octubre de 2009

A mi nieto


Posiblemente, este poema, tenga una mayor comprensión por parte de quienes son abuelos. Yo quiero homenajear a mi nieto expresando, aunque él no lo pueda entender aún, las emociones que me genera. Es esa dicha plena, parecida al sentimiento del enamorado, que te embarga cuando lo ves, te sonríe y te dice: “Hola abuelo, un besito”, en su idioma.
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Vuelven a escucharse risas infantiles,
palabras cortadas de extraños idiomas
que no se comprenden,
pero con su gracia te llenan de gozo.

Los hijos se fueron,
llegaron los nietos
y, en su alforja cargada,
traen el alborozo,
dichas de la vida,
júbilo de abuelos,
risa incontenida,
luz de primavera
que brilla en sus ojos.

Fuerza diminuta
que agota a su antojo,
que pide más marcha,
pero nuestro cuerpo
cansado y dolido
ya no da la talla.

Solo con mirarlo
se corre una lágrima
al verlo tan ágil
cargado de vida
lleno de pujanza.
Su cara de ángel,
o bien de diablillo
según se mirara,
te llena hasta el alma.

Que extraño te es todo.
Los hijos te crearon dilemas,
los nietos te dieron la calma
que premia la savia de abuelo
de infantil ternura,
que da a tu madurez alas
y apacible sentido a la vida

hasta el final de la singladura.

martes, 27 de octubre de 2009

Ocurrencia 13 (La idea única)




“No hay nada más peligroso que una idea sin otra para contrastarla”.


Esta frase, que la leí por algún lugar y no recuerdo dónde, me caló y me hizo reflexionar sobre el asunto ampliamente, enfocándola a las ideas de trascendencia social de tipo político y/o religioso. Ciertamente, la orfandad de una idea la devalúa. Su mérito no existe, en tanto no ha sido ganadora de ninguna confrontación con otra aseveración sobre ese mismo tema. Por ello, está condenada al anacronismo, al no tener la posibilidad de la evolución que nuevos nutrientes aportan. Esos nutrientes se obtienen de la contrastación con otras visiones o posiciones y la asimilación de planteamientos que la enriquezcan, asumiendo el riesgo de la descalificación por perder su verdad relativa en la confrontación con la otra idea.

Por tanto, estas ideas únicas se presentan como enquistadas, encapsuladas, resistentes a la argumentación lógica. Su falta de permeabilidad las hace inmutables y se venden como verdades y dogmas que están por encima de los valores personales e individuales, como causas sublimes y nobles que requieren el sacrificio, la obediencia y el esfuerzo común para implantarlas en beneficio de la colectividad. Consecuentemente, son frenos evolutivos que pretenden mantener un estatus quo, casi siempre para preservar ventajas, prebendas e intereses del grupo dominante y garante de la idea única.

La idea única es descalificadota, prepotente e impositiva en tanto no acepta otra, al sentirse en posesión de la verdad. La historia está cargada de etapas donde la idea única se ha impuesto sobre las demás. Eso sí, siempre ha sido generalizada bajo la amenaza, la coacción o la violencia física y verbal, si bien es cierto que ha tenido adeptos que instrumentaron su imposición.

El adepto a la idea única suele ser un sujeto de pensamiento pobre, sin capacidad o voluntad de discernimiento, obviando los que la apoyan por mera conveniencia. Esa vaguedad ideológica le deja a disposición del dictador y del totalitario que defiende la idea. Es el campo de cultivo donde recoge el fruto y la fuerza para imponerse, por dejación, digamos, de funciones cívicas por parte del conformista, que acaba siendo sumiso, estableciendo una relación de “clientelismo ideológico”, concepto que merece una reflexión aparte. Lógicamente, el totalitario, dictador y ostentador del poder por esta vía, no tiene el más mínimo interés en despertar la curiosidad intelectual del sujeto, sino en mantenerlo obediente, carente de sentido crítico, amparado en principios jerárquicos que le garanticen la sumisión.

Esa idea puede tener connotación de misión o macro-objetivo, sustentado por una estructura de coherencia ideológica de tipo místico-religioso, cargada de dogmas y creencias, amparada por principios de corte divino donde la cuestionabilidad es reprobada. Es el caso de las religiones con sus dogmas y creencias irrefutables al abrigo de la fe e infabilidad difícilmente explicables.

La otra vertiente, que entiendo tanto o más peligrosa, es la idea única desde el punto de vista político. Las dictaduras, del signo que fuere, son un claro ejemplo de ello. Cuando se intenta imponer un sistema político no participativo, con anulación de la capacidad crítica del ciudadano y buscando su sometimiento a esa idea única que justifica el régimen imperante, lo primero que se pretende es evitar la crítica del sujeto, mentalizándole para que acepte el pensamiento del grupo dominante y sus lacayos como la base de la convivencia ciudadana, descalificando y criminalizando a aquellos que practiquen la disidencia.

El colmo es cuando se alían la religión y la política, circunstancia vivida en nuestro país tantos años, y siglos pasados, y que se está dando en bastantes países del mundo musulmán en la actualidad, sin obviar la influencia que sigue teniendo la religión en nuestro entorno judeo-cristiano.

En todo caso, la base que consolida el sistema es la alienación, entendida como la define el diccionario de la Real Academia de la Lengua: “Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”. Es decir, que su conciencia no se ajusta a lo que su propio objetivo o función como ser humano debería significar. Ello lleva a una disonancia cognitiva, que solo es sostenible cuando la capacidad de decisión, o la responsabilidad sobre los hechos que se generen, se proyectan sobre los hombros del patrón o promotor de la idea, del jerarca que manda, de la "autoridad competente", quedando exento de culpa el sujeto.

Por eso los integrismos religiosos me repugnan, las ideas políticas excluyentes me repatean y los sujetos intransigentes, que se creen en posesión de la verdad y son irrefutables, me dan miedo y pena a la vez. Yo sigo manteniendo aquello de que “la mente es como un paracaídas, solo funciona cuando se abre”.


viernes, 23 de octubre de 2009

A ver como contamos...


Hay cosas que uno no acaba de entender muy bien. Ese baile de cifras con relación el recuento de asistentes a las manifestaciones huele a podrido y engañifa. Es una cuestión invariable que, cuando se hace una manifestación, existen diversas formas de medir según los intereses del que realiza el recuento. Fijaros en que las diferencias pueden oscilar entre miles y millones en una misma concentración, según el caso. No pretendo analizar las diferentes técnicas que se puedan emplear, pero sí la intencionalidad en el manejo de las cifras y la consecuente credibilidad de la fuente. A uno le encantaría que hubiera una técnica aceptada por todos para medir la asistencia y que nos diera una idea clara de la realidad.

Al parecer, la empresa LYNCE está utilizando un método, que definen como científico, consistente en el recuento de todos y cada uno de los asistentes. El problema está, bajo mi punto de vista, en saber donde empieza y termina la aglomeración adjudicada a esa manifestación. Si me manifiesto con una pancarta por la calle Larios de Málaga, a partir de las 20 horas, seguro que se contarán algunos cientos de asistentes a la “manifa”, pero la realidad es que todos iban a su rollo particular, a su paseo, su compra o su lo que fuere y solo yo me manifestaba. Digo esto por ver la cantidad de imputados que no son computables. Por tanto, los límites de la concentración se deberán entender donde la densidad de gente se aproxime a la normal en momentos similares.

Mirando por encima y retrotrayéndonos a la manifestación del día del orgullo gay, podemos ver grandes diferencias (millón y medio contra 58.171); las mantenidas por la AVT es clamorosamente divergente según quien informe; la anterior contra el aborto muy dispar y en la mantenida el pasado sábado en Madrid, también contra el aborto, dan cifras vergonzosamente disparatadas. El Sr. Benigno Blanco hablaba en TV de 2 millones de asistentes, mientras LYNCE daba una cifra de 55.316, lo que es como dividir el guarismo de los convocantes por 36. Estas las menciono por ser las cifras extremas, aunque hay otras intermedias, pero tengo que aplicar el criterio de la intencionalidad para dar crédito a unas u otras.

La intencionalidad del Sr. Blanco y demás convocantes es manifiesta y su pretensión será siempre mostrar la mayor afluencia posible, como en todos los casos. La pretensión de LYNCE la entiendo menos partidista y pretenderá establecer un proceso de recuento científico que garantice la verdad para venderlo a sus posibles clientes, relacionados básicamente con los medios de información. Por tanto, a mí me da mucho más crédito la intencionalidad de LYNCE que la del Sr. Blanco.

De todas formas, en el fondo de mi reflexión está la crítica al intento de manipulación que puedan hacer los convocantes de manifestaciones en general. Manifestarse es un hecho democrático de primera magnitud. Pretende mostrar un pensamiento, idea, proyecto o mensaje compartido por un conjunto de sujetos para que tome buena nota el receptor, por lo general el gobierno o los responsables a quienes vaya dirigida. Mientras más gente se manifiesten más poder y presión pueden ejercer. Por tanto, “chapeau” ante el hecho democrático de manifestarse. Pero el asunto pierde todo su esplendor cuando se miente, se manipula la información, o se pretende mostrar deslealmente aquello que no fue. Ese atentado a la verdad, ese intento de confundir y presentar el hecho con magnitudes o dimensiones exageradamente significantes, es un ataque a la representatividad democrática. Es como un fraude electoral donde se colocan más papeletas de las emitidas, que queda automáticamente anulado y el culpable es señalado vergonzosamente.

Los ciudadanos tenemos derecho a una información objetiva y veraz, sobre estos eventos, para poder sopesar el volumen del descontento, o del contento, de la gente que lo manifiesta. Lo contrario es una vil manipulación con la intención de arrogarse falsa representatividad. Convendría, pues, que los medios, los políticos y demás organizaciones, establecieran un sistema consensuado de recuento que nos garantizara, con el mayor ajuste posible, las cifras de asistentes a cualquier manifestación. Es nuestro derecho.

Yo quiero mostrar mi más absoluto rechazo a los sujetos que, teniéndonos por bobos, pretenden manipularnos y engañarnos falseando las cifras para sacar pecho, cuando en realidad solo hay una birria de pectorales, sea el Sr. Blanco, Verde o Amarillo el que lo intente. No se dan cuenta que al final todo se sabe y que quedan por mentirosos y desacreditados, salvo para los hinchas o “hooligans” incondicionales.

Como siempre, os ofrezco este espacio para que, con todo respeto, manifestéis vuestro punto de vista con respecto a este desajuste de cifras que venimos observando, hace tanto tiempo, en la asistencia a las manifestaciones que se dan en nuestro entorno.

La crisis de Ceuta

  Opinión | Tribuna Por: Antonio Porras Cabrera Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 22 AGO 2026 7:01 Enlace: https://ww...