Opinión
| Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 15 AGO 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/08/15/sera-libros-133368432.html
La lectura de libros ofrece la oportunidad de vivir múltiples vidas y
aprender a través de la empatía con los personajes
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| Una lectura sosegada. / l.o. |
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“Si quieres vivir muchas vidas lee
libros, pero si quieres vivir siempre escríbelos”. Creo que alguien ya
pronunció esta frase que a mí me parece paradigmática. La gente suele, o solemos, leer libros para conocer
las vidas que describen o narran. Nos identificamos con los personajes y, de
forma vicaria, a través de ellos, vivimos
la trama y los avatares que nos presentan las novelas, relatos o
biografías que se plasman en los textos que conforman el contenido del libro.
Nuestro amigo el libro
El libro, en el primer caso, es el
amigo con el que queremos compartir
parte de nuestra experiencia vital. Buscamos en él su propia vivencia,
aunque sea ficticia, donde la fantasía del autor nos lleva, mediante su
creatividad, a un mundo ignoto que nos va descubriendo en su narrativa, una
historia imaginaria o real mostrando la diversidad existencial del ser humano.
El libro nos presenta unos personajes singulares, a los que nos acercamos para
conocer su vida y forjar una relación virtual, que nos enriquece aportando una
nueva experiencia que, presumiblemente, nunca hubiéramos conseguido vivir por
las limitaciones y condicionantes que nuestro contexto existencial nos
impone. El libro es como un sueño,
una ensoñación que nos permite vivir lo no vivido mediante la proyección que
hacemos al identificarnos con sus personajes.
Ese aprendizaje vicario realizado a
través de las vivencias ajenas,
aunque fueran imaginarias, nos satisface ciertas necesidades de desarrollo
personal mediante la proyección. El libro amigo es aquel que nos ayuda a
crecer, el que nos acompaña en esa nueva ruta de la vida que nos presenta
tantas novedades e invita a vivirlas. Es un amigo y consejero que nos permite
acceder al subconsciente freudiano sin provocar o crear trauma alguno o
disonancia que nos atrape en la culpa, por muy cruel y despiadada que sea la conducta del personaje.
La identificación con el personaje
¡Qué maravilla sentirnos
críticamente sádicos asesinos,
héroes o villanos, apasionados amantes, santos o virtuosos, inteligentes
científicos, o poderosos señores, liberándonos de nuestra frustración! ¡Qué
acto terapéutico tan exquisito que nos lleva a sublimar nuestros deseos
inconfesos! El libro nos permite navegar por el mar de la vida en pura
fantasía. Somos el personaje, pero no somos responsables de sus actos. Vivimos
empáticamente su experiencia, pero no como protagonista directo, sino
indirecto. Sentimos como él a través de la empatía que nos provoca. Empatizar
es ver lo que se da en el otro lado del espejo, comprender y compartir sentimientos
pero no provocarlos, por lo que la culpa no es nuestra sino del personaje.
No obstante, hablando de
sentimiento y sensibilidad, es bueno aludir a la poética, que representa una forma más emotiva de
expresión que la narrativa, elevando a una mayor categoría la empatía que
despierta la rítmica armonía del verso o la belleza expresiva de la prosa
poética, donde aflora un sentimiento verdadero, tal como refería el excelente
poeta ovetense Ángel González Muñiz, en este fragmento perteneciente al famoso texto
en prosa poética titulado «La
verdad de la mentira» incluido en su libro póstumo Nada grave
(2008):
Al lector
se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al
oído:
— ¿Por qué
lloras, si todo en ese libro es de mentira?
Y él
respondió:
— Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad.
El contrato con el libro
Cuando compramos un libro
establecemos un contrato con él, un compromiso de lectura para conocer y vivir
la experiencia que nos narra. Ese acercamiento implica comprometerse a leerlo y
aproximarse al personaje, con el que pretendes establecer un vínculo amistoso
o, al menos, un curioso contacto para mayor conocimiento de una íntima
experiencia vivencial creada por el autor. Tal vez por ello, «la literatura es
esencialmente soledad. Se escribe
en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura
permite una comunicación profunda entre
los seres humanos», (Paul Auster). En todo caso, bajo mi modesta opinión, los
libros son los vasos comunicantes de la cultura en nuestra sociedad.
El libro, depositado en su anaquel,
aguarda pacientemente a ser tomado para ofrecer la magia de sus páginas
rebosantes de una vida o de esencias que complazcan al lector. Ese es su
verdadero cometido, la razón de su existencia. Si no logra su objetivo se
sentirá frustrado y traicionado por quien lo adquirió para leerlo. Ahora,
cuando miro en mi biblioteca familiar, voy descubriendo mi traición a tantos de
ellos que fueron adquiridos con la clara intención de ser leídos y aún esperan, pacientemente, a poder
ofrecer su contenido.
Resignados y sometidos al martirio
del polvo y abandono, ha dejado de
tener sentido su existencia. Me siento culpable por mi desmesurada ansia
de leer más allá de mis posibilidades reales, del ímpetu que me llevó a adquirir
tantos libros sin calcular mis capacidades de lectura. Ahora, sumidos en el
olvido, quedan un buen número de ellos que ayer me ilusionaron. ¿Se sentirán
traicionados por mi promesa incumplida? Rotas sus ilusiones por ser leídos,
permanecen en un purgatorio, como refiere Alberto Manguel, aguardando su
destino incierto.
He de confesar que me siento
culpable. Un importante gasto económico para ser enterrado, enclaustrado, en
una dependencia de almacenaje. ¡Cuánto amigos me andan esperando en los anaqueles
de mi biblioteca! Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán, escribía: «Junto con
los libros debiera venderse el tiempo suficiente para leerlos», ojalá fuera
así.
Mientras, el ebook le gana la
partida y ese mundo sólido de antaño se diluye en otro virtual, donde el placer
del contacto entre el papel y la piel desaparece, dando paso a lo inmaterial
que va inundando el mundo. El libro de papel muere en vida aplastado por el
empuje digital que condiciona el futuro.
Tus libros son tus hijos
Decía al principio: “Si quieres
vivir muchas vidas lee libros, pero si quieres vivir siempre escríbelos”. Si en
la primera parte del aforismo consideraba al libro como el lugar de encuentro
con un potencial amigo, en la segunda aparece como un hijo al que le das vida con tu creatividad.
De hijos, libros, árboles se fragua
la trascendencia según el refranero popular. Ellos quedan cuando tú te vas y,
en cierto sentido, dan variado testimonio de tu existencia. Los hijos llevan la
impronta de tu genética para perpetuar la especie, que sería la máxima
expresión del instinto de conservación, junto a la calidad de tu enseñanza cargada de principios y
valores que les fuiste inoculando con el proceso educativo.
Los libros son los otros hijos que
hacen trascender el pensamiento, la creatividad de nuestra mente y el contenido
de nuestro intelecto. En ellos nos proyectamos, bien de forma directa o
indirecta, para plasmar sentimientos, emociones, razones y pensamientos que se
articulan y elaboran mediante los procesos
cognitivos que vamos desarrollando a través del contacto con el
medio. El libro es un producto nutriente que alimenta el espíritu y enriquece
la mente facilitando la travesía existencial. Es tu tránsito, tu camino, tu
vida única y exclusiva, intransferible en su totalidad, pero con suficiente
muestrario de vivencias que pueden ser de interés para el lector.
La cosmovisión holística
El árbol es otra forma de
trascender dentro del ecosistema, como una declaración de pertenencia a la
propia naturaleza en una alianza sostenida en el tiempo. Es un nexo entre tú y
la tierra, su inmanente fruto alimenta tu cuerpo. Tu esencia intelectual, que
anida en tu mente, tiene una estructura que la sostiene. En el fondo tú eres lo
que piensas, tu intelecto, que habita en un continente que le soporta, el cuerpo,
y todo ello se sustenta en su entorno nutriente que es la naturaleza. Esto
dirige nuestra mirada a una perspectiva más amplia, a una cosmovisión holística
donde se vislumbra el panteísmo.
Mas yo planteaba en el título una
interrogante sobre qué será de mis libros cuando ya no esté, de mis libros
amigos e hijos. Los amigos pudieran quedar en los anaqueles de alguna
biblioteca, pero los hijos, además, deben sobrevivir en la familia porque son
parte de ti mismo, y así seguir presentes para tus descendientes.
Desde donde fuera o estuviere tras
la muerte me gustaría observar la imagen de mis hijos, de mis nietos, leyendo
bajo mi árbol los libros que escribí por el camino, aunque fuese leyendo en un
ebook, o Dios sabe en qué otro mecanismo.

2 comentarios:
Buen artículo. Antonio. La necesidad de escribir esconde el deseo de transcender?
Querida amiga Prescina, yo creo que tiene dos vertientes o necesidades, por un lado esa que tú comentas, la de trascender, y por otro la necesidad introspectiva que nos lleva al autoconocimiento y ahondar y buscar en nuestra interior las potencialidades que guardamos, a la par de desarrollar el intelecto. Feliz finde.
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