sábado, 11 de julio de 2026

La historia en mi memoria (I)

 Opinión | Tribuna

Por Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 11 JUL 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/07/11/historica-memoria-132341837.html

La contienda civil de 1936-1939 dejó al país empobrecido económica, intelectual y socialmente, imponiendo una idea única y una profunda brecha entre vencedores y vencidos.

Arando la tierra. / l.o.

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El próximo sábado, 18 de julio, se cumplen 90 años de la rebelión militar que llevó a nuestro país a vivir uno de los episodios más luctuosos de su historia, como fue la contienda civil. Ojalá nunca vuelvan a darse circunstancias tan tremendas, haciendo aflorar el horror de una confrontación entre hermanos y despertar el instinto asesino de desalmados que cultivan la maldad sembrada por el odio, siempre irracional.

No era la primera vez que se daban unos hechos tan horribles. El siglo XIX fue el más nefasto para nuestra patria. Empezó con la llamada Guerra de la Independencia que destrozó el país, se diluyó el imperio, se originaron tres guerras carlistas y acabó el siglo con la derrota ante los EEUU y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1898). La guerra del Rif inicia mal el siglo XX.

Es importante conocer el pasado y, los que ya nos vamos y lo vivimos, no está mal que dejemos constancia del recuerdo, un testimonio del sufrimiento y la penuria de una sociedad maltrecha por la guerra civil. Tal vez sea disuasorio para las generaciones más jóvenes y les lleve a descubrir los caminos de la convivencia en paz y armonía.

Ahora estamos atravesando momentos difíciles, donde afloran viejas ideas totalitarias y excluyentes y se cultiva el desencuentro. La política ha dejado de ser constructiva para convertirse en canallesca, donde el insulto y la descalificación cobran terreno despertando el atavismo de un pasado pavoroso.

Procesiones. / l.o.

Los efectos de la Guerra

Tras tres años de guerra fratricida entre las dos Españas (1936-1939), el país quedó empobrecido económica, intelectual y socialmente… sumido en la miseria. Se impuso la idea única, el nacionalcatolicismo, el liderazgo forzado de un «caudillo» rebelde ante el poder legítimo y se abrió una tremenda e injusta brecha entre el pobre y el rico, entre las dos Españas, una ostentando el poder y la otra sometida; una soberbia y arrogante y otra humillada. Pensar distinto al sistema era considerado traición, y el traidor no merecía vivir. El pavoneo de las camisas azules, de los adeptos al poder, era denigrante y vejatorio. Si tu bando era el vencido siempre serías sospechoso, blanco de las iras y propenso a los escarnios y maltratos. La tortura era un instrumento habitual para sacar confesiones, a veces infundadas para escapar de ella.

Pero hay otra sangría que empobrece más al país, si cabe. Se trata de la marcha al exilio de grandes mentes, de personas del mundo intelectual y técnico que se ven obligadoas a refugiarse en el extranjero. No hablo, pues, solo de los ideólogos y luchadores que marcharon a Francia tras la contienda y que fueron tratados injustamente; aquellos que, a la postre, combatieron al lado de las tropas francesas en la contienda mundial contra el nazismo alemán, con la esperanza de poder volver a su patria ayudados por los vencedores de esa guerra. Me refiero, sobre todo, al mundo intelectual. A los que fueron eliminados físicamente como el caso de Federico García Lorca, al amparo de la locura asesina de un general sanguinario como era Queipo de Llano, que sembró el miedo y el terror en Andalucía con sus discursos radiofónicos incitando a la tropelía de la tropa. La historia, si es justa, debe dejar a este sujeto como inductor asesino de miles de ciudadanos andaluces, ajusticiados a sangre fría y sin juicio ni derecho a la defensa.

Ahora bien, no nos engañemos, durante la contienda cayeron intelectuales de ambos bandos a manos del enemigo. A su término siguieron cayendo los adeptos a la República a consecuencia de la represión y la cárcel, como el caso de Miguel Hernández. Fueron exaltados como héroes o mártires los caídos del bando vencedor, en monumentos funerarios, iglesias y libros de texto, mientras los fusilados republicanos permanecían en las cunetas y en fosas comunes, como muchos aún lo están.

Los intelectuales que escaparon de la muerte, según el bando, tuvieron distinta suerte. Los vencedores pasaron a ser el sostén intelectual del régimen, si bien era el régimen el que definía su conducta e ideas y no ellos a este. Es decir no había librepensamiento, sino sumisión ideológica y aportación a la consolidación del sistema. Si alguno de ellos se salía del guion era repudiado, como el caso del propio Hedilla ―aunque sea dudoso el apelativo intelectual, más bien ideólogo― jefe falangista que se opuso a la unificación de esta con los tradicionalistas bajo el mando de Franco, por lo que fue acusado de conspirar contra él y condenado a dos penas de muerte, posteriormente conmutadas, hecho que le apartó de la vida política hasta su muerte en 1970.

El exilio intelectual republicano

La intelectualidad republicana que marchó al exilio fue muy numerosa y de gran calidad en muchos casos. Las cabezas mejor dotadas de España, intelectuales, profesores, científicos, profesionales de las artes plásticas, escritores o poetas, como Francisco Ayala, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Rafael Alberti, Pau Casals, Pablo Picasso, Ramón J. Sender, Pedro Salinas, María Zambrano, Manuel Altolaguirre, Rosa Chacel, Luis Cernuda, Juan José Domenchina, Elena Fortún, José Gaos, Jorge Guillén, María Teresa León, Emilio Prados, Claudio Sánchez Albornoz, Luis de Zulueta y un amplio etc... Todos ellos fueron a enriquecer la cultura y el conocimiento de otros países de acogida, pues aquí ya no cabían ni podían desarrollar su creatividad y pensamiento. La guerra creó un orden dictatorial donde todo estaba sujeto a los intereses del régimen. Este poema del zamorano León Felipe, una malaventura que le echa a Franco, el gran responsable de la guerra, viene a mostrar el estado de ánimo de la intelectualidad en el exilio:

«Franco, tuya es la hacienda, / la casa, el caballo y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra. / Tú te quedas con todo y me dejas desnudo / y errante por el mundo... / Mas yo te dejo mudo... ¡mudo! / Y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?»

Respecto a la ciencia pasa tres cuartos de lo mismo. Fueron numerosos los médicos españoles que se exiliaron en México y otros países al finalizar la guerra. Nombres como Augusto Pi i Sunyer, José Puche Álvarez, Isaac Costero, Gustavo Pittaluga, Ángel Garma, Severo Ochoa o Miguel Prados Such, hermano del poeta Emilio Prados, muestran lo profundo del golpe que recibieron tales disciplinas en España. En el texto de la ley que crea el Consejo Superior de Investigaciones Científicas queda de manifiesto como hasta la ciencia debía retroceder dos siglos para inspirarse en las «ideas esenciales del Glorioso Movimiento».

La España de la «nada»

Entonces se impone la España de la «nada». No había libertad de religión, de ideas política, de pensamiento, de educación, de tránsito, de sindicación… todo estaba controlado. El superyo freudiano, o sea el control de la conciencia, estaba condicionado por la iglesia, su clero y su credo e ideario político. La socialización del niño recaía en los curas y maestros, donde prevalecía el adoctrinamiento religioso y político, por lo que el cauce de las ideas, el pensamiento, los valores y principios estaban intervenidos también por la iglesia y los principios del llamado Movimiento Nacional.

La otra «nada» hace alusión al alimento, a la ropa, a la vivienda, a las necesidades más básicas. Hambre, miseria y padecimiento fueron las constantes que sufrieron los niños y mayores de la clase obrera y trabajadora. El racionamiento, el queso y la leche en polvo que, caritativamente, se recibía en las escuelas no se pueden relegar de las infantiles mentes, ya maduras y ancladas en la tercera edad en la actualidad. Cuando pienso en ello aflora a mi garganta aquel sabor singular de la leche y el queso americano.

Esta «nada» no era general, pues muchos vencedores disfrutaban de prebendas y acceso a recursos vedados a los vencidos y al pobre. El trapicheo, contrabando y estraperlo eran formas de enriquecerse más los ya pudientes y adeptos al régimen, mientras eran castigados muy severamente los otros actores. Por tanto, en ese mundo de la «nada» se trabajaba casi por nada para poder comer algo. En él estaban los campesinos, obreros y pobres, los gitanos, los proscritos, los rojos y vencidos, la clase trabajadora, salvo quienes habían luchado al lado de los vencedores o eran serviles con los poderosos y ricos hacendados.

(Continuará)

 

domingo, 5 de julio de 2026

Sobre el debate

 

Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 04 JUL 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/07/04/debate-132100926.html

Pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo (Francia) / LAURIE DIEFFEMBACQ – Archivo

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«Cuando las emociones condicionan el debate surge el conflicto, cuando son las razones llega el acercamiento». (Frase del autor)

 

Esta frase revela, así lo entiendo, uno de los grandes problemas que aquejan a la sociedad, es la falta o incapacidad de razonar asépticamente ante un argumento ajeno cuando no está en la línea de los nuestros. Entonces cultivamos el sesgo confirmatorio, siendo este un signo de inmadurez intelectual. Nos sentimos agredidos, aquí generalizo, si se nos quiere convencer de algo contrario a lo que pensamos, cuando se nos cuestiona lo que creemos. Interpretamos que se nos descalifica y humilla si se impone la argumentación ajena, teniendo que asumir la nuestra como errónea. Entonces aparece el aspecto emocional y perdemos la razón, la capacidad de discernir argumentalmente sobre el tema a debate.

Un problema cultural

He aquí un problema cultural, se nos ha hecho dogmáticos, en las ideologías y en los credos religiosos; se nos ha enseñado a competir y ganar para no ser un fracasado. No se nos ha enseñado a aprender, a estar en disposición de asimilar enseñanzas, salvo que el enseñante tenga la autoridad que le otorga un conocimiento superior. Claudicar ante la argumentación de Einstein no es lo mismo que ante Perico de los Palotes, aunque Einstein diga una nimiedad y Perico una verdad como la copa de un pino. Tenemos asumida la diferencia entre el conocimiento de una autoridad en la materia y el de un igual a nosotros. Históricamente hemos aceptado que el médico sabe de medicina y nosotros a callar; el abogado de leyes y nosotros a callar; el matemático de matemáticas y nosotros a callar…

Aceptada esta asimetría en el conocimiento no cabe debate, pero cuando creemos tener la misma capacidad y competencia en una materia de discusión que pueda ostentar el otro, o los otros, entramos en ese debate, lo cual no es malo, aunque, a veces, un ignorante entra a discutirle a un científico, desde una pretendida simetría, defendiendo teorías absurdas.

Pero si el debate se convierte en un proceso de acercamiento basado en el conocimiento y la razón, estaremos ganando todos, pues incrementaremos nuestro saber. Ello requiere una posición de mente abierta para aceptar lo verdaderamente positivo que aporta el otro. Pero si lo entendemos como un combate, donde mi argumento ha de prevalecer, y se trata de mostrar ante los demás, incluyendo los espectadores, que tengo razón para convencerles, la cosa cambia, aflora la agresividad y la vehemencia viendo al otro como rival y no como interlocutor.

Entonces siento emociones y las transmito en ese instante. Son las emociones del combate, de la confrontación. Estamos en un ring y los espectadores toman partido pues, de antemano, están definidas las posiciones, sean políticas, religiosas, sociales, económicas e, incluso, científicas… En muchos casos andamos definiendo y defendiendo los valores del grupo con el que nos identificamos, del equipo de fútbol al que pertenecemos, de nuestra ideología, de nuestra religión, y esperamos ganar, salir airosos para satisfacer nuestro ego y el reconocimiento del grupo.

La perversión del debate

La perversión del debate hoy se manifiesta, con toda crueldad, en el mundo de la política, no solo porque cada cual pretenda imponer su ideología, sino por las formas y la manipulación de la verdad para crear relatos partidistas. Porque dejó de ser debate para convertirse en combate, en guerra de intereses donde todo cabe, hasta la conducta más ruin, como estamos viendo. El debate político busca persuadir para vencer, no convencer, como diría Unamuno.

Los grupos se consolidan en base a credos, valores e ideas que los definen. Hacer tambalear esos nexos es un riesgo de desintegración equivalente a la muerte o desaparición del mismo, lo que hace que en esa lucha se vuelque las emociones y aparezcan estrategias en el inconsciente que nos llevan al enquistamiento ideológico, al dogma y los principios inalterables, al pensamiento encapsulado resistente a la argumentación lógica. No podemos permitirnos que nuestro grupo, nuestro partido político sea descalificado, ridiculizado y ninguneado ante su incompetencia o inconsistencia argumental.

¿Qué es lo que hay detrás de todo ello? Pues un claro predominio de los intereses del grupo al que representamos, en contraposición a la búsqueda de la verdad que exportaríamos al conjunto de la ciudadanía y que nos haría crecer a nosotros y madurar como seres humanos, tal vez por eso se dé esa virulencia, por la inmadurez de los tertulianos.

Por tanto, no nos interesa la mejora social, la búsqueda de la razón y la certeza sobre al tema del debate. Nuestro objetivo, aunque sea inconsciente, está en los intereses del grupo y su consolidación, y no en los del conjunto de la sociedad. Si fuera de la otra manera, estaríamos abiertos a la razón y los argumentos del otro, a la empatía y el consenso, a la convivencia pacífica y al intercambio de ideas. Aquí es donde echo de menos al sosegado intelectual librepensador, que haberlos haylos, pero que, al no montar un espectáculo atractivo para los televidentes, no interesa a los medios. 

Es patético ver a muchos tertulianos, de la radio o la televisión, enzarzados en una discusión que sistemáticamente descalifica al otro, intentando aseverar sus más insólitas barbaridades. Estos son debates infructuosos, no solo por su contenido y forma, sino por su enseñanza. Transmiten a la ciudadanía una forma, un estilo de debatir tóxico que arrastra al fracaso, a la divergencia y el desencuentro. No fijan caminos de acercamiento para desmontar y paliar la violencia de la confrontación, sino que establecen una pugna a la que estamos acostumbrados en nuestra vida cotidiana como un acto competitivo… ¡hay que ganar! Lo importante no es participar, sino ganar. De esta forma nos encontramos a nuestros modelos tertulianos, a nuestros maestros, ejerciendo una conducta de confrontación e intransigencia que nos aleja del encuentro con los demás. Nos encerramos en nuestras ideas y descalificamos al contrario por sistema, incluso los insultamos con apelativos despectivos, así acabamos considerándolos nuestros enemigos en lugar de nuestros contertulios que nos pueden llevar a una mejor comprensión del mundo de las ideas y del tema que se trata.

El libre discernimiento

Cuando uno pierde su capacidad e independencia de discernir libremente y acepta la sumisión a las ideas de otro, u otros, acaba en la alienación. Deja de ser uno mismo para convertirse en los otros, en portavoz del grupo y sus consignas. Renuncia a la capacidad, que todo ser humano debería defender contra viento y marea, la de ser libre y aportar su creatividad personal a la sociedad. Renuncia a su esencia, a su singularidad, a sí mismo.

Es el razonamiento lo que ha llevado al desarrollo de la ciencia, a la evolución del ser humano. Son las emociones y los dogmas los que han llevado a la confrontación y a la guerra. Pero también lo han hecho a la paz y al amor, pasando de un extremo al otro. Somos seres oscilantes, cargados de inseguridad, de culpa y conflicto interno que se ha de gestionar. Nuestra conciencia busca la paz del equilibrio, lavar la culpa, compensando las malas acciones que atormentan.

Hay quien dice que las emociones dan la vida, que las oscilaciones anímicas permiten sensaciones de pena y alegría, de felicidad y malestar, que le dan sentido a la existencia. ¿Qué sería de la alegría si no existiera la pena para compararlas? Somos ciclotímicos por naturaleza, en mayor o menor grado. Habrá que tratar el tema en otra ocasión. No podemos vivir sin emociones, pero podemos vivirlas con realismo y madurez, gestionando lo emocional en su justo término. Abriendo nuestra mente a la razón, asumiendo que somos seres pensantes, capaces de evolucionar desde esa condición hacia la búsqueda de una verdad superior, de discernir entre las cosas para hallar el sentido de la vida en común y su esencia desde la asimilación de la totalidad del entorno, de todos y cada uno de los elementos que lo integran.

Cuando debatamos con la intención de asimilar las buenas ideas y argumentos de los demás, sus razones y experiencias, desde la empatía, habremos ganado la vida y la evolución en paz… Entonces seremos seres humanos maduros y constructivos, estableciendo sinergias desde la libertad y el compromiso social, para confluir en un mejor desarrollo de nuestra sociedad. Pero eso no creo yo que le interese a los grupos de poder... En todo caso, evita debates improductivos… son disruptivos.

 

La historia en mi memoria (I)

  Opinión | Tribuna Por Antonio Porras Cabrera Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 11 JUL 2026 7:00 Enlace: https://www...