Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 07 NOV 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/11/07/retablo-maravillas-136181526.html
El artículo
reflexiona sobre la deriva de la política actual, caracterizada por sesgos de
confirmación y delirantes discursos que buscan la sumisión ideológica en lugar
de un debate racional
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| A Trump se le complica lo que queda de legislatura. / BLOOMBERG |
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Con la convocatoria de las
elecciones para el día 29 de noviembre se ha creado un escenario más que interesante. A mí me recuerda al ‘Retablo de las
maravillas’, uno de los ocho entremeses escritos por el ingenioso Miguel de
Cervantes y publicados en el tomo ‘Ocho
comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados’, de 1615.
En todo caso, se trata de hacerle
ver al público asistente aquello que predica el presentador, o sea el partido
político que entra en liza con su presumible programa y argumentario para que
se le vote. Por arte de birlibirloque suelta su discurso haciéndote ver que hay
un Sansón que pretende derribar el edificio, un toro que acomete, unos ratones
o las milagrosas aguas del río Jordán que sanarán tus males. Tal vez te
presenten a leones rampantes, osos o Herodias, la bellísima doncella bailando
para deleite de todos los presentes.
Eso sí, solo verán estos seres
aquellos que sean de sangre pura, los adeptos y hooligans del partido, que, a
su vez, se encargarán de convencer a los demás de que esa visión es real,
aunque su conciencia puede que les diga lo contrario, hasta conseguir que la
infiel judía también lo vea, como en el entremés. Todo con tal de no ser
rechazado por el grupo de pertenencia, de no ser anatemizado y repudiado por el
partido. No puede decir que no lo ve porque dejará de ser considerado un fiel
servidor de la causa. Ya no es la idea lo que se defiende, sino la consigna. No
es el librepensamiento sino la sumisión a la doctrina. No la visión de cada
cual, sino la visión y estrategia del partido.
Mi sesgo confirmatorio
Entonces aflora un pensamiento que
ejerce de mecanismo de defensa,
una complicada actitud razonada desde el dogma: «Cierro mis oídos ante el
discurso del contrincante, que ahora se convierte en enemigo, para evitar ser
abducido, y le insulto para descalificarlo y desvestirle del poder que pudiera
arrogarse... le ninguneo, un HDP no merece mi consideración, sino mi desprecio.
No consentiré que nadie me diga que el rey está desnudo aunque yo lo vea,
porque si digo o acepto que está desnudo seré visto como un traidor a la causa
y me defenestrarán. Negaré las miserias de mi grupo y acometeré al contrincante
ante las suyas.
Para evitar esta insoportable
disonancia cognitiva, instauraré mi
sesgo de confirmación y solo atenderé aquellos argumentos que
consoliden, refuercen o reafirmen la ideología de mi partido que yo comparto.
Estoy atrapado, pero por mi grupo, por mi gente, que me somete a su control
ideológico y yo, para no desentonar, acepto y ejerzo de leal adepto».
En estas andamos, sobre todo en
determinados partidos que cierran filas, niegan sus evidentes errores y acusan
a los demás de cometer los mismos. Gritan ¡dimita! y exigen que hagan aquello
que ellos no hicieron.
El mundo delirante de la política
Pero, si no teníamos bastante con
este mundo de locos, ahora se ha vuelto delirante, más conflictivo y de dudosa
esperanza. La política abyecta y de baja estofa que se instauró hace un tiempo,
alcanza cotas inimaginables. No me refiero solo a España, sino al conjunto de
la política internacional. En los últimos años ha irrumpido un desalentador
modo de hacer política. No es solo el antidemocrático uso del insulto, la
descalificación, la pérdida del respeto
al contrincante, sino el intento de descalificar la acción de la propia
política, lo que nos hace pensar en cuál es el verdadero interés del político
kamikaze que se lanza contra la democracia. No sé si se trata de malos
políticos o sujetos venales que sirven a su señor escondido tras los visillos.
O tal vez de histriónicos actores
que solo pretenden escenificar realidades inventadas, intereses propios y, en
algún caso, esconder proyectos abyectos difícilmente defendibles desde el buen
ejercicio de la política. Solo sus obras los describen, sus promesas no son valores seguros, sino solo eso, promesas que
luego se tuercen ante una realidad tergiversada para justificar su incumplimiento.
Cuando llegan al poder dicen: «queríamos cumplir nuestras promesas, pero lo que
nos hemos encontrado lo impide, es culpa del saliente, no nuestra», lo que no
quita que haya casos en que sea cierto.
La ciudadanía no sabe lo que está
pasando realmente. No tiene información
racional sobre lo que se fragua tras las cortinas de humo que nos
lanzan; tras el ruido y el fango donde nos meten. Son distractores de la mente,
del pensamiento y la razón para que el espíritu crítico del ser humano se
diluya en batallas secundarias,
tangenciales a la realidad que se cuecen. Nos hacen razonar desde la
emoción, con sus posverdades manipuladoras.
Locos exaltados ocupan el escenario
para confundirnos con sus discursos delirantes, irracionales e insultantes,
haciéndonos perder la razón que emana del sentido común, si es que eso existe.
Un buen ejemplo es el caso de Milei, un extraño sujeto carente de educación y
respeto, un descolocado con conductas y expresiones propias de psicopatías
clínicas definidas… No entro en diagnósticos, aunque haya quien le diagnostica,
como el psiquiatra José Antonio Abásolo. Según Abásolo, se trata de un
diagnóstico provisorio de «parafrenia afectiva», que definió como una forma de
esquizofrenia y una «psicosis crónica»; que asocia a un delirio crónico
polimorfo, con megalomanía, grandilocuencia, narcisismo o pensamiento
autorreferencial. Nunca votaría a una motosierra o a un lanzallamas creado en
la mente de un radical sujeto que ha perdido el juicio y habita en un mundo
delirante. Creo que es un atentado contra la inteligencia, la madurez
psicológica y el sentido crítico de la vida que todo ser humano debería ejercer
según sus propios valores, donde ha de estar el respeto a los derechos de los
demás.
Una intensa campaña electoral
Se ha creado un escenario ficticio
donde las cosas no son lo que aparentan, sino que se nos presenta un retablo
donde las maravillas que nos ofrece son ilusorias, irreales, cuando no
delirantes, expresadas por conductas histriónicas de patéticos sujetos
narcisistas.
Nos queda un intenso mes de
noviembre de maniobras orquestadas en la oscuridad. De golpes de gracia de
dudoso efecto. Es una guerra de estrategias sibilinas para medir las
consecuencias de cada actuación.
El área zurda está siendo cercada. Se ha puesto desde hace tiempo sitio a su
fortaleza. Resiste y contrataca, a veces con bastante precisión. Las dos
Españas siguen en plena forma, no han perdido un ápice de su singularidad y
posicionamiento. Las huestes de la diestra, a pesar de todo su poder anclado en
las raíces del Estado y de la historia, andan cuasi acéfalas, su general parece
que hace aguas y ya se frota las manos el que hay en la reserva. La seguridad
que pudieran darle las encuestas se ve resquebrajada por su estado líquido,
poco consistente, pues la tendencia es cambiante y no las tienen todas consigo. Los golpes de efecto serán
determinantes, y seguro que se darán más de uno en estos días previos a las
elecciones, como ya se está viendo.
El trumpismo se tambalea
Por otro lado, el mundo exterior
sigue influyendo en demasía y los hechos llevan a la expectación. Por si no
había bastante con lo ocurrido en Brasil, Serbia o Israel, asistimos al
batacazo del trumpismo en las elecciones del «midterm» de los EEUU. Los demócratas han ejercido de tsunami arrasando
el poder parlamentario de los republicanos, por lo que cabe preguntarse si
traerá algún beneficio para la izquierda española esta nueva situación. En todo
caso, ¿se ha iniciado el declive de la doctrina de la extrema derecha desde la
caída del húngaro Viktor Orbán, o es solo un espejismo?
Definitivamente, como dicen los
futboleros, hay partido y los contendientes lo saben. Por eso estaremos
sometidos a tensiones políticas, a juegos sucios, a discursos que pretendan
hacernos comulgar con ruedas de molino. Cada cual, lógicamente, que obre como
estime conveniente. Yo creo que lo mejor es mantener la cabeza fría y no
dejarse llevar por la pasión, sino por los hechos recientes e históricos de
cada cual, sin dejarse engañar. Porque, como se desprende de la viñeta de
Forges, todos los políticos no son iguales aunque lo pregonen algunos.
La trampa del retablo de las
maravillas no puede abducir nuestra razón y hacernos ver la mentira como una
verdad. No estemos sometidos y mantengamos el libre criterio, nos va mucho en
ello.
