sábado, 29 de agosto de 2026

Ayuso, uso y abuso

 

Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 29 AGO 2026 7:01

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/08/29/ayuso-abuso-133751261.html

Isabel Díaz Ayuso

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El fenómeno político de Ayuso no deja de ser, cuanto menos, sorprendente. Isabel Díaz Ayuso puede considerarse hija ideológica de Esperanza Aguirre, liberal a ultranza, enfrentada a Rajoy a principios de siglo y experta en la detección de líderes. Aguirre ejerce como cazatalentos y presidenta del consejo asesor de Seeliger y Conde a partir de enero de 2013, una firma dedicada a la búsqueda y desarrollo de talento directivo. A ella se le imputa la detección y promoción de Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez Almeida. Previamente, algunas de sus importantes elecciones le habían salido ‘ranas’, aunque ella solo reconoce a dos, Alberto López Viejo y Francisco Granados. En un artículo publicado en 2016 por Patricia López, le atribuye hasta 22 ranas. En todo caso, Ayuso es, tal vez, su más significativo y trascendente descubrimiento.

La complejidad del Partido Popular (PP)

La relación interna del PP es compleja, no solo por la rivalidad de intereses que pudiera darse soterradamente, sino por la argamasa de partidos e ideologías que subyacen. Tradicionalistas, conservadores, liberales o neoliberales, neofascistas, monárquicos, demócratas cristianos, incluso defensores del viejo régimen, conforman un entramado ideológico heterogéneo unido por intereses, que pudiera detonar en cualquier momento. Téngase en cuenta que nuestra derecha, al contrario que la derecha europea, es hija, en gran medida, del fascismo, mientras que la europea luchó contra él y lo derrotó. En 2013 su militancia formada por importantes activos políticos, escorados más a la derecha, se escinde y crea Vox, alineados con el neofascismo europeo, de los que ya, prácticamente, solo queda Abascal en el puente de mando, comulgando con los postulados ultraliberales.

Tras el desastre de la gestión de Rajoy y la humillante salida del Gobierno con la moción de censura de 2018, se abre un intenso debate para reconstruir el partido, descompuesto por los casos de corrupción y su condena judicial a título lucrativo. El congreso del PP para elegir nuevo líder acaba en dura confrontación entre Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal, dando como resultado la llegada a la presidencia del extinto político Pablo Casado, el tercero en liza.

Decía el italiano Giulio Andreotti, que «en la vida política hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido» por orden inverso de fatalidad. Frases similares se le atribuyen a Konrad Adenauer o Winston Churchill. Casado tuvo la oportunidad de vivirlo en propias carnes. Pasaron de aplaudirle hasta con las orejas, como diría Rufián, a arrojarlo por la ventana, o sea defenestrarlo. Hay quien no veía a Casado con la sensatez y el prudente sosiego para ejercer la gobernanza de un país. Lo que no quita que se viviera aquel momento como algo complejo provocado por su peor enemigo, que, volviendo a lo dicho por Andreotti, resultaron ser sus propios compañeros capitaneados por las huestes ayusistas.

El pecado y la caída de Casado

Me quedó en la retina la deplorable bajada de la grada y su solitario abandono del Congreso. Cuca Gamarra, su entrañable portavoz del grupo, ejerció de Bruto, entiéndase en sentido metafórico. Solo tres, de tantas decenas de diputados que le aplaudían días antes, salieron tras él en solidaridad con su padecer: Pablo Montesinos, Ana Beltrán y Antonio González Terol; pobre cosecha de lealtades donde el leal objetivo pudiera ser otro.

El pecado de Casado fue atroz, indagar para conocer los entresijos del posible nepotismo de Ayuso, con su posterior declaración a los medios, Cadena COPE, donde dijo: «La cuestión es si cuando morían 700 personas al día se puede contratar con tu hermana y recibir 286.000 euros», cuestionando la ejemplaridad de esta conducta.

Ayuso, mujer de carácter y buenos agarres, desplegó su artillería, movilizó a sus huestes y acorraló a Casado hasta obligarlo al suicidio político. La batalla ganada, por no decir la guerra, la proclamó lideresa in pectore, aunque fuera en la sombra dada su escasa proyección nacional. Madrid era suyo, pero España no.

El desembarco de Núñez Feijóo

Feijóo no fue elegido en un congreso, sino por los órganos del partido. No estaba el horno para bollos con las heridas abiertas tras la contienda. En todo caso se necesitaba un quijotesco bálsamo de Fierabrás, aplicado, según el caballero de la triste figura dijo a Sancho, «antes que la sangre se yele». Feijóo ejerció de bálsamo, pero las armas de Ayuso seguían prestas para el combate perfectamente preservadas por su escudero la MAR de hábil.

Núñez Feijóo puede parecer torpe, pero más sabe el diablo por viejo que por diablo. Es un sujeto astuto, sagaz, aunque, al igual que Rajoy, exhiba cierta torpeza y deslices en su discurso. No sé si es miedo y/o prudencia lo que sintió ante Ayuso. Tal vez, la dinámica de la política nacional en Madrid lo haya superado, dada su exclusiva experiencia en su reino galaico, lo que se muestra en diversas contradicciones. Pero allá se fraguó luchando en terrenos pantanosos, con la suficiente paciencia, esperando el momento adecuado para domeñar el poder del adversario a través del deterioro activo de su imagen, como ocurrió con Emilio Pérez Touriño… es cuestión de paciencia, pero fustigando, que el tiempo apremia. Puede que solo le quede un cartucho en la recámara.

¿Se avecina la contienda?

No sabemos si la batalla por el liderazgo se avecina, pero se empiezan a percibir, entre bastidores, ciertos movimientos de pertrechos y maniobras de campo. Parece que se va acumulando un arsenal de errores ajenos, algunos inmobiliarios, para la confrontación. Habrá que releer ‘El arte de la guerra, de Sun Tzu’.

La polémica del ático de Chamberí no está resuelta por mucho que la infantiloide expresión de Chao ‘pescao’ lo pretenda. Son muchas las sombras que envuelven el campo de batalla y el riego de heridas fatales no es muy aconsejable para el partido. Sánchez, una vez más, podría sacar un beneficio electoral ante la acefalia del PP al no contar con un líder fuerte y coherente. Feijóo sigue bastante cuestionado y las encuestas no le otorgan ese nivel de liderazgo que requiere desbancar a Sánchez, que se crece en la adversidad, como ya ha demostrado, y acumula argumentario para la batalla electoral. Tal vez por eso no quiera presentar la moción de censura, por temor a confrontar con el resiliente Sánchez.

Da la sensación de que Ayuso ya no está en su mejor momento. El PP de Madrid, de la Puerta del Sol, es una piedra en el zapato de Génova, donde se calza Feijóo. Tras el acoso y derribo del fiscal general y la persecución de la familia de Sánchez, con torticeras maniobras, sorprende observar demasiada fortuna procesal en el entorno de Ayuso. El votante, a nivel general, excluidos los hooligans que son otra cuestión, vislumbra cierta asimetría en la suerte de los procesos judiciales. Como ejemplo tenemos la cuestionada condena del fiscal general por una causa relacionada con el presunto delito de González Amador, mientras este señor espera ser juzgado por esa contundente causa con mal pronóstico. Choca así mismo que se haya juzgado por lo penal el caso del hermano de Sánchez, cuando es claramente, según prestigioso juristas, un caso a resolver por la vía Contencioso Administrativa. Y no hablamos ya de la saña y el humillante exceso de celo empleados con Begoña.

El uso y abuso de Ayuso

Ayuso ha usado y abusado de la hipérbole, del insulto y descalificación gratuita del presidente, usurpando e invadiendo la función propia del líder de la oposición, poniéndolo en evidencia y marcándole el paso. Ha creado mucho ruido mediático con sus conductas. Su actitud centrípeta, su teatralización y exceso de protagonismo y su desestructurado discurso político, le pasarán factura. Esa actitud y conducta no es precisamente la más adecuada para liderar el PP o, al menos, entiendo que no debería serlo. Un partido con aspiraciones de gobernar un Estado debe, como mínimo, tener una visión estadista de la gestión del mismo.

El populismo es una herramienta transitoria, que se diluye con el tiempo al ser percibida su dimensión demagógica, donde se juega con las emociones y se obstaculizan las razones. Es un golpe de péndulo que lo eleva en el aire, pero que ha de volver a su posición de equilibrio racional, tarde o temprano, salvo que se imponga por el artificio de la fuerza y la ausencia de razón.

Podríamos estar ante el duelo final para dilucidar el liderazgo del PP. ¿Quién sobrevivirá? ¡Cuidado, alguien está agazapado…!

 

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