Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 28 MAR 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/03/28/in-memoriam-miguel-hernandez-128500229.html
El poeta,
fallecido en 1942, fue un referente de la literatura española que cantó a la
libertad y a la justicia social, destacando por su compromiso con el pueblo y
su obra, como "Viento del pueblo"
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| Miguel Hernández / l.o. |
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El 28 de marzo de 1942 fallecía en
la cárcel alicantina el poeta y dramaturgo oriolano Miguel Hernández Gilabert.
A caballo de las generación del 27, de la que Dámaso Alonso decía era el
epígono, y del 36, vivió una de las etapas más dinámicas y revolucionarias de
la cultura española. Eran los años 20 y 30 de una España en plena ebullición,
donde confrontaba el pasado y la promesa de un futuro democrático que cuajó en
la II República.
Decía Pablo Neruda, que fue su
mentor y, en gran medida, su guía ideológico, que: «Recordar a Miguel Hernández es un
deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como
el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares
de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas
rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz
espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la
sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de
España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel
mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de
corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de
claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche
armado con la espada de la luz!». Yo, hoy,
me quiero sumar a ese recuerdo que proponía Neruda.
El poeta del pueblo
La obra de Miguel es un canto a la
libertad, a la búsqueda de la identidad y desarrollo del pueblo, como se
observa en su poética. En ella confluye su sensibilidad humanista con las
emociones que despierta el ansia de vivir en esa lucha por la superación que
busca la verdad, desde su formación religiosa inicial hasta su militancia
comunista final. Su sentido de la justicia, labrado en su apego a la tierra,
que da testimonio de la finitud del ser humano en un ecosistema que todo lo
envuelve, le hizo implicarse en la lucha por el proyecto político de la II
República.
Es cierto que se observa un
interesante cambio en su juventud. Había bebido, en su afán por el
conocimiento, de los libros que le facilitaba Luis Almarcha, vicario general de
la diócesis oriolana. Forjó amistad con un interesante grupo intelectual con
cierta orientación cristiana, donde conoció a la que fue su esposa, Josefina
Manresa, y entabló amistad con Ramón Sijé, con quien luego, tras su marcha a
Madrid, enfrió la relación.
Ramón Sijé, cuyo nombre real era
José Ramón Marín Gutiérrez, manifestaba una tendencia fascistizante, mientras
que Miguel evolucionó, desde una posición bastante ambigua, inicialmente,
hacia la ideología comunista bajo el influjo de su mentor Neruda, tras su
marcha a Madrid. Causa cierta extrañeza una amistad entre dos seres tan
dispares.
Jesús Poveda, que conocía muy bien
a ambos, escribe: «Eran dos
polos muy opuestos. Uno era como un soñador de un Renacimiento Cristiano,
apologético y con visiones celestiales de una España que tenía que regresar a
su pasado histórico; rebuscador de frases hechas (...) Miguel Hernández, en
cambio, era como un pedazo de la tierra de España, como un surco de su huerta:
naturaleza viva todo él, todo su mundo, toda su gente. Este forcejeo ideático
entre estos dos amigos llegó hasta donde tenía que llegar: hasta el
establecimiento definitivo de Miguel en Madrid, respirando otros aires, otras
ideas. (...) La amistad de Miguel con Sijé sólo duró cinco años: de 1930 a 1935».
La Elegía a Ramón Sijé
Recuerdo que la primera vez que oí
recitar la elegía a Ramón Sijé, que le dedica Miguel tras su muerte, fue en el
sepelio de un joven conocido que falleció en accidente de tráfico. Me impactó
su crudeza y dolor, su exposición profunda de sentimientos por la pérdida del
amigo y aquellos rasgos expresivos de la crueldad y el sufrimiento que trajo la
parca. Una forma rabiosa de manifestar la incomprensión ante la muerte que
trunca un proyecto de vida cargado de esperanza.
Es un poema vehemente, rabioso.
¿Pero esa rabia, que se vuelca hacia fuera, no es acaso una proyección de una
rabia interna, contra sí mismo, por haberse agrietado una relación que fue en
su momento idílica? Creo adivinar en sus versos un tono expiatorio de culpa,
mas solo es una indocumentada suposición personal, una hipótesis no contrastada
que dejo en el aire. En todo caso, sus mejores poemas, desde mi punto de vista,
están sujetos a los momentos más duros e injustos de la vida y a ellos canta.
Decía Poveda, como ya he comentado,
que Miguel «era como un
pedazo de la tierra de España, como un surco de su huerta: naturaleza viva todo
él, todo su mundo, toda su gente». Esa realidad se amalgama con un
profundo sentir de justicia y, de ahí, surge el espíritu que muestra en su
poética, donde prevalece una épica popular, dada en un momento trágico como es
la contienda civil, que exige el sacrificio del pueblo y la implicación de la
juventud en un proyecto de justicia y libertad, al que se adhiere de forma
incuestionable como miliciano y soldado.
Aludiendo a su obra
No pretendo, por supuesto, hacer un
panegírico de su obra, pero sí volar sobre ella y, a vista de pájaro,
observando lo frondoso de la misma, resalto, desde mi modesta opinión, el
poemario «Viento del pueblo», donde descuella, sobremanera, el espíritu de su
lírica. Se lo dedica a Vicente Aleixandre, dando muestra de su esencia y
compromiso poético, cuando le manifiesta: «Los poetas somos viento del pueblo:
nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus
sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida,
de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el
pueblo». Este
texto confirma, a mi entender, la conjunción entre tierra y pueblo, dos
elementos básicos que conforman la patria integrada por la tierra y la gente
que la habita.
«Viento del pueblo» tiene una fuerza especial. Es un
grito que se plasma en cada uno de sus poemas, que van dejando testimonio de un
sentir y un sufrir de gran profundidad. Ello se observa desde la «Elegía Primera», dedicada a Federico García Lorca,
hasta el final de la obra, «Fuerza del
Manzanares», donde
plasma, con ímpetu, la lucha en el frente de Madrid. Mas, de toda ella, siempre
me hizo vibrar «El niño
yuntero», sin
obviar «Vientos del
pueblo me llevan», «Jornaleros», «Aceituneros», etc. Es una denuncia de una
realidad que aboca a la fatalidad del campesino: «Carne de yugo, ha nacido / más
humillado que bello, / con el cuello perseguido / por el yugo para el cuello. /
Nace, como la herramienta, / a los golpes destinado, / de una tierra
descontenta / y un insatisfecho arado»…
No quiero terminar sin referirme al
«Cancionero y romancero de ausencias», que inicia en la cárcel, escrito en
trozos de papel higiénico. Se publicó en Buenos Aires, Argentina, después de su
muerte. Del que destaco «Nanas de la cebolla» que dedicó a su segundo hijo,
Manuel Miguel, mientras se encontraba preso en la cárcel de Torrijos. La
compuso, en formato de seguidillas, tras recibir una carta de su mujer, donde
contaba que solo tenían pan y cebolla para comer. Es un conmovedor poema que le
envió como respuesta a su carta, donde refleja el dolor y la ternura que le
causa el sufrimiento de su hijo en tiempos de penuria y hambre:
«La cebolla es escarcha / cerrada y
pobre. / Escarcha de tus días / y de mis noches. / Hambre y cebolla, / hielo
negro y escarcha / grande y redonda. / En la cuna del hambre / mi niño estaba.
/ Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchada de
azúcar, / cebolla y hambre…»
Soy consciente de que poco se puede
decir, en este espacio, de su impresionante obra. Solo quiero dejar estas
pinceladas en este 84 aniversario de su muerte. Para mí hay tres poetas que
marcaron mi juventud: Lorca, Antonio Machado y Miguel Hernández, sin
menospreciar al elenco que se dio en su tiempo. Tal vez porque sus poemas
fueron musicalizados por cantautores de mi época.

1 comentario:
Cuanto le debemos a este poeta, amigo Antonio. Un verdadero "poeta del pueblo".
Sencillo, asequible y sin dobleces. El destino, el maldito destino, nos lo arrebató de mala manera y antes de tiempo. Su obra ahí quedó, para siempre y para regocijo de quienes amamos la poesía, y para disfrute de sus seguidores y admiradores de su trabajo poético.
Fuerte abrazo D. Antonio.
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