Opinión | Tribuna
Publicado
en el diario La Opinión de Málaga el día 21 FEB 2026 7:00
Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/02/21/dios-menor-127089970.html
El ego,
cuando alcanza límites tan elevados, suele ir acompañado de un sentido de
impunidad, como ser superior que se ubica por encima de todos los demás
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| Frío saludo entre Pedro Sánchez y Felipe González / agencias |
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El gran escritor ruso Fiódor
Dostoyevski, en su excelsa obra ‘Crimen y castigo’, pone en boca del
protagonista, Rodión Raskólnikov, una interesante reflexión al manifestar la
convicción de Rodión de que es lícito el crimen ejecutado por seres superiores,
por líderes y mentes privilegiadas, que lo cometerían para salvar a la sociedad
de una situación deleznable, de injusticia, o procurarles una mejor vida. Los
grandes líderes, los Napoleones, han cometido asesinatos y crímenes bajo el
convencimiento de que era un mal menor para conseguir un objetivo superior. Esa
idea, descrita por él en un artículo publicado por una revista, parece que
cuaja en su mente y, ante la miserable y usurera prestamista, Aliona Ivánovna,
él se siento autorizado para eliminarla y salvar al mundo de una arpía, por lo
que decide matarla, tras visitarla en numerosas ocasiones y humillarse ante
ella para conseguir empeñar, lo mejor posible, sus prendas, entendiendo que es
justo que él le arrebate su dinero.
Finalmente la asesina al amparo de
ese convencimiento de ser superior que se asigna. Pero ha de asesinar también a
su hermana Lizaveta, mujer virtuosa, para no ser descubierto, entendiéndolo
como un daño colateral. En todo este maremágnum emocional, de crisis
existencial y de conflicto interno ético y moral, acaba descolocado, enfermo y
su pensamiento trastornado. Así entiende que no es el superhombre que tenga
derecho a cometer un crimen, sino el ser normal que ha de gestionar su culpa y,
como culposo, requiere reparar el mal. La culpa le va hostigando hasta
entregarse y confesar el crimen.
El héroe inimputable
En esta línea cabe denotar que los
héroes de nuestra sociedad no suelen ser las buenas y virtuosas personas, sino
los aguerridos guerreros que mataron enemigos hasta derrotarlos en la batalla,
usando variados recursos poco exigentes de ética o moral, donde la crueldad
puede llegar a ser un valor añadido del héroe. Tenemos una perversa concepción
del heroísmo, una atracción fatal por la maldad, una exaltación de la fuerza
como manifiesta Rodión a Sonia: «Y ahora sé, Sonia, que tiene poder sobre las
personas quien es más fuerte por su inteligencia y su espíritu. Para la gente,
el que se atreve a mucho es el que lleva la razón. El que más cosas menosprecia
se convierte en su legislador y el más atrevido es el más escuchado. Así ha
ocurrido hasta ahora, y así será siempre. ¡Sólo un ciego no lo vería!»
La teoría de Nietzsche sobre el
superhombre guarda cierta coincidencia con el planteamiento que manifiesta
Rodión Raskólnikov, en el artículo ya mencionado. En todo caso, dejo estas
pinceladas sobre la trama a modo de marco de referencia, para encuadrar mi
argumentario posterior.
Los dioses menores en la historia
A lo largo de la historia se ha
asociado el poder con la divinidad. Faraones, emperadores, reyes y dictadores
se proclamaron bendecidos y legitimados por Dios, cuando no sus hijos o dioses
menores, con poder sobrenatural para hacer y deshacer a su antojo. Nuestros
reyes lo eran por la gracia de Dios, incluso Franco se otorgaba su bendición y
hacía poner en las monedas ‘Caudillo de España por la gracia de Dios’. El
inculto y analfabeto pueblo, sometido intelectualmente a los gurús religiosos y
políticos del momento, quedaba atrapado en sus discursos al no tener razones
argumentadas para rebatirlos.
Lo curioso es que en estos tiempos,
cuando no debería existir la indigencia intelectual que se viene observando,
dado el acceso a medios de información y la teórica capacitación de la gente,
avalada por un mayor conocimiento y desarrollo intelectual, seguimos cayendo en
la trampa. Asumimos el papel de gregarios de sujetos de escaso intelecto pero
expertos en el manejo de la comunicación y la manipulación, dando valor al
«puto amo» o al Dios menor que asume el liderazgo del grupo.
Dios, «el puto amo» y la
megalomanía
Se asigna a Pedro Sánchez ser el
«punto amo», idea sembrada en sus propias filas, que recoge Óscar Puente en
unas declaraciones cuando dice: «Pero es que Pedro Sánchez no es que tenga
predicamento, es que es el ‘puto amo’. Esa es la realidad». Frase muy criticada
por la oposición y por algunos de su propio partido. En realidad es un término
poco agraciado y prosaico, pero que viene a mostrar que no tiene rival en el
partido que pueda competir con él. Feijóo no es el ‘puto amo’ en el PP, pues
tiene rivalidad interior por alcanzar el calificativo, como puede ser el de
‘puta ama’ que parece pretender Ayuso, que tanto disfruta de la fruta. En todo
caso el calificativo tiene un tufo poco halagador, con matices autoritarios que
suenan desagradables al oído democrático.
Luego está otro calificativo de
mayor postín como es la identificación de Felipe González con Dios. Es el
sumun, pues si Pedro es el ‘puto amo’, González le superó desde el trono divino
que gozó su figura en los mejores momentos de su liderazgo. Entiendo que cuando
un colectivo percibe a su líder como el ‘puto amo’ o el Dios ha entrado en una
dinámica de sumisión que le hará perdonar cualquier barrabasada que cometa en
base a la teoría del ser superior, al que se le permite todo porque se
comprende que sus actos, aunque puedan ser reprobables, se orientan a un
beneficio mayor para la sociedad, siguiendo el planteamiento de Rodión en
‘Crimen y Castigo’.
La exaltación del líder, que hoy
debería ser siempre cuestionable, es un ejercicio de consolidación del
liderazgo autoritario. No deja de ser significativa, y con cierta dosis de
humor, la alusión a la iglesia Aznariana que Wyoming hace, de vez en cuando, en
el programa El Intermedio. No obstante, tengo la leve sospecha de que el señor
Aznar disfrutará con esa imagen que transmite de él y de su influjo divino. Es
evidente que, en gente como esta, en líderes políticos y de cualquier otro
tipo, el ego se alimenta de estos y otros hechos que, aunque sean a caballo del
humor, hacen resaltar ese yo desmesurado que les suele acompañar.
El ego impune
Mas el ego, cuando alcanza límites
tan elevados, suele ir acompañado de un sentido de impunidad, como ser superior
que se ubica por encima de todos los demás, y que solo ha de dar cuentas ante Dios
y ante la historia, olvidando que en democracia las cuentas se rinden ante el
elector (he ahí el caso de Trump, Netanyahu y otros). Es una megalomanía
delirante, que avoca a la sociopatía, en la que una persona no demuestra
discernimiento ético entre el bien y el mal e ignora los derechos y
sentimientos de los demás. También entendida como un patrón crónico de
manipulación, engaño, desprecio por los derechos de los demás y ausencia de
remordimiento, al sentirse por encima de leyes y normas que puedan condicionar
sus decisiones.
Es importante evitar el acceso al
poder de gente con patologías y alteraciones o trastornos de la personalidad
que pudieran condicionar el buen ejercicio de la política, cosa que parece no
se consigue, dado que venimos observando conductas poco edificantes entre
muchos de nuestros líderes y lideresas a nivel nacional e internacional, donde
parece que ha aflorado la era de los dioses menores ejerciendo la política y
actuando desde la prepotencia, propia de la egolatría, carente de respeto a la
ley y la norma democrático que permitió su ascenso al poder. Las ideologías del
pasado asoman la patita amenazante.
Algunos posibles trastornos de la
clase política
Concluyo indicando que se han
descrito variadas manifestaciones, síndromes o alteraciones que pudieran
considerarse nada recomendables, en las que pudieran encajar las conductas de
algunos de nuestros líderes, como son:
El síndrome de Hubris (o de
hibris), que es un trastorno de la personalidad caracterizado por un ego
desmedido, soberbia, confianza excesiva y desprecio por las opiniones ajenas,
comúnmente denominado «la enfermedad del poder».
La triada oscura de la
personalidad, que agrupa tres rasgos negativos que comparten una naturaleza
malévola: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía.
El trastorno histriónico de la
personalidad, que se caracteriza por una búsqueda constante de atención,
emotividad excesiva y comportamientos teatrales o seductores, tan presente en
el escenario político.
Y alguna otra alteración que suele
afectar a líderes y personas en altos cargos, provocando aislamiento de la
realidad y comportamientos imprudentes. Aunque no se pueda, en general,
considerar una patología psiquiátrica formal, pueden entenderse como una
definición sociológica de conductas reprobables. En todo caso, propongo al
lector el ejercicio de vislumbrar los rasgos que revisten a cada uno de
nuestros líderes desde su neutral independencia, si ello le es posible.

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