miércoles, 8 de enero de 2014

Un grito y un poema


Este texto lo publiqué en junio de 2011 en el blog “Grito de Lobos” (http://gritodelobos.blogspot.com.es/2011/06/un-grito-y-un-poema_1213.html) Hoy lo retomo y se lo ofrezco  a mis amigos y amigas lectores/as de este otro blog personal, dado que sigue estando de rabiosa actualidad. El poema fue escrito en enero de 2010.


Un grito y un poema

´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´
Hace algún tiempo compuse este poema. Ya se divisaba la aplastante acometida que el sistema estaba realizando. La crisis estaba siendo gestionada en beneficio de unos pocos, curiosamente quienes la protagonizaron, sus causantes. Era su crisis y se sintieron con derecho a resolverla enfocada a sus intereses, sin pensar en los cadáveres que quedaran en el camino, en las familias rotas y arrojadas a la miseria. Si alguien se enriquece, alguien se empobrece cuando no se crece.

Pensé que el mundo había caído en manos de una mafia terrible. Una mafia que se había adueñado de los medios de comunicación y los usaba para manipular opiniones de la gente, que había colonizado los partidos políticos mediante el arma terrible de la deuda bancaria y la acomodación de sus instintos corruptos, por lo que los hacía bailar a su son. Una mafia que controlaba el flujo del dinero, de la banca y las finanzas, de la bolsa y la especulación, que se había apropiado y ajustado las leyes para atrincherarse en su poltrona y dominar el sistema. No tenía escrúpulos y, día a día, se adueñaba de todo lo material, las empresas, los servicios públicos, la educación, la universidad, la sanidad, los medios y vías de comunicación… todo, absolutamente todo, en base a una cacareada libertad del dios mercado que todo lo puede y lo regula. Era la ley del más fuerte. Donde cabe el chantaje, la mentira, la manipulación y el juego sucio. El sistema había fagocitado las ideologías políticas, la democracia había sido adulterada hasta convertirle en un mero rito del voto en plan pantomima, donde los programas y promesas no se cumplen, donde se vota para huir del más malo y no para apoyar al más bueno. Donde la ilusión se pierde y se grita sálvese el que pueda.

Para ello fueron creando al hombre y la mujer mediocres. La tele se encargó de desvirtuar la esencia de los debates, de la denostación sistemática, de la invasión en la vida ajena y dinamitar un concepto, viejo y apreciado concepto, como es el respeto. Presentadores histriónicos fueron tomando protagonismo hasta convertirse en estrellas de la tele, en hacedores de mitos, de héroes y modelos, destrozando valores y principios y entrando en el todo vale. Dios los confunda!!!

Entonces vi con claridad que bogábamos en un mar cargado de negrura, una noche tenebrosa que no nos dejaba ver el horizonte ni el mañana, la luz que da la vida con el amanecer de un sol. Nos querían confundir y atrapar en sus redes hasta someternos a una nueva dimensión, una situación donde perdíamos la esencia de un Estado gobernado por votación popular, por políticos éticos y honrados, en una democracia real, para ser dominados desde la empresa y la banca, desde la economía y la especulación financiera… Ellos dicen: Yo tengo el dinero, yo invierto, yo creo trabajo, yo decido… Los gobiernos, en lugar de afrontar la situación con reformas de leyes más justa, que hicieran patente que su dinero había sido producido por el colectivo social, y que debían revertir en el bienestar común, le apoyaron y los salvaron, cagados de miedo, acojonados ante la amenaza de quiebra del sistema… Eso ya se sabe y no insistiré…

Y aquí danzaban a la par políticos, capital y banca, empresas y multinacionales, religión adoctrinadora, justicia y gobierno… Al pueblo solo le quedaba indignarse. Muchos lo hicieron, pero los acomodados mediocres, no solo no rechazaron el sistema sino que vieron en él la salvación en una huída hacia delante suicida. Las políticas neoliberales se fueron imponiendo, con sus agencias calificadoras, su valoración de riesgos, su juego interesado hasta doblegar al opositor y llevarse el gato al agua… Muchos se cegaron, no quisieron ver más allá, ni los programas ocultos, ni estrategias serviles a intereses bastardos y espurios; en suma, no adivinaban la tendencia y objetivos que se planteaban determinados políticas neoliberales y acabaron prefiriendo la sumisión, dejando de ser soberanos de un Estado para convertirse en súbditos de una empresa… Desmontan, pues, el Estado, que es nuestro, y lo venden a privados para que sea suyo…

Yo, hoy, quiero hacer mi grito de lobo, mi aullido desde la montaña al amparo del bosque de la vida, con este poema como réplica a estos tiranos que forman la “mafia” conjurada que nos amenazada… Perdonen que le llame mafia, pero cuando hay un grupo organizado que trata de defender sus intereses a costa de otros, creo que es un término adecuado para definir la mafia del poder…

Negra y tenebrosa noche

Y tú, tirano, me dices:

“No mires en tu interior,
sino mírame a la cara,
que soy quien tiene el poder
de decidir tu mañana”.

Y yo, rebelde, respondo:

Negra y tenebrosa noche,
noche negra
amenazante y soberbia,
que amedrentas desde el mar
al amparo de la sombra.

Viento bronco y desalmado,
viento frío, viento helado
que me gritas al odio,
que me espantas e intimidas
dejándome en desamparo.

Mar retador y bravío,
mar vigoroso y osado,
orgulloso y altanero
de oscuro abismo cargado
con amenazas de muerte,
hacia el fondo sepultado.

Ola asoladora inmensa,
soberbiamente dotada,
coronada por espumas
que me lanzas a la cara
para cegarme los ojos,
para acobardar mi alma.

Oscuridad ofuscadora
que bloquea mi mirada,
que no deja vislumbrar
el horizonte perdido,
la suerte de mi mañana.

Al fondo vislumbro algo,
los confines de otra vida
si venzo tanta patraña,
si lanzo mi vela al viento,
si remo con mucha saña.

Ahora voy comprendiendo
por qué se da esta alianza
entre la noche y el viento,
entre la mar y las sombras
junto a esa ola espumada.

Quieren cambiarme mi barca,
que navegue sobre el miedo,
que abandone la esperanza,
que convierta en bajel viejo
la ilusión que me acompaña,
que abandone mis ideas
y me preste a su doctrina,
a su credo y su enseñanza.

Aunque navegue en un bote,
aunque sea insignificancia,
flotaré como la espuma
sobre las aguas bravías
al amparo de mi barca.

Así no podrán conmigo
y aguantaré sus bravatas
hasta las claras del día
que me abra las ventanas
y poder mirar al frente
y poder buscar con calma
el horizonte perdido
que me lleve a la esperanza.

Gritad, malditos jodidos,
clamad vuestras amenazas
que por mucho que gritéis
el miedo no me hace mella,
el miedo no me atenaza,
el miedo a viejos fantasmas
erradiqué de mi vida,
lo lancé al fondo del mar
sepultándolo en la nada.

Políticos y vampiros,
cardenales de gran panza,
saprofitos y banqueros,
ladrones, desfalcadores,
guantes blancos,
moral flaca
y corrupciones a manta.
¿Qué buscáis con el discurso
que quiere prender mi alma?

Sobre el agua de la noche,
mecido sobre olas blancas,
cargado de nueva fuerza,
duermo tranquilo mis sueños.
Contra mí no pueden nada,
soy yo el dueño de mi rumbo,
quien burla sus pretensiones,
quien busca mis horizontes
y gestiona mi esperanza.


lunes, 6 de enero de 2014

El sueño de Julia

Imagen tomada de internet

En ese momento se sobresaltó. El claxon del coche de atrás le hizo salir de su abstracción, de aquel ensimismamiento al que, su pensamiento, la había llevado por sendas de confusión, desasosiego y conflicto interno. El semáforo se había puesto verde y ella no se percató. El insolente ocupante del otro vehículo la adelantó y le soltó un improperio. Una vez más Julia constató la  necesidad de una educación ciudadana, de un saber comportarse con los demás. No entendía cómo el gobierno había excluido de la enseñanza la educación para la ciudadanía, con la falta que hacía formar al ciudadano en normas y conductas de convivencia, de respeto y libertad. Había quien decía que eso era adoctrinar a los niños en los colegios. Qué curioso que la acusación viniera de aquellos que habían adoctrinado al pueblo, desde su más tierna infancia, en su credo. Una vez más, la religión pedía para sí ese derecho. Ella era agnóstica y defensora del laicismo. Respetaba los credos de los demás aunque no los compartiera, pero no soportaba que se los impusieran. La educación correspondía al Estado en su sentido civil, aunque las religiones adoctrinaran a sus creyentes y estos a sus hijos. Era lógico y respetable que así fuera, pero la formación religiosa la entendía como propia de la religión, de cada religión, y no era el Estado ni los gobiernos quienes para legislar sobre ella y su contenido. Cada religión, desde su singularidad, su credo y su fe, era responsable de su adoctrinamiento, pero no a costa del erario público sino de sus propios medios. El lugar que ella entendía adecuado para ello eran los propios domicilios y familias de los creyentes, las iglesias, las mezquitas, sinagogas o lugares de culto y formación de cada religión.

Se le fue el pensamiento por derroteros que no venían a cuento, pero el acto  incívico de aquel energúmeno se lo había provocado. Era como siempre. El pensamiento vuela ante cualquier estímulo. Aceleró, atravesó la Alameda y enfiló el Paseo del Parque. Ya iba tarde. Ricardo estaría esperando para comer y ella no le había llamado siquiera para decirle que se retrasaría. Se había demorado tomando una cerveza con Alberto, como en los últimos meses, aunque, en este caso, la cosa se prolongó en demasía. Volvió a su preocupación.

Seguía dándole vueltas al asunto sin encontrar salida. El choque frontal entre su corazón y su cerebro era evidente. La situación no era sostenible o, tal vez, sí… No era lo mismo un gratificante flirteo tontorrón que reafirmaba la autoestima, su lozanía y belleza, su capacidad de seducir y enamorar, su atracción y sensualidad, que un enamoramiento. Ella, una mujer casada, con dos hijos, a sus 35 años, no podía caer en ese estado más propio de la pubertad y la adolescencia.

Ahora su corazón se debatía en mil dudas. La llevaba, a lomos de su fantasía y de un deseo inconfeso y arrollador, a soñar, a desear vivir la experiencia del amor que los encantos de Alberto le ofrecían. Cuando estaba a su lado se sentía otra. Era una sensación de plenitud, de alegría, optimismo, de ilusión. En su interior bullía la vida y las ganas de vivirla. Su cara iluminada y feliz lo decía todo. Si lo miraba a los ojos quedaba embelesada, en un éxtasis de amor y de deseo. Su pensamiento era reiterante, monotemático, su mente solo estaba disponible para él. No podía arrancarlo de ella y lo demás era secundario. Alberto ya le demostró sus sentimientos, incluso se los verbalizó, aunque no era necesario. Ella ya los había descubierto, había descifrado en sus ojos el mensaje de amor y de deseo que afloraba de su corazón. Ahora tenía miedo, inseguridad, recelo. Tal vez su audacia había llegado demasiado lejos. Era un tobogán que cada día le acercaba más a una encrucijada de difícil decisión. Hoy, entre charla, miradas y lances, la había cogido la mano delicadamente y ella no la apartó, sino que se dejó llevar por esa descarga eléctrica que le convulsionó todo su ser. Quedó obnubilada, absorta, en un mundo imaginario donde todo alrededor era neblina. La gente, las mesas, el camarero, todo quedó difuminado ante aquel sentir palpitante y arrollador que la llevó al encantamiento.

Pero en este momento, tras el flash emocional que había sufrido, caminaba hacia casa. Allí estaba su proyecto de vida, su marido y sus hijos. Era cierto que Ricardo se había convertido, casi, en un mueble más de la casa, en alguien con quien compartía vivienda, como en sus tiempos de estudiante. Un compañero con el que tenía intereses comunes. El sexo se transformó en monotonía, pues había perdido la pasión y el deseo de antaño, llevando al aburrimiento y hastío. En la casa se había instalado una situación de apatía, donde la comunicación se enfrió, los temas de conversación se redujeron y el contacto se fue difuminando. No, las cosas ya no eran iguales. Debía ser la crisis de los “taitantos”, como suele decir la gente.

Pero había una cosa común, un nexo indeleble que les mantenía unidos. Era un puente, una conexión a través del amor a los hijos. Sí, muchos intereses comunes se mantenía en pie y el amor y la presencia de los chicos eran la rúbrica que ratificaba una alianza sellada en el pasado desde el compromiso de amor eterno y de la paternidad responsable. Ahora, esa estructura, se estaba tambaleando y ella era la responsable. No, eso no era cierto. Las cosas que suceden en una relación no son culpa de una sola de las partes. Son los dos los que tiene la responsabilidad de los hechos. Las causas pueden ser por acción u omisión. Por hacer algo o por dejarlo de hacer. Tal vez Ricardo había dejado de hacer algo para alimentar el fuego y la pasión que hubo en su día.

Hacía tiempo que se fue desmoronando el edificio. La apatía y el desinterés se fueron instaurando en la casa y todo fue a peor. La comunicación, el entendimiento, los espacios de encuentro, etc. se redujeron. La convivencia se desinfló y lo que antes era una alianza se convirtió en confrontación. Se fueron apartando y el desencuentro se hizo patente. El sexo dejó de tener el reclamo de otros tiempos y su monotonía lo llevó al campo del aburrimiento y el compromiso. Entonces, muy a pesar suyo, la desilusión se fue adueñando de ella y el desamor empezó a forjar un vacío que dejó a su corazón al descubierto, vulnerable y frágil, indefenso y vacilante.

En ese momento había aparecido Alberto, aunque ya hacía tiempo que se conocían y eran buenos compañeros de trabajo. Él también estaba con importantes vacíos, con necesidades de amor y de amistad, con ansias de comprensión y entendimiento. Su situación, similar a la de ella, adolecía de las mismas carencias. Su mujer, de un carácter seco y adusto, desabrido y frío, le llevaba a espacios desapacibles y broncos, donde el encuentro y el diálogo eran imposibles. Vivían en dimensiones distintas. Tenían ideas divergentes y sus gustos diferenciados. Su vida se había convertido en un infierno, lo que hacía que también, en su caso, las ventanas de su corazón anduvieran abiertas a nuevas sensaciones, a amores furtivos y experimentales que le dieran la clave de la felicidad que ya había perdido.

El campo, pues, estaba abonado. Solo quedaba sembrar y cultivar hasta que la mies madurara para recoger el fruto. La naturaleza es sabia. Dadas las circunstancias, se habían encontrados el campo y la mies, la tierra y la semilla, y había comenzado a nacer el amor entre ambos. Fue como un juego. Algo parecido a ir rellenando los vacuos espacios con aquello que la vida ponía a su alcance. Una sonrisa, un roce, una caricia furtiva, un giño, una mirada o un gesto. Todo ello formaba parte del cortejo, de un juego de amor al amparo del flirteo y galanteo, que machaca y aporrea la puerta de los corazones, hasta demoler las defensas más inexpugnables. La semilla empezó a germinar. Aquel inhóspito vacío de ambos corazones se vio colmado de ternura, de comprensión, de afecto, apego y simpatía. Era dos almas gemelas en busca de una misma verdad, de un mismo camino que condujera a la felicidad. El compañerismo y la camaradería los llevó a una intimidad que sembró la armonía en sus corazones y dispersó en ellos la semilla del amor.  Ahí estaba la trampa y en ella había caído. Si bien es cierto que él no tenía hijos y su relación se podía romper sin mayor trascendencia, en su caso sí los tenía y el drama estaba servido. Ricardo era un padre excelente. Ella no podía romper esa concordia y enfrentar a sus hijos al trauma de una separación. Sabía que no lo podría resistir. Ese era su dilema. Ahí chocaban de forma colosal su corazón y su mente, sus sentidos y su razón, sus sentimientos y su raciocinio. ¿Quién se impondría? Fuese quien fuere la herida estaba servida. Uno de los dos sería derrotado por el otro.

Pero, su deseo era irrefrenable. Soñaba con Alberto, pensaba en Alberto y vivía y bebía los vientos por Alberto. Él era una constante en todo su existir. Estaba en su mente implacablemente. Bloqueaba su trabajo y todos y cada uno de los pasos del día a día. Había inundado su vida y no sabía cómo digerir aquello, cómo controlar la situación que la desbordaba. Aquello, desde hacía meses, era una bola de nieve que crecía y crecía sin tregua hasta arrasarlo todo. Ahora podía devastar su historia, su proyecto de vida y su familia. Pero en esta confrontación, entre su cerebro racionalmente estructurado y su corazón cargado de sentimientos, emociones y deseos, se veía atrapada de forma salvaje, sin opciones claras. Por un lado la atracción fatal de Alberto, por otro la parte racional de su mente. El deseo y el deber. ¡Dios, qué encrucijada! ¿Qué hacer?

Ayer, mientras hacía el amor con Ricardo, jugó a la fantasía. Pensó, en la oscuridad, que el amante era Alberto y se entregó a él con una pasión inusitada. El tacto de su piel era sedoso, sus manos volaron por su cuerpo y una sensación de trémolo deseo se arraigó en su alma. Sus labios lo buscaron con vehemencia, sus manos jugaron con su pelo, sus pechos, de inhiestos pezones bajo las caricias, fueron fuente de un excelso placer nunca sentido. Su boca buscó la de Alberto con ahínco, sellando con un beso el juego del amor. Sus lenguas bailaron un delicioso vals entrelazadas mientras sus cuerpos temblaban de pasión.  El ritmo trepidante del envite desparramaba el placer por todos sus sentidos, hasta que un clímax, de arrebatada expresión, con un grito contenido, selló el encuentro. Su cuerpo agotado y gozosamente relajado quedó tumbado en la cama mientras su mente seguía volando en fantasía. Entonces le sacó del sueño el verbo de Ricardo al decirle: “es el mejor polvo que tuve contigo en toda mi vida”. Pobre Ricardo, pensó, si supiera que con quien hice el amor fue con Alberto.

Ahora, desde el recuerdo y recuento de todo lo pasado, estaba confundida, aturdida y recelosa. No sabía cómo resolver la situación. Por un lado sus hijos, su marido, su casa, la familia, los amigos, su dinámica de vida habitual tan gratificante; por otro el amor y el deseo que sentía por Alberto, la promesa de una nueva vida, de volver a vivir tiempos pretéritos, como cuando gozaba de la luna de miel indefinida con Ricardo. Sí, ahí estaba la clave. Esta experiencia la había vivido anteriormente, cuando se enamoró de Ricardo, cuando todo era pasión, deseo y ganas de entregarse a una vida donde se diera una alianza eterna entre ambos. Ahora esa eternidad no tenía sentido, esa alianza se había roto o resquebrajado… ¿Quién le decía a ella que con Alberto no pasaría lo mismo? Que dentro de unos años viviría la misma experiencia, que se agotaría el amor, que el deseo pasaría a segundo lugar, que la monotonía y el hastío no envolverían su vida.

Tal vez el deseo de vivir esa aventura no fuera más que la necesidad de reafirmarse como mujer, de manifestarse a sí misma que era capaz de seducir a los hombres, que su edad no le había relegado y arrebatado la belleza y su capacidad de hechizo. Sí, ahora que se miraba al espejo y empezaba a notar el paso del tiempo, que asomaban pequeñas arrugas, que su piel entraba en declive y su encanto y belleza empezaban a eclipsarse, era cuando su mente se rebelaba contra ello y demandaba una prueba, un testimonio de que seguía siendo joven, atractiva y con capacidad de hipnotizar y enamorar a cualquier hombre. El cebo era Alberto. Él era el notario que debía dar fe de que ella estaba en plena forma, de que su capacidad conquistadora y su embrujo eran indelebles.  

No, ese era un juego con demasiados riesgos. Lo sabio era reconducir la relación con Ricardo y disfrutar de sus hijos, de su casa y amigos, de la familia, de la cómoda vida que tenía por delante, de su proyecto inicial que se estaba desarrollando. Lo otro era pura aventura que acabaría en lo mismo, pero dejando cadáveres emocionales a lo largo del trayecto. Estaba decidida, asesinaría a Alberto. Bueno, en sentido figurado. Asesinaría el amor que sentía por Alberto hasta borrarlo de su corazón de forma definitiva… lo arrojaría fuera. ¿Pero cómo hacerlo? Lo haría. Le habían ofrecido un traslado a otra sucursal de la ciudad más cerca de casa. La aceptaría. En una persona adulta la razón debe prevalecer sobre el deseo, la mente ha de gobernar al corazón y no éste a la razón.

Un desasosiego se apoderó de su alma. Su intención era clara, pero la forma de llevarla a cabo no lo era tanto. Abortar este amor sería duro, cargado de sufrimiento, pero era necesario y justo hacerlo. No podemos andar por el mundo a base de caprichos, como voladoras que se dejan llevar por el viento. Ricardo era su marido, sus hijos su pasión, su casa su destino… Alberto un engaño de sueño que le llevaría a una pesadilla a largo plazo.


Estaba llegando a casa. Giró a la siguiente calle y mandó la  orden de apertura a la puerta del garaje mediante el mando a distancia. Aparcó, tranquilamente, con las cosas más claras. Miró su casa, las herramientas del jardín, la puerta de acceso a la vivienda y se sintió en paz y relajada. Una sonrisa de satisfacción inundó su cara, besó a Ricardo, abrazó y besó a los niños. La comida estaba servida en la mesa y Ricardo la esperaba para comer, se sentó frente a él e intentó descubrir aquel chico guapo, atractivo y seductor que la enamoró hace tantos años… y pensó: “Viniendo en el coche he tenido un sueño de amor, pero ya estoy en  casa. La calle es peligrosa, está llena de gente.”


jueves, 2 de enero de 2014

Música celestial

Esta, mi primera entrada del año, pretender compartir con el lector una vivencia del día de Navidad. Este es el relato:

 ------------------

Un manto negro y tenebroso oculta las titilantes estrellas. El cielo, encapotado, transmite el agobio de la oscura noche, mientras un viento estridente y rabioso lame los aleros y la intensa lluvia cabalga galopante en su montura. Las calles han dejado su ser y se han convertido en ríos caudalosos. El ritmo trepidante de los canalones evacua, desesperadamente, el cúmulo de líquido que escupe el cielo de forma torrencial en los tejados. El patio, cargado de plantas sedientas, ya anuncia su saturación y evacua como puede la tupida cortina de agua que lo baña. Las hojas de aspidistra danzan al ritmo que le imprime la ventisca, mientras tremolan ante el intenso golpeo de los gruesos goterones lacerantes.  Se escapa algún que otro rayo, iluminando furtivamente la oscura noche, y suena trepidante el trueno amenazante.

No sé por qué, pero la tormenta, o la lluvia caudalosa, es para mí un elemento placentero. Es la expresión del esplendor de la naturaleza. Una exhibición de poderío. Un poner en su sitio las cosas, como diciendo: El poder es mío, te doy la vida y te nutro, pero, también, tengo la potestad de destruirla. Todo, en su justa medida, es vida… en demasía puede ser muerte. La medicina cura en sus dosis adecuadas, pero también mata cuando se abusa de ella. El agua sustenta, pero también ahoga, da vida y la quita. El fuego calienta, pero también quema. Ese mensaje dicotómico, de bueno y malo, siempre me produjo una sensación extraña… es la conjugación entre el miedo y la excitación, a la par que la ira y el sosiego. En todo caso, a mí, me induce al equilibrio y la ponderación. Por otro lado, es como si la exhibición mágica de la naturaleza deslumbrara tu mente y, en esa comprensión, te sintieras más grande, más pleno, más satisfecho, al presentirte engarzado al origen y engranaje de la propia vida.

Por tanto, esa ambigüedad me atrapa, me produce sensaciones contradictorias que me mantienen expectante ante la tormenta. Me gusta el ritmo de la lluvia, su música, su repiqueteo sobre la ventana, sobre el tejado y la calle. Es símbolo de vida. El agua, como digo, es el maná que nos manda la madre naturaleza para alimentarnos y hacernos crecer. Sin ella no habría vida. La hierba, los árboles, las plantas sin agua no darían fruto, no tendríamos el sustento que nutre la cadena alimentaria. Nuestro cuerpo, principalmente, es agua. Tal vez por eso me guste darle la bienvenida, porque es parte de mi ser. Libera en mi interior sensaciones y sentimientos plácidos, armoniosos y confortables.

Hoy, mientras leía la novela de Julia Navarro, titulada Dime quien soy, me entregué a ese placer de conciliar la lectura con la música rítmica y melódica del agua en su caída libre, de la lluvia precisa y preciosa que jugaba en la ventana curioseando y queriendo interferir en mi lectura. Siempre suelo leer con música de fondo. Esa música suave que no expresa palabras y lo dice todo, que suena como arrullo maternal e instala una alfombra sedosa en la mente para que la asimilación de lo leído sea más deleitoso. Pero hoy, al advertir su presencia, he optado por disfrutar del cántico libre y cadencioso del agua y su danza mística y arrebatada, relegando a Bach a música de fondo.

Dejo la novela, me relajo y empiezo a conjugar los distintos elementos del entorno. El plácido y cálido fuego danza su magia forjando mil figuras, intentando escapar por la chimenea para fundirse en el éter, en el espacio. Crepita y chisporretea, criticón, iluminando la estancia. El árbol de Navidad parece entrarle al lance y exhibe su colorido con su intermitencia artificial. J. Sebastián Bach suena de fondo con su espléndida música para órgano: Tocata y fuga en re menor. Estos compases me traen infinidad de recuerdos, música sacra, la catedral, los dedos virtuosos de Victoriano Planas, la elevación del espíritu a través de la música… paz interior, sosiego, calma y  quietud. A la obra del hombre se suma la de la naturaleza. Se mezclan las dos músicas, Bach y el cielo, el órgano y el agua, en una cadencia singular que apacigua y dulcifica la escena.

De pronto, la lluvia arrecia bravamente y clama mi atención como amante celosa. Golpea amenazante sobre los cristales. Me levanto. Abandono mi cómodo sillón frente a la lumbre, deposito mi libro sobre la mesa y me acerco expectante a la ventana. Desde el calor del hogar y su quietud todo es distinto. Ráfagas de viento hacen bailar subrepticiamente la inmensidad de gotas que vertiginosamente lanza el cielo. En un puro acto de hipnosis quedo atrapado del encanto, y la lluvia se convierte en musa que me suscita un poema, que me incita a plasmar ese conjunto de sensaciones inenarrables. Tomo lápiz y papel y, en un intrépido intento,  comienzo a escribir llevada mi mano por el impulso irrefrenable de la melodía y el ritmo palpitante del aguacero. Me inspira, me provoca y sugiere estos versos:

La lluvia fuente de vida
son lágrimas de consuelo
que riegan la sementera
e impregnan la tierra entera
aliada con el cielo.

Con ese dulce candor
tamborilea en la ventana
entregando a la mañana
el cariz de su dulzor.

La música celestial
se orquesta con los tejados
con las calles y azoteas
y mientras repiquetea
su mágica melodía
va sembrando la armonía
junto a mi paz interior.

¡Cómo me gusta escuchar
tan hermosa sinfonía!
¡Cómo me gusta olvidar
displaceres de la vida
la hipocresía y la mentira
que nos sigue rodeando
mientras nos vamos creando
cada cual su propia vía!

Ya sé que el agua me evade
que es la madre de la vida
que Gaia no nos olvida
y que el inhóspito otoño
es promesa de un mañana
de floridas primaveras
de soñados renaceres
a otras vidas venideras
de bellos amaneceres.

El éxtasis que provoca
su infinita sinfonía
fusión de naturaleza
que suena a monotonía
de incomparable belleza
siembra mi alma de armonía.

El verbo, la palabra y el verso, saben llegar al corazón; o acaso salen de él para expresar sentimientos y abren su puerta al exterior reflejando ese sentir. En todo caso, el que escribe expresa y quien lee interpreta, se proyecta y crea su propio entorno donde da cabida a lo que va despertando en su interior esa lectura. Se adueña de ella, la hace suya y la modela a su antojo para cubrir sus vacios, necesidades o fantasías. Es decir, el verso sale del corazón del que escribe y entra en el de quien lee.

A mí, tanto la lectura como la música, me distraen y transportan a otra dimensión imaginaria. En este caso, mientras escuchaba la lluvia y componía eso versos, me fui liberando de la tensión, ya que, con la novela, afloraban pensamientos turbadores, de la mano de la sufrida protagonista. Me olvidé del amenazante recuerdo de la guerra, de la tortura y espanto, de la vileza del ser humano en su expresión más detestable, del hambre, la miseria, la muerte y la humillación que se vive en las derrota y del suplicio que se inflige al derrotado de la mano y el sadismo del vencedor.

Por ello, esta lluvia contiene la magia y el embeleso que me lleva a la abstracción, entregándome a una simbiosis milagrosa con la naturaleza, a la par que inspira mi poema, en el que veo un canto a la vida, a la templanza y la armonía de vivirla.


Y ahora no sé por qué te cuento esto. Puede que, al leerlo, experimentes lo mismo que yo, que comprendas y entiendas mis emociones y que, a la par, tú las vivas y las sientas, que tu imaginación, lanzada en un vuelo de fantasía, al amparo de tu propia invención, cree otro entorno donde encuentres el sosiego que yo disfruté en ese momento.  


sábado, 28 de diciembre de 2013

Día de los inocentes.


El inocente ciudadano
Una inocente reflexión

Hoy es 28 de diciembre, día de los inocentes. Hemos de andar con cuidado para que no nos coloquen como noticia una mentira y la traguemos como verdad. Pero a estas alturas, cuando a lo largo del año nuestro gobierno, por no decir nuestros gobiernos, nos ha mentido hasta la saciedad, cuando  sus verdades apestan a mentira, no cabe mayor inocentada. Esta sociedad es una sufrida idiota que soporta trágalas indecentes de políticos obscenos que prometen una cosa y nos colocan otra, que provocan fraude electoral cuando nos hacen votar el programa que nos interesa, para hacer, luego, el que les interesa a ellos y a los suyos.

Hemos sufrido en la carne de nuestras mentes la injusticia del trato a un Yerno, a un Matas, a los Gürtel y Bárcenas, al entramado y pérfido complot de los ERES, los embrollos de espías, escuchas, dimes y diretes, de contabilidades en B, de pagos en diferido, cobro de comisiones, Jaguar aparecidos por arte de magia, desvío de recursos públicos, eliminación de jueces molestos, etc… Hemos soportado las mentiras de un presidente que en otro país ya estaría dimitido o cesado en un impeachment al estilo americano, bien por mentir o, en su defecto, por no saber gobernar su casa, lo que le descalifica para gobernar un país. Pues bien, todos ellos son inocentes. ¿Les parece poca inocentada vivida a lo largo del año?

Pero hay más. Nuestra economía se ha hundido, aunque ellos digan que estamos saliendo de la crisis mientras seguimos cayendo en el abismo de la desigualdad social. El paro se ha convertido en una lacra que afecto a las clases menos favorecidas. Se han perdido derechos laborales conquistados en lustros de lucha. Se ha prohibido manifestarse bajo multa, se apalea a quien lo hace y se le criminaliza, se ha ilegalizado por decreto la exhibición de la pobreza y la súplica pública de la caridad cristiana, mientras los miembros del gobierno acuden a misa y se acogen a la Virgen del Rocío buscando su amparan para resolver los problemas de la crisis.

Por otro lado, mientras rechazan el aborto, que es patrimonio de la propia madre y de su exclusiva y dolorosa competencia, obvian el sufrimiento del pueblo, el hambre y la miseria; permiten los desahucios y el incremente de los ciudadanos “sin techo”, bendicen las guerras vendiendo armas al por mayor y siguen impasibles ante el hambre y la pobreza del mundo, a la par que ellos, y los suyos, andan con inmensas fortunas a buen recaudo en los paraísos fiscales, donde quedan ocultos sus dineros por fronteras legales inexpugnables. ¿Qué vida es la que defienden, la del nonato o la del ser vivo ya nacido? Si es la del ser vivo, la del nacido, la del ser humano, ¿Dónde está su actitud de defensa a ultranza de la justicia, de la igualdad, de la lucha contra la miseria, el hambre, la enfermedad y la muerte? Pero no, la miseria sigue al otro lado de la valla, contenida por cuchillas disuasorias y asesinas. El dinero fluye a su conveniencia, pero los ciudadanos, las personas, no pueden hacerlo…

Por otro lado asistimos al espectáculo de una iglesia plagada en su jerarquía de sujetos obtusos, por no utilizar otro calificativo más elocuente, que siguen anclados en un anacronismo de siglos sin entender cómo ha evolucionado la sociedad, cómo el ser humano ha dejado de ser una bestia de carga para convertirse en un sujeto pensante; pasar de súbdito sumiso y obediente, ante el pastor del rebaño, a sujeto soberano, crítico y con capacidad de discernir libremente. No, señores, el ser humano debe dejar de ser una herramienta de producción para convertirse en un elemento de creación; debe transitar de instrumento a eje principal sobre el que pivote la actividad humana para que desarrolle sus potencialidades y consiga, con su aportación, la evolución de la sociedad hacia nuevos destinos. Seguimos con obispos que quieren imponer sus ñoños criterios a los demás, que no comprenden la diversidad, demonizando conductas que no les compete… la homosexualidad, el aborto, el divorcio o el matrimonio homosexual civil al que atribuye perturbación de la personalidad y violencia, según el señor obispo de Segorbe-Castellón y otros, mientras son complacientes con su propia pederastia.  A mí me parece bien que a sus fieles, a quien quiera seguir sus sermones, panegíricos y arengas, les digan lo que quieran. Que cada religión obre con arreglo a su doctrina, pero en ningún caso que intenten imponer esos criterios al resto de la sociedad, y menos de la mano de los Roucos y adláteres. Por ahí no debemos pasar…

Pero hemos de ser justos y reconocer que hay una tendencia, dentro de la Iglesia, que es prometedora. La Iglesia Católica, en España, sea como fuere, sigue teniendo un gran peso y no podemos obviar su influencia en un importante colectivo de la sociedad. Por eso, a la par que se critica su intromisión en cuestiones civiles, laicas, no propias de su competencia fuera de su privativo marco, hemos de saludar con agrado y simpatía, al menos yo lo hago, las iniciativas del papa Francisco, como humildemente se gusta llamar, que ha traído nuevos aires. La Curia Vaticana tiembla y no sabemos muy bien que conspira y maquina para mantener sus privilegios. Miedo debe darle a “Su Santidad” estos herederos de las conductas de los Borgias. Queda en el aire las causas de la fuga por el foro, del papa emérito, ya jubilosamenmte jubilado. Mas, suenan campanas de renovación. Viejos deseos y enfoques reprimidos y demonizados por la intransigencia anticuada de los conservadores del sistema y sus prebendas, vuelven a tener brío, a despegar en las mentes de muchos creyentes, de la mano del nuevo papa. En lontananza se vislumbra el renacimiento de la teología de la liberación, aquella que muchos defendíamos en los años 60 y 70 y que los conservadores de Roma ahogaron. Que interesante cuestión, pues muchos creyentes solo andan en la dirección que les indica el pastor, y este pastor parece que boga hacia nuevos horizontes de esperanza. Si es así podrá movilizar a su rebaño hacia el encuentro y podremos compartir ideas y objetivos más humanos y equitativos, sembrando más justicia social y promoviendo el encuentro respetuoso entre las diferencias.  

Por tanto, el propio mundo es la mentira, la inocentada que nos gastan en el día a día aquellos que lo controlan todo, incluido nuestro pensamiento. Hoy debería ser el día de la verdad. Que la inocentada fuera contar una verdad, para que, al menos, ese día no nos sintiéramos ninguneados. Yo lo estoy intentando a mi modo...



viernes, 27 de diciembre de 2013

Remembranza

Dedicado a mi padre, que ahora
tendría 93 años, aunque su vida  no
tenga nada que ver con este relato.

No, ya no está uno para muchas alharacas. A esta edad se busca el sosiego, la templanza y la mesura. El disfrute de la esencia de la vida, de lo simple, buscando y conjugando los estímulos de aquellos sentidos que se siguen manteniendo a buen recaudo. Por eso me entrego a escuchar música, a la lectura, al recuerdo y la reflexión. A los 93 años se ha de repasar lo vivido. Se ha de revivir lo pasado y, en ese balance de justicia, ver el error y el pecado como algo constructivo que forjó lo que ahora es uno. Los aciertos, por supuesto, con más fuerza, te fueron fraguando el juicio y el raciocinio, el criterio y el dominio del pensamiento y la razón.

Ahora las emociones fluyen, desde el recuerdo, con más afecto y efecto. Pero son los hijos, los nietos y los infantiles bisnietos, los que más te emocionan. Aunque, de cuando en cuando, surge el recuerdo despertado por una luz que ilumina, que te lleva al pasado y revives la memoria, esa remembranza, esa evocación del ayer que aflora como si fuera hoy, a pesar de esa nube intensa que niebla la mente, te lleva a la amnesia y que cada vez es más difícil de despejar.

Hoy, al amparo del hogar, de la chimenea con su cálido fuego crepitante, de mágica visión hipnotizante, conjugo la música sublime de un Tchaikovsky magistral y, con el fondo de su Lago de los Cisnes y el Cascanueces, me doy a la lectura del libro de mi vida a través de los recuerdos. Son tantas y tantas las vivencias, la historia vivida en el pasado, los hechos y avatares, que el almacén de mi memoria anda saturado. Qué añoranza de aquella juventud perdida, de su energía, de su ímpetu y arrogancia, de sus ganas de vivir y conquistar el mundo, de cambiar la sociedad… qué bonito el despertar al amor, el descubrir su belleza, la pasión y el insomnio del enamorado, la inseguridad y el miedo al rechazo, el cosquilleo del estómago, el cabalgar trepidante de un corazón desbocado, cargado de ilusión y fantasía, de deseo, sueños y utopía.

La memoria me llevó volando a los años 30. Era 1936 en plena primavera. ¿Cuántos años tenía aquel día? Puede que quince o dieciséis, pues por esas fechas cumplía, y habiendo nacido en la primavera de 1920 la cuenta está clara... Juan iba exultante y yo de espléndido humor… Buena pareja hacíamos buscando encandilar a las mozuelas, jugar al flirteo y seducirlas. Aunque ya estaba la cuestión medio decidida. A Juan le gustaba Teresa y a mí la hermana de Juan, que le era melliza y amiga de Teresa. Juan iba muy por delante, ya se había declarado, le había insinuado su sentir a la chica, pero yo, tal vez por ser la hermana de mi amigo, no me atrevía, aunque Carmen (así se llamaba) me miraba con buenos ojos, o al menos, a mí me lo parecía. Pero, claro, éramos amigos desde pequeños y el salto de la amistad al amor tiene su intríngulis.

Subíamos por la plaza del ayuntamiento en plena discusión, no sé de qué tema, cuando oímos a lo lejos los cánticos de un baile de corro:

A la flor del romero,
romero verde
si el romero se seca
ya no florece
ya no florece
ya floreció
a la mata del romero
ya se secó.

Era muy habitual, por aquel tiempo, que los jóvenes se unieran en un corro para cantar y bailar. El cante se componía de un estribillo que se iba repitiendo entre estrofa y estrofa. Las estrofas estaban compuestas por versos de ocho sílabas que formaban una cuarteta. El chico, o la chica, sacaba a bailar a una pareja que, cogidos de la mano, danzaban de un lado a otro del corro mientras el resto cantaba. Las letras eran muy variopintas, pero sobre todo trataban de amoríos, cargadas de indirectas y, de alguna forma, lanzaban mensajes, a veces equívocos, que se reafirmaban con la mirada o cualquier tipo de señal del lenguaje corporal… una sonrisa, la propia mirada, un gesto que te hacía ver la predisposición de alguna chica y su receptividad para contigo. Por tanto era un baile cargado de emoción, de intriga y a la par un nido de cuchicheos posteriores, donde se analizaba cada manifestación para intentar dilucidar qué había querido decir esta o aquella y a quien se lo decía. Hoy, por desgracia, esta juventud no lo cultiva, no está por la labor de preservar ese noble arte del encuentro juvenil, del leve contacto de las manos, del canto al amor y al deseo de forma solapada, del ingenio del verso, la arrogancia y la creatividad, de la sutileza excitante del flirteo. Caray, se me fuga el pensamiento. Vuelvo al tema…

Nos miramos y, con un tácito acuerdo, decidimos incorporarnos al corro. De frente vimos a Teresa y a Carmen cogidas de la mano, participando del baile, por lo que nos aprestamos a integrarnos. Nos sorprendió ver de espaldas a una chica de una preciosa melena negra, de pelo sedoso, casi por la cintura, que bailaba en una danza mágica al ritmo de su dueña. Nos era desconocida a primera vista, pero cuando el corro fue girando nos percatamos, con gran sorpresa, que era Rosario, una chica del barrio alto, que hasta hacía dos días era una niña con largas trenzas y bonita cara. Estaba espléndida, exultante, atractiva en demasía, con su ropaje de moza bien plantada y seductora. Aquella no era la niña a la que estábamos acostumbrados a ver por la calle haciendo recados a su madre. Era una joven de belleza singular, de ojos negros, profundos, misteriosos y enigmáticos. Una diosa sublime, ninfa cargada de color y fantasía. Era una mágica eclosión que había transformado la larva en preciosa mariposa de colorido deslumbrante. Le dije a Juan:

-         No puede ser, ese pelo, ese porte, esa belleza no podía estar escondida en aquella niña anodina que jugueteaba por la calle mientras hacía los recados a su madre. ¿Esa melena, hasta la cintura, dónde estaba escondida?
-         Hombre, es el resultado de deshacer las trenzas que lucía. Recuerda lo largas que eran. Me dijo Juan con un verbo displicente.
-         Sí, pero ese cuerpo torneado, esos senos firmes y turgentes, esas piernas tan bien conformadas, esa cara angelical, no surgen de la noche a la mañana.
-         Claro, me dijo, estaban escondidas bajo la indumentaria de una chiquilla que fue creciendo sin que nos diéramos cuenta.

Embobado, mientras el corro seguía girando, al pasar en su giro delante de nosotros, decidí romperlo e incorporarme al círculo cogiéndola de la mano, cosa que ella facilitó en cuanto vio mis intenciones. Juan hizo otro tanto inmediatamente después al lado de Teresa. En ese momento quedé frente a Carmen, Teresa y Juan. Me resultó extraño, pues mi intención natural debería haber sido adosarme a Carmen. Ella me miró extrañada, yo la observé sorprendido. No sabía por qué aquel impulso irrefrenable me había llevado al lado de Rosario. El corro siguió girando. Los cánticos continuaron:

Afilador, sí, sí
afilador, no, no
afilador sí, sí
la pluma y el borrador.
La pluma y el borrador
han salido de la Habana
y han traído que vender
avellana americana.

Aquello se iba animando. Diferentes chicas y chicos entonaban la canción que pretendían, cargadas de intencionalidad. Yo seguía absorto, cogido de la mano de Rosario, en un limbo, obnubilado y en éxtasis, sin saber ni comprender el cúmulo de sensaciones que me estaban despertando. Estaba bajo el efecto de aquella descarga eléctrica que, a través de su mano, había erizado mi piel, mi cabello  hasta la nuca y un inconfesable y cálido placer alojado en la entrepierna. Carmen y Teresa debieron darse cuenta y su actitud fue cambiando. Pasaron de la sonrisa a la cara seria. Lo lógico era que me hubiera colocado entre ellas, por lo que estaban desconcertadas sin saber por qué me puse al lado de Rosario. Entonces, Teresa, entonó una copla:

En una rueda de mozos
los Juanes son los que valen,
los Franciscos son celosos
y los Antonios cobardes.

Qué extraño. Teresa quería decir algo. Ya sabía que estaba por Juan, pero ¿por qué hablaba de los Antonios y los calificaba de cobardes? Eso era por mí, seguro. Yo era el Antonio cobarde al que se refería. Debía ser porque no me atrevía a decirle a Carmen nada. Mi cobardía era esa, no tener el valor de declararme a Carmen mientras ella me esperaba. Una rabia creciente se fue apoderando de mí. Era cierto que ya debería haber dado el paso, pero esa delación pública me humillaba y me hizo mirar con ira a Teresa.

Rosario debió notar algo, mi cara ruborizada, mi rigidez y pasmo, pues me miró, me apretó la mano y me hizo volver con su gesto a la realidad. Sentí que me liberaba de aquella tensión y me habría otra puerta a un nuevo mundo. Entonces percibí que ella, con su cálida mano, me acogía y me declaraba su sentimiento. Yo, al menos, empecé a pensar que ese gesto significaba algo más que una presión, que un acto de comprensión y apoyo, que la energía que fluía y me traspasaba a través del contacto de su mano era más que un simple apretón. La miré a los ojos. Ella me sostuvo la mirada y en sus pupilas vi un especial resplandor, un brillo mágico que dejaba una ventana abierta a su corazón. Aquello formaba parte del hechizo que prende en el enamoramiento, en el deseo irrefrenable que siembra la seducción en los cánticos de corro. En ese instante quedé prendado de ella, me obnubiló el pensamiento, me sustrajo a la realidad y me elevó al nivel más sublime de sensación amorosa. Quedé atrapado, hechizado, bobaliconamente abstraído, prendido inexorablemente en una emoción inenarrable. El corro no existía, la gente estaba ausente, los cánticos diluidos en el aire. Solo estaba ella que me miraba con una extraña e intensa transmisión. Un lazo se tendía vinculando nuestros corazones, un flujo energético que iba sembrando y sellando el fascinante sentir en una extraña simbiosis entre su ser y mi ser, algo que nunca había percibido con anterioridad… taquicardia, nerviosismo, sensación de ahogo, temblor, cosquilleo, pellizco en el estómago, a la par que plenitud y felicidad… ¡Dios! ¿Qué era aquello? ¿Sería el producto del amor y su descubrimiento?

En ese momento Carmen se acercó a mí, me tomó de la mano y me sacó a bailar. Rosario se resistió a soltarme, al menos a mí me lo pareció, pero yo acepté el envite de Carmen y salté al corro, mientras Teresa inició otro canto:

Todos los Antonios son
dulces como el caramelo
y yo, como soy golosa,
por un Antonio me muero.

Afilador sí, sí
afilador no, no…

A la par que la danza fluía, yo miré a Rosario. Su cara inexpresiva, contrariada y confundida me mostraba su inquietud y desazón por el desaire. Había comprendido la letra de la copla y entendió que Carmen y Teresa se habían aliado para rescatarme... ¿O habría que decir para raptarme? Yo era el caramelo, ella la golosa. Me sentí confundido, llevado en volandas por el ímpetu de Carmen que anulaba mi conciencia y voluntad. Me debatía entre el sentimiento sostenido y consabido por Carmen y la nueva sensación que Rosario había despertado en mí. Estaba atrapado, sin saber qué hacer ni cómo resolver el dilema. Terminada la copla y nuestro baile, Carmen no me soltó de la mano, sino que me llevó a su lado y me ubicó entre ella y Teresa, donde quedé atrapado entre las dos sin poder decir nada ni mostrar resistencia. La mano de Teresa se mostró firme, al igual que la de Carmen. Eran dos tenazas, dos grilletes que te decretan prisionero sin la posibilidad de liberarte.

El corro siguió su ritmo, pero ya no fue lo mismo. La mirada luminosa de Rosario se apagó, sus ojos lanzaban reproches… o tal vez fuera conformismo y resignación, mientras yo me debatía entre la duda y la esperanza de que su actitud fuera transitoria. Después, concluidos los bailes de corro, salimos los cuatro, Juan, Teresa, Carmen y yo, a dar un paseo mientras una extraña tensión se vivía en el ambiente. Triste y confundido, a pesar de mi intento de aparentar lo contrario, me costaba centrar mi pensamiento, que volaba incontrolado buscando la figura de Rosario.

Esa noche, cuando me acosté, todo era confusión. Rosario era una musa que abría un mundo de fantasía, una esperanza, un delirio irresistible de amor nunca soñado ni vivido, una explosión de vida que llevaba a lo más sublime. Carmen la realidad de mi historia, mi viejo y antiguo deseo, mi compromiso fraguado en el tiempo reciente con mi amigo Juan y mi propio entorno. ¿Estaba preso del pasado o podía lanzarme a la aventura? Carmen era la ley, la norma y la conducta social establecida, la normalidad y el equilibrio, la armonía y el deseo de paz y tranquilidad de cualquier hombre; Rosario la aventura, la infracción, el vuelo impetuoso del ave de la fantasía, el futuro incierto, la magia del mañana ignoto, el espíritu aventurero y el cómputo de sensaciones de un corazón galopante cual caballo desbocado. Me costó dormirme y, con ello, tuve un sueño que, en un simple análisis, podría considerarse premonitorio: Paseaba por la calle, cogido de la mano de Carmen, cuando, a lo lejos, vislumbré la imagen de Rosario en un carruaje de fantasía, tirada por cuatro caballos blancos. Me llamaba y me invitaba a subir con ella. Sentí la sensación de la oferta de un mundo nuevo, maravilloso. Un imán invisible me atraía hacia ella al amparo de un sentimiento de plenitud y felicidad inenarrable que se apoderó de mí. Fui en su busca, pero antes de subir, cuando estaba a punto de coger su mano,  Carmen me sujetó fuertemente de la suya, no me dejaba soltarme, me tenía prisionero, sometido. Sentí el peso de mi conciencia, haciéndome notar donde estaba mi sitio y mi compromiso. Vi como se alejaba mi felicidad sobre aquella preciosa carroza, como se marchaba mi futuro dejando escapar la sublime oferta de un amor cargado de sueños y promesas, de un mañana feliz y venturoso. El desasosiego empezó a conjugarse con la ansiedad y la zozobra. El disgusto y desaliento se apoderaron de mi y en ese momento me desperté sudando… era una pesadilla. Ya no dormí, lo reconozco. Quedé meditando. Rosario era luz, colorido, aire fresco, seducción, fascinación, hechizo, aventura y esperanza; Carmen, en el sueño, representaba lo gris, la responsabilidad, el compromiso y la continuidad… No sé por qué, en este momento, pensando en ello, se me vienen a la memoria las palabras de Fernando Pessoa: ¿Me quieren casado, fútil y tributable? Tal vez, lo mejor y más sensato era eso, la estabilidad dentro de las exigencias sociales y Carmen, para el caso, era la mejor opción. Mi desvelo me marcó y mi propia ambigüedad fue fraguando una situación insostenible, y solo causas mayores, como la propia guerra, acabaron por reorientar mi vida.

Pero ese otro tema es largo y penoso. Ahora, cuando la noche nubla la mente, y el sueño se apodera del pensamiento, solo cabe entregarse a los brazos de Morfeo. Hace tanto tiempo de estos hechos, que me cuesta hilvanar las puntadas que los reconstruyan si no estoy en mis plenas facultades, si mi mente no está despierta y mi corazón no es capaz de revivir las sensaciones que los sellan y confirman. Pero ¿qué hubiera sido de mí si mi decisión hubiese sido otra, si mi determinación me hubiera llevado por otros derroteros? Eso nunca se sabrá, solo mi fantasía puede recrear otra historia desde mi propia manipulación de los hipotéticos hechos.

Así he llegado a estos 93 años de vivencias y experiencias. Ya pasaron, pero, inmerso en este viejo cuerpo cargado de achaques y sufrimientos,  gusta recordar, porque recordar es volver a vivir. La vida no es lo que uno quiere, sino lo que uno hace al enfrentarse con la realidad del día a día. Eso ha sido mi vida: Crear el pasado, viviendo el presente, sin poder controlar el futuro... Ahora, que no hay futuro, mi presente más bello es recordar el pasado.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Felices fiestas y año nuevo, a pesar de todo...


A mí, estas fechas, me parecen forzadas. Es como si te tuviera que entrar la bondad con calzador. Todos tenemos que ser buenos y nos cargamos de excelentes intenciones; pero, en el fondo, al año siguiente, las cosas siguen igual o peor. Si acaso, me sirve para mirar atrás, hacer balance y establecer algunos objetivos para el próximo año, como suelen hacer las empresas en sus memorias anuales. Eso sí, está demostrado que los deseos, al verbalizarlos, ya empiezan a tener verosimilitud. Por eso, tal vez, debemos seguir manifestándolos. Yo expreso los míos, que son deseos de paz, entendimiento, respeto, sinceridad y lealtad; de libertad, justicia, solidaridad y equidad; de amor, compromiso y trabajo… En suma, de todo aquello que lleve al ser humano a ser más feliz, humanitario y más SER, sin que el TENER material sea el objetivo que rija su vida.

Todos vivimos y compartimos la madre tierra… compartamos las cosas de la vida. La vida humana no tiene sentido desde el egoísmo, la avaricia y codicia que nos embarga en estos momentos y que nos ha arrastrado al abismo de la crisis. Compartir es el verbo maravilloso que nos hace más humanos. Compartir es igual a “partir con” los demás las cosas que nos rodean para que todos podamos disfrutarlas.  

Nosotros, Loli y yo, queremos hacerte llegar estos deseos a través de este pequeño mensaje, que monté, para expresar en síntesis esas aspiraciones.


De la mano de los Inhumanos nos damos un paseo por la realidad... 


viernes, 6 de diciembre de 2013

Nelson Mandela


Nelson Mandela, una figura carismática del pasado siglo y primeros de este, acaba de fallecer. Fue un insigne estadista al final de sus días y supo aunar esfuerzos por la paz en su país, dando un ejemplo universal de entendimiento entre los seres humanos con sus diferencias y singularidades. La gente de valor se está yendo sin que llegue el relevo... ¿Dónde están los recambios? Vaya mi homenaje desde estas líneas.


El día en que la tecnología nos robó la inteligencia

  Opinión Por: Antonio Porras Cabrera Publicado por el diario La Opinión de Málaga el día 19 SEPT 2026 7:00 Enlace: https://www.laopin...