lunes, 2 de abril de 2007

¡VIVA EL VINO…! Dijo el Ello.


Un buen amigo me decía que tenía demostrado científicamente la existencia del superyo. Ante mi insistencia e interés, me planteaba: ¿No ves que el superyo se diluye con el alcohol? Esto me hizo reflexionar lanzando mi imaginación y lógica en busca de las explicaciones que justificaran tan acertada afirmación, pues tengo visto y comprobado que, ante unas copas de vino, nos volvemos más comunicativos, abiertos y con mayor capacidad para expresar sentimientos, afectos, emociones, y cualquier otra cuestión que nos cree conflictos al exponerla, tanto internos como externos, incluido el contacto corporal. Al relajar las barreras y la rigidez que el sistema educativo nos ha ido imponiendo a lo largo de nuestra vida, hace que afloren y se expresen pensamientos, sentimientos y deseos “poco correctos políticamente", según los valores y principios morales y éticos de nuestra sociedad, pero que están presentes en nuestra mente. Podemos decir, pues, que el vino es una válvula de escape. Lo que nos permite, en el marco psicoanalítico, que el contenido latente aflore con mayor precisión, ya que el manifiesto se aproxima a él sin tanto tapujo. Por tanto, concluyo que “el vino es el aliado del ello”.

El otro día tuve noticia de que el gobierno pretendía aprobar una ley para regular el consumo de alcohol. Mi primera preocupación fue si los gobernantes estaban en condiciones de abordar esta materia, tan seria, sin analizar detenidamente su aplicación y sus consecuencias. Porque, si nos paramos a pensar, nuestra sociedad y la cultura que la sustenta están mediatizadas por el uso milenario de este producto. Yo me quiero permitir expresar algunas consideraciones sobre el tema, por si son clarificadoras para alguien. En todo caso, siguiendo con mi tónica habitual, las plasmo para el que quiera leerlas y/o comentarlas.

La concepción de la vida desde la perspectiva judeo-cristina está basada en el sufrimiento, la entrega, el padecimiento, etc.; en ningún caso se aprecia el enfoque hedonista y placentero de la misma. Ese mensaje ha calado tan profundamente que, hasta para salvarnos del pecado original, Dios mandó a su hijo a sufrir crucifixión y muerte a manos de los hombres. No vino a enseñarnos cómo disfrutar de la vida, a ser felices, a evitar el sacrificio innecesario, a mostrarnos la eficiencia en el desarrollo y la justicia social. Nos prometió un reino en el otro mundo, del que no hay constancia salvo por la fe. Lo que ha trascendido, es el sufrimiento, la flagelación del cuerpo como enemigo del alma, el considerar al mundo como perverso y tentador; en suma, demonizamos lo placentero (todo lo que está bueno engorda o es pecado). Un duro camino, sin duda, para llegar a ese reino. Claro que siempre queda el recurso de la contrición. Con un planteamiento como éste poca opción le damos al hedonismo. Sin dejarnos llevar por Nietszche, cuando dice: “Al decir cristiano, se sobreentiende que se pretende expresar odio a los sentidos, al deleite en general” y que considero criticable, sí cabe preguntarse hasta qué punto las religiones, en su pretensión sistemática de estructurar ética y moralmente al superyo, no han instaurado un modelo de conducta, si no patológico, sí enfocado al conflicto interno, donde este está garantizado, dado que el sufrimiento y lo prohibido prima sobre lo deseado. De todas formas, no deja de ser curioso que, desde el punto de vista simbólico, se represente en el vino a la sangre de Cristo. Es el alimento del espíritu. Puede que esa leve liberalización de los tapujos y tabúes que nos permite su consumo, se asocie a la sublimación del espíritu. Por tanto, no debe ser malo. Eso sí, el paralelismo se establece desde el sufrimiento y muerte. Una vez más la religión se apropia de las costumbres y hábitos de los pueblos para hacerlos suyos y reconducirnos en la línea que estiman más conveniente para sus principios.
Por otro lado, echa uno de menos esa orientación hacia las decisiones responsables y libres que satisfagan nuestras necesidades, hacia la crítica del entorno y el razonamiento, hacia la libre expresión de emociones en tolerancia. La asertividad no es un concepto que se cultive en esta sociedad. Se es asertivo desde el poder, que impone los principios, valores y leyes que nos rigen, pero no desde la razón sistemática; y el poder lo ostentan los poderosos, bien por la política, la religión o las armas. “Gracias a Dios” (esta expresión en mi discurso parece una incongruencia, pero que cada uno piense en el dios que estime conveniente) estamos entrando en una nueva era, donde cabría la posibilidad de conjugar el conocimiento y desarrollo personal con un mejor entendimiento entre los seres humanos, donde las mentes abiertas y tolerantes permitan un intercambio de ideas, creencias, valores, principios y razones que nos hagan crecer sin imposiciones irracionales. Mire usted por donde, echo de menos una asignatura de educación cívica desde el laicismo democrático, donde se plasmen y defiendan estos principios.

Hasta entonces, dejen que el vino ayude a expresar sentimientos, facilitar el diálogo, el contacto físico, compartir alegrías, enjugar las penas, a escapar razonablemente de este atropamiento entre el “quiero y no debo”. En suma, deje que este maravilloso elemento relaje mi superyo y permita sublimar mis deseos y necesidades frustradas. Démosle un cuartelillo al ello. Yo prometo no pasarme, tener un comportamiento políticamente correcto y que sus efluvios sean liberalizadores. Lo usaré para relacionarme puntualmente con mis amigos y compartir momentos de felicidad y acercamiento, de comprensión y afecto. Evitaré las borracheras, que nunca me permití. Mientras tanto, señor legislador, mire las causas que nos llevan a su consumo exacerbado, corríjalas y puede que seamos más libres. De lo contrario, en el caso del alcohol y resto de drogas, seguiremos observando un incremento del consumo. El problema no es el alcohol y las drogas, sino lo que subyace y nos empuja a su uso de forma irracional a cada uno, en función de nuestra personalidad.

Antonio Porras Cabrera.

miércoles, 7 de marzo de 2007

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

Con estas reflexiones quiero hacer una llamada al sentido común que, basándose en el equilibrio interno y personal, ha de procurar, mediante un razonamiento aséptico, mantener una estabilidad social de convivencia evitando y eludiendo posiciones de enfrentamiento irracional que tan de moda están en nuestros días. Está dirigido básicamente a mis compañeros y amigos que se preocupan por la salud mental de los seres humanos, de su libertad de criterio y desarrollo personal.

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

El encuentro de los seres humanos siempre se ha dado en el centro, a partir de la equidistancia ponderada de las posiciones y en la aproximación. Desde las periferias se ha de gritar más para entenderse, las cosas se ven desde otras perspectivas y si, además, las posiciones están enfrentadas las distancias son mayores. Mientras más tira de la cuerda mi oponente más tiro yo y más nos alejamos. Para comprenderse, pues, se ha de buscar el lugar de encuentro donde se compartan visiones y posiciones con la proximidad que dan las emociones y el contacto directo, se ha de empatizar. Si no hay disposición y aproximación no hay entendimiento.

Este mundo dicotómico busca eliminar a los oponentes en lugar de integrarlos. Nuestro mapa político está al día en ello. Mientras más se tensa la cuerda en un sentido impositivo hacia los otros, más conflicto se crea. El extremismo genera extremismo opuesto y el oponente pasa a ser enemigo. Al oponente se le reconoce valor ideológico, pero el enemigo se ha de eliminar por principio de conservación. Es una constante: el bien y el mal, el amigo y el enemigo, el pobre y el rico, lo espiritual y lo material, la utopía y la realidad, el deseo y la represión, el ello y el superyo, dos extremos de tensión que buscan el equilibrio para poder subsistir. La gestión adecuada de estas diferencias lleva a la paz y a ese equilibrio, no solo de la sociedad, sino del propio individuo como unidad.

Cuando, popularmente, se habla de desequilibrados nos estamos refiriendo a sujetos que tienen alteradas sus facultades mentales, que su equilibrio interno y su adaptación social no se manifiesta. Nuestra propia sociedad establece las bases para que se desarrolle y se gestione el equilibrio. Freud orienta el conflicto entre el ello y el superyo como la base del desequilibrio. Mientras que nuestras pulsiones emergen del ello, la sociedad nos ha blindado con una estructura represora y controladora que modula los impulsos hasta hacerlos encajar en la norma. En otros casos el conflicto, tanto interno como externo, se justifica en la necesidad de la interacción con el medio, bajo la influencia del proceso de socialización.

Existe una plataforma homeostática que establece los márgenes de variabilidad y la tenemos asumida a través de nuestra educación. En este sentido, si nos movemos dentro de estos márgenes no se crean situaciones conflictivas, pero si saltamos fuera de la plataforma, aparte del conflicto social, se nos plantea otro conflicto interno de mayor trascendencia personal. Este último lo hemos de gestionar nosotros en base a la congruencia, evitando la disonancia cognitiva, de tal forma que en sujetos “culposos” una excesiva euforia, con infracciones importantes, nos puede llevar al reproche, haciéndonos merecedores de nuestra repulsa, infravaloración y desprecio hasta situarnos en una etapa de depresión, que no deja de tener un cariz de intento de compensación; o sea, que puede situarnos en el otro lado de la plataforma homeostática buscando el equilibrio en los extremos de la balanza. Es la ley del péndulo. En este sentido, todos tenemos algo de ciclotímicos en mayor o menor medida. El umbral homeostático definirá la normalidad y aceptación en el entorno y en nuestro interior.

Las sociedades permisivas dan más márgenes para experimentar y asumir nuevos planteamientos que las integristas e intolerantes. Por tanto, esa tendencia natural a beber conocimiento, experiencia, emociones, etc. del entorno para crecer y desarrollarnos como sujetos abocados a la autorrealización, necesita de una mente abierta, crítica y madura que permita ese crecimiento. Otras sociedades son claramente patogénicas; es decir, generan conflictos y desequilibrios que llevan al alejamiento y enfrentamiento de sus componentes, tanto desde la perspectiva social como individual. Bajo mi opinión podríamos asociar madurez, equilibrio y salud mental. Cierta filosofía oriental, con base religiosa, presenta el equilibrio con el entorno y con uno mismo como la base de la evolución espiritual e, incluso, justifica la reencarnación como la oportunidad y obligatoriedad de compensar errores pasados para evolucionar en la escala de la perfección.

En todo caso debemos preguntarnos: ¿Quién ha de establecer los márgenes de la plataforma homeostática? Hasta hoy, los principios y valores que la sustentan los ha ido generando cada sociedad a lo largo de los tiempos. En las últimas décadas, a causa de la universalización de los medios de comunicación, los movimientos migratorios, el proceso de globalización y sobre todo al ejercicio de la libertad y el discernimiento individual, estas bases se resquebrajan, como no podía ser menos. Ante ello caben varias opciones de las que me quedo con el encuentro cultural. Su complejidad se genera desde los integrismos, la imposición y la intolerancia; su simpleza en el encuentro y el respeto que permita el crecimiento colectivo y personal hasta la simbiosis cultural. El marco convivencial de referencia, según mi punto de vista, se ha de establecer desde la pluriculturalidad (incluyendo valores éticos, morales y religiosos) bajo el paraguas de una sociedad laica, donde se conjugue el respeto desde y hacia todas las creencias y posiciones ideológicas, excluyendo actitudes y conductas contrarias a esos principios. Si formamos a nuestros hijos y ciudadanos en esa línea encontraremos una sociedad menos patógena y más saludable.

Pero, en conclusión: ¿Qué pretendo con estas reflexiones? Podemos decir que la plataforma homeostática establece el lugar de encuentro, que su amplitud define valores de rigidez a permisividad y estructura el superyo. Su capacidad de adaptación a las demandas sociales y de convivencia en un mundo pluricultural es la base para evitar conflictos, tanto externos como internos, por lo que el equilibrio interno y la salud mental del sujeto son más asequibles. Los estados deben asumir políticas integradoras que permitan el encuentro cultural desde la perspectiva laica, pero respetando las ideologías religiosas. Por último, buscando la mejora de la salud mental, los sujetos deben ser formados y orientados hacia la maduración y el entendimiento. La dotación de recursos de afrontamiento, la gestión emocional, las actitudes y disponibilidad al diálogo, la aceptación de la diversidad como elemento enriquecedor, la mente abierta a nuevas ideas, el discernimiento responsable y otros muchos factores ubicarán al sujeto en disposición de mantener el mundo en equilibrio, evitando conflictos y devolviendo la cordura, que tiende a perderse cuando la estupidez humana se impone en las decisiones de aquellos que ostentan el poder. Los profesionales de la salud mental tenemos un importante campo de trabajo para provocar esa maduración que disponga al individuo en situación de gestionar los equilibrios/desequilibrios que los elementos dicotómicos mencionados nos provocan. En todo caso, no podemos perder de vista que formamos parte de un ecosistema en equilibrio y que somos, en gran parte, responsables de mantenerlo con el nuestro.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de marzo de 2007

DEJE QUE ME SALVE YO


Con motivo del Estatuto de Autonomía de Andalucía, el colectivo de obispos de la comunidad andaluza ha emitido un comunicado con opiniones que, aunque legítimas, las considero no acertadas, bajo mi modesta opinión (Diario Sur, 24/1/07). Yo solo tengo este medio para comunicarme con las personas que quieran leerme y a él recurro para emitir también mi legítima opinión y reflexiones, si es acertada o no es cuestión de criterios siempre respetables.


MONSEÑOR, DEJE QUE ME SALVE YO.

Apreciado Monseñor:
(Léase también Rabino, Imam, Pastor o cualquier dirigente religioso)

Quiero agradecerle su intención de erradicar de este mundo todo aquello que represente tentación para mi alma. Soy consciente de que existen a mi alrededor cantidad de pruebas que el Señor ha puesto para que yo me dignifique ante Él, para que pueda vencer las tentaciones por mí mismo y crezca en mis virtudes con ello. Cada superación de la tentación es el nutriente que hace crecer a mi alma, que me dignifica y enaltece preparándome para entrar en el Reino de los Cielos. Pero si usted se empeña en apartar de mí las tentaciones, en eliminar aquellas circunstancias que, bajo su parecer, pueden perderme, nunca conseguiré elaborar un espíritu sublime que merezca tal consideración. Supongo que, desde un punto de vista egoísta, usted pretende salvarse a sí mismo a través de mi pobre salvación, a mi costa, dejándome pequeño y borderline al no permitirme que crezca. No sea egoísta, no pretenda llegar al cielo siendo el gran valedor de esas pobres almas de los que no tienen capacidad de discernimiento. Ayúdeme a ser grande, a poder discernir por mí mismo, a tener solvencia crítica aunque su propio prestigio caiga con ello. Yo quiero llegar al Cielo por haber sido capaz de superar las pruebas que la vida me ha puesto en el camino. Jesucristo se fue al desierto y durante cuarenta días, creo haber leído, se enfrentó a la tentación y la superó. Esa prueba le dignificó más, si cabe, ante los ojos del Padre. Si hubiera sido por usted seguramente habría eliminado y erradicado previamente al elemento tentador.

Yo, por desgracia o por suerte, no tengo su fe. Si tuviera fe tendría la suerte de creer en otra vida de premio por mi sacrificio, o de castigo. Andaría preocupado pensando en las cosas que hago mal y en el castigo que me reportarán, en las que hago bien y en su beneficio. Posiblemente me plantearía una estrategia inversora de cara al futuro y, a ser posible, sería bueno para recibir el premio. Además, tendría la alegría de saber que usted está ahí para perdonarme y salvarme en confesión, para dirigir mis pasos como pastor y yo como oveja, (que, por cierto, no me suena bien), por lo que podría permitirme, incluso, ser malo. Pero, por otro lado, no tendría la autonomía crítica para desarrollarme personalmente si acepto todos los planteamientos de radicalismo religioso que usted defiende. La fe es algo que se siente o no, pero no se impone mediante el miedo, la coacción o la descalificación. En otros tiempos los autos de fe se encargaban de purificar las almas y enseñaban a que atenerse cuando no se compartía y mantenía esa fe. Por suerte hoy no existen. A estas alturas, teniendo en cuenta que la religión y su credo es un acto de fe, cuesta pensar que algunos eruditos de mente abierta no se cuestionen determinados aspectos de la fe en cualquier religión o creencia, que no estén por acercarse a los demás y debatir sobre la esencia del ser humano sin imposiciones previas. Si las religiones se estructuran en torno a la fe y existen variadas orientaciones o “FES”, deberíamos hablar, desde cada religión, para los que creen en esa religión, respetando a los que no creen. Si hablamos para los demás deberemos estar dispuestos a recibir críticas, que no es otra cosa que opiniones encontradas, pero con disposición al entendimiento y renuncia a los errores si se demuestran.

Los valores éticos y morales de nuestra sociedad no tienen que ser forzosamente religiosos, han de ser sociales, que garanticen la convivencia en igualdad de condiciones. La soberanía política y administrativa radica en la gente libre, ellos eligen en quien delegar para legislar de forma universal. Los legisladores dan respuesta a las demandas sociales de forma dinámica, donde la evolución social, a veces vertiginosa, va por delante. Es difícil enmarcar la convivencia en estos momentos, donde el mundo anda revuelto precisamente por los integrismos religiosos, políticos, patrióticos, separatistas, etc. donde el concepto de tolerancia se está perdiendo apoyado en intransigentes personajes que ostentan el poder, o lo pretenden ostentar, en todo el mundo. Por ello, deje que se legisle desde el laicismo. Deje que yo decida cuál es la religión que se aproxima más a Dios. Deje que me guíe por otros principios humanos de convivencia, donde la tolerancia dé cabida a todas las ideas que respetuosamente se manifiesten. Deje que crea o no en ese dios que usted defiende. No creo en ninguno de los dioses que se pregonan desde las distintas religiones y, por ello, no me siento mala persona, sin principios ni valores humanos, éticos y morales. Me siento profundamente humano, abierto a los demás y respetuoso con su cultura; con mis propias contradicciones, pero con un objetivo de superación que dignifique, no solo a mi persona, sino a la sociedad que pertenezco. Puede que tenga cierta tendencia gnóstica cuando miro para mi interior y veo la vida en un sentido integral y pienso que, al igual que he de conservar mi especie, he de conservar su entorno y mantener el equilibrio en el espacio universal que la sustenta y leo, en los principios que surgen de mi interior, las capacidades para adaptarme al colectivo que pertenezco, sintiéndome una pequeña parte del universo, sobre el que intento volcar mi compresión; busco, en pocas palabras, la “Bonhomía”, mi espiritualidad sin su interferencia, mi maduración personal, los valores universales, en el convencimiento de que la suma de los aportes individuales pueden dignificar el mundo.

Al Cesar lo que es del Cesar… No sé si lo recuerda. Desde el punto de vista político las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Se ha pasado de súbdito a ciudadano. Súbdito es el sumiso y obediente, que acepta el poder y la soberanía de los dirigentes, que no participa en su elección y le vienen impuestos por la fuerza, la tradición o mecanismos ajenos que no controla, donde se incluye: “por la gracia de Dios”. Ciudadano es, para mí, sinónimo de soberano, que delega dicha soberanía y capacidad de decisión en otras personas mediante el voto prestado en una decisión reversible en el tiempo. El dirigente o representante acumula un peso en función de la cantidad de delegación o confianza que depositan en él, y nosotros aceptamos el juego de la mayoría dentro de una Ley Magna, que nos hemos dado y que podemos modificar en cualquier momento, siguiendo un proceso determinado. Asumimos las decisiones de aquellos a los que hemos habilitado con nuestro voto, pero tenemos la posibilidad de revocar la confianza en las próximas elecciones. Pero los dirigentes religiosos, a los que no elegimos, no nos representan, no deben intentar la imposición de sus principios a toda la ciudadanía. El representante religioso es un referente importantísimo para los creyentes de su religión, donde la sumisión se justifica en la autoridad que este ejerce “por la gracia de Dios”, pero carece de legitimidad para aquellos que no comparten sus creencias.

Por tanto, querido Monseñor y demás, dejen que decida con quien comparto mi sexualidad, si me divorcio o no, si uso o no el preservativo, no me condene, pues usted no tiene autoridad para ello, ya que no se la he dado. Deje que yo decida a riesgo de equivocarme, ya pagaré por ello si no actúo correctamente. Deje que la ley, fruto de un parlamento democrático, decida y oriente mi conducta dentro de los principios de la convivencia social pluricultural. Por último, le pido “su permiso” para que mis hijos, aún en la escuela religiosa, puedan recibir formación sobre la convivencia ciudadana, la historia de las otras religiones y entiendan la diversidad y el diferencial que presenta la sociedad para que, de esta forma, puedan comprender mejor a sus semejantes, sus amigos y vecinos. Si después de ello descubren la fe, “chapeau”, me quitaré el sombrero. De esta forma es como entiendo el futuro de nuestro mundo, de lo contrario estamos condenados al enfrentamiento.

Esperando que me comprenda, reciba un afectuoso saludo.
Fdo: Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de febrero de 2007

Clima laboral ... en busca del paraiso perdido

Estas reflexiones están dedicadas a mi amigo José Luis Molino, que con su provocación me obligó a meditar sobre el tema para, así, publicarlas en la revista de la Escuela Universitaria de Enfermería de Cartagena, adscrita a la Universidad de Murcia. Espero que podáis criticarlas, asimilarlar y mejorarlas en aras de su objetividad.
CLIMA LABORAL … EN BUSCA DEL PARAÍSO PERDIDO.

Desde pequeños se nos pregunta qué queremos ser de mayores, a qué nos gustaría dedicarnos, cuál es la profesión que elegimos para participar en el desarrollo del colectivo social al que pertenecemos. Nosotros, cargados de fantasía e ilusión, nos definimos por una actividad determinada. Desde este momento idealizamos esa profesión como algo que nos llevará a la felicidad y al prestigio, al reconocimiento y la autosatisfacción. Su ejercicio será el paraíso de nuestra adultez.

Cuando iniciamos los estudios o preparación para ejercer la profesión, nuestra imaginación dibuja un campo de acción y de relación con el entorno que adornamos hasta crear un contexto de felicidad. Muchas veces, este contexto imaginario, se desmorona a las primeras de cambio, en cuanto mantenemos contacto con la realidad del ejercicio profesional. Encontramos gente “quemada” que nos habla de las dificultades, de las incompetencias ajenas (por lo general no de las propias), de lo dura que es la profesión y de un conjunto de cosas que nos hace pensar habernos equivocado. Nosotros, que vamos con la mente abierta, buscando aprender de todo y de todos, asimilamos las buenas y las malas disposiciones, las actitudes y las razones que las puedan sustentar, sin darnos cuenta de que la vida del sujeto que nos informa o influye es distinta a la nuestra, que nuestro principal objetivo es preservar nuestra identidad y potenciar nuestras actitudes para que la profesión imaginada sea una realidad. Es decir, no cribamos esos mensajes de desengaño para ubicarlos en el sujeto emisor exclusivamente y asimilamos su análisis personal como algo real y extensible a todo el mundo, sin considerar que sus circunstancias personales son, eso, personales e intransferibles y sus conclusiones resultado de sus vivencias en conjunción con su personalidad y demás circunstancias que lo identifican como un ser diferenciado.

Encontramos en nuestro entorno profesional gente variada. Sujetos ejemplares que trabajan con alegría y entrega, convencidos de que su realización y evolución personal pasa por el “bienhacer” en su profesión, que la interrelación es un instrumento terapéutico de primera magnitud en el caso de la enfermería (que fue la profesión elegida por mí), y que la instauración de un clima laboral positivo lleva a un mejor desenvolvimiento de la activad profesional, potenciando las relaciones humanas, la mutua ayuda, la integración, el compañerismo, y un sinfín de elementos que facilitan dicha actividad. Por el contrario, existen sujetos ponzoñosos, a los que ya me he referido, que solo se desenvuelven bien en situaciones de tensión, crítica continua, culpabilizando a los demás del mal funcionamiento de todo en una extraña justificación personal (concepto psicológico de externalidad defensiva), donde ellos son jueces de los actos ajenos y nada críticos con los propios. Son detractores de la plantilla, de los procedimientos, de otros estamentos, de los/as supervisores/as, de la dirección y de los propios pacientes y familiares. Toda esta crítica la hacen desde la cátedra del “no hacer nada”, sin comprender que ese tiempo que emplean en su discurso es el que deberían estar usando para otras actividades propias del oficio. Son sembradores del desánimo. Parece que busquen aliados para no estar solos en su apatía y descalifican insidiosamente a los que tienen actitudes constructivas. Aunque es cierto que entre uno y otro prototipo, por suerte, hay estadios intermedios, donde se ubica la mayoría del personal.

Pues bien, dicho esto, hemos de considerar cómo influyen todos estos posicionamientos en el clima laboral. Si reconocemos a la organización como un contexto ambiental de los comportamientos individuales y grupales y que este entorno es psicológicamente significativo para sus miembros, colegiremos que el clima laboral, u organizacional, tiene un peso específico importante en el desenvolvimiento de la organización como sistema, donde interaccionan un conjunto de atributos que determinan el ambiente de trabajo. El clima referido a la organización es algo así como su salud organizativa.

A partir de aquí cabe hacerse algunas preguntas: ¿Cómo me afecta psicológicamente el clima laboral?, ¿Qué puedo hacer para mejorar el clima de mi unidad de trabajo?, ¿Quiénes son los sujetos ponzoñosos que contaminan ofreciendo la manzana del desencanto?, ¿De quien tengo que aprender para mantenerme sano mentalmente y motivado?, ¿Qué necesito para irme a casa diariamente con la satisfacción del trabajo bien hecho?, ¿Qué puedo y debo hacer para que mis relaciones interpersonales en mi equipo y con los usuarios del sistema sean constructivas y enriquecedoras?

Como elemento de partida, yo rechazaría cualquier iniciativa que me lleve, a medio o largo plazo, a “tirar por la borda” mis ilusiones profesionales y a quemarme, puesto que estudié y planifiqué mi vida para desarrollarme plenamente a lo largo de mi existencia y el trabajo forma parte de ella en un elevado porcentaje. Por tanto, desplegaría capacidades y actitudes que facilitaran el afrontamiento de las demandas que se me planteen. Eludiría los sujetos ponzoñosos y bebería de la experiencia de aquellos otros que, con su conducta, me demuestran su propia realización personal y satisfacción con el trabajo. Intercambiaría experiencias y asumiría aquellas que me refuerzan en mis capacidades de afrontamiento y que me permiten un mejor desempeño de mi actividad. Puedo identificar aquello que más me satisface y motiva y compartirlo con mis compañeros. Siguiendo a Herzberg y su teoría bifactorial de la motivación, me preocuparía preferentemente de los siguientes factores:
• Logros de metas y objetivos.
• Reconocimiento por los logros.
• Trabajo con contenido e interés.
• Mayores responsabilidades.
• Progreso y perfeccionamiento en el trabajo.
• Relaciones interpersonales con mis compañeros, pacientes y sus familiares.

En resumen, y justificando la aparición en el título del concepto paraíso, intentaría que mi trabajo mantuviera un clima donde el crecimiento personal y profesional fuera una constante. Crearía un paraíso nutriente donde el positivismo triunfara sobre el negativismo. Todas y cada una de las cosas que integran la vida tienen una lectura positiva para los inteligentes, de todas podemos aprender mediante el análisis crítico, maduro y serio de ellas. Con ello mi maduración personal y profesional, mi desarrollo, mi autorrealización y mi satisfacción estarán garantizados.

En ese paraíso huiría de la oferta de manzanas podridas, cargadas por la envidia, la apatía, la no implicación, el cinismo, la crítica irracional, los conflictos interpersonales irresueltos y todos aquellos elementos negativos que abocan al infierno de un clima laboral insoportable, que trasciende a tu vida familiar y social, que te achicharra día a día hasta quemarte y hacerte renegar de aquella profesión que un día te ilusionó, a la que dedicaste parte de tu juventud para formarte cargado de esperanza en el futuro. Al menos, que conmigo no cuente para destruir mi propio proyecto. Yo velaré por mi salud mental y mi equilibrio, para desarrollarme y conseguir mis propios objetivos de realización y maduración personal, de esta forma habré contribuido a una sociedad más justa y solidaria mediante el granito de arena que me corresponde, pero sobre todo intentaré trasmitir salud a todos los que me rodeen.

Estoy convencido de que en esta reflexión quedan otros muchos conceptos por barajar para buscar ese paraíso, como tolerancia, comprensión, empatía, criterio, conocimiento, asertividad, etc. pero eso lo dejo para la reflexión propia y personal de cada uno. La singularidad y el autoconocimiento, amigo lector, hacen que no existan recetas milagrosas de aplicación general. Siempre aparecerán sutilezas que nos diferencian de los demás. Cada uno, pues, debe buscar sus propias recetas, pero aconsejo que no nos desprendamos de una buena dosis de “bonhomía”. Otro día, si te parece, hablamos de los otros elementos de la organización interesados en el tema y de cuales pueden ser sus aportaciones a este paraíso.
Antonio Porras Cabrera

viernes, 26 de enero de 2007

OTRA FORMA DE TOCAR EL CLAXON

Después de las reflexiones anteriores sobre el "pitofácil", he llegado a la conclusión de que no siempre son los mismos motivos los que provocan el toque de claxon. Esto me lo mandó una amiga, que debió vivir esta impresionante experiencia, deléitate con ella.
EL SEÑOR ES MI PASTOR

El sábado pasado fui a una librería cristiana y vi una pegatina que decía: “Toca tu claxon si amas a Jesús". Me sentía un poco deprimida porque acababa de asistir a una presentación de nuestro coro que había salido fatal. Asistí además a una reunión de oración. A pesar de todo, compré la pegatina y la pegué en el parachoques trasero de mi coche. Oh! Me puse tan contenta de haberlo hecho, porque después de eso tuve una experiencia inolvidable.
Al parar en una luz roja de una intersección muy transitada, empecé a pensar en el Señor y en lo bueno que es. No me di cuenta cuando la luz cambió. Es bueno saber que alguien más ama a Jesús porque de no haber sonado su claxon, nunca hubiera visto que la luz estaba verde. Pude darme cuenta de que mucha gente ama al Señor porque cuando estaba a punto de arrancar una persona empezó a tocar su claxon como loco y abriendo su ventana gritó, "¡Por el amor de Dios"...! Yo, completamente arrobada, no me movía de allí y de repente todos empezaron a tocar su claxon.
Era fantástico ver la cantidad de gente que ama al Señor anónimamente. Saqué mi cabeza por la ventana y empecé con mi mano a saludar y sonreír a toda esa hermosa gente que expresaba tan fervorosamente lo que sentía por Jesús. ¡Hasta toqué mi claxon unas cuantas veces para compartir aquella demostración de amor!
Vi a un hombre saludándome de una manera muy chistosa, tan solo con el dedo de en medio estirado y los demás doblados. Mi hijo venía en el asiento de atrás y le pregunte que quería decir eso y me dijo que era un saludo hawaiano para desear buena suerte o algo así. Le creí pues yo nunca antes había conocido a nadie de Hawaii.
Una vez mas me asomé por la ventana y rebosante de felicidad le devolví a aquella persona el saludo de la buena suerte. Mi hijo se echo a reír, hasta él estaba disfrutando de aquella maravillosa experiencia religiosa. Algunas personas estaban tan llenas de regocijo que bajaron de sus coches y enfilaron hacia mí. Estoy segura de que querían felicitarme, orar conmigo o tal vez preguntarme a que iglesia iba yo. Fue en ese instante cuando salí de mi éxtasis y me di cuenta de que la luz había cambiado a verde nuevamente. Les dije adiós efusivamente a todos mis hermanos y conduje mi auto a través de la intersección.
Me di cuenta de que solo yo había logrado pasar, ya que la luz cambió en ese instante a rojo y me sentí un poco triste de tener que dejar a todos atrás después del hermoso momento de amor que habíamos compartido. Así que paré mi coche y asomándome por la ventana con mis dos manos, le envié a todos el saludo hawaiano de la buena suerte que acababa de aprender.
¡Oh! Que grande es el Señor por tener tan bellos seguidores.
Antonio Porras Cabrera

LOS PITOFACIL

LOS “PITOFÁCIL”

Por supuesto que no hablamos de promiscuidad. Me quiero referir a aquellos sujetos que son propensos a tocar el claxon ante la más mínima ocasión. Si vas lento, si pisas la raya, si no arrancas con su diligencia, etc. Son irritantes en un principio. ¿Por qué esa obsesión por corregir e imponer a todos los demás su forma de conducir, su prisa y su estrés? El hecho es que, a veces, lo consiguen. Caes en la trampa y le respondes con un toque de claxon, aceptando el reto. Sin darte cuenta entras en una escalada simétrica que debes controlar para no acabar bajándote del coche e iniciar una competición de tortazos. El acaloramiento es la madre de todos los conflictos, y la desproporción de la respuesta está en relación directa con el nivel del mismo. Qué sabio es el pueblo cuando dice: “cuanta hasta diez antes de responder”. Desde hace tiempo he llegado a la conclusión de que lo mejor es no competir entrándoles al trapo. Cuesta conseguirlo, pero si analizas la personalidad de estos sujetos, posiblemente, llegarás a la misma conclusión.
Cuando un sujeto reta a su entorno es que tiene la necesidad de demostrarse a sí mismo y a los demás, que es poderoso, que es mayor, adulto, realizado y que está por encima de los demás. Esa necesidad se da cuando uno no tiene la certeza de ello y lo ha de contrastar continuamente. O sea, se observa en el proceso de maduración y es una herramienta evaluativa para ir afirmándose.
Por otro lado es un signo de intolerancia, que reafirma la inmadurez. Las personas maduras suelen ser tolerantes y capaces de entender los diferentes planos y diferencias, que existen entre los seres humanos, en cuanto a sus conductas y apreciaciones. Respetan esas diferencias y beben de ellas para enriquecerse.
Últimamente, intento identificar el prototipo de sujeto “pitofácil”. Suele ser joven, de mirada despectiva, actitud chulesca, provocador, con vehículo llamativo y mala y arriesgada conducción. No es un caso a imitar. Suelen ser bastante peligrosos para la conducción. Su disposición estresada y estresante debe generar, bajo mi opinión, una reflexión más madura que nos permita no entrar al trapo, como decía, ni dejarnos influir por su provocación. Tomar con calma estas cosas nos permite repeler el estrés que nos intentan provocar.
Hoy me ha tocado el pito, perdón, el claxon, un chaval joven para que arrancara en un semáforo, cuando lo he hecho me ha adelantado por la izquierda como un rayo, ha hecho un par de maniobras arriesgadas y ha desaparecido de mi vista. Me pregunté adónde iría o si estaba haciendo un ejercicio de maduración. Entonces entendí que debía dejarlo madurar sin ofuscarme por la situación, y llegué a casa, tome una copita de rioja, brinde por su maduración, comí y me puse a escribir estas reflexiones para compartirlas contigo.
Antonio Porras Cabrera

martes, 9 de enero de 2007

NOSOTROS Y CARLOS HAYA



CARLOS HAYA, 50 AÑOS DE HISTORIA

Estaba viendo en TV española un programa sobre su 50 aniversario. En él se hace un repaso a los acontecimientos de los últimos 50 años, que han sido transmitidos por la televisión pública, y que han significado la gran transformación de nuestro país y nuestra sociedad, acercándonos a la democracia, a Europa y a las tecnologías y el desarrollo, incrementando nuestro nivel de vida y permitiendo una economía integrada en la esfera occidental a través de la UE.

Esto me ha hecho reflexionar sobre otro cincuentenario que nos afecta más directamente a los malagueños y que viene siendo protagonista a lo largo de 2006. Es el 50 aniversario de nuestro centro hospitalario por excelencia, Carlos Haya.

Si tuviera que identificar los distintos factores vanguardistas que permiten que una sociedad evolucione, me referiría a la educación, la sanidad y la libre comunicación. En este sentido, en nuestra ciudad existen elementos de referencia en estas tres dimensiones. Por un lado, nuestra universidad, que se ha ido consolidando a través de estas décadas como un dispositivo de primera magnitud en el desarrollo de Málaga y su provincia y de la cual me siento orgulloso, como integrante de su cuadro de profesores. Por otro lado, he de centrarme en lo que ha significado Carlos Haya como referente en la mejora del proceso asistencial que hemos vivido. Nuestro “gran hospital” ha pasado a ser uno de los pioneros de España en sus distintas especialidades. Su prestigio es reconocido a nivel nacional e internacional, y todos los profesionales que integran su plantilla se deben sentir orgullosos de este logro colectivo. Yo, como integrante del mismo desde el año 1978 hasta mi jubilación en 2005, ya en la actividad docente, pero ligado a la asistencia a través de la Escuela Universitaria de Ciencias de la Salud, así lo siento. En tercer lugar, me viene a la mente los medios de comunicación, como la TV y la prensa, que en nuestro caso se representa, de manera muy especial, en el Diario Sur, que a través de los años nos ha acompañado dándonos la información necesaria para crear opinión y permitir una mayor y mejor capacidad de discernimiento en relación a los acontecimientos de nuestro entorno.

Hemos vivido, a lo largo del presente año, diversos hechos que nos han ido recordando el 50 aniversario de nuestro hospital, su historia y como ha ido evolucionando el sistema sanitario, representado en Carlos Haya. Personalmente, entiendo que el proceso evolutivo es la consecuencia de una sinergia de todas las fuerzas que conforman el sistema: los gestores, los profesionales y los usuarios. Por tanto, quiero, desde aquí, rendir un sentido homenaje a todos los integrantes que, a través de su historia, han permitido, potenciado e implementado esa actividad progresiva que ha situado a nuestra sanidad en el lugar que hoy ocupa. Creo que, sin desconsiderar los distintos reconocimientos que, de forma oficial, se puedan haber producido a lo largo de este año hacia los colectivos que han sustentado el sistema durante los 50 años mencionados, todos ellos bien merecidos, cabe hacer mención pormenorizada a aquellos grupos que, durante este periodo, de los que tengo especial constancia por el ejercicio de mi actividad como Supervisor General del centro y Subdirector de Enfermería en los años 80 y por otros referentes posteriores, han demostrado su denodado esfuerzo para hacer de nuestro hospital un ejemplo a seguir. La calidad del servicio que se presta no es producto exclusivo de la alta tecnología y del conocimiento científico. El trato del personal, la limpieza, la diligencia, la alimentación, el buen funcionamiento de las instalaciones, etc. complementan lo anterior para proporcionar esa calidad percibida por los usuarios.

De todas formas, el motivo de mi reflexión no es el relato pormenorizado de hechos o circunstancias que acompañaron la evolución de Carlos Haya. Yo quiero llamar la atención sobre un aspecto personal que nos debe afectar a todos los que, de una u otra forma, nos hemos sentido integrados en este proyecto común. Todos hemos evolucionado profesional y humanamente bajo la sombra y el paraguas del hospital. Si bien la situación actual es la suma o resultante de los esfuerzos de todos, también nosotros hemos cambiado y nos hemos desarrollado a la par. Ha sido un intercambio enriquecedor, donde hemos dado lo mejor de nosotros y hemos recibidos la recompensa del aprendizaje y realización personal a través del flujo de la comunicación y las vivencias, compartiendo los conocimientos y experiencias en los distintos campos.

Quiero, por tanto, dar las gracias al hospital por haberme permitido conocer, relacionarme y querer a mis amigos y amigas, por haberme dado los conocimientos técnicos y humanos que poseo en relación al ejercicio de mi profesión, por haberme permitido crecer de forma responsable, por dejarme servir a mis conciudadanos en un campo tan complejo y, a veces, dramático como la salud y la enfermedad. No puedo olvidar que el ejercicio de mi profesión me ha permitido empatizar con mis semejantes, conociendo y entendiendo su sufrimiento, sus temores, miedos e ilusiones. Creo, sinceramente, que el hospital me ha hecho más comprensivo, solidario, racional y estable emocionalmente; me ha permitido reflexionar sobre la vida y la propia existencia y me ha dotado de un positivismo que me ayuda, en mis actuales circunstancias, a superar mi propia problemática de salud. En suma, me ha hecho más humano.

Por todo ello, vaya por delante mi homenaje personal en este año, libre y sincero, a todos los colectivos que integran nuestro hospital Carlos Haya, porque algo de ellos llevo dentro de mí, formando parte de mi propio ser, y de todos aprendí. Carlos Haya fue una de mis escuelas en la vida, por lo que siempre le estaré agradecido.

Antonio Porras Cabrera

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