sábado, 13 de junio de 2026

La certeza del ignorante

 Opinión | Tribuna

Por: Antonio Porras Cabrera

Publicado en el diario La Opinión de Málaga el día 13 JUN 2026 7:00

Enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2026/06/13/certeza-ignorante-131350591.html

El exceso de información y la facilidad para asumir relatos ajenos llevan a la 'posverdad', dificultando la valoración crítica de los contenidos

Muchos bulos provocan la injerencia extranjera en procesos electorales / El Periódico

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Hoy me doy un garbeo por las redes sociales, sobre todo por Facebook, ese campo virtual donde se vuelcan infinidad de sujetos dispuestos a desarrollar su visión de las cosas, a sentirse autorizados protagonistas de la vida sea personal o social. Podemos observar que el debate pierde su sentido cuando escasamente se encuentran argumentaciones consistentes a la hora de comentar un tema. Se entra al trapo con facilidad y, desde la certeza absoluta de estar en posesión de la verdad, se hostiga al oponente o divergente; mas no se hace desde el respeto y el discurso coherente para rebatirle y, a la vez, aprender, sino desde la descalificación y los prejuicios… incluso desde el insulto, que es el recurso por excelencia del ignorante. El debate no se entiende para aprender, sino para imponer el relato propio.

La defensa del relato político se ha trasladado a las redes sociales y de ellas beben, cada vez más, especialmente la juventud que, en muchos casos, anda atrapada por los llamados «influences», a los que se le otorga un excesivo crédito en función de sus habilidades comunicacionales más que por su exposición argumentada.

El vértigo del desarrollo

En las últimas décadas estamos sometidos a un vertiginoso vendaval. La gran cantidad de medios y la infinidad de noticias nos bloquean. Somos incapaces de digerir tanta información, lo que requiere un alto nivel de criterio selectivo para priorizar lo importante desde la razón, de lo contrario acabaremos arrastrados por las noticias que despiertan sentimientos y quedamos atrapados por la posverdad que no deja de ser una mentira, vestida de verdad, avalada por las emociones que despierta.

Esta especie de indigestión informativa nos aturde e intoxica. Para evitar el complicado proceso que requiere la valoración crítica de aquello que se nos oferta, optamos por asumir determinadas propuestas que halagan a nuestro ego, pues nuestra ignorancia nos impide ahondar más en la materia de discusión. Siendo cierto que nuestro conocimiento es universalmente limitado, hay materias en las que podemos sentirnos más autorizados que en otras. Decía Einstein: «Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas». Es inteligente considerarnos ignorantes y, a través de esa humilde concepción, abrir nuestra mente a la duda, que ejerce como senda del inteligente.

La visión de Bertrand Russell

Aludiendo a otro gran pensador, Bertrand Russell, retomo una de sus máximas: «Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas». Yo creo que en el fondo siempre fue así, el ignorante necesita certezas para sentirse seguro y sostener su autoestima y coherencia mental. Es evidente que con sus limitados recursos intelectuales, difícilmente conseguirá pergeñar de forma argumentada un pensamiento libre; por tanto asume el ajeno como propio. De ahí que el poder siempre cultivara el analfabetismo del pueblo como forma de dominio a través del monopolio del conocimiento sustentado en las esferas aledañas y aliadas al mismo.

En este caso, el valor argumental lo define el reconocimiento que el sujeto otorgue al emisor, dando por sentada su autoridad en la materia. Cuando identifica esos argumentos como válidos, sin considerar la evidencia científica, y los introyecta y asimila como verdades, se aferra a ellos como un salvavidas y los defiende a capa y espada. Esos es lo fácil, lo que menos complica asumiéndolos como dogma de fe. Entonces se pueden convertir en un «pensamiento enquistado resistente a la argumentación lógica», con lo que cualquier apertura a nuevas ideas acabaría desestabilizando su estructura argumental y, por consiguiente, afloraría un conflicto interno, una disonancia cognitiva, que desestabilizaría su sistema de valores. Pero hete aquí que en su defensa podrá utilizar un interesante mecanismo como el «sesgo de confirmación» por el que despreciará los argumentos que ataquen a sus ideas enquistadas y asumirá, como confirmación de su verdad, aquellas que le den consistencia a las ya instauradas, por muy sibilinas que fueren, siempre en defensa de su coherencia interna. Decía Mark Twain que «Ninguna cantidad de evidencia logrará convencer a un idiota».

La segunda parte de la aseveración de Russell, dice que «los inteligentes están llenos de dudas». Es esa duda de los inteligentes la que ha hecho avanzar al mundo del conocimiento, esa necesidad de confirmar las hipótesis científicas que sirvieron como base de una investigación, asumiendo humildemente un resultado final clarificador, al menos por el momento y con esas variables o premisas. La idea de ver más allá de lo que se observa a simple vista permite ahondar al inconformista, al insumiso, al «dudante», al buscador de la verdad más allá del dogma; al que, desde la mente abierta y permeable, conociendo sus limitaciones, está en disposición de someter el pensamiento al tamiz de la razón y de la lógica.

La importancia de la duda buscando la verdad

Gracias a quienes investigan, razonan, dudan y descubren, hemos evolucionado. Si hubiéramos persistido en el dogma, en la ignorancia sumisa al credo, estaríamos creyendo que las serpientes hablan y tientan, que las murallas de Jericó cayeron por un toque de trompeta, que el sol gira a nuestro alrededor, que las pandemias son castigos divinos, o que las gallinas pueden cantar después de asadas. Sin aquellos que buscan e investigan, que cuestionan todo desde su ideación creativa del pensamiento humano, a los que José Ingenieros, el filósofo argentino, define como idealistas, estaríamos anclados en la historia.

Comprender el tiempo en que nos movemos, en este mundo de gran incertidumbre, de inseguridad e inestabilidad, donde el ignoto futuro tiene un alto nivel enigmático, es tarea complicada donde resbalan hasta las mentes más lúcidas. No sabemos si las nuevas tecnologías y todo lo que acarrea esta cuarta revolución industrial, será en beneficio de un humanismo que hoy agoniza en una evidencia perceptible a simple vista. Pero sí sabemos, o al menos lo intuimos, que se está desarrollando la batalla por el dominio del futuro, a través de la conformación de una sumisa opinión pública, donde el combate se dé entre ellos y no contra de la tecno-oligarquía que pretende asaltar el poder.

La lucidez, un hándicap para la felicidad

Pérez Reverte pone en boca del Capitán Alatriste la frase: «Ser lúcido y español siempre aparejó mucha amargura», frase que hoy se puede globalizar viendo el percal que se vende, dado que se va imponiendo la ley del más fuerte a través de la colonización del Estado por los oligarcas. Nos harán odiar la verdad, como dice George Orwell: «Cuanto más se desvié una sociedad de la verdad, más odiará a aquellos que la proclamen». Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz) va un poco más allá: «Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido».

Hablando de la lucidez no me gustaría dejar de referirme a mi admirado José Saramago y a su novela, o fábula sociopolítica, sobre el descontento democrático: Ensayo sobre la lucidez. La novela plantea una crisis de poder cuando la mayoría de los ciudadanos de una capital votan en blanco como protesta, reaccionando el gobierno con represión, paranoia y persecución hacia la población en lugar de escúchalo. La verdadera «lucidez» la asume el pueblo que desafía a un sistema diseñado para someterlo, queriendo poner en evidencia que el verdadero peligro reside en las cloacas del poder corrupto.

Mas esa lucidez parece ausente en nuestra sociedad. Según Mark Twain: «Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada». En cierto sentido estamos en la cultura de la mentira. Desde pequeñitos se nos miente, ya sea con los Reyes Magos, con el Ratoncito Pérez o con los cuentos que nos introducen en esa sociedad condicionante. Hasta tal punto que Henrik Ibsen, el dramaturgo noruego padre del drama realista moderno, se permite decir: «Quítale a un hombre vulgar la mentira de la que vive y le quitarás la poca felicidad que le sostiene».

Querido lector, o lectora, la lucidez hoy es un hándicap para conseguir la felicidad, porque cuanto más claro lo ves todos más te repugna quienes dominan el mundo, sus tretas y estrategias canallescas. Eso sí, no vayamos a tomar la decisión de Stefan Zweig y señora al ver como el nazismo iba ganando la Segunda Guerra Mundial en 1942, optando por suicidarse para no vivir esa hecatombe cultural y social, habrá que afrontarlo con el juicio requerido.

 

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