Previamente os presento un slide con fotos antiguas, de aquellos tiempos. Las recopilé para una exposición que hice hace un par de años y otras las saqué de Internet. Las que fueron a la exposición están tratadas con photoshop. Espero que os gusten y os ubiquen en el ambiente que se vivía en aquellos años...
Corría 1959 en una España marcada por un régimen salido de una guerra, donde los perdedores habían sido demonizados, denostados, marginados y excluidos de todo derecho, incluso del derecho a la vida si habían luchado en el bando del gobierno de la república. Los ganadores se afianzaron en el poder y lo demostraban de forma sistemática. Eran los dueños del país, de sus tierras y comercios, de sus cambalaches y del estraperlo, actuando con desvergüenza y despotismo. Una alianza, marcada por la historia más arcaica, se había reavivado entre la iglesia y el poder fáctico del ejército y los terratenientes, los facciosos y monárquicos, la derecha más reaccionaria y los tradicionalistas. La religión velaba por la moral y las creencias que garantizaban el sostén de la ideología política. El poder se ejercía desde el entramado sociopolítico de los grupos dominantes arropados por un ejército “triunfante”, sumiso y leal al régimen. Se habían impuesto gracias al apoyo y a la fuerza destructora del Tercer Reich, gobernado por el nacionalsocialismo (nazismo) hitleriano y la Italia fascista de Musolini, que habían usado la guerra civil como campo de ensayo para la segunda guerra mundial.
La arrogancia de los vencedores se potenciaba ante la humillación de los vencidos. En el sur, los campos de Andalucía, volvían a tiempos pretéritos dónde el caciquismo decimonónico se reinstalaba. El campesino esperaba, paciente y resignado, a que el capataz de turno le eligiera, en la plaza del pueblo, para poder trabajar los campos del señorito bajo el signo de la explotación y un ridículo salario que, muchas veces, no cubría ni las mínimas necesidades familiares. Ser adicto al régimen garantizaba cierto estatus que facilitaba la contratación y el trabajo. Ser contrario conllevaba, en muchos casos, el castigo del desprecio y la marginación laboral y solo ante la humillación se le otorgaba el don del trabajo.
En este marco, apoyado en el quicio de la puerta, un niño de ocho años observaba las calles de la aldea esperando la vuelta de sus padres del trabajo del campo. Denotaba cierta preocupación, su mirada extraviada y expectante a la vez, mostraba la angustia de la espera. El sol, con su misión cotidiana cumplida, se inclinaba suavemente sobre el horizonte buscando el descanso nocturno merecido. El día había hecho estragos en su aspecto y, la pulcritud matinal, dejada por el amor de la madre antes de su marcha a los campos, había dado paso a su aspecto desaliñado y churretoso. Cabeza rapada para ahuyentar piojos, sandalias de goma, pantalón corto marcado de manchas con parches y a la par zurcidos primorosos, camisa de corte casero repleta de lamparones producto de las travesuras, de sudor y tierra, de llantos y risas, de golpes y abrazos, de juegos de niños semiabandonados.
Al frente se yergue la nueva construcción de una caseta que ampara el transformador que ha modificado la aldea. Hasta ahora, junto a las chimeneas, solo las lámparas de carburo, quinqueles y candiles cargados de historia, había alumbrado las lúgubres noches de invierno. Aquella mágica luz que guardaba la caseta y fluía por los cables le maravillaba. Su padre le había explicado el extraño mecanismo del invento y empezaba a comprender, a su edad temprana, que aquello cambiaría la aldea, que las cosas ya no serían como antes. En su casa, la primera radio que había visto en su vida, le fascinaba.
Su padre sintonizaba emisoras, escuchaba el parte, se distraía con el cante flamenco y las voces de Antonio Molina, Juanito Valderramas, Antonio Mairena, La Paquera, La niña de los peines… Un sin fin de coplas y cantares que le alegraban el crepúsculo. Era un gran aficionado al cante; incluso cantaba en los encuentros con los amigos en el bar y durante las faenas del campo. Sus coplas estaban cargadas de pena, de amores frustrados, de amores de madre y de hijos. Otras veces eran de alegrías y cantos de vida, de holganza y requiebros, de enamoramientos.
Pero anoche fue distinto. Anoche observó a su padre buscando en la radio, con un sonido chirrión de honda corta, otra emisora. El volumen bajo, casi imperceptible si no estabas cerca. Al final una voz de mujer con tono chillón hablaba de Radio España Independiente, de la Pirenaica. Escuchaba proclamas extrañas, hablaban de Franco, ese hombre tan bueno según la maestra, que salvó a España de tantos males, de los malvados comunistas, de los que atentaban contra la religión y querían destruir España. Pero esta mujer no decía eso. Lo ponía de asesino, sanguinario, traidor y fascista, dictador amigo de Hitler y de Musolini. Pronto caería su régimen y volvería la república para liberar a los trabajadores del yugo del capital, pregonaba.
Entonces tuvo miedo. Miró a su padre con preocupación esperando respuestas, pero él seguía con la oreja pegada a la radio, como ausente embebido en el tono y el verbo de aquella señora que iba revelando cosas que no comprendía. Su madre no dejaba de repetirle que un día tendrían un disgusto, que alguien podía oírlo y decírselo a los civiles que le llevarían detenido al cuartelillo. Él ya sabía como se las gastaban los civiles, los otros niños mayores comentaban como actuaban; las palizas y amenazas, el desprecio y la soberbia que les caracterizaba para con los vencidos y el servilismo que practicaban con los vencedores.
Entonces el mundo cambió para él. Todas las noches, sin que su padre se diera cuenta, se acercaba a la radio para oír lo que decía aquella mujer y otros que hablaban. Disimulaba para que sus padres no notaran su interés, para que los civiles no pudieran descubrir que lo oía todo. Por la noche daba vueltas a las cosas intentando descubrir que había detrás de todo aquello. Perdió la fe en lo que decía la maestra, empezó a descubrir la injusticia y el abuso del señorito, a respetar al campesino explotado que rendía su gorra al paso del soberbio señor en su caballo. Le habían puesto en cuestión el sistema y el orden que lo mantenía. Aquello no tenía por qué ser así. Por primera vez vio al señorito en simetría con los demás y empezó a no comprender las diferencias; si su padre trabajaba la tierra más que el dueño, si los frutos que daban eran producto de su trabajo, por qué el señorito solo se limitaba a recoger los beneficios. Algo no cuadraba...
La verdad es que se acababa de sembrar una semilla. Esa semilla daría su fruto dentro de unos años. Esa semilla era la semilla de la duda, del cuestionamiento de todo, del pensamiento libre y de la búsqueda de la razón y el sentido de la vida. Había pasado del conformismo y de la entrega sumisa, al campo del librepensador, de la duda y la pregunta eterna. Había iniciado su huída de la mediocridad. En ese momento empezó a asimilar que su lugar no estaba en el campo al servicio del señorito, que debía estudiar para ser maestro, médico o cualquiera otra profesión que le sacara de allí, que le pusiera en otro lugar para comprender al mundo que se le había venido abajo. Tal vez la semilla del humanismo empezó a arraigar en su interior, ese humanismo sobre el que pivotaría el cambio de la España de los 70... ¡Cuántos niños fueron inseminados en esas circunstancias!...habría que dejar crecer ese árbol para recoger el fruto....
















