A mí me indujo a una reflexión sobre eso de “en el fondo”, pues hice una introyección e intenté deslizarme por mi interior buscando cómo era yo en realidad, en el fondo, a ver si descubría que elementos podían dilucidar mis pensamientos e ideas y cual era mi disposición anatomofisiológica para afrontar las experiencias y vivencia del subsistir. En suma, intenté buscar mi esencia, desvestido de prejuicios e ideas preconcebidas. Esas ideas que desde pequeñito nos van metiendo en el coco y van calando hasta condicionar nuestra vida, nuestra existencia. Son ideas que nos pueden hacer esclavos de tendencias, posicionamientos, convicciones o fidelidades a principios ajenos que nos fueron colocando en el proceso de socialización. Normas o creencias que debimos acatar y asumir como condicionantes para integrarnos en una sociedad injusta, discriminadora y arbitraria que nos obliga a competir para tener más y colocarnos por encima de los demás, en plan ostentoso, incluso vejatorio para con el semejante. Esas son las reglas del juego que metódicamente te enajenan y llevan, de forma inconsciente, a un combate que puede resultar interiormente displacente, pero que extrínsecamente es reconocido como exitoso. Por tanto, me desvestí de esos prejuicios para intentar hacer un análisis aséptico y limpio, aunque original.
Bien, pues en ese ejercicio de introducción en mí mismo, que te invito a realizar, fui intentando ver como estaba predispuesto mi organismo y cuales eran los acomodos estructurales que me orientaban en la percepción de mi entorno, en el proceso vital que daba razón a mi existencia.
Entonces vi que el sustento básico de todo mi cuerpo se canalizaba a través de mi sangre. La arterial, de color rojo por la hemoglobina, a caballo de mis hematíes, transportaba los nutrientes y el oxígeno que requería mis células para subsistir y cumplir con su cometido. El color azul, o algo más azul y menos rojo, se reservaba a mi sangre venosa, cuando venía cargada de toxinas y detritus procedentes de la metabolización celular y la combustión energética, cuando ejercía la limpieza de CO2 o anhídrido carbónico. Es decir, el rojo llevaba el nutriente y el livianamente azul retiraba las excreciones. Pero mirando el motor, es decir el corazón que bombea la sangre nutriente y purificadora, vi que estaba ligeramente situado a la izquierda.
Entonces me decidí a ahondar un poco más y pensé que, si la base de la comunicación y comprensión del mundo estaba en el análisis de los estímulos que recibimos del entorno, era imprescindible analizar la disposición de los receptores de esos sentidos, que nos informaban de lo que sucedía a nuestro alrededor.
A la sazón vi que tenía dos oídos, uno para oír a la derecha y otro a la izquierda con lo que podría poseer una información bastante precisa de lo que se emitía a ambos lados. Pensé, entonces, que había gente sorda de los dos lados, resultando sujetos que no escuchan a nadie, que se creen en posesión de la verdad absoluta y por tanto se cierran en sus propias creencias, sin contrastarlas con el estímulo que llega desde el exterior. Otros, aquejados la mayoría de las veces de hipoacusia unilateral, solo escuchan por un lado, al que le dan toda credibilidad y al otro lo obvian o no lo atienden, con lo que difícilmente podrá rebatirlo al no comprender su posición o empatizar con él. Suelen ser sujetos intolerantes, que tienen su beneficio en ese lado que escuchan, percibiendo a la gente del otro como enemigos, en lugar de complementos informativos dignos de analizar para sacar unas conclusiones de la vida, y de las cosas del devenir, de forma más precisa. Luego hay gente que escucha atentamente a ambos lados, sin importarle las burradas que pueda escuchar, salvo para rebatirlas y aclarar sus propios pensamientos consolidando sus ideas. Estas son las mentes abiertas a que tantas veces aludo.
También tenía dos ojos, uno a la derecha y otro a la izquierda para ver todo lo que me envolvía; de esta forma podría tener una visión completa de mi entorno. Mi nariz, donde albergaba el sentido del olfato, también tenía dos fosas nasales, a derecha e izquierda, para poder oler los efluvios que emanaban de ambos lados (no agradables en muchas ocasiones). Mis manos, una a la derecha y otra a la izquierda, intentaban saludar y tomar el pulso a ambos lados y, con el tacto adecuado, poder conjugar la harmonía de mi contexto. Lo mismo que pensé para los oídos, apliqué a los ojos, el olfato y las manos. Siempre había quien no lo usaba, quien solo usaba un lado y quien le sacaba el máximo jugo utilizando ambos lados.
Toda esta comunicación fluía a mi cerebro. Un único órgano que, aunque tuviera dos hemisferios, computaba, de forma coherente y centrada, la información. Era el encargado de darle sentido a todo, de conjugar todos los informes para estructurar un pensamiento constructivo que me ayudara a comprender el mundo y, por ende, a desarrollarme libremente y en armonía con mi entorno. El cerebro, pues, es el gran forjador de las ideas. Para que estas sean lo más cercanas a la realidad deben percibir la máxima información posible.
Pero mi entorno requiere comunicación, interacción para desarrollar la interactivación que permite el intercambio y flujo de nutrientes enriquecedores, que permitan el acercamiento y compartir experiencias y vivencias entre los sujetos que lo componen, que transmita esas ideas que elabora el cerebro. Si las ideas se quedan en el interior todo el proceso y el trabajo, desarrollado por la mente, solo servirá para el sujeto, sin trascender al exterior para que otros las conozcan, analicen y compartan
Entonces tendría que darle protagonismo a esa comunicación, con la que formular los mensajes que nos permitieran el flujo de las ideas, pensamientos y argumentos para entendernos y complementarnos los unos a los otros. Para eso esta la voz, el verbo que fluye, o debe fluir, libremente manifestando el resultado de esa computación cerebral. Solo tengo una boca, una laringe para modular mi voz y decir aquello que debo expresar. Ello indica que he de ser asertivo y veraz, convencido de lo que pienso y capaz de comunicarlo con respeto y consideración hacia los demás, compartiendo sus propios pensamientos y abierto a entender y comprender sus mensajes en base a la razón que los sustentan. Ser libre implica no dejarme avasallar por los sonidos de uno u otro lado, sino ser capaz de discernir por mis propios medios, sin dependencia a consignas externas establecidas por otros.
Mi cuerpo me acaba de dar una soberana lección. Su disposición me ha enseñado que todos mis sentidos están orientados hacia la comprensión del entorno, sea cual sea la procedencia del estímulo y que debo aprovechar esa disposición para sacar la máxima información que me permita un análisis coherente y veraz con la que fraguar mis principios y valores humanos. Que el color predominante de mi interior es el rojo de mi sangre nutriente, que porta la vitalidad. Finalmente he de reconocer que mi corazón, como motor de la vida está ligeramente inclinado a la izquierda.
Si mi cuerpo, fraguado a lo largo de siglos y milenios, se ha dispuesto así, llevado por los avatares y las vicisitudes de la existencia de mis antepasados… ¿No me estará orientando en mi actitud ante la vida?


















