Ando dando vueltas al asunto de la relación de pareja, al amor, buscando elementos que aclaren o sirvan para entenderla mejor. Para que, desde un punto de vista racional y realista, puedan proporcionar sustento a las ideas que vamos desgranando y permitir una visión más aséptica, menos cargada de lo emocional, instrumentalizando el proceso de esta interacción tan compleja y su comprensión.Sé que esto es una agresión a la lírica y a la poesía que, al amparo de las emociones y sentimientos amorosos, canta de forma bella y excitante la fantasía del delirio apasionado, del enamoramiento y de los sentimientos que genera el corazón, incluyendo el desamor, en contraposición al cerebro, al frío razonamiento que sustenta lo racional. Tal vez por eso empecé colgando dos poemas y un soneto, como homenaje a esa preciosa forma de sentir las emociones que se desprenden del amor, para vacunarme de las consecuencias de estas frías reflexiones. Eran tres estadios diferentes del proceso de amar. Ha sido un torpe tributo que pretende el perdón y la comprensión de mis admiradas y admirados poetas bloggeros, a los que leo con especial aprecio y admiración. Yo, en todo caso, pretendo poner en el otro lado de la balanza la visión más racional de esta extraña, singular, conflictiva y bella relación interpersonal, sabiendo que las emociones siempre condicionan la razón y al propio proceso de la reflexión. Eso es lo que nos diferencia del mundo animal, el sentir emocionalmente esas aproximaciones, pero también el proceso de análisis deductivo e inductivo que conllevan el aprendizaje en el camino de la maduración. En principio el corazón se impone a la razón, pero es la razón la que gestiona al corazón con el tiempo.
Hoy, al amparo de esa búsqueda, me refugio y escudriño en la teoría matemática de los conjuntos aportada por el alemán Georg Cantor en el siglo XIX y reformulada por Zermelo, más adelante. Lo hago por la similitud entre la simbología de esos conjuntos, representados por círculos o anillos, y los anillos con los que se sella la alianza del matrimonio. El razonamiento que pretendo mostrar encaja bien entre esa y, la suficientemente desarrollada, teoría sistémica, a la que no me referiré por entender que complicaría más la comprensión y alargaría la exposición hasta el tedio. En todo caso, la teoría sistémica merece un trato singular y específico por su propia entidad y consistencia.
He preferido llamarle teoría de con-juntos, por entender que la expresión “con-juntos” se acerca más a la dinámica de relación de dos sujetos que hacen un proyecto de vida “juntos”, uno “con” el otro. Es una frivolidad que no solo pretende jugar con las palabras.
Para poder desarrollar de forma más precisa la reflexión, me he permitido crear una imagen donde se aprecian distintas formas de interacción entre los dos elementos representativos de la pareja, que se puede ver al inicio de la exposición. El anillo A, referido al hombre, y el B referido a la mujer. No es gratuita esta asignación, pues el tamaño implica, no solo la dimensión del diámetro del dedo que soporte el anillo, sino el poder y reconocimiento social que ha tenido cada uno en este tipo de relación, aunque hoy, por suerte, se estén equiparado los diámetros. He representado tres esquemas de relación de la pareja, entendiendo que son la base de cualquier otra variable que pudiera aparecer sobre estos. Al fondo se observa la figura de una balanza como representación de la justicia, el equilibrio y la igualdad que deben imperar en la relación ideal.
Tanto A como B son sujetos adornados de unos principios, valores, creencias, conocimientos, actitudes, conductas, etc. que definen su personalidad y singularidad. Ambos mediante una decisión libre, al menos en teoría, deciden unirse para formar una entidad con reconocimiento social diferente, estableciendo una relación tipificada como de pareja (llamémosla matrimonio). Es la ilusión de formar un conjunto perfecto la que lleva, mediante el enamoramiento, a pensar que la otra persona es la ideal para conformar una pareja que cumpla todos los requisitos de excelencia. Por tanto, unimos A y B, pero la unión puede ser y es variable, en función de tres subconjuntos que integran el conjunto pareja. Esto son A, B y la intersección AB.
A son los espacios propios, individuales, de dominio del sujeto A, sobre los que no tienen poder el otro sujeto, salvo influencia consentida en la recepción de consejos. B representa, al igual, los espacios del otro sujeto con las mismas características mencionadas. Pero hay una parte de ellos que se fusiona en otro conjunto; es aquello que se comparte, que pertenece a ambas partes y que no es privativo de uno solo de ellos, son los elementos comunes. A esto le llamamos intersección AB. Por tanto entenderemos que cada uno mantiene una parte de su individualidad independiente (A o B) y, a la vez, renuncia a otra parte que coloca en la intersección que establece con el otro, donde comparte el dominio. Ninguno pierde su libre identidad personal mientras mantenga un espacio propio (A o B), si bien ese espacio está orientado por la idea de servicio a la pareja. Mantiene su individualidad pero su principal objetivo es servir al matrimonio y la convivencia y desarrollo de la pareja.
Bien, veamos los tres ejemplos que he diseñado:
Ejemplo 1º. Lo llamaremos de intersección. El matrimonio (digamos conjunto M) o pareja está formado por la suma de tres subconjuntos, A + B+ AB. Ninguno (A o B) se diluye en el otro, manteniendo la individualidad, pero existe una amplia zona de encuentro común (AB). Como hemos dicho antes, esta individualidad potencia su propio desarrollo pero lo vuelca en la pareja para que el crecimiento personal sea compartido por la otra parte y redunde en beneficio del conjunto M.
Ejemplo 2º. No aparece al subconjunto AB, la intersección que une y consolida el matrimonio (M). Esta exaltación de la libertad total de cada individuo plantea un sistema relacional distinto al clásico y no tiene sentido llamarle matrimonio, puesto que no hay elementos que les una. Es un caso extremo de convivencia sin vinculación afectiva ni de bienes materiales. Puede ser que haya una comunicación que permita el crecimiento de cada parte, pero sin vínculo afectivo, como ya hemos dicho. Cuestión harto difícil de entender.
Ejemplo 3º. Uno es un complemento del otro, puesto que (B) ha puesto en el asador toda su carne y ha renunciado a su individualidad para integrarse, como parte de A, en el subconjunto AB. No obstante A sigue manteniendo su individualidad, por un lado, y el dominio sobre B por otro. B ha sido anulado, puesto que ha dejado de existir y se ha incluido en AB al que sirve sin salir de la relación. Además está atrapado porque los límites que lo definen no son propios, sino del dominio del otro. Ya no tiene ningún espacio de libertad para decidir, para poder determinar hasta dónde da en esa relación y qué se reserva para sí. Por tanto, B, en cierto sentido, es un subconjunto al servicio de A, que establece los límites de la relación matrimonial, puesto que fuera de A no hay otra cosa.
Ciertamente, el primer ejemplo, es el que más se acerca y define una buena relación de pareja, puesto que se ejerce el compartir, pero se respeta la individualidad de cada uno, individualidad que se pone al servicio del crecimiento de la pareja sin menoscabo de la autonomía que implica. El nivel o magnitud de AB es otra cuestión a considerar y resultará del diálogo, entendimiento y el acercamiento que se vaya produciendo en el proceso de relación, situación muy relacionada con los principios y las necesidades de cada uno de los sujetos y el poder que tenga sobre el otro. En este proceso de negociación, para fijar el subconjunto AB, se irán instaurando, de forma dinámica, las conductas, actitudes y dependencias que regirán la relación. Por tanto, podríamos llegar a que uno de los sujetos impusiera su poder sobre el otro, hasta incluirlo en su totalidad en AB, anulándolo, siendo su dueño y señor; o sea, el ejemplo 3º. De aquí al maltrato físico y psicológico solo hay un paso. “La maté porque era mía”. El machismo dictatorial, descalificador y absorbente procurará reducir el valor de la otra parte para quedar por encima de ella y así poder incluirla y dominarla. Para que un anillo quepa dentro del otro este ha de ser más pequeño, por tanto la tarea está servida, hay que tumbar su autoestima hasta hacerla dependiente. En su agresión, planteará los esquemas de relación que le apoyen en sus argumentos, reduciéndola a las tareas menos gratificantes y relacionadas con el servicio y cuidado de la casa, castrando la evolución intelectual y su independencia, llevándola a terrenos donde su rol familiar sea controlable. Le demostrará constantemente lo que hace mal, su inutilidad, y se impondrá mediante la descalificación y la reprimenda mostrando continuamente dónde está el poder, el mando y el control de la situación.
El ejemplo segundo es de ruptura o no dependencia, de desvinculación y solo lo coloco a modo de orientación por entender que puede encaminarse a él cuando se empieza a romper el matrimonio. En el momento que desaparezca la membrana que sustenta al subconjunto AB ya no existe relación, ya son conjuntos independientes y no pueden formar otro de orden superior puesto que no hay intersección entre ellos.
Ahora cabe pensar dónde esta situada la dinámica de nuestra relación de pareja y cómo mantenerse en el lugar adecuado para consolidarlo sin anularnos dentro de ella. Es un ejercicio que nos corresponde hacer a cada uno y ver si nuestras expectativas, sobre la relación, se cumplen y tienen visos de seguir cumpliéndose; así podremos reconducirla mediante el diálogo y la negociación, digamos, amorosa. Mi intención, con esta reflexión, es determinar un sistema o instrumento que permita un diagnóstico situacional de la relación y permita corregir y desarrollarla hacia la convivencia y el encuentro entre ambos miembros sin desprenderse del vínculo amoroso que les unió. Puede que me sirva para ese objetivo.

















