Ya son varios los amigos y amigas que me han preguntado por
mi ausencia en el blog, por qué no escribo, acusándome de apatía, desinterés e
indolencia. Pueden que tengan razón, paso una mala racha donde me invade una
sensación de nimiedad vital que me lleva a estar tremendamente disgustado con
el mundo. No suelo ver la tele salvo excepciones puntuales. Me asquean los
impresentables contenidos del mundo de la farándula y las salsas rosas de las
narices con presentadoras/es impresentables, cotillas invasoras de intimidades
que buscan la distracción de un pueblo sumido en un estado catatónico,
letárgico, ante el tobogán que nos conduce a la miseria social. No soporto a
los políticos y comentaristas prepotentes
que quieren sembrar opinión ex cátedra,
como si ellos fueran los guías de occidente, las estrellas fugaces que
nos lleven al futuro deslumbrante. No leo la prensa sectaria y partidista,
manipuladora y cerril que solo busca arrimar el ascua a la sardina de su dueño
y señor, del capital que la compró y la sostiene para su propio beneficio,
creando opinión pública desde la mediocridad y la sumisión al sistema,
empeñándose en presentarlo sin alternativa a una política de gobierno que nos
lleva a la desgracia social, que
consolida el capital como la base y motor del progreso material y deja al
verdadero progreso, el social y político, el desarrollo personal, en una cuneta
dominada por el paro, el hambre y la miseria humana… Y para estar a La
Vanguardia, ABCs no veo La Razón que
justifique El Mundo y El país en donde estamos… y eso duele (permítaseme un
toque de humor con esta composición). Duele en el alma sentir la sinrazón
manipulante que no entiende de vida humana, sino de salidas florales a una
banca maldita y chantajista que nos lleva a la ruina a todos para enriquecerse
ellos desde la deshumanización y la gélida frialdad de cifras y letras
impagadas.
Mientras el mundo político, atrapado en su indolencia,
chantajeado y vendido, sometido a extraños intereses subterráneos, jugando con
su bien y nuestro mal, se limita a darle salida a la crisis en la línea que le
marcan aquellos que la produjeron. Sorprende la situación de unos políticos que
no cumplen lo que dicen, por lo que se
les votó, sino que llevan su programa oculto para servir a su señor, al
dinero, para servirse de él y garantizar su mañana y el de los suyos, para ejercer
el nepotismo en su familia y partido.
Es Estado, que debió concebirse como garante de la justicia
social y guardián y gestor del bienestar y desarrollo de la ciudadanía, está
siendo desmontado. Primero por los propios políticos en los que se ha perdido
la fe, a los que se ha denostado y vilipendiado metiéndolos a todos en el mismo
saco, anulando los posibles bienintencionados y de verdadera vocación política,
de servicio a la ciudadanía. La corrupción generalizada los afecta a todos y
pagan justos por pecadores. Segundo por el interés inquebrantable de las
sociedades e intereses ocultos, que rigen el mundo desde bambalinas, que han
globalizado la economía a nivel mundial, para poder campar a sus anchas sin
tener que someterse a los caprichos legislativos de Estados a los que se pueden
dejar en evidencia y noquearlos económicamente en cuanto no se ajusten y
sometan a sus intereses. Lo sabemos, lo estamos sufriendo en nuestras propias
carnes… fuga de capitales, fraude fiscal, deslocalización empresarial, globo
inmobiliario, especulación con la prima de riesgo de las narices, recortes
donde más duele; mientras el mundo político, servil a esos intereses ocultos se
mantiene incólume a sus propias corrupciones, con sus grandes sueldos y
prebendas… Pero no nos podemos olvidar de las empresas que muestran su poderío
en la capacidad de decidir sobre si crean empleo o no y en qué condiciones. El
chantaje del mercado laboral está servido y si no se bajan los salarios no hay
empleo. Se ha creado la opinión que más vale un mal empleo que el desempleo,
que mejor nos sometemos antes de ser despedidos, pues las leyes nos han
abandonado a nuestra suerte ante la arbitrariedad del contratante.
Se ha perdido la gran filosofía que justifica la existencia
de los Estados, que debería ser el punto
donde pivotara toda política económica y social, consistente en la sumisión de todos
los intereses al bien común, a los intereses sumos del conjunto de la
ciudadanía, a un sistema sostenible en el tiempo, donde el mercado, la empresa,
producción de bienes, etc. estuviera al servicio del ciudadano y no al revés. No
podemos ser esclavos del dinero cuando el dinero debería estar al servicio del
ser humano. El Estado tiene su justificación en la gestión social de todos los
medios de producción, en la normalización y legislación que establezca cauces
de desarrollo justos donde prevalezca el ser humano sobre cualquier otra
consideración. Hoy, por desgracia, asistimos a todo lo contrario, un Estado
deshumanizado, con intereses de grupo ocultos, con maledicencia y engaño, donde
el poder en la sobra mueve los hilos de las decisiones y la engañifa para
buscar el enriquecimiento de las grandes empresas abandonando a su suerte a trabajadores
y pequeños y medianos empresarios. No sigo por este camino, pues me llevaría al
oscuro abismo que se nos presenta si no cambian las cosas.
No, no estoy contento. No es de mi agrado esta dinámica en la
que estamos metidos, donde la globalización nos atrapa en las manos de las
multinacionales y del capital, del mundo de las finanzas y el dinero como valor
de primera magnitud, dejando a un lado la solidaridad, el equilibrio, la
justicia social, la equidad… Ya no se nos desahucia de la casa, sino de la vida
digna, de la calidez humana. Ya no se trata de ver pasar al funcionario del
juzgado y la policía que nos echen a la calle de nuestra propia vivienda, sino
de marginarnos de la vida misma, de los derechos humanos y
constitucionales… Derecho a la vivienda,
a la salud, a la educación y, como digo, a la vida digna.
¿Dónde están los motivos para estar contento?





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