
Siempre le vi saludar con la mano en alto, como amenazando con darte un cogotazo si te descarriabas, como advertencia para los que no compartían sus ideas. A la par, sus acólitos también la levantaban uniéndose, en coro intimidatorio, al dictador. La mano era su arma, no la palabra. La mano empuña pistolas, sables y artilugios amenazantes. La mano firma sentencias y órdenes a los lacayos y subordinados. La mano saludo a los fieles y adeptos que se congregan en la plaza para aclamarle. La mano da prebendas a los propios. Con la mano se ata, se deja todo atado y bien atado. La suya era una mano de hierro.
La palabra comunica ideas, posiciones y argumentos, intenta convencer, no matar. La palabra es el instrumento de la democracia, mientras que la mano armada, la de hierro, es el de la imposición y la violencia, el de la muerte. La mano tendida para abrazar a la otra abre el camino del diálogo.
Cuando la mano temblaba parkinsonianamente, aún firmó sentencias de muerte. Y cuando la parca le acechaba a los pies de la cama, retando a los artilugios médicos que le sostenían, reclamó la otra mano, la de Santa Teresa, la incorrupta, para ver si esa le podía echar una manita para esquivar a su hado, para evitar rendir cuentas de las atrocidades.
Él había tenido la garantía de la Santa Madre Iglesia, de sus jerarcas, aunque no de algunos fieles que ya le criticaban, ni de Tarancón y sus muchachos al que gritaban sus huestes: “Tarancón al paredón”; pero mejor no arriesgarse, pues la sangre derramada era mucha, los muertos en la cuneta demasiados y las torturas, tormentos y agravios al pueblo que pensaba diferente, eran incontables. Pero era caudillo por la gracia de Dios, al menos eso ponía en sus monedas, y había iniciado y completado triunfalmente su cruzada. También había realizado la obra magna para crear una basílica sublime, bajo tierra, para que ejerciera de pirámide faraónica. Además ello había permitido que se redimieran los perversos y malignos posesos del diablo que osaron enfrentarse a la reserva espiritual de occidente, al nacional-catolicismo, aquellos rojos y masones que tuvieron la suerte de poder lavar sus pecados con el trabajo sagrado de su construcción.
Pues esa mano, al parecer, lo dejó todo atado y bien atado. La ley de amnistía del 77, elaborada en un proceso de sumisión a sus herederos, amnistió a todos los que “omnihostiaron”, es decir a los que dieron hostias a todo el mundo, al amparo de su régimen. Por tanto, bloqueó la posibilidad de dar cuentas de los hechos, de los “presuntos” crímenes, que en su nombre y el de sus ideas se realizaron.
Lo dejó todo tan atado y bien atado que ahora, cuando un juez intenta iniciar una investigación contra presuntos actos criminales ejercidos por su régimen, a solicitud de las víctimas, se le acusan de prevaricación. Las normas internacionales de derechos humanos dicen claramente que el crimen de desaparición forzada NO prescribe y entorpecer su investigación es un delito, por tanto ninguna “Ley de Amnistía” puede contradecirlas. Para un profano ¿dónde está la prevaricación en este caso? Ahora resulta que el delito prioritario no está en la desaparición y muerte de las víctimas, sino el haber intentado investigarlas… ¡¡¡Dios, qué paradoja!!!
No comprendo muy bien lo que está pasando. No me cabe en la cabeza. No lo veo de sentido común. Me es incomprensible que a un juez se le pueda sentar en un banquillo por haber instruido, o iniciado la instrucción, un sumario para determinar si se ha cometido un delito, máxime cuando es a instancias de los afectados. ¿Es que esa no es la obligación de los jueces? ¿Cómo se puede extralimitar un juez por esta causa? Y, en todo caso, si se desprende que no le corresponde a él esa instrucción, que no es competente en esa materia, ¿no es lo razonable indicarle que lo deje y que sea otro juez el que lo lleve a efecto? ¿No lo ha dejado ya? ¿Dónde está el juez competente que le ha de suplir? ¿O es acaso que no hubo crímenes que esclarecer?
Una democracia que no reconoce la honorabilidad de quien luchó por ella, en una contienda fraticida, siendo aniquilado por el bando rebelde, no es una democracia. Es más, la convivencia que pretende no será posible si no se hace justicia con los afectados. Las heridas no se cerrarán mientras haya recordatorios en las cunetas, mientras el pueblo llano no de cristiana, o la que creyere, sepultura a sus muertos. El pasado es el pasado, lo prescrito prescribió, que yo lo dudo; pero la ética, la moral y el derecho de un pueblo no prescriben. Por tanto es obligación de los jueces, que pretenden la justicia, hacer justicia.
El juez Garzón está en entredicho por parte de un importante colectivo político, al haber instruido sumarios que afectan a influyentes esferas del poder. Ya no es los GAL, el terrorismo de ETA, los narcotraficantes, Pinochet, etc… No olvidemos que no instruyó diligencias contra el batallón Vascoespañol, la triple A y otros grupos de la guerra sucia que abonó el Estado. ¿Por qué no lo haría y sí con el GAL? El señor Rosón Pérez, ministro de Interior de 1980-82, y el señor Martín Villa de Gobernación con anterioridad, se fueron de rositas.
Pero ahora… ¡¡¡Se ha pasado!!! Ha entrado en el caso Gürtel tirando de la manta; ha puesto al descubierto las actuaciones corruptas y mangantes del PP, donde se juntan, diluidos entre su colectivo general, un grupo de descendientes ideológicos directos del régimen del Movimiento. Pero el colmo es que ha querido hurgar en el ayer para sacar a la luz los nombres de aquellos que siguen en el ostracismo de la historia, exhumar los restos de fusilados a pie de carreteras y caminos, de huesos entre olivares, y ponerlos en el sitio que les corresponde. Ha querido, a petición de las víctimas, saber quienes cometieron los delitos, quienes asesinaron, dónde, por qué y para qué.
Entonces, el general, ha levantado su mano y ha indicado a sus hijos ideológicos que acosen al juez y que muestren la trascendencia de su poder. No ha muerto, vive en la memoria de sus defensores y estos han cogido el relevo. Cuan difícil es pasar página cuando no se quiere reconocer la verdad de la historia. Cuando se niega la mayor y se escamotea la justicia. No podemos ni debemos dejar para nuestros descendientes esta falsa historia. Se ha de reescribir de nuevo con la verdad de los hechos.
Los descendientes ideológicos de los falangistas que llevaron las víctimas a la cuneta, aliados con unas manos que, paradójicamente, se hacen llamar blancas, no quieren que les laven las manos de sangre y prefieren que la historia les deje en el olvido, sucias las manos de coágulos ennegrecidos, escondidas a la espalda, para no mostrarlas. Pero que no se preocupen, de lo que se trata es de lavar las manos a través de la ley y dejar la conciencia tranquila. Los que hoy demandan al juez no asesinaron, pero si defienden a los asesinos se hacen sus cómplices. Y es que las ideologías también tienen conciencia.
Si bien la historia no es como nos la cuentan, puesto que el relato está mediatizado por los intereses del poder y de la interpretación del cronista, no podemos aceptarla desvestida de verdad objetiva. La memoria histórica debe ser una reivindicación de todo español que se precie, de todo aquel que quiera comprender lo que pasó para que no vuelva a suceder. Tolero y soporto que hagan santos en la iglesia a sus “mártires”, que hayan alabado y dado honores a sujeto de dudosa catadura, cuando no de conocida y demostrada maldad, durante cuarenta años. Pero a cambio, pienso que es de justicia reconocer que los otros españoles, que lucharon por la democracia y la república, eran gente de bien, honorables y honrados ciudadanos y ciudadanas que lucharon por sus ideales y, por tanto, son merecedores de honores, tanto o más que los del otro bando a los que ya se les ha realzado.
Por tanto, esa larga mano debe ser anulada y dejar que el pasado no condicione el presente, que no manipule la realidad histórica. Las generaciones actuales deben conocer la historia para no repetirla, pero, a la vez, merecen que la actuación sensata de los tres poderes que conforman la democracia, les facilite el encuentro con esa verdad de nuestro pasado reciente. La memoria no se puede perder y menos la memoria histórica.
¿Tendrá la justicia el valor de afrontar definitivamente este problema, de darle una lectura constructiva y esclarecer la historia para cerrar las heridas definitivamente? Es un buen momento para ello, al amparo de las inquietudes del pueblo se pueda cauterizar la fístula del pasado. Con el golpe del 23F se cambió el ejercito, con este caso se debería cerrar la confrontación del 36.
Finalmente, este pequeño poema se lo ofrezco a las víctimas de mi pueblo y de toda España. La foto es la lápida de la sepultura que cerró la herida de Cuevas de San Marcos cuando sacaron a los fusilados de la fosa entre los olivos y los sepultaron en el cementerio. Aquí yacen 15 personas, una de ellas embarazada de siete meses, por lo que su feto también está. La historia de estas muertes merece ser contada y, en su honor, puede que la cuelgue en mi blog más adelante. Esta historia pone los pelos de punta y siembra la necesidad de comprenderse en lugar de enfrentarse.
No se pretende el conflicto
de nuevo entre las españas.
Se está buscando hoy día
que la memoria no caiga
en olvidos de la gente
que por España lucharan.
Que les sepulten con honra,
que reconozcan su talla,
que se curen la heridas
que la injusticia dejara.
Que la memoria que quede
sea la justa y la honrada
para que la historia diga
la verdad de esa batalla.