
Bueno, tras mi viaje a Mallorca y dejaros fotos con bonitas vistas y suculentos manjares, vuelvo a comerme el tarro e iniciar algunas reflexiones que me aclaren dónde andamos, por qué y para qué. A ver si consigo descifrar las causas y circunstancias que nos rodean y la génesis de tanta injusticia, deshumanización y conflictividad. Ardua y difícil tarea, por lo que solo podré dar unas pinceladas dejando huecos o imprecisiones subjetivas que conforman mi opinión personal.
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El asunto de la “Res pública” (cosa pública) para los romanos o politeia para los griegos está en seria crisis. Ya en tiempos griegos, la politeia hacía alusión a la gestión de las ciudades estado y por ende al noble arte de ejercer su administración como servicio a sus habitantes, a la política. Por tanto, entendían la política como la actividad humana que tiende a gobernar o dirigir la acción del estado en beneficio de la sociedad.
Creedme si lo entiendo como un noble arte, pues lleva implícito la justicia, la búsqueda del bien común de todos los gobernados, la equidad, la justa distribución de los bienes y riquezas, del desarrollo, velar por la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, etc.. Pero también gestiona las penalidades cuando se presentan, los sacrificios y las exigencias en la aportación al colectivo social.
A lo largo de los años, esta filosofía del bien común se fue centrando en el bien del grupo dominante, en la explotación del poderoso sobre el débil, en la creación de clases sociales según su implicación en el poder y en la distribución de ese poder para ser usado en beneficio propio. Aparece un cultivo e incremento del nepotismo. La nobleza y la estructura social que la sustenta, incluida la moral religiosa, se impone como resortes de una sociedad donde el sujeto no vale nada, salvo para el propio servicio del noble y el entramado que lo sostiene. Se le exige, incluso, la vida por Dios, por la Patria y el Rey. Entramos en la oscura edad media.
Son los siglo XVIII y XIX los espacios claves dónde se rompe, o intenta romper, esa hegemonía de estas clases. La revolución francesa, la revolución industrial, la independencia de EE.UU. crea un contexto diferente, que permite que los sujetos se relacionen y organicen para defender sus intereses. La burguesía toma el relevo de la nobleza, pero a la larga, con todos los cambios y consignas de libertad, igualdad y fraternidad, se va imponiendo el interés de una clase sobre el conjunto de la sociedad, aunque el concepto de soberanía se vaya adjudicando al pueblo. La religión, en teoría, se segrega del poder en los países que viven esta metamorfosis sociopolítica, llegando a quedar más en la privacidad espiritual y creencias de los sujetos.
Durante el siglo XIX y XX surgen movimientos sociales, políticos y sindicales al amparo de la evolución ideológica y de grandes líderes, que producen importantes y significativos cambios. Para mí, los más significativos se centran en la dignificación del sujeto y en la prevalencia del bien común sobre el privado.
Existen tres grandes ideas o planteamientos políticos como formas o propuestas de gestión del Estado que se desarrollan y enfrentan a lo largo del siglo XX:
Las democracias a la norteamericana u occidentales, que ya están implantadas en gran parte de Europa. Están sustentadas por modelos constitucionales que consideran que la soberanía reside en el pueblo y se ejerce mediante el voto. El sistema, anclado en el capitalismo, tiene su base en el libre mercado, en la competencia, y sostiene a la empresa como motor de la producción y del enriquecimiento y desarrollo del país. Mi cuestionamiento básico de este modelo consiste en comprender en qué medida es la empresa la que está al servicio del país, del ciudadano de a pie; o si es un sistema de explotación en beneficio del dueño, sin importarle los intereses de la ciudadanía, salvo para que le compren sus productos y trabajen para producirlos.
Por otro lado, es un canto a la libertad, ciertamente, y se amparan los derechos humanos, al menos en teoría, la libertad de expresión, de culto, etc. sobre cualquier otra cuestión, entendiendo al individuo como eje o centro del sistema. Es su voluntad, en último término, la que decide quien gobierna las Instituciones del Estado. A partir de aquí, la trampa consiste en manipular, dirigir y orientar a la masa votante para que el poder recaiga en aquellos que interesen a los poderes fácticos, sobre todo al capital. Por tanto, los partidos políticos han de ser sometidos, de una u otra forma, a sus intereses, estableciendo presiones y control sobre ellos para que no cuestionen en exceso el sistema y sigan apoyando y permitiendo las desigualdades, la explotación y el normal funcionamiento del sistema productivo. Los medios están en manos privadas, el gobierno legisla, pero dentro de un orden y sometido al libre mercado, como he comentado. Por lo tanto, con las manos atadas en parte. El capital no tiene alma, moral o ética, solo quiere mercado e interés para ganar dinero, aunque se revista con la hipocresía de las creencias religiosas y busque su apoyo, connivencia y bendición.
Otro modelo, que surge de la revolución rusa, al amparo de las ideas marxistas, como consecuencia a la monarquía zarista, dictatorial, impositiva y clasista, es el modelo comunista. Este modelo naciente desde la utopía, el idealismo y la lucha de las clases trabajadoras, se sustenta en la dirección del partido, que tiene sus principios programáticos elaborados en base a la ideología que le dio vida. El Partido es el instrumento básico y único para dirigir el Estado. La propiedad privada no existe como tal y todos los medios de producción son colectivos. Por tanto, en teoría, están al servicio del pueblo, cuyo representante máximo es el Partido, quien asume la responsabilidad de adminístralos y velar por los intereses de los ciudadanos.
En contraposición no se tiene libertad de opinión ni disidencia, el voto solo se ejerce desde las estructuras del partido, donde reinan las oligarquías, y los derechos humanos pueden ser conculcados, si fuera necesario, en función del bien colectivo, que siempre lo determinará el propio partido. El sistema, tiene sus perversiones, bajo mi punto de vista, en el dominio de las referidas oligarquías, ejerciendo nepotismo y carentes de controles directos desde la ciudadanía; a la par que no se producen suficientes elementos motivadores para la producción.
A lo que se llamó la dictadura del proletariado, se convirtió en la dictadura de la clase política que se forja en el partido. Las purgas, las luchas internas y las confrontaciones, desconfianzas y paranoias que se fueron cultivando entre los integrantes del partido, dieron pie a las policías secretas, tipo KGB, que dominaron el poder y movieron los hilos de la política y la administración del estado entre bastidores. Esto es sumamente peligroso en tanto crearon estructuras de poder basadas en la información, la influencia y la coacción e intimidación.
El tercer paradigma, llamado el nacional-socialismo y/o fascismo, tiene cierta similitud con el comunista en cuanto al funcionamiento dictatorial, pero grandes divergencias en cuanto al modelo productivo e ideológico. La exaltación de la raza, de la patria y de los valores tradicionales en aras de un Estado poderoso, centralizado, que dirige el sistema con mano dura, con principios y valores rígidos, incuestionables, donde la idea única que sustenta el sistema es indiscutible, llegando a calificarse al disidente como enemigo, desafecto y traidor a la patria, merecedor del más absoluto desprecio e incluso de cárcel o muerte, según el caso. Estos tipos de planteamientos, al igual que las religiones integristas, se fundamentan en un proceso de alienación que atrapa al sujeto en una dinámica perversa basada en la obediencia y en el ejercicio del deber por encima de cualquier otra consideración. La jerarquía se impone y la subordinación es un valor incuestionable y exigible por encima de todo.
El modelo organizacional es el jerárquico, tomando como ejemplo a las instituciones con estructuras férreas, de tipo militar, con su parafernalia ornamental, uniformidad, ritos y un largo etc. que lleva al cultivo y exaltación de la autoridad. Se premia la fuerza, el arrojo y coraje, el valor y el propio desprecio a la muerte, la obediencia y sumisión al líder. Se destierra la ternura, los sentimientos y la fragilidad, que quedan como patrimonio del sexo femenino, supeditado siempre al valeroso guerrero, ejemplo de fortaleza.
Si aparte se puede contar con el apoyo de instituciones religiosas para legitimar el sistema desde los principios que ellos predican, habrán conseguido el poder por la gracia de Dios y solo ante Él deberán dar cuentas, dado que el caudillaje es una de las claves del movimiento. El líder es incuestionable y se le ha de amar, obedecer y alabar por encima de todo. Él es quien sabe y dirige el Estado y todos a la vez le han de seguir hasta la muerte si es preciso.
Pues bien, en los años treinta, estos tres modelos convivían en Europa y se estaba fraguando su confrontación. Era el preludio de la guerra más cruel, devastadora y sanguinaria que nunca se vio. Se preparaba el conflicto entre los tres paradigmas de donde surgiría el que se impondría como modelo predominante de organización social y de la gestión de los Estado y de sus recursos.
En resumen, un modelo democrático, pero con el poder colocado en el mercado y sus dueños, el capital; otro con el poder centrado en el partido y con los recursos en manos del pueblo, en teoría; y otro con el poder absoluto del líder, que lo controla todo como padre omnipotente, donde el ciudadano y el mundo empresarial están sometidos a las directrices que emanan de su filosofía nacional-socialista.
Tres modelos en conflicto potencial que desembocan en guerra abierta para ver quien prevalece sobre cual. El fascismo y nazismo son vencidos en la contienda mundial quedando reductos como las dictaduras de España y Portugal, pero el capitalismo “democrático” y el comunismo perviven en contienda soterrada mediante la guerra fría, hasta la caída del muro de Berlín y el desmontaje de la URSS, si bien otros países siguen manteniendo esa ideología y forma de organización social, aunque sin el hacha de guerra levantada. De esta confrontación quedan ascuas y secuelas que definen, en parte, las divergencias y conflictividad que vivimos en la actualidad. Esto nos abre otro interesante campo de deliberación sobre cómo anda al mundo y por qué. Pero, eso lo dejamos para otra reflexión posterior donde intentaré poner en claro al batiburrillo de ideas que me pululan por la cabeza, lo necesito…
Sería bueno aclarar que es el progreso y cómo se ha de buscar; si el objeto de la sociedad es producir bienes de consumo y tener cosas, o SER sujetos de contenido humanista, con principios y valores que sustenten esta idea y no la idea de la posesión, la competitividad y la codicia. Mi idea de progreso la colgué hace algún tiempo en este mismo blog y la puedes ver en: http://antoniopc.blogspot.com/2007/05/progreso.html.