miércoles, 7 de marzo de 2007

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

Con estas reflexiones quiero hacer una llamada al sentido común que, basándose en el equilibrio interno y personal, ha de procurar, mediante un razonamiento aséptico, mantener una estabilidad social de convivencia evitando y eludiendo posiciones de enfrentamiento irracional que tan de moda están en nuestros días. Está dirigido básicamente a mis compañeros y amigos que se preocupan por la salud mental de los seres humanos, de su libertad de criterio y desarrollo personal.

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

El encuentro de los seres humanos siempre se ha dado en el centro, a partir de la equidistancia ponderada de las posiciones y en la aproximación. Desde las periferias se ha de gritar más para entenderse, las cosas se ven desde otras perspectivas y si, además, las posiciones están enfrentadas las distancias son mayores. Mientras más tira de la cuerda mi oponente más tiro yo y más nos alejamos. Para comprenderse, pues, se ha de buscar el lugar de encuentro donde se compartan visiones y posiciones con la proximidad que dan las emociones y el contacto directo, se ha de empatizar. Si no hay disposición y aproximación no hay entendimiento.

Este mundo dicotómico busca eliminar a los oponentes en lugar de integrarlos. Nuestro mapa político está al día en ello. Mientras más se tensa la cuerda en un sentido impositivo hacia los otros, más conflicto se crea. El extremismo genera extremismo opuesto y el oponente pasa a ser enemigo. Al oponente se le reconoce valor ideológico, pero el enemigo se ha de eliminar por principio de conservación. Es una constante: el bien y el mal, el amigo y el enemigo, el pobre y el rico, lo espiritual y lo material, la utopía y la realidad, el deseo y la represión, el ello y el superyo, dos extremos de tensión que buscan el equilibrio para poder subsistir. La gestión adecuada de estas diferencias lleva a la paz y a ese equilibrio, no solo de la sociedad, sino del propio individuo como unidad.

Cuando, popularmente, se habla de desequilibrados nos estamos refiriendo a sujetos que tienen alteradas sus facultades mentales, que su equilibrio interno y su adaptación social no se manifiesta. Nuestra propia sociedad establece las bases para que se desarrolle y se gestione el equilibrio. Freud orienta el conflicto entre el ello y el superyo como la base del desequilibrio. Mientras que nuestras pulsiones emergen del ello, la sociedad nos ha blindado con una estructura represora y controladora que modula los impulsos hasta hacerlos encajar en la norma. En otros casos el conflicto, tanto interno como externo, se justifica en la necesidad de la interacción con el medio, bajo la influencia del proceso de socialización.

Existe una plataforma homeostática que establece los márgenes de variabilidad y la tenemos asumida a través de nuestra educación. En este sentido, si nos movemos dentro de estos márgenes no se crean situaciones conflictivas, pero si saltamos fuera de la plataforma, aparte del conflicto social, se nos plantea otro conflicto interno de mayor trascendencia personal. Este último lo hemos de gestionar nosotros en base a la congruencia, evitando la disonancia cognitiva, de tal forma que en sujetos “culposos” una excesiva euforia, con infracciones importantes, nos puede llevar al reproche, haciéndonos merecedores de nuestra repulsa, infravaloración y desprecio hasta situarnos en una etapa de depresión, que no deja de tener un cariz de intento de compensación; o sea, que puede situarnos en el otro lado de la plataforma homeostática buscando el equilibrio en los extremos de la balanza. Es la ley del péndulo. En este sentido, todos tenemos algo de ciclotímicos en mayor o menor medida. El umbral homeostático definirá la normalidad y aceptación en el entorno y en nuestro interior.

Las sociedades permisivas dan más márgenes para experimentar y asumir nuevos planteamientos que las integristas e intolerantes. Por tanto, esa tendencia natural a beber conocimiento, experiencia, emociones, etc. del entorno para crecer y desarrollarnos como sujetos abocados a la autorrealización, necesita de una mente abierta, crítica y madura que permita ese crecimiento. Otras sociedades son claramente patogénicas; es decir, generan conflictos y desequilibrios que llevan al alejamiento y enfrentamiento de sus componentes, tanto desde la perspectiva social como individual. Bajo mi opinión podríamos asociar madurez, equilibrio y salud mental. Cierta filosofía oriental, con base religiosa, presenta el equilibrio con el entorno y con uno mismo como la base de la evolución espiritual e, incluso, justifica la reencarnación como la oportunidad y obligatoriedad de compensar errores pasados para evolucionar en la escala de la perfección.

En todo caso debemos preguntarnos: ¿Quién ha de establecer los márgenes de la plataforma homeostática? Hasta hoy, los principios y valores que la sustentan los ha ido generando cada sociedad a lo largo de los tiempos. En las últimas décadas, a causa de la universalización de los medios de comunicación, los movimientos migratorios, el proceso de globalización y sobre todo al ejercicio de la libertad y el discernimiento individual, estas bases se resquebrajan, como no podía ser menos. Ante ello caben varias opciones de las que me quedo con el encuentro cultural. Su complejidad se genera desde los integrismos, la imposición y la intolerancia; su simpleza en el encuentro y el respeto que permita el crecimiento colectivo y personal hasta la simbiosis cultural. El marco convivencial de referencia, según mi punto de vista, se ha de establecer desde la pluriculturalidad (incluyendo valores éticos, morales y religiosos) bajo el paraguas de una sociedad laica, donde se conjugue el respeto desde y hacia todas las creencias y posiciones ideológicas, excluyendo actitudes y conductas contrarias a esos principios. Si formamos a nuestros hijos y ciudadanos en esa línea encontraremos una sociedad menos patógena y más saludable.

Pero, en conclusión: ¿Qué pretendo con estas reflexiones? Podemos decir que la plataforma homeostática establece el lugar de encuentro, que su amplitud define valores de rigidez a permisividad y estructura el superyo. Su capacidad de adaptación a las demandas sociales y de convivencia en un mundo pluricultural es la base para evitar conflictos, tanto externos como internos, por lo que el equilibrio interno y la salud mental del sujeto son más asequibles. Los estados deben asumir políticas integradoras que permitan el encuentro cultural desde la perspectiva laica, pero respetando las ideologías religiosas. Por último, buscando la mejora de la salud mental, los sujetos deben ser formados y orientados hacia la maduración y el entendimiento. La dotación de recursos de afrontamiento, la gestión emocional, las actitudes y disponibilidad al diálogo, la aceptación de la diversidad como elemento enriquecedor, la mente abierta a nuevas ideas, el discernimiento responsable y otros muchos factores ubicarán al sujeto en disposición de mantener el mundo en equilibrio, evitando conflictos y devolviendo la cordura, que tiende a perderse cuando la estupidez humana se impone en las decisiones de aquellos que ostentan el poder. Los profesionales de la salud mental tenemos un importante campo de trabajo para provocar esa maduración que disponga al individuo en situación de gestionar los equilibrios/desequilibrios que los elementos dicotómicos mencionados nos provocan. En todo caso, no podemos perder de vista que formamos parte de un ecosistema en equilibrio y que somos, en gran parte, responsables de mantenerlo con el nuestro.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de marzo de 2007

DEJE QUE ME SALVE YO


Con motivo del Estatuto de Autonomía de Andalucía, el colectivo de obispos de la comunidad andaluza ha emitido un comunicado con opiniones que, aunque legítimas, las considero no acertadas, bajo mi modesta opinión (Diario Sur, 24/1/07). Yo solo tengo este medio para comunicarme con las personas que quieran leerme y a él recurro para emitir también mi legítima opinión y reflexiones, si es acertada o no es cuestión de criterios siempre respetables.


MONSEÑOR, DEJE QUE ME SALVE YO.

Apreciado Monseñor:
(Léase también Rabino, Imam, Pastor o cualquier dirigente religioso)

Quiero agradecerle su intención de erradicar de este mundo todo aquello que represente tentación para mi alma. Soy consciente de que existen a mi alrededor cantidad de pruebas que el Señor ha puesto para que yo me dignifique ante Él, para que pueda vencer las tentaciones por mí mismo y crezca en mis virtudes con ello. Cada superación de la tentación es el nutriente que hace crecer a mi alma, que me dignifica y enaltece preparándome para entrar en el Reino de los Cielos. Pero si usted se empeña en apartar de mí las tentaciones, en eliminar aquellas circunstancias que, bajo su parecer, pueden perderme, nunca conseguiré elaborar un espíritu sublime que merezca tal consideración. Supongo que, desde un punto de vista egoísta, usted pretende salvarse a sí mismo a través de mi pobre salvación, a mi costa, dejándome pequeño y borderline al no permitirme que crezca. No sea egoísta, no pretenda llegar al cielo siendo el gran valedor de esas pobres almas de los que no tienen capacidad de discernimiento. Ayúdeme a ser grande, a poder discernir por mí mismo, a tener solvencia crítica aunque su propio prestigio caiga con ello. Yo quiero llegar al Cielo por haber sido capaz de superar las pruebas que la vida me ha puesto en el camino. Jesucristo se fue al desierto y durante cuarenta días, creo haber leído, se enfrentó a la tentación y la superó. Esa prueba le dignificó más, si cabe, ante los ojos del Padre. Si hubiera sido por usted seguramente habría eliminado y erradicado previamente al elemento tentador.

Yo, por desgracia o por suerte, no tengo su fe. Si tuviera fe tendría la suerte de creer en otra vida de premio por mi sacrificio, o de castigo. Andaría preocupado pensando en las cosas que hago mal y en el castigo que me reportarán, en las que hago bien y en su beneficio. Posiblemente me plantearía una estrategia inversora de cara al futuro y, a ser posible, sería bueno para recibir el premio. Además, tendría la alegría de saber que usted está ahí para perdonarme y salvarme en confesión, para dirigir mis pasos como pastor y yo como oveja, (que, por cierto, no me suena bien), por lo que podría permitirme, incluso, ser malo. Pero, por otro lado, no tendría la autonomía crítica para desarrollarme personalmente si acepto todos los planteamientos de radicalismo religioso que usted defiende. La fe es algo que se siente o no, pero no se impone mediante el miedo, la coacción o la descalificación. En otros tiempos los autos de fe se encargaban de purificar las almas y enseñaban a que atenerse cuando no se compartía y mantenía esa fe. Por suerte hoy no existen. A estas alturas, teniendo en cuenta que la religión y su credo es un acto de fe, cuesta pensar que algunos eruditos de mente abierta no se cuestionen determinados aspectos de la fe en cualquier religión o creencia, que no estén por acercarse a los demás y debatir sobre la esencia del ser humano sin imposiciones previas. Si las religiones se estructuran entorno a la fe y existen variadas orientaciones o “FES”, deberíamos hablar, desde cada religión, para los que creen en esa religión, respetando a los que no creen. Si hablamos para los demás deberemos estar dispuestos a recibir críticas, que no es otra cosa que opiniones encontradas, pero con disposición al entendimiento y renuncia a los errores si se demuestran.

Los valores éticos y morales de nuestra sociedad no tienen que ser forzosamente religiosos, han de ser sociales, que garanticen la convivencia en igualdad de condiciones. La soberanía política y administrativa radica en la gente libre, ellos eligen en quien delegar para legislar de forma universal. Los legisladores dan respuesta a las demandas sociales de forma dinámica, donde la evolución social, a veces vertiginosa, va por delante. Es difícil enmarcar la convivencia en estos momentos, donde el mundo anda revuelto precisamente por los integrismos religiosos, políticos, patrióticos, separatistas, etc. donde el concepto de tolerancia se está perdiendo apoyado en intransigentes personajes que ostentan el poder, o lo pretenden ostentar, en todo el mundo. Por ello, deje que se legisle desde el laicismo. Deje que yo decida cuál es la religión que se aproxima más a Dios. Deje que me guíe por otros principios humanos de convivencia, donde la tolerancia dé cabida a todas las ideas que respetuosamente se manifiesten. Deje que crea o no en ese dios que usted defiende. No creo en ninguno de los dioses que se pregonan desde las distintas religiones y, por ello, no me siento mala persona, sin principios ni valores humanos, éticos y morales. Me siento profundamente humano, abierto a los demás y respetuoso con su cultura; con mis propias contradicciones, pero con un objetivo de superación que dignifique, no solo a mi persona, sino a la sociedad que pertenezco. Puede que tenga cierta tendencia gnóstica cuando miro para mi interior y veo la vida en un sentido integral y pienso que, al igual que he de conservar mi especie, he de conservar su entorno y mantener el equilibrio en el espacio universal que la sustenta y leo, en los principios que surgen de mi interior, las capacidades para adaptarme al colectivo que pertenezco, sintiéndome una pequeña parte del universo, sobre el que intento volcar mi compresión; busco, en pocas palabras, la “Bonhomía”, mi espiritualidad sin su interferencia, mi maduración personal, los valores universales, en el convencimiento de que la suma de los aportes individuales pueden dignificar el mundo.

Al Cesar lo que es del Cesar… No sé si lo recuerda. Desde el punto de vista político las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Se ha pasado de súbdito a ciudadano. Súbdito es el sumiso y obediente, que acepta el poder y la soberanía de los dirigentes, que no participa en su elección y le vienen impuestos por la fuerza, la tradición o mecanismos ajenos que no controla, donde se incluye: “por la gracia de Dios”. Ciudadano es, para mí, sinónimo de soberano, que delega dicha soberanía y capacidad de decisión en otras personas mediante el voto prestado en una decisión reversible en el tiempo. El dirigente o representante acumula un peso en función de la cantidad de delegación o confianza que depositan en él, y nosotros aceptamos el juego de la mayoría dentro de una Ley Magna, que nos hemos dado y que podemos modificar en cualquier momento, siguiendo un proceso determinado. Asumimos las decisiones de aquellos a los que hemos habilitado con nuestro voto, pero tenemos la posibilidad de revocar la confianza en las próximas elecciones. Pero los dirigentes religiosos, a los que no elegimos, no nos representan, no deben intentar la imposición de sus principios a toda la ciudadanía. El representante religioso es un referente importantísimo para los creyentes de su religión, donde la sumisión se justifica en la autoridad que este ejerce “por la gracia de Dios”, pero carece de legitimidad para aquellos que no comparten sus creencias.

Por tanto, querido Monseñor y demás, dejen que decida con quien comparto mi sexualidad, si me divorcio o no, si uso o no el preservativo, no me condene, pues usted no tiene autoridad para ello, ya que no se la he dado. Deje que yo decida a riesgo de equivocarme, ya pagaré por ello si no actúo correctamente. Deje que la ley, fruto de un parlamento democrático, decida y oriente mi conducta dentro de los principios de la convivencia social pluricultural. Por último, le pido “su permiso” para que mis hijos, aún en la escuela religiosa, puedan recibir formación sobre la convivencia ciudadana, la historia de las otras religiones y entiendan la diversidad y el diferencial que presenta la sociedad para que, de esta forma, puedan comprender mejor a sus semejantes, sus amigos y vecinos. Si después de ello descubren la fe, “chapeau”, me quitaré el sombrero. De esta forma es como entiendo el futuro de nuestro mundo, de lo contrario estamos condenados al enfrentamiento.

Esperando que me comprenda, reciba un afectuoso saludo.
Fdo: Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de febrero de 2007

Clima laboral ... en busca del paraiso perdido

Estas reflexiones están dedicadas a mi amigo José Luis Molino, que con su provocación me obligó a meditar sobre el tema para, así, publicarlas en la revista de la Escuela Universitaria de Enfermería de Cartagena, adscrita a la Universidad de Murcia. Espero que podáis criticarlas, asimilarlar y mejorarlas en aras de su objetividad.
CLIMA LABORAL … EN BUSCA DEL PARAÍSO PERDIDO.

Desde pequeños se nos pregunta qué queremos ser de mayores, a qué nos gustaría dedicarnos, cuál es la profesión que elegimos para participar en el desarrollo del colectivo social al que pertenecemos. Nosotros, cargados de fantasía e ilusión, nos definimos por una actividad determinada. Desde este momento idealizamos esa profesión como algo que nos llevará a la felicidad y al prestigio, al reconocimiento y la autosatisfacción. Su ejercicio será el paraíso de nuestra adultez.

Cuando iniciamos los estudios o preparación para ejercer la profesión, nuestra imaginación dibuja un campo de acción y de relación con el entorno que adornamos hasta crear un contexto de felicidad. Muchas veces, este contexto imaginario, se desmorona a las primeras de cambio, en cuanto mantenemos contacto con la realidad del ejercicio profesional. Encontramos gente “quemada” que nos habla de las dificultades, de las incompetencias ajenas (por lo general no de las propias), de lo dura que es la profesión y de un conjunto de cosas que nos hace pensar habernos equivocado. Nosotros, que vamos con la mente abierta, buscando aprender de todo y de todos, asimilamos las buenas y las malas disposiciones, las actitudes y las razones que las puedan sustentar, sin darnos cuenta de que la vida del sujeto que nos informa o influye es distinta a la nuestra, que nuestro principal objetivo es preservar nuestra identidad y potenciar nuestras actitudes para que la profesión imaginada sea una realidad. Es decir, no cribamos esos mensajes de desengaño para ubicarlos en el sujeto emisor exclusivamente y asimilamos su análisis personal como algo real y extensible a todo el mundo, sin considerar que sus circunstancias personales son, eso, personales e intransferibles y sus conclusiones resultado de sus vivencias en conjunción con su personalidad y demás circunstancias que lo identifican como un ser diferenciado.

Encontramos en nuestro entorno profesional gente variada. Sujetos ejemplares que trabajan con alegría y entrega, convencidos de que su realización y evolución personal pasa por el “bienhacer” en su profesión, que la interrelación es un instrumento terapéutico de primera magnitud en el caso de la enfermería (que fue la profesión elegida por mí), y que la instauración de un clima laboral positivo lleva a un mejor desenvolvimiento de la activad profesional, potenciando las relaciones humanas, la mutua ayuda, la integración, el compañerismo, y un sinfín de elementos que facilitan dicha actividad. Por el contrario, existen sujetos ponzoñosos, a los que ya me he referido, que solo se desenvuelven bien en situaciones de tensión, crítica continua, culpabilizando a los demás del mal funcionamiento de todo en una extraña justificación personal (concepto psicológico de externalidad defensiva), donde ellos son jueces de los actos ajenos y nada críticos con los propios. Son detractores de la plantilla, de los procedimientos, de otros estamentos, de los/as supervisores/as, de la dirección y de los propios pacientes y familiares. Toda esta crítica la hacen desde la cátedra del “no hacer nada”, sin comprender que ese tiempo que emplean en su discurso es el que deberían estar usando para otras actividades propias del oficio. Son sembradores del desánimo. Parece que busquen aliados para no estar solos en su apatía y descalifican insidiosamente a los que tienen actitudes constructivas. Aunque es cierto que entre uno y otro prototipo, por suerte, hay estadios intermedios, donde se ubica la mayoría del personal.

Pues bien, dicho esto, hemos de considerar cómo influyen todos estos posicionamientos en el clima laboral. Si reconocemos a la organización como un contexto ambiental de los comportamientos individuales y grupales y que este entorno es psicológicamente significativo para sus miembros, colegiremos que el clima laboral, u organizacional, tiene un peso específico importante en el desenvolvimiento de la organización como sistema, donde interaccionan un conjunto de atributos que determinan el ambiente de trabajo. El clima referido a la organización es algo así como su salud organizativa.

A partir de aquí cabe hacerse algunas preguntas: ¿Cómo me afecta psicológicamente el clima laboral?, ¿Qué puedo hacer para mejorar el clima de mi unidad de trabajo?, ¿Quiénes son los sujetos ponzoñosos que contaminan ofreciendo la manzana del desencanto?, ¿De quien tengo que aprender para mantenerme sano mentalmente y motivado?, ¿Qué necesito para irme a casa diariamente con la satisfacción del trabajo bien hecho?, ¿Qué puedo y debo hacer para que mis relaciones interpersonales en mi equipo y con los usuarios del sistema sean constructivas y enriquecedoras?

Como elemento de partida, yo rechazaría cualquier iniciativa que me lleve, a medio o largo plazo, a “tirar por la borda” mis ilusiones profesionales y a quemarme, puesto que estudié y planifiqué mi vida para desarrollarme plenamente a lo largo de mi existencia y el trabajo forma parte de ella en un elevado porcentaje. Por tanto, desplegaría capacidades y actitudes que facilitaran el afrontamiento de las demandas que se me planteen. Eludiría los sujetos ponzoñosos y bebería de la experiencia de aquellos otros que, con su conducta, me demuestran su propia realización personal y satisfacción con el trabajo. Intercambiaría experiencias y asumiría aquellas que me refuerzan en mis capacidades de afrontamiento y que me permiten un mejor desempeño de mi actividad. Puedo identificar aquello que más me satisface y motiva y compartirlo con mis compañeros. Siguiendo a Herzberg y su teoría bifactorial de la motivación, me preocuparía preferentemente de los siguientes factores:
• Logros de metas y objetivos.
• Reconocimiento por los logros.
• Trabajo con contenido e interés.
• Mayores responsabilidades.
• Progreso y perfeccionamiento en el trabajo.
• Relaciones interpersonales con mis compañeros, pacientes y sus familiares.

En resumen, y justificando la aparición en el título del concepto paraíso, intentaría que mi trabajo mantuviera un clima donde el crecimiento personal y profesional fuera una constante. Crearía un paraíso nutriente donde el positivismo triunfara sobre el negativismo. Todas y cada una de las cosas que integran la vida tienen una lectura positiva para los inteligentes, de todas podemos aprender mediante el análisis crítico, maduro y serio de ellas. Con ello mi maduración personal y profesional, mi desarrollo, mi autorrealización y mi satisfacción estarán garantizados.

En ese paraíso huiría de la oferta de manzanas podridas, cargadas por la envidia, la apatía, la no implicación, el cinismo, la crítica irracional, los conflictos interpersonales irresueltos y todos aquellos elementos negativos que abocan al infierno de un clima laboral insoportable, que trasciende a tu vida familiar y social, que te achicharra día a día hasta quemarte y hacerte renegar de aquella profesión que un día te ilusionó, a la que dedicaste parte de tu juventud para formarte cargado de esperanza en el futuro. Al menos, que conmigo no cuente para destruir mi propio proyecto. Yo velaré por mi salud mental y mi equilibrio, para desarrollarme y conseguir mis propios objetivos de realización y maduración personal, de esta forma habré contribuido a una sociedad más justa y solidaria mediante el granito de arena que me corresponde, pero sobre todo intentaré trasmitir salud a todos los que me rodeen.

Estoy convencido de que en esta reflexión quedan otros muchos conceptos por barajar para buscar ese paraíso, como tolerancia, comprensión, empatía, criterio, conocimiento, asertividad, etc. pero eso lo dejo para la reflexión propia y personal de cada uno. La singularidad y el autoconocimiento, amigo lector, hacen que no existan recetas milagrosas de aplicación general. Siempre aparecerán sutilezas que nos diferencian de los demás. Cada uno, pues, debe buscar sus propias recetas, pero aconsejo que no nos desprendamos de una buena dosis de “bonhomía”. Otro día, si te parece, hablamos de los otros elementos de la organización interesados en el tema y de cuales pueden ser sus aportaciones a este paraíso.
Antonio Porras Cabrera

viernes, 26 de enero de 2007

OTRA FORMA DE TOCAR EL CLAXON

Después de las reflexiones anteriores sobre el "pitofácil", he llegado a la conclusión de que no siempre son los mismos motivos los que provocan el toque de claxon. Esto me lo mandó una amiga, que debió vivir esta impresionante experiencia, deléitate con ella.
EL SEÑOR ES MI PASTOR

El sábado pasado fui a una librería cristiana y vi una pegatina que decía: “Toca tu claxon si amas a Jesús". Me sentía un poco deprimida porque acababa de asistir a una presentación de nuestro coro que había salido fatal. Asistí además a una reunión de oración. A pesar de todo, compré la pegatina y la pegué en el parachoques trasero de mi coche. Oh! Me puse tan contenta de haberlo hecho, porque después de eso tuve una experiencia inolvidable.
Al parar en una luz roja de una intersección muy transitada, empecé a pensar en el Señor y en lo bueno que es. No me di cuenta cuando la luz cambió. Es bueno saber que alguien más ama a Jesús porque de no haber sonado su claxon, nunca hubiera visto que la luz estaba verde. Pude darme cuenta de que mucha gente ama al Señor porque cuando estaba a punto de arrancar una persona empezó a tocar su claxon como loco y abriendo su ventana gritó, "¡Por el amor de Dios"...! Yo, completamente arrobada, no me movía de allí y de repente todos empezaron a tocar su claxon.
Era fantástico ver la cantidad de gente que ama al Señor anónimamente. Saqué mi cabeza por la ventana y empecé con mi mano a saludar y sonreír a toda esa hermosa gente que expresaba tan fervorosamente lo que sentía por Jesús. ¡Hasta toqué mi claxon unas cuantas veces para compartir aquella demostración de amor!
Vi a un hombre saludándome de una manera muy chistosa, tan solo con el dedo de en medio estirado y los demás doblados. Mi hijo venía en el asiento de atrás y le pregunte que quería decir eso y me dijo que era un saludo hawaiano para desear buena suerte o algo así. Le creí pues yo nunca antes había conocido a nadie de Hawaii.
Una vez mas me asomé por la ventana y rebosante de felicidad le devolví a aquella persona el saludo de la buena suerte. Mi hijo se echo a reír, hasta él estaba disfrutando de aquella maravillosa experiencia religiosa. Algunas personas estaban tan llenas de regocijo que bajaron de sus coches y enfilaron hacia mí. Estoy segura de que querían felicitarme, orar conmigo o tal vez preguntarme a que iglesia iba yo. Fue en ese instante cuando salí de mi éxtasis y me di cuenta de que la luz había cambiado a verde nuevamente. Les dije adiós efusivamente a todos mis hermanos y conduje mi auto a través de la intersección.
Me di cuenta de que solo yo había logrado pasar, ya que la luz cambió en ese instante a rojo y me sentí un poco triste de tener que dejar a todos atrás después del hermoso momento de amor que habíamos compartido. Así que paré mi coche y asomándome por la ventana con mis dos manos, le envié a todos el saludo hawaiano de la buena suerte que acababa de aprender.
¡Oh! Que grande es el Señor por tener tan bellos seguidores.
Antonio Porras Cabrera

LOS PITOFACIL

LOS “PITOFÁCIL”

Por supuesto que no hablamos de promiscuidad. Me quiero referir a aquellos sujetos que son propensos a tocar el claxon ante la más mínima ocasión. Si vas lento, si pisas la raya, si no arrancas con su diligencia, etc. Son irritantes en un principio. ¿Por qué esa obsesión por corregir e imponer a todos los demás su forma de conducir, su prisa y su estrés? El hecho es que, a veces, lo consiguen. Caes en la trampa y le respondes con un toque de claxon, aceptando el reto. Sin darte cuenta entras en una escalada simétrica que debes controlar para no acabar bajándote del coche e iniciar una competición de tortazos. El acaloramiento es la madre de todos los conflictos, y la desproporción de la respuesta está en relación directa con el nivel del mismo. Qué sabio es el pueblo cuando dice: “cuanta hasta diez antes de responder”. Desde hace tiempo he llegado a la conclusión de que lo mejor es no competir entrándoles al trapo. Cuesta conseguirlo, pero si analizas la personalidad de estos sujetos, posiblemente, llegarás a la misma conclusión.
Cuando un sujeto reta a su entorno es que tiene la necesidad de demostrarse a sí mismo y a los demás, que es poderoso, que es mayor, adulto, realizado y que está por encima de los demás. Esa necesidad se da cuando uno no tiene la certeza de ello y lo ha de contrastar continuamente. O sea, se observa en el proceso de maduración y es una herramienta evaluativa para ir afirmándose.
Por otro lado es un signo de intolerancia, que reafirma la inmadurez. Las personas maduras suelen ser tolerantes y capaces de entender los diferentes planos y diferencias, que existen entre los seres humanos, en cuanto a sus conductas y apreciaciones. Respetan esas diferencias y beben de ellas para enriquecerse.
Últimamente, intento identificar el prototipo de sujeto “pitofácil”. Suele ser joven, de mirada despectiva, actitud chulesca, provocador, con vehículo llamativo y mala y arriesgada conducción. No es un caso a imitar. Suelen ser bastante peligrosos para la conducción. Su disposición estresada y estresante debe generar, bajo mi opinión, una reflexión más madura que nos permita no entrar al trapo, como decía, ni dejarnos influir por su provocación. Tomar con calma estas cosas nos permite repeler el estrés que nos intentan provocar.
Hoy me ha tocado el pito, perdón, el claxon, un chaval joven para que arrancara en un semáforo, cuando lo he hecho me ha adelantado por la izquierda como un rayo, ha hecho un par de maniobras arriesgadas y ha desaparecido de mi vista. Me pregunté adónde iría o si estaba haciendo un ejercicio de maduración. Entonces entendí que debía dejarlo madurar sin ofuscarme por la situación, y llegué a casa, tome una copita de rioja, brinde por su maduración, comí y me puse a escribir estas reflexiones para compartirlas contigo.
Antonio Porras Cabrera

martes, 9 de enero de 2007

NOSOTROS Y CARLOS HAYA



CARLOS HAYA, 50 AÑOS DE HISTORIA

Estaba viendo en TV española un programa sobre su 50 aniversario. En él se hace un repaso a los acontecimientos de los últimos 50 años, que han sido transmitidos por la televisión pública, y que han significado la gran transformación de nuestro país y nuestra sociedad, acercándonos a la democracia, a Europa y a las tecnologías y el desarrollo, incrementando nuestro nivel de vida y permitiendo una economía integrada en la esfera occidental a través de la UE.

Esto me ha hecho reflexionar sobre otro cincuentenario que nos afecta más directamente a los malagueños y que viene siendo protagonista a lo largo de 2006. Es el 50 aniversario de nuestro centro hospitalario por excelencia, Carlos Haya.

Si tuviera que identificar los distintos factores vanguardistas que permiten que una sociedad evolucione, me referiría a la educación, la sanidad y la libre comunicación. En este sentido, en nuestra ciudad existen elementos de referencia en estas tres dimensiones. Por un lado, nuestra universidad, que se ha ido consolidando a través de estas décadas como un dispositivo de primera magnitud en el desarrollo de Málaga y su provincia y de la cual me siento orgulloso, como integrante de su cuadro de profesores. Por otro lado, he de centrarme en lo que ha significado Carlos Haya como referente en la mejora del proceso asistencial que hemos vivido. Nuestro “gran hospital” ha pasado a ser uno de los pioneros de España en sus distintas especialidades. Su prestigio es reconocido a nivel nacional e internacional, y todos los profesionales que integran su plantilla se deben sentir orgullosos de este logro colectivo. Yo, como integrante del mismo desde el año 1978 hasta mi jubilación en 2005, ya en la actividad docente, pero ligado a la asistencia a través de la Escuela Universitaria de Ciencias de la Salud, así lo siento. En tercer lugar, me viene a la mente los medios de comunicación, como la TV y la prensa, que en nuestro caso se representa, de manera muy especial, en el Diario Sur, que a través de los años nos ha acompañado dándonos la información necesaria para crear opinión y permitir una mayor y mejor capacidad de discernimiento en relación a los acontecimientos de nuestro entorno.

Hemos vivido, a lo largo del presente año, diversos hechos que nos han ido recordando el 50 aniversario de nuestro hospital, su historia y como ha ido evolucionando el sistema sanitario, representado en Carlos Haya. Personalmente, entiendo que el proceso evolutivo es la consecuencia de una sinergia de todas las fuerzas que conforman el sistema: los gestores, los profesionales y los usuarios. Por tanto, quiero, desde aquí, rendir un sentido homenaje a todos los integrantes que, a través de su historia, han permitido, potenciado e implementado esa actividad progresiva que ha situado a nuestra sanidad en el lugar que hoy ocupa. Creo que, sin desconsiderar los distintos reconocimientos que, de forma oficial, se puedan haber producido a lo largo de este año hacia los colectivos que han sustentado el sistema durante los 50 años mencionados, todos ellos bien merecidos, cabe hacer mención pormenorizada a aquellos grupos que, durante este periodo, de los que tengo especial constancia por el ejercicio de mi actividad como Supervisor General del centro y Subdirector de Enfermería en los años 80 y por otros referentes posteriores, han demostrado su denodado esfuerzo para hacer de nuestro hospital un ejemplo a seguir. La calidad del servicio que se presta no es producto exclusivo de la alta tecnología y del conocimiento científico. El trato del personal, la limpieza, la diligencia, la alimentación, el buen funcionamiento de las instalaciones, etc. complementan lo anterior para proporcionar esa calidad percibida por los usuarios.

De todas formas, el motivo de mi reflexión no es el relato pormenorizado de hechos o circunstancias que acompañaron la evolución de Carlos Haya. Yo quiero llamar la atención sobre un aspecto personal que nos debe afectar a todos los que, de una u otra forma, nos hemos sentido integrados en este proyecto común. Todos hemos evolucionado profesional y humanamente bajo la sombra y el paraguas del hospital. Si bien la situación actual es la suma o resultante de los esfuerzos de todos, también nosotros hemos cambiado y nos hemos desarrollado a la par. Ha sido un intercambio enriquecedor, donde hemos dado lo mejor de nosotros y hemos recibidos la recompensa del aprendizaje y realización personal a través del flujo de la comunicación y las vivencias, compartiendo los conocimientos y experiencias en los distintos campos.

Quiero, por tanto, dar las gracias al hospital por haberme permitido conocer, relacionarme y querer a mis amigos y amigas, por haberme dado los conocimientos técnicos y humanos que poseo en relación al ejercicio de mi profesión, por haberme permitido crecer de forma responsable, por dejarme servir a mis conciudadanos en un campo tan complejo y, a veces, dramático como la salud y la enfermedad. No puedo olvidar que el ejercicio de mi profesión me ha permitido empatizar con mis semejantes, conociendo y entendiendo su sufrimiento, sus temores, miedos e ilusiones. Creo, sinceramente, que el hospital me ha hecho más comprensivo, solidario, racional y estable emocionalmente; me ha permitido reflexionar sobre la vida y la propia existencia y me ha dotado de un positivismo que me ayuda, en mis actuales circunstancias, a superar mi propia problemática de salud. En suma, me ha hecho más humano.

Por todo ello, vaya por delante mi homenaje personal en este año, libre y sincero, a todos los colectivos que integran nuestro hospital Carlos Haya, porque algo de ellos llevo dentro de mí, formando parte de mi propio ser, y de todos aprendí. Carlos Haya fue una de mis escuelas en la vida, por lo que siempre le estaré agradecido.

Antonio Porras Cabrera

sábado, 30 de diciembre de 2006

ESTRESORES EN ENFERMERÍA

IDENTIFICACIÓN DE ESTRESORES LABORALES EN PROFESIONALES DE ENFERMERÍA
(Artículo publicado en la revista PRESENCIA)

Resumen.

El afrontamiento de situaciones de estrés por los profesionales de enfermería en el ejercicio de la profesión, si no es adecuado, puede llevar a la instauración del síndrome del quemado. Luchar contra ello es preservar la salud mental de la enfermera y la propia profesión, garantizando una mejor asistencia al ciudadano, que es el objeto final de nuestra actividad. Como objetivo básico se propone la identificación de las situaciones o circunstancias que los profesionales de enfermería perciben como más estresantes. Para ello se ha proyectado un estudio de investigación, básicamente descriptivo, sobre la opinión de los profesionales que ejercen su actividad en centros hospitalarios y atención primaria, basado en los planteamientos de Gil-Monte y Peiró.

Muestra incidental de 110 sujetos de ambos sexos seleccionados de centros de atención primaria (23,66%) y hospitalización (76,34%).

Instrumento, cuestionario “ad hoc” de identificación de estresores laborales desarrollado con base en el modelo de Gil-Monte y Peiró (1997) compuesto por 28 ítems, de respuestas tipo Licker.

Los resultados se presentan en tablas donde se reflejan las puntuaciones medias de cada ítem, su desviación típica y el coeficiente de variación. Los desencadenantes que mostraron promedios más altos fueron a la sobrecarga laboral, el ambiente físico, exigencias socio-familiares y la falta de participación en la toma de decisiones; correspondiendo el valor más bajo a las relaciones interpersonales con compañeros. En relación a los facilitadores los profesionales se autoevalúan alto en: Autoconfianza, características de humano, altruista..., empático y en tendencia a afrontar problemas de forma directa.

En cuanto a la comparación entre atención primaria y hospitalización, encontramos que existe bastante homogeneidad entre los resultados de ambos colectivos. Las diferencias se podrían explicar por la dinámica diferenciada del trabajo y la propia organización del mismo. Se declaran más entusiastas en atención primaria y en hospitalización se definen más empáticos. La tendencia escape/evitación se da más en hospitalización. La percepción de sentirse quemado por el trabajo resultando casi 2 puntos más en hospitalización que en atención primaria.

Autores: Antonio Porras Cabrera, Concepción Bilbao Guerrero, Bernardo Vila Blasco

El artículo lo encontrarás completo a la página web:
http://www.index-f.com/presencia/n1/14articulo.php

martes, 26 de diciembre de 2006

¿Y si nos jubilamos?

Hoy me permito colgar en mi blog la disertación que realicé en el Colegio de Enfermería, a petición de mi buen amigo Juan Antonio Astorga, presidente del mismo, el día en que se nos ofreció un homenaje a todos los profesionales que nos habiamos jubilado el año 2005. Es posible que muchos os veáis reflejados en ella.
También podéis encontrarlo en la siguiente dirección:
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¿COMO AFRONTAR LA JUBILACIÓN?

Queridos compañeros/as y amigos/as, permitidme primero que salude especialmente a D. José Luis Marcos y a Dña. Agurtzane Escalera, Delegados de la Consejería de Gobierno y de Salud de la Junta de Andalucía, respectivamente, que nos honran hoy con su presencia. En ambos casos nos podemos sentir orgullosos de que dos profesionales de la Enfermería, tan cualificados como ellos, ostente esa importante representación. Yo, por mi parte, quiero manifestarles, como ellos ya conocen, mi admiración y personal aprecio, fraguado en el ejercicio de la profesión, donde hemos compartido experiencias y vivencias hace algunos años.

También quiero agradecer a nuestro presidente, D. Juan Antonio Astorga, el que me haya propuesto para hacer algunas reflexiones en nombre de todos los jubilados del pasado año y, por supuesto, la deferencia que el Colegio tiene con nosotros al hacernos este homenaje. Siempre ha sido nuestra casa y hoy lo es más que nunca.

Evidentemente, hablar en nombre de todos los jubilados puede resultar una osadía. Somos y pensamos de forma variada, diferentes en muchos aspectos, en ideas y opiniones, lo cual nos enriquece, pero nos sentimos unidos en un único cuerpo profesional que nos distingue y orienta en la misma dirección. En esto sí que somos todos iguales. Somos profesionales de la Enfermería y a ello hemos dedicado nuestra vida laboral durante muchos años. Por tanto, solo querría hacer algunas reflexiones para compartirlas con vosotros. Una visión retrospectiva de lo que hemos aportado a esta sociedad, que se completa con otra visión, en este caso, prospectiva del devenir que nos espera como jubilados.

Nuestra generación
Pertenecemos a una generación de la que debemos sentirnos orgullosos. Una generación peculiar y singular que ha transitado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Nos hemos visto envueltos, de una u otra forma, en los hechos y circunstancias que han conformado el proceso evolutivo de mayor envergadura que se ha conocido en los últimos siglos con relación, no solo a Europa, sino a todo el mundo. La transición democrática, como referente específico, fue fruto del esfuerzo de esta generación. Política y sociológicamente hemos conseguido una “sociedad del bienestar” donde la asistencia sanitaria y la protección social son elementos claves a considerar. Ahí hemos estado nosotros. En suma, hemos participado activamente para ubicar a España y Andalucía en las estructuras europeas, en igualdad de condiciones con el resto de países que la integran. Hemos trabajado duro, con deficiencias en recursos humanos y materiales, que han sido suplidos con esfuerzo, entrega, imaginación y creatividad.

En esta línea, muchos sufrimos las penurias de nuestra infancia, ayudamos a nuestros padres en la juventud, compaginamos estudio y trabajo, y posteriormente nos volcamos en ayudar a nuestros hijos para que no sintieran las necesidades que nosotros habíamos tenido. Una generación esforzada, donde la empatía y la entrega han sido una constante.

Yo recuerdo, con cierta nostalgia, no por desear aquello tiempos, sino porque era joven, mi escuela de ATSs en Barcelona, ciudad a la que marché a trabajar con mi familia, en plan emigrante y a lo que saliera. Era una escuela masculina (¿Os acordáis de la separación de sexos?), nocturna, pensada para los que trabajamos en jornada laboral normal y estudiábamos por la tarde-noche. ¡Qué duro era aquello! ¡Cuanto costaba estudiar a las clases menos favorecidas!

Pero, en fin, así era la vida y así tuvimos que afrontarla. Tal vez eso nos dotó de unos principios y valores que nos hicieron madurar prematuramente. Posiblemente, ello me empujó a licenciarme en Psicología más adelante y entender la vida como un continuo aprendizaje, como un camino de superación y autorrealización que te lleve a estar contento contigo mismo, satisfecho con la realidad que te has fraguado tras analizar de donde vienes y donde estás. Mi culminación personal fue la titularidad como Profesor de Escuela Universitaria, antes de que la enfermedad me apartara de ese camino.

Nuestro trabajo
Por otro lado, ¡Cómo ha cambiado nuestro trabajo! ¿Quién no recuerda, aunque ya sea un tópico, aquellas jeringas de cristal y agujas metálicas, que teníamos que esterilizar para poner un inyectable? El material de un solo uso, ese de los fungibles, era un lujo. La primera vez que vi un Drum quedé alucinado: ¡Qué maravilla! Fuera venotomías, subclavias, yugulares y demás, podíamos llegar a la aurícula derecha con un pinchazo y desenroscando aquello… Eso sí, ¡cuidado con las flebitis…!

El nuevo material, la tecnología y el incremento de recursos permitió ir mejorando, poco a poco, nuestras condiciones de trabajo. Aquellas camas, con las manivelas inoperantes por exceso de uso, que resultaban difíciles de posicionar para situar al paciente de la mejor forma posible, hoy se mueven con motor y mando manual que maneja el propio usuario o su familia en muchos casos.

Y… ¿qué me decís de la informática? Lo ha revolucionado todo. Nos hemos adaptado, dentro de lo posible, al uso de unos artilugios con los que hemos tenidos serias discusiones y peleas, que no siempre hemos sabido ganar. La informatización de las historias, la gestión de recursos humanos, los planes de cuidados, los GDRs, los protocolos, etc. han cambiado la sistemática del trabajo. Nos ha sumido en un proceso que, en muchos casos, nos ha venido largo. Ver como esos chicos jóvenes se desenvolvían con las nuevas tecnologías, su desparpajo y soltura natural y familiar en su manejo, era un acicate para enfrentarnos a ello.

El uso racional del material fungible nos ha permitido, también, facilitar nuestra labor profesional, trabajar con mayor asepsia y precisión y menos iatrogenia. Hemos pasado de una situación paupérrima en recursos a la disposición de medios insospechados unos años antes. Mientras, la Enfermería, en otros países, iba por delante en cuanto a recursos y preparación teórica, desarrollando modelos que más adelante deberíamos asumir nosotros.

Nuestra profesión
En este sentido, también la Enfermería en España ha sufrido una importante transformación de la que somos artífices. Hemos pasado de ATS a Diplomados en Enfermería, entrando en la Universidad por la puerta grande. Ahora estamos a las puertas de la homologación con el resto de Europa, con una ampliación del campo de estudio. El desarrollo de las especialidades y el enfoque al Grado, Master y Doctorado, nos dará una mayor autonomía profesional y más posibilidad de desarrollo.

Pero… ¿de donde venimos y hacia donde vamos? Estudiamos materias propias de medicina, puesto que éramos Ayudantes Técnicos Sanitarios a las órdenes del facultativo, bajo cuya tutela aplicábamos las técnicas que se nos indicaban. Nos formaron médicos básicamente. Más adelante, con la inclusión en la Universidad, cambio el programa de estudios, se incluyeron materias más propias de la Enfermería y se desarrolló una nueva filosofía con un cuerpo doctrinal específico basado en modelos propios. Ello nos obligó a una “puesta a punto” o reciclaje, que culminó en el curso de nivelación de la UNED, donde adquirimos los conocimientos teóricos y la titulación universitaria correspondiente.

Mientras tanto, nuestros centros de trabajo también cambiaban. Las Jefaturas de Enfermería se convertían en Direcciones de Enfermería. Se realizaba un esfuerzo importante en el reciclaje de los profesionales y en la formación continuada. Se introducían procesos de atención y planes de cuidados, diagnósticos de Enfermería, la NANDA. Se protocolizaban y normalizaban actuaciones y técnicas de enfermería. Se abordaba la Atención Primaria desde una perspectiva integradora. Se intentaba potenciar la cultura del cambio hacia una nueva concepción. En suma, aparecen conceptos holísticos, con orientación “biopsicosocial” del sujeto y su entorno. Se empieza a sembrar la inquietud por la evidencia científica, los NIC y los NOC y otros muchos aspectos que todos conocemos y no podemos reseñar por falta de tiempo y para no cansarnos. Ahí esta, sobre la mesa, nuestro campo y nuestro reto.

De todas formas, cuantas penas y alegrías nos ha dado la profesión. Cuantos miedos, dudas e inseguridades hemos sentido en su ejercicio. Cuanto esfuerzo por adaptarnos a las nuevas demandas. Cuanta satisfacción por el trabajo bien hecho, por el agradecimiento de los pacientes y sus familiares, por el compañerismo y el desarrollo de amistades con los colegas. Cuantas anécdotas graciosas podríamos contar. Cuanto nos hemos enriquecido humanamente con nuestra actividad profesional.

Desde la madurez las cosas se ven distintas, con otra perspectiva. Ahora nos toca dejar nuestro legado a los jóvenes que vienen empujando con nuevos bríos. Algunos, como es mi caso, tenemos entre nuestros hijos sustitutos en la profesión, hemos sembrado en casa.

Nuestra jubilación
Pero si miramos hacia atrás podremos colegir que merecemos un descanso, un reconocimiento y una jubilación llena de plenitud. Unos se jubilaron por que llegó su hora, con su edad reglamentaria, otros por causas ajenas a su voluntad, por enfermedad o causas mayores. Los que nos hemos visto sorprendidos por la enfermedad lo tenemos más difícil para asimilarlo. Nuestro proyecto de vida se ha visto truncado, pero analizando la situación desde esa madurez a la que me refería, debemos positivar lo negativo e intentar disfrutar, dentro de lo posible, de esta nueva etapa.

Hace algunos años participé en el Aula de Formación Abierta para mayores de la Universidad. Parece premonitorio, pues el tema de mi conferencia fue: La Jubilación: El Reto de una Nueva Etapa. Hoy quiero retomar algunas reflexiones que mantenía entonces. En primer lugar, cabe plantearse algunas cuestiones que nos posicionen con respecto a la idea que socialmente se pueda tener del jubilado. Entre otras, un jubilado puede ser:
1. ¿Un premiado por su labor?
2. ¿Una persona inútil para la sociedad?
3. ¿Un sujeto reciclable?
4. ¿Un estorbo social?
5. ¿Una fuente de conocimiento por su experiencia, a la que se ha de cuidar?

Yo me quedo con los apartados 1, 3 y 5. Es lo optimista, lo racional y lógico. Tiene derecho a un merecido premio (descanso) y es reciclable en cuanto se enfrenta a una nueva etapa del ciclo vital, puesto que debe afrontarla positivamente, con garantía de éxito personal y social. Esto entronca con la consideración de fuente de conocimiento por su experiencia a la que me refiero en el último punto.

Pero estamos inmersos en un proceso donde la tecnología está introduciendo elementos desestabilizadores del sistema cultural. El “abuelo” ha dejado de ser un puente entre el pasado y el presente, un cronista en sentido humano. No se viven sus experiencias como enriquecedoras ni su conocimiento aplicable a nuestro futuro. Ha quedado “obsoleto” ante las nuevas tecnologías. El respeto y veneración por su reconocida autoridad ha desaparecido en gran medida, en función de la microcultura familiar. Los medios de comunicación superan ampliamente sus crónicas, aunque de forma deshumanizada, sin sentido y afecto. Por tanto, debemos retomar la función de cronistas o trasmisores culturales y de experiencias que enriquezcan a los jóvenes y a nuestros nietos. Hacer un poco del abuelo cebolleta, sin pasarse, cargados de bondad, ternura, comprensión y cariño. En suma, trasmitir emociones y sentimientos junto a la información. Eso es trasmitir cultura en un sentido amplio.

También querría resaltar, pensando en nuestra salud física y mental, algunos aspectos positivos que pueden orientar nuestras ocupaciones y/o preocupaciones, a la par que presento los negativos como posibles sucesos de crisis.

Entre los aspectos positivos de la jubilación podemos destacar:
- Segunda aspiración. Tercera carrera. Interés en pasatiempos.
- Compartir sabiduría de la experiencia.
- Evaluar el pasado/satisfacción con la vida.
- Disfrutar razonablemente de comodidad física y emocional.
- Mantener suficiente movilidad.

Posibles sucesos de crisis
- Dificultades financieras.
- Conflictos interpersonales con los hijos.
- Conflictos interpersonales con semejantes.
- Indiferencia por parte de los adultos jóvenes.
- Conciencia de soledad
- Enfermedad e incapacidad.
- Dificultad en la adaptación a la jubilación.

Pero, sobre todo, cada uno debe tener la capacidad de análisis suficiente para sacar sus propias conclusiones y adaptarse a sus nuevas circunstancias, compartir esta etapa con sus seres queridos y permitirse ciertas licencias que hasta ahora no podíamos permitirnos. Ahora se nos ofrece la posibilidad de hacer aquello que no pudimos hacer, de llevar a término “asignaturas pendientes” y de buscar actividades que nos enriquezcan. Posiblemente descubramos valores insospechados en las personas con las que convivíamos. Nos sorprenderán nuestras parejas y será de inteligentes acoplarnos en una nueva dimensión relacional que permita disfrutar de estos años que se avecinan, acompañando y acompañados de nuestras familia.

Por todo ello, yo os exhorto a disfrutar de vuestra jubilación, a compartir amablemente vuestra vida con amigos y familiares, a hacer brotar esa bondad que nos ha acompañado siempre en el ejercicio de la profesión, a soplar sobre las brasas de viejas amistades y recobrarlas, a estar dispuestos a compartir experiencias y enriquecernos con los demás, pero sobre todo os invito a SER FELICES hasta el final.

Un abrazo para todos y todas los que hemos entrado en este nuevo ciclo vital, que es la jubilación.

Antonio Porras Cabrera

Málaga, 8 de Marzo de 2006

sábado, 23 de diciembre de 2006

EL DERECHO A LA SALUD

Cuando realicé este artículo (trascrito fielmente) participaba en los foros de enfermería enmarcados en “Salud para todos en el año 2000” de la OMS. Trabajaba en un centro de Salud Mental y era supervisor general de noche en Carlos Haya. Mis inquietudes quedan claras, pero si observáis, la realidad actual, tras casi 20 años, mantiene algunos elementos de fondo, si bien las cosas han cambiado y el sistema sanitario se ha ido desarrollando en la línea que proponía. Si te apetece, te invito a compartir esas ideas.


EL DERECHO A LA SALUD(Publicado por Diario Sur el 8/8/87, pag. 23 - OPINIÖN)

El derecho a la salud es uno de los más preciados por el individuo, puesto que consecuentemente implica el derecho a la vida. La salud no se puede entender como el mero hecho de la ausencia de enfermedad, sino que es un concepto mucho más amplio y difícilmente definible, en cuanto responde más a un estado personal o individual resultante de la conjunción de tres factores como son el biológico, el psicológico y el social, que a una definición rígida y aplicable a todo ser humano. Cabría recordar aquí esa frase tan “manida”, pero tan real de: “No hay enfermedades, sino enfermos”, pero aplicada al concepto de salud. Por tanto, un individuo se acercaría más a la salud total, cuanto mejor y más adecuada respuesta emitiera ante un estímulo dado en cualquiera de los tres factores o áreas a que me he referido.

De todo lo anterior se desprende que la política sanitaria debe ser redefinida, en parte, y enfocada hacia la salud y no hacia la curación exclusivamente, de acuerdo con los objetivos establecidos por la OMS en Alma-Ata.

Hasta hoy los sistemas sanitarios se orientaron básicamente hacia la curación con el consiguiente apoyo en centros y técnicas específicamente curativas, como son los hospitales. Esto ha hecho que la mayor parte del esfuerzo económico se realice en aras de una mejor asistencia hospitalaria, quedando relativamente en el olvido el medio asistencial extrahospitalario.

Si hacemos un incursión retrospectiva hacia las últimas décadas, comprobaremos mejor la situación actual y, consecuentemente, podremos realizar un mejor diagnóstico de la misma.

Nuestro país, que entra en la década de los 40 prácticamente desolado por la guerra y aislado posteriormente a nivel internacional tras la evolución de la II guerra mundial, encuentra graves dificultades para su reconstrucción, permitiéndosele subir al tren del progreso en uno de los últimos vagones a un precio considerable. La dependencia tecnológica, que se mantiene en nuestros días, es claro reflejo de ello, amén de otras que no vienen al caso desarrollar.

En estas circunstancias fue necesario el replanteo y estructuración de un sistema sanitario adecuado. Pero la respuesta no fue, a mi entender, la idónea. Basándose en la expansividad que permitían unos ingresos considerable, mediante las cuotas que empresarios y trabajadores aportaban a la Seguridad Social y en el bajo coste inicial de la misma, se entró en una espiral difícilmente controlable a largo plazo. Se construyeron macrohospitales en las grandes ciudades, dejando a un lado a las comarcas y al medio rural, se dotaron de sofisticados medios, olvidando los aspectos elementales en la atención extrahospitalaria; se potenció la superespecialización y se dejó en relativo abandono al médico y practicante de cabecera o cupo. En resumen, sufrió un gran empuje el medio hospitalario (que era necesario), y se olvidó el extrahospitalario (donde también lo era). Esto confirma, en parte, el hecho de que el esfuerzo iba encaminado hacia la curación y no hacia la prevención y la salud. De todas formas, esta circunstancia no deja de tener un “tufillo” extraño, en cuanto las multinacionales hacen “su agosto” /enlácese esto con la dependencia tecnológica a que me refería antes). Lógicamente los “agostos” económicos para estas empresas (fármacos, electromedicina, aparataje, materiales varios, etc,) son más sustanciosos con la curación que con la prevención.

Es en este punto donde, a mi entender, se demostró una miopía proyectiva. Eran excelentes circunstancias (había poco hecho) para plantear una filosofía sanitaria enfocada más hacia la equidad y la salud, que para las superestructuras hospitalarias. Sin embargo, los grandes presupuestos se dirigen hacia los hospitales y se vacía del contenido económico necesario el resto de la asistencia. Diría más, incluso a nivel institucional, no se tuvo la intuición suficiente para dar opción a un cambio posterior que permitiera planteamientos y reformas consecuentes con la evolución socio-económica previsible. La situación actual y los pasados conflictos en el área sanitaria dan fe de ello, en gran medida. El sistema sanitario ha demostrado ser un gran “monstruo”, difícilmente manejable (gestionable), en tanto que tiene tentáculos anclados en multitud de intereses, tanto económicos como socio-profesionales o de filosofía asistencial.

La situación actual se objetiva en una gran estructura sanitaria, de difícil gestión, con una capacidad especializada en “respuestas terminales” a la enfermedad con poco potencial preventivo y de atención primaria, impregnada de intencionalidad curativa, pero falta de capacitación para promover la salud.

Los nuevos tiempos, que a nivel sanitario se apoyarían en la conferencia de Alma-Ata, con su lema de “S alud para todos”, requieren un cambio considerable en la filosofía asistencial.No se puede negar que en los últimos años hemos vivido un proceso evolutivo sin precedentes, sobre todo, a nivel tecnológico y de servicios. Pero cabe preguntarse: ¿Ha servido este para hacer al hombre más libre, más integro, más dueño de sí mismo? Las respuestas pueden ser varias , pero nunca un sí rotundo, en todo caso un “sí, pero…”.

La salud se ha visto incrementada, pero no lo suficiente. Han desaparecido enfermedades y se han controlado otras, pero han aflorado patologías desconocidas basadas en gran medida en el sistema de vida. El ciudadano tiene más información, pero no toda la precisa y necesaria. La enseñanza está más al alcance de la mano, pero no es la adecuada para “ser”, sino más bien para “estar”. La riqueza se ha incrementado, pero no está bien repartida. Etc., etc. de “peros…”.

Por tanto, cuestionemos la situación, critiquémosla y sacaremos conclusiones que nos permitan redefinirla y estructurar un sistema sanitario integral, adecuado a nuestras necesidades como ciudadanos de pleno derecho. Pero no caigamos en el error típico de criticar para que otros hagan… La crítica debe aportar alternativas en las que nos hemos de implicar. Nadie tiene derecho a exigir que se construya algo a su gusto si no participa en ello de forma decidida.

En estos días se han celebrado varios foros de enfermería en nuestra provincia. En ellos se han intentado analizar los 38 objetivos que se han planteado cumplir los países del área europea de la OMS y la implicación que enfermería tiene en ellos. Las conclusiones, que espero sean publicadas en su día, han sido varias. Además de quedar de manifiesto el entusiasmo de un colectivo de profesionales por aportar algo para mejorar la salud de sus conciudadanos, yo me atrevería a desprender dos importantes conclusiones:
1. Educación para la salud.
2. Potenciación de la atención primaria.

La educación para la salud es un concepto que engloba una “filosofía de vida”, una actitud, tanto colectiva como individual, encaminada a dar a conocer al individuo y su medio, aspectos relacionados con su “funcionamiento” bio-psico-social para hacerle más conocedor de sí mismo y de forma más integral. Esto hace replantearnos la enseñanza en las propias escuelas, la utilización más eficaz de los medios de comunicación en este sentido, la concienciación del ser humano al respecto. Un ser es más libre en cuanto más autonomía y conocimiento de sí mismo tiene, lo que le lleva a una mayor independencia. Por otro lado, los técnicos en salud tenemos un papel de principal importancia en esta educación. Nuestra función educativa, tanto del individuo sano como enfermo, debe ser asumida y respetada en su totalidad, para lo cual nuestros propios sistemas de formación deben de reajustarse y ser enfocados en ese sentido de forma más decidida.

Potenciar la atención primaria implicaría ir desplazando el eje sobre el que pivota la asistencia, desde el medio hospitalario al extrahospitalario. Este es un proceso lento, pero debe ser decidido. Los resultados se plasmaría a medio y largo plazo, asumiéndose en atención primaria la mayor parte de la resolución de los problemas de salud y apoyándose en la atención secundaria y terciaria para los casos más complejos. Al mismo tiempo, cabe suponer que se podría llevar a término un corrimiento paulatino de los presupuestos económicos con arreglo a la situación, sin quedar descapitalizado en ningún caso el medio hospitalario.

Es evidente que los centros de salud, donde se debe realizar la atención primaria, son pocos y están mal dotados aún. Pero de nada nos servirá rodearnos de estos centros si no les llenamos de contenido. Se necesitan unos profesionales con un nuevo sentido de la asistencia, capacitados para ella, enfocada hacia la promoción y prevención de la salud, además de la curación y rehabilitación. Esto implica la inclusión de otras profesiones no tan comprometidas, hasta hoy, en la asistencia sanitaria; me refiero a psicólogos, veterinarios, sociólogos, asistentes sociales, etc.

No obstante, la creación de un centro de salud, por sí solo, no puede garantizar la consecución de los objetivos descritos. Se necesita una cooperación multisectorial, una actitud más participativa de la población, incluso un incremento de la cooperación internacional para resolver los problemas comunes. No se puede dejar solos a los profesionales de la salud, hay que apoyarlos, dotarlos de los medios adecuados cuando los objetivos son claros. La Administración debe mantener una política sanitaria consecuente, con miras al futuro, planificando un proceso metódico que permita el cambio paulatino del sistema. En ello estamos y eso queremos los profesionales. Esperemos que la Administración dé nuevos impulsos a la atención primaria, que los frenazos perceptibles sirvan para tomar nuevas fuerzas y evitar errores, pero en ningún caso que se aborte la reforma del sistema sanitario.

Antonio Porras Cabrera

domingo, 17 de diciembre de 2006

¿ESTAS QUEMADO?

Esta conferencia se expuso en las Jornadas Nacionales de Alumnos de Enfermería, celebrado en Torremolinos en el año 2000.
EL SÍNDROME DE ESTAR QUEMADO O “BURNOUT”

Ponente: Antonio Porras Cabrera. Profesor titular de la E. U. Ciencias de la Salud. Universidad de Málaga.

INTRODUCCIÓN

Ante todo quiero darle las gracias al comité científico por haberme ofrecido la posibilidad de dirigirme a todos vosotros con un tema tan interesante y de tan palpitante actualidad como es el Síndrome de “estar quemado” o “burnout” y que como muchos de los presentes saben es de especial interés para mí. Su trascendencia hace que debamos considerarlo como un importante enemigo a vencer para poder consolidar el ejercicio de la profesión e impedir el desánimo y el abandono de la actividad enfermera de muchos profesionales. En este sentido... ¿Qué mejor oportunidad que las presentes jornadas, dirigidas a los futuros profesionales, para hacerlo conocer y definir estrategias que lo eviten?

Pero cuando reflexioné sobre ello, lo primero que pensé fue cómo podía resumir en tan poco tiempo todo lo que habría que decir del asunto. Evidentemente tendría que abreviar y con ello debería priorizar lo más importante y renunciar a pormenorizar o extenderme en el tema.

Por tanto, aceptando estos condicionantes, nos limitaremos a, desde un punto de vista teórico, que luego se verá ampliado o refrendado por las aportaciones de los demás componentes de la mesa, conceptualizarlo; describir cómo se instaura, siguiendo el proceso mediante el análisis de los desencadenantes, facilitadores y sus consecuencias para, finalmente, centrarnos en las estrategias de afrontamiento que nos permitan prevenirlo, evitando así su aparición. De esta forma procuraremos preservar nuestra salud e integridad mental. No podemos olvidar que se da lo que se tiene, y si no tenemos salud difícilmente podremos ayudar a instaurarla en aquellos que nos lo demanden; por tanto, la salud del profesional es un factor precioso que debemos cuidar, como garante de un buen ejercicio de la actividad cuidadora que tenemos encomendada.

CONCEPTUALIZACIÓN DEL “BURNOUT”

Pero... ¿Qué es el “burnout”? Según los teóricos se trata de un proceso negativo que sufren los profesionales en su labor, que se traduce en deterioro en la atención profesional a los usuarios de las organizaciones de servicios. Los sujetos afectados por este síndrome muestran desilusión, irritabilidad y sentimientos de frustración; se enfadan y desarrollan actitudes suspicaces. Se vuelven rígidos, tercos e inflexibles. Asimismo, afloran síntomas de carácter psicosomático como mayor cansancio, dificultades respiratorias, problemas gastrointestinales, etc. Este conjunto de síntomas y signos de carácter actitudinal, conductual y psicosomático se entiende como las consecuencias del síndrome de “burnout” o “estar quemado”.

Se produce como una respuesta al estrés laboral crónico, y está integrado por actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja y hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse emocionalmente agotado.

Maslach y Jackson (1981), lo definen como un síndrome de agotamiento emocional, despersonalización y falta de realización personal en el trabajo que puede desarrollarse en aquellos sujetos cuyo objeto de trabajo son personas en cualquier tipo de actividad. El “burnout” se da en un proceso interactivo donde se conjugan activamente estas variables, que se conceptualizan como:
Ø Agotamiento emocional, es la situación en la que los trabajadores sienten que ya no pueden dar más de sí mismos a nivel afectivo. Es, por tanto, un agotamiento de los recursos emocionales propios; es decir, emocionalmente agotado por el contacto diario y mantenido con personas a las que hay que atender como objeto de trabajo.
Ø Despersonalización, implica el desarrollo de sentimientos negativos y de actitudes y sentimientos de cinismo hacia las personas destinatarias del trabajo. Estas personas son vistas por los profesionales de forma deshumanizada debido a un endurecimiento afectivo, lo que conlleva que les culpen de sus problemas (v. g: Al paciente le estaría bien merecida la enfermedad).
Ø Falta de realización personal en el trabajo, se define como la tendencia de esos profesionales a evaluarse negativamente, con especial incidencia en la habilidad para la realización del trabajo y a la relación con las personas a las que atienden.

¿Esto quiere decir que el estrés es algo negativo y evitable a toda costa? Debemos entender el estrés como una reacción integral del sujeto para ponerle en guardia ante un estímulo externo que requiere una respuesta que implica la utilización de recursos de afrontamiento no activados hasta ese momento. Por tanto, su objetivo es prepararnos para disponer el uso de esos recursos. Puede ocurrir que el estímulo no sea suficientemente intenso para provocar el “arousal” y/o la reacción de estrés, por no llegar al umbral de estimulación, con lo que la situación persiste y se convive con ella sin que cause mayores complicaciones. No obstante, para hacer un afrontamiento de la situación estresora es necesario poner en marcha los recursos necesarios y efectivos para resolverla. Si resolvemos la situación mediante el afrontamiento efectivo, no se desprenderán mayores consecuencias, pero si el resultado no es satisfactorio y no conseguimos resolver la demanda, persistirá la situación de estrés y se cronificará hasta el punto de hacerse insostenible, apareciendo sintomatología relacionada con aspectos emocionales, actitudinales, conductuales y psicosomática del sujeto, como ya hemos referido. El “burnout”, en todo caso, sería un proceso mediador entre este afrontamiento ineficaz y sus consecuencias, que se manifiesta como un deterioro atencional hacia el colectivo objeto de nuestra actividad profesional.

Por tanto, podemos resumir el proceso de la siguiente forma: La existencia de discrepancias entre las demandas y los recursos para resolverlas llevan al sujeto a percibirlas como estresoras. Ante esta situación, el trabajador establece estrategias de afrontamiento que pueden resultar eficaces, con lo que se resuelve la situación, o ineficaces, cronificándose esta y apareciendo a medio o largo plazo el síndrome de “burnout” con sus variables (agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal en el trabajo). Todo ello llevará a la instauración de consecuencias negativas para el individuo (falta de salud) y la propia organización laboral (propensión al abandono del trabajo). Por otro lado, desde la perspectiva evolutiva de la relación del sujeto con el medio laboral, Edelwich y Brodsky establecen cuatro fases: entusiasmo, estancamiento, frustración y apatía.

DESENCADENANTES Y FACILITADORES

En términos generales, podemos identificar a los estímulos que provocan las demandas como desencadenantes, que tienen su localización en el entorno sociolaboral, mientras que las variables de carácter personal relacionadas con las formas de afrontamiento actuarían como inhibidores al neutralizarlos, o por el contrario, facilitadores de la instauración del síndrome, al no resolver la situación y permitir su persistencia, dependiendo de la eficacia de dicho afrontamiento.

Los desencadenantes, a los que podemos identificar con los estresores laborales, están relacionados con: ambiente físico, contenido del puesto de trabajo, desempeño del rol profesional, relaciones interpersonales, desarrollo de la carrera profesional, nuevas tecnologías, aspectos organizacionales, aspectos extraorganizacionales, relación trabajo familia...

Los facilitadores o inhibidores tienen relación con las variables demográficas y personales, apoyo social en el trabajo y estrategias de afrontamiento, actuando como facilitadoras las de escape evitación y como inhibidoras las de afrontamiento directo.

CONSECUENCIAS

Las consecuencias se centrarán sobre el propio individuo y sobre la organización, como ya hemos mencionado. En el caso del profesional aparecerá el agotamiento emocional con ansiedad, impotencia, soledad... mientras que en su actitud encontraremos rasgo de hostilidad, suspicacia, cinismo y apatía, que provocarán conductas caracterizadas por la agresividad, aislamiento, labilidad del humor, irritabilidad y trato dificultoso; por otro lado, pueden aparecer manifestaciones psicosomáticas relacionadas con algias diversas, neurovegetativas, psicosomáticas típicas y otras... En cuanto a las consecuencias para la organización cabe destacar el incremento del absentismo laboral, la propensión al abandono profesional, una menor calidad de servicio, el incremento de accidentes laborales, menor implicación del profesional, más insatisfacción laboral, menos interés, más conflictos y una mayor rotación laboral. En todo caso, está demostrado la aparición de más errores, conductas deshumanizadas, recriminaciones y bajo nivel de compromiso.

No querría pasar por alto el hecho del modelado. Mediante el proceso de socialización laboral de los nuevos trabajadores existe la posibilidad de que la transmisión de conductas y actitudes facilitadoras del síndrome sean asumidas por estos, amparados en culturas organizacionales donde se ha instaurado una tendencia a la instalación del síndrome. En este sentido los dirigentes deben establecer programas que permitan canalizar esta socialización para contrarrestar los efectos de este modelado negativo y los nuevos profesionales asumir una actitud crítica con las referidas tendencias.

ESTRATEGIAS DE AFRONTAMIENTOS

En cuanto a las estrategias de afrontamiento, hemos de distinguir tres niveles de actuación, como son: individuales, grupales y organizacionales.

Con relación a las estrategias individuales, las de control o activas previenen el “burnout” y las de evitación o escape lo facilitan, tal como ya hemos referido. Como estrategias válidas para el afrontamiento individual podemos reseñar las instrumentales, que incluyen las técnicas de solución de problemas, la asertividad y el manejo del tiempo entre otras; y las paliativas, donde incluimos las técnicas de relajación.

Las estrategias grupales o interpersonales tienen su fundamento en el apoyo social de compañeros y supervisores, mediante el cual recibimos información, refuerzo social, retroinformación, apoyo emocional y consejos y potenciamos nuestras habilidades; en suma, sentimos que los otros se preocupan de nosotros, somos estimados y valorados y estamos integrados en el grupo. Una forma de desarrollar el apoyo social es la implantación de trabajo con grupos de apoyo, cuyo objetivo es: reducción de sentimientos de soledad, reducción de agotamiento emocional, incremento del conocimiento, identificar nuevas soluciones de problemas, trabajar más confortablemente y canalizar la retroinformación.

En cuanto a las estrategias organizacionales, la dirección de la organización debe desarrollar programas de prevención dirigidos a manejar el ambiente y el clima de la organización, puesto que los desencadenantes del síndrome son estresores percibidos con carácter crónico, cuyas variables están, en gran medida, en relación al contenido del puesto, disfunciones en el desempeño de roles y el clima laboral, Por tanto, es conveniente que los gestores establezcan políticas de gestión que integren programas en la línea de los siguientes:
Ø Programas de socialización anticipada. Tienen un carácter preventivo y pretenden que el choque con la realidad se experimente antes de que el profesional comience su vida laboral, adquiriendo habilidades para desarrollar su actividad. En este sentido se enmarcan los programas de acogida profesional.
Ø Programas de evaluación y retroinformación. Pretenden dar retroinformación desde la dirección de la organización y desde el propio departamento, no presentando la información como un juicio, sino como parte de los programas de desarrollo organizacional.
Ø Programas de desarrollo organizacional. Buscan mejorar las organizaciones a través de esfuerzos sistemáticos y planificados a largo plazo, focalizados en la cultura organizacional, y en los procesos sociales y humanos de la organización, entendiendo que la mayor parte de las personas está motivada hacia el crecimiento y desarrollo personal si se encuentran en un ambiente propicio.


LOS PROFESIONALES DE ENFERMERÍA, UN GRUPO DE RIESGO.

Una vez expuestos los aspectos más importantes relacionados con el síndrome de quemarse o “burnout”, nos centraremos en la incidencia que este presenta sobre los profesionales de la enfermería. Hasta ahora nos hemos referido a ello sucintamente, por lo que debemos entrar en algunas consideraciones que hacen de esta profesión un grupo de alto riesgo con relación al “burnout”.

Básicamente hemos visto los aspectos relacionados con la personalidad, cogniciones y conductas referidos al sujeto, así como interpersonal y grupal y los relativos a la organización y el entorno, que son comunes a todas las profesiones de servicios; pero la variable entorno define unas circunstancias que condicionan el ejercicio profesional y que, en nuestro caso, tiene unas características especiales que hacen de la profesión enfermera una actividad de alto riesgo, como ya hemos referido, sobre todo como consecuencia de la confrontación entre las expectativas profesionales y la realidad asistencial. La problemática que condiciona las relaciones con el entorno se centra en tres elementos fundamentales como son: la organización, el profesional y el usuario.

La organización en el sistema sanitario.

Desde el punto de vista de la organización se ha de considerar que las instituciones sanitarias en general, suelen presentar una cultura organizacional resistente al cambio y a la innovación en cuanto a políticas de personal e implicación se refiere, puesto que se trata de organizaciones muy burocratizadas. Esto hace que se mantengan en el tiempo actitudes y conductas que son favorecedoras del “burnout”, mediante el proceso de modelado, al que ya nos hemos referido. La mayoría de los profesionales noveles, cuando toman contacto con su primer trabajo, han de realizar una adaptación en la que redefinen valores y actitudes que han adquirido mediante el aprendizaje. Todo ello tiene relación con el proceso evolutivo que está sufriendo la enfermería en los últimos años, consistente en un tránsito desde la filosofía ATS a la de Enfermera, que obliga a una “negociación” con uno mismo y con los compañeros. A veces son los propios profesionales más antiguos los que frustran al novel, debido, posiblemente, a vivirlo como una amenaza a sus esquemas clásicos de actuación, lo que implicaría una cambio de actitud que no están dispuestos a realizar al no haber asumido la nueva filosofía y los modelos que la sustentan, lo que crea una situación de disonancia cognitiva que resuelven con esta línea de intervención.

La problemática profesional.

Uno de los principales problemas que se presentan en el ejercicio de la profesión es la indefinición de la carrera profesional. Esto hace que sea dificultosa la promoción y la enfermera se sienta, en muchos casos, “condenada” a desarrollar siempre la misma actividad reduciéndose sus posibilidades de creatividad y de desarrollo profesional. Por otro lado, al tratarse de una profesión con actividades independientes e interdependiente de la profesión médica genera una ambigüedad de rol que se convierte en indefinición de rol al no clarificarse el mismo por la propia organización, lo que puede incidir en una baja realización personal por el trabajo.

Desde el punto de vista de la emoción, debemos considerar que la necesidad de empatía para el mejor acercamiento al usuario, puede llevar a la excesiva implicación e identificación con las emociones y los sentimientos del mismo, lo que podría desembocar en proyecciones de los problemas del paciente y la familia en el entorno proximal y familiar de la enfermera, que junto a la confrontación sistemática con el dolor y la muerte, la necesidad de alianzas intragrupales ante la adversidad y el conflicto intrapersonal de competencia profesional hacen que la dimensión “agotamiento emocional” pueda incrementarse dando cuerpo, junto a la baja realización referida, a la aparición del “burnout”.

Por último, si consideramos la despersonalización como una actitud defensiva ante el estrés asistencial crónico, consecuente con las variables de baja realización personal y agotamiento emocional, habremos enmarcado el síndrome de “burnout” en los profesionales de enfermería e identificado las variables personales y de riesgo que debemos controlar, además de las ya descritas a lo largo del tema, para cualquier profesión de servicios.

El usuario del sistema.

Los usuarios, al ser el principal objeto de la labor profesional los es también de la relación interpersonal, por lo que sus características biopsicosociales tienen una importancia capital para el desarrollo de la misma. Sus rasgos de personalidad, hábitos y costumbres, actitudes y modos de relación y cuantas características personales lo conforman, hacen de él un ser único que requiere un trato singular en función de estas características, que modulan y condicionan la relación con el entorno, y en nuestro caso con los profesionales de enfermería.

En este sentido, la familia adquiere un protagonismo especial en tanto integra el sistema de relación más inmediato del sujeto, dándole una de las bases de su proyección social, por lo que también tiene un importante peso específico en sus pautas de relación con el medio. Por tanto, la familia es otro elemento significativo de la relación a la que debemos considerar como una “prolongación” del paciente.

Pues bien, todos estos aspectos condicionan un escenario donde la profesión se ejerce. Los futuros profesionales deben conocerlo y saber cómo afrontar las vicisitudes que puedan encontrarse en el ejercicio de su actividad, dotándoles de recursos que faciliten la relación terapéutica, su integridad emocional, la realización personal en el trabajo y evite la despersonalización, y con ello la aparición y padecimiento del síndrome de “burnout”. Finalmente, si con esta exposición hemos despertado el interés que lleve a la prevención del síndrome habremos cumplido el objetivo que nos habíamos planteado.

Málaga, noviembre de 2000

Fabula de los rios

Este es el primer escrito que cuelgo. Espero que te guste.



FÁBULA DE LOS RÍOS

(Publicada en Diario Sur el 17/11/88. Pag. 21. OPINION)


Permítame el lector que distraiga su atención de forma poco usual en un periódico, contándole una fábula que, como todas, guarda en su interior una moraleja o sentido moral, extraída desde la perspectiva y opinión del autor.
Se cuenta que en tiempos pretéritos, cuando los ríos, árboles y demás creaciones tenían vida interior basada en la inteligencia, se dio el caso de dos ríos (a los que llamaremos rico y pobre) que surgiendo de una misma montaña, uno fue al norte y otro hacia el sur. Ambos nacieron con gran ilusión, pensando que con el tiempo irían recogiendo el agua de sus afluentes, de la lluvia, y la vida de su entorno se enriquecería con su paso.
El río Rico, que se dirigió al norte, se encauzó por un precioso y verde valle, lleno de fuentes que fluían a su paso enriqueciéndolo. Su cauce era cada vez más ancho, numerosos arroyuelos apoyaban su expansión. Su cuenca, amplia, gozaba de abundante lluvia, que de forma intermitente regaba sus montañas y sus valles. La vida crecía entre sus aguas, formando un ecosistema del que se enorgullecía, con lo cual se incrementaba su soberbia y confianza en sí mismo. Despreciaba a los otros por no tener su presencia, su fuerza rompedora y una vida como la suya. Estaba plenamente realizado; ya regaba huertas en sus valles dando preciados frutos, ya le visitaban para ver con qué gracia saltaba en sus grandiosas cascadas. En su cauce bajo, los barcos transitaban haciendo de él una vía de comercio y prosperidad. Figuraba inscrito en los libros de geografía como el Gran Río. Todo esto le llenaba de felicidad, se sentía respetado, querido por todos y tenido como modelo.
Un día, cuando su cauce era más ancho y sus aguas discurrían mansamente, empezó a notar algo extraño… los peces nadaban contra corriente, sus agua iban perdiendo la dulzura y un sabor desconocido le inundaba, estaba entrando en una masa que le hacía perder su propia identidad. El mar le estaba recibiendo y diluyendo en su inmensidad. Quiso resistirse, pero no pudo. Luchó desesperadamente, empujando, queriendo atravesarlo, pero le faltó fuerza para ello. Al final, rendido y agotado, se entregó llorando por lo que fue, porque allí terminaba su grandeza, concluían su soberbia y sus placeres; moría, dejaba su existencia.
Mientras tanto, su hermano que había ido hacia el sur, encontró otro valle, pero seco. Solo recibía agua con la lluvia, que por lo general era torrencial, dejándolo cargado de troncos, ramas, hierbajos, tierra y piedras. Sentía miedo por su vida, ya que los hombres intentaban aprovechar el agua de su cauce para el riego. A veces se encontraba preso sin saber por qué, almacenado en un dique del que se le permitía salir al antojo de otros seres. Temía cuando el tórrido sol del verano evaporaba sus aguas y haciéndolas volar por los aires las llevaba al norte para enriquecer a otro río extraño; evitaba saltos y cascadas. Cuando asomaban nubes por el horizonte, una profunda alegría le inundaba, aparecía la esperanza, y la ilusión de vitalizar su existencia hacía brillar sus ojos; pero siempre pasaban de largo, caminando hacía otros lugares, para regar y fortalecer a lejanos desconocidos. Quedaba sumido en una profunda tristeza entrecortada con rabia, quería rebelarse contra ello, escapar de su cauce, mas era imposible, su sino estaba servido. Se quejaba de su maldita suerte y de la ladera del monte donde naciera, que le condujo hacia el sur. Luchaba desesperadamente por mantener su existencia. El sabía que era un río sin importancia, todas sus ilusiones infantiles fueron borrándose a golpes de cruda realidad. No era capaz de engendrar vida en su interior como él hubiera querido. La gente lo cruzaba, pisoteando su cauce sin respeto y hasta le llamaban “arroyuelo”, haciéndole morir de vergüenza. Con tal de crecer aceptaba toda clase de aguas sucias y putrefactas, aunque ello le descompusiera y enfermera… quería seguir viviendo.
Un día, cansado de luchar, recibió una fresca sensación. Era otra agua, con otro sabor, en la que aparecían inmensidad de peces y de vida. Suavemente se fue diluyendo en ella. Aquello era un reposo, al fin encontraba su descanso, ya no tenía que luchar más, ahora formaba parte de una inmensa masa. Había dejado de existir como individualidad, pero también de sufrir y pelear. Por el mar supo de su hermano, de su grandeza y bravura, de su titánica lucha con la muerte. Y pensó: “Él nació con más suerte”.
Esta puede ser la historia de dos ríos y de dos hombres.


Reflexiones:
Este artículo lo escribí hace 18 años. Había estado de vacaciones en Palencia (Alto Campoo) y descubrí la singularidad del “Pico Tres Mares”, del cual parten las tres vertientes que desembocan en los tres mares que bañan las costas españolas: Mediterráneo, Cantábrico y Atlántico. Esto me hizo pensar cuan diferente sería la suerte del agua según cayera en uno u otro lado del pico. Observé cierta similitud con los lugares de nacimiento de las personas y su destino, su cultura y su forma de afrontar la vida. No es lo mismo la filosofía indú y/o budista, donde el Karma tiene un peso específico determinante, a la occidental, que lucha denodadamente contra el “destino” mediante la evolución científica y médica. En la primera, la muerte es aceptada con naturalidad, como paso a otra vida, que, tras sucesivas reencarnaciones, permitirá subir escalones hacía la perfección espiritual; en la segunda, existe la inseguridad de qué nos encontraremos tras la muerte, un premio o un castigo; como es lógico, la conciencia culposa que nos han infundido nos lleva al miedo al castigo y a revelarnos contra la muerte, luchar intensamente contra ella y vivirla como una tragedia.
Ahora, todo esto, me recuerda los movimientos migratorios de un valle al otro mediante cayucos, pateras, falsos viajes de vacaciones, incluso apoyándose en las mafias… el río pobre buscar volar a otro valle donde encuentre cauces más abundantes, cueste lo que cueste, aunque sea participando en el arroyo más insignificante y miserable; piensa que podrá formar parte del Gran Río algún día.
De todas formas, seguro que a vosotros os despierta, también, alguna reflexión digna de comunicar.
Antonio Porras Cabrera

viernes, 1 de diciembre de 2006

Presentación

EL PORQUÉ DE ESTE BLOG.


Se dice que un verdadero amigo es aquel con el que podemos pensar en voz alta. Para pensar en voz alta con un amigo debemos estar cerca y oírnos. Cuando la distancia física evita estos encuentros recurrimos al medio escrito. Yo, que quiero pensar en voz alta contigo, voy a ir colgando mis pensamientos y reflexiones en Internet mediante un blog. También quiero decirte que conforme pasa el tiempo me siento más incapaz de juzgar a nadie y más capaz de comprenderlo. No pretendo, por tanto, que me juzgues, sino que me comprendas y que esta comprensión y mayor conocimiento consolide nuestra amistad, si así lo estimas. Como es lógico, el blog está abierto a mis amigos, a los amigos de mis amigos (que pueden ser mis amigos) y a todos los interesados, por lo que no pondré pegas a su difusión.

Yo creo que el ser humano transita a lo largo de su vida creciendo. Es un crecimiento físico e intelectual que le lleva a la madurez y la autorrealización como estadio final. Es una búsqueda asintótica, que raya en la utopía, pero que le motiva para mejorarse a sí mismo y a la propia sociedad o colectivo al que pertenece.
A lo largo del camino acumulamos una serie de conocimientos, vivencias, reflexiones, etc. que sustentan ese crecimiento. De pequeños aprendemos, con mayor o menor sumisión, aquello que nos enseñan; somos una esponja que lo absorbe todo. En la etapa de la juventud conformamos una personalidad que necesita romper esquemas para encontrase a sí misma. En esa reafirmación se cometen errores significativos y no “escarmentamos por cabeza ajena” puesto que tenemos que contrastar nuestras propias ideas y vivencias. El periodo posterior de desarrollo progresivo y cada vez más sosegado, hace que introyectemos, de forma cada vez más racional, la experiencias y vivencias que acumulamos. La etapa de la madurez física, que no tiene porqué coincidir con la psicológica, transita en el reposo y la digestión de la ingesta vivencial acumulada. Decía el Viejo Profesor que había que leer como beben las gallinas, tomando el buche de agua, levantando la cabeza al cielo y deglutiendo para pasar al siguiente buche; es decir, las cosas se han de vivir y meditar para sacar el máximo provecho en la digestión.
Y… ¿Qué pasa cuando uno se jubila? Mira atrás… mira adelante y se pregunta: ¿Y ahora qué? ¿Para que sirvo? ¿Cuál es mi objetivo? ¿Voy a ser un parásito social? ¿Me dedico a mí mismo, a divertirme sin más? Es un momento difícil. Ubicado en la línea divisoria das un salto y rompes con tu vida anterior en gran medida. Te queda un tiempo que debes aprender a usar. Es tiempo de hacer todo aquello que te hubiera gustado y no pudiste hacer antes, de superar viejos retos, de vocaciones frustradas. Es un tiempo de encontrarte a ti mismo, de cuestionarte cosas y de recoger frutos. Es la etapa final de la maduración, de encontrar la paz interior y exterior, de prepararte para un buen morir (mientras más tarde mejor, más tiempo tienes para ello), pero sobre todo es tiempo de recopilar y ver que haces con todo el bagaje que te ha dado la vida. Pones tus ideas en orden y bebes de ellas. Cuando te das cuenta de todo lo que has vivido y de las conclusiones que has ido sacando a lo largo de tu vida, te planteas si no es egoísta quedarte todo tu conocimiento para ti solamente. Entras en la controversia de qué hacer, de cómo vehiculizar ese conocimiento para que sirva de provecho a alguien, si ello es posible, de ofrecerlo como un elemento más sometido al discernimiento del receptor.
Entonces decides abrir un blog, escribir, publicar, comunicar, relacionarte con gente con la que fluya el intercambio. Por esto he decidido abrir mi blog, para que puedas conocer mis pensamientos en determinadas cuestiones, para compartir mis inquietudes, para hacerte llegar mis vivencias y experiencias, para estar más cerca de ti si me lo permites… Tu haces de ellas lo que estimes oportuno, yo te abro un ventana desde la que verás mi propia perspectiva del mundo. Si quieres nos asomamos juntos, si no te apetece basta con no mirar por ella.
Empezaré colgando unos artículos que me publicaron en el Diario Sur por el año 1998 y algunas otras cosillas compatibles con mi visión “cachonda” de la vida, mi chisterio, etc. A partir de aquí agregaré, según mi disponibilidad, nuevos partos. Escribir es como un parto argumental cuya fecundación se produce por la inseminación de una idea, que se gesta en el tiempo mediante la meditación y el razonamiento, aderezados por las peculiaridades y singularidades del gestante, producto de su proceso evolutivo personal.
Antonio Porras Cabrera