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lunes, 8 de febrero de 2016

Visita al Gran Cañón del Colorado


Habíamos llegado la noche anterior, procedentes de Las Vegas, donde tomamos tierra en vuelo desde Cleveland (Ohio). Tras alquilar un coche, hicimos un largo camino hasta nuestro hotel en el Lake Havasu. La autopista transitaba por el desierto Mojave, árido como todo desierto, poblado de una flora sedienta y casi ausente y una fauna invisible, salvo el coyote que se nos atravesó en la carretera.

Salinos temprano de Havasu. Nos esperaban 226 millas de carretera para llegar a Tusayan. Habíamos decidido volar en helicóptero  sobre el Gran Cañón en el National Park, dejando para otra ocasión, poco probable, la visita al mirador de El Skywalk, una pasarela transparente en forma de herradura desde la que se pueden observar un vacío de 1600 metros, o el viaje en tren que se oferta por las  profundidades del Cañón Verde. Transcurrieron cuatro horas largas de camino hasta llegar al destino. El semidesierto nos fue brindando imágenes singulares de pobreza y esterilidad. Modestas casas se ofrecían a nuestra vista a lo largo del camino. Una amplia autopista con intensa circulación, sobre todo de grandes camiones  a la  americana, nos dirigía al destino. Al lado discurría un tren por una vía no electrificada, con tres máquinas esforzándose en arrastrar la friolera de 140 vagones, contados a conciencia. La serpiente, de apagados colores, parecía querer camuflarse con la hostil tierra del desierto.

Conforme nos fuimos acercando a Tusayan fue cambiando la orografía. El desierto empezó a ofrecer otra perspectiva, la nieve afloraba y acunaba la flora, y fuimos entrando en un bosque de superficie fría y blanca, de contraste entre el gélido blanco de la alfombra de nieve y el verde de la abundante arboleda.  Linda imagen que se completaba con la aparición esporádica de algún ciervo tranquilo y seguro que no se inmutaba con nuestra presencia. El frío hizo acto de presencia y los abrigos que sobraban en Havasu se hicieron imprescindibles en Tusayan.

Una vez en el aeropuerto, donde se ubicaba el helipuerto, pasamos por el protocolo de rigor: pesado, chaleco salvavidas, proyección de un video con las normas de vuelo y pasamos a ocupar un aparato para los cuatros. Loli y Eva delante, junto al piloto, Frank y yo detrás con ventanillas, era una cuestión de reparto de peso… Cascos, micro y bien sujetos por el cinturón de seguridad.  ¡Preparadas las cámaras, se inicia el vuelo!

Sobrevolar el Gran Cañón del Colorado es una experiencia singular que vale la pena vivir, sentir y disfrutar. Para alguien que, habiendo utilizado el avión en innumerables ocasiones, no ha subido jamás a un helicóptero, resulta una aventura especial. El helicóptero es un pájaro seguro de vuelo rasante, desde el que sientes, una vez controlado el miedo a lo desconocido, la sensación de dominio sobre la superficie que acabas de dejar bajo tus pies. Esa visión diferente del bosque, de la nieve, de la flora y alguna fauna, es innovadora y yo diría que tiene un componente holístico, de un todo bajo tus pies, que te permite ver el entorno desde una extensa magnitud que abarca mucho más del dominio habitual.

Te sientes seguro, con los cascos apenas escuchas el rotor y la comunicación entre el pasaje es fácil y fluida mediante la interconexión que te colocan. Atiendes perfectamente las informaciones que te van dando y puedes interactuar con preguntas y respuestas.  La elevación del aparato es suave y notas el balanceo de tu cuerpo en dirección a la trayectoria.

Volar sobre un bosque nevado, en una superficie plana, casi tocando las copas de los árboles, con sensación de tranquila sorpresa, es una buena forma de perder el miedo a volar. Pero cuando de golpe se rompe la continuidad de esa superficie y aparece bajo tus pies un inmenso vacío, tras casi tocar en vuelo rasante el borde del precipicio, una sensación de vértigo te saca de ese sosiego para crear en tu interior una súbita turbación; es una especie de miedo y admiración, de vértigo y caída libre al abismo de la que te distraen múltiples estímulos visuales. Conjugas sensaciones de asombro, estupor, miedo, admiración, sorpresa, vértigo, desubicación, etc. compatibles con el éxtasis o estado de exaltación emocional y admirativa. Es la inmensidad del Gran Cañón, su morfología caprichosa, labrada a voluntad del cauce del río Colorado, al que adivinas o vislumbras al fondo como una serpiente ondulante que esquiva la orografía de un valle inmenso excavado pertinazmente a través de milenios.

De un paisaje boscoso pasas a otro que parece propio de Marte o de la Luna. En su parte superior la nieve intenta agarrarse a la cortada superficie para evitar caer al vacío, mientras al fondo sigue el río con su pertinaz trabajo de siglos arrastrando en su corriente la tierra robada por su cauce. El cañón, como una gran arteria enramada hasta la capilaridad, ofrece un cuadro espectacular con múltiples cañones secundarios, donde la vista se pierde y es atrapada por un hechizo, dejándote obnubilado y abstraído en una mágica visión insospechada.

Sientes el poder del hombre, de sus máquinas voladoras, y piensas lo inimaginable que resultaría esta realidad para los indios havasupai y otras tribus que habitaban estas tierras desde tiempos ancestrales. El águila de hierro pasea por el abismo inescrutable con el ensordecedor grito de sus alas giratorias. Miedo, pánico a los dioses misteriosos que dominan en sus naves los cielos, suspendidos en el aire. ¿Qué extraño poder tienen estos seres a los que Manitú les permite ultrajar nuestros sagrados parajes? El ser humano, en nimiedad ante lo inmenso y superior, se crece y endiosa ante lo simple a caballo de su tecnología. Éramos pequeños dioses con poder para dominar los aires, para volar, en un acto de embrujo, venciendo los abismos ancestrales que reclaman la caída libre, vertiginosa, de las cosas que retan al vacío.

Treinta minutos de vuelo sobre el cañón con la sensación de casi tocar con los dedos las crestas de las montañas excavadas por el agua y por los vientos, te dejan alucinado, encandilado, con el troquelado de haber vivido una experiencia impactante por la inmensidad del espectáculo. Vale la pena vivirlo, aunque sea por una única vez, para no perder la magia. Luego, de vuelta al aeropuerto, vas digiriendo lo visto, el asombro y las emociones despertadas. Puede saltarse alguna lágrima o humedecerse los ojos… la adrenalina disparada a tope te otorga una sensación de placer conforme te vas relajando. El viaje va terminando mientras el helicóptero se deposita suavemente en el helipuerto… bajas con una sonrisa en los labios que es compartida por los acompañantes y comentas: ¡Es impresionante!

Después, montas en el auto y marchas a verlo desde los distintos miradores que ofrece la carretera que lo bordea dentro del Parque Nacional, al que accedes previo pago de 10 dólares por vehículo. Persiste la nieve, el bosque y el frío. Entras y sales del coche con el riesgo de no abrigarte bien llevado por la borrachera de espectáculo. Es invierno, la tardes es corta, el sol amenaza con su acaso y te roba la esperanza de ver todo lo que quisieras… ¿Llegaremos a la Torre de Vigilancia Desert View antes de que se ponga el sol? No, solo pudimos plasmar el crepúsculo de un ocaso consumado que iluminaba tenuemente el horizonte.  La bondad de la máquina de fotos nos ofreció lo mejor que supo y pudo la imagen de ese marco claroscuro de lucha entre el día y la noche, entre la luz y las tinieblas.


El día se acaba y hay que volver a Havasu, mañana salimos hacia Los Ángeles, dejamos Arizona para encontrarnos con California. Nos quedan muchas horas de viaje antes de gozar del merecido descanso, de una frugal cena, ducha y a la cama. ¿Volverá a cruzarse en los caminos del desierto otro coyote? La luna, por si acaso, se alía con nosotros y se muestra esplendorosa. Luna llena… llena de la luz solar que se nos niega, robada al otro lado de un negro horizonte que ya deglutió en sus entrañas los últimos rayos que ahora refleja la faz de la luna. Si el coyote, de nuevo, se cruza en el camino, la luz de la luna revelará su presencia.

Fotos:









































martes, 12 de enero de 2016

Recuerdos del ayer

El sol entre palmeras

Hacía tiempo, mucho tiempo, que no visitaba Trayamar y Algarrobo Costa. He pasado por allí muchas veces, pero nunca paré, salvo en alguna ocasión, también hace bastantes años, a comer los típicos “pescaitos fritos”, sacados por el copo en esa misma playa, en el restaurante el Kilómetro, que creo ya no existe. Hoy hemos comido en un restaurante (Mesón Los Lobos) donde sirven unas excelentes carnes. Al frente el viejo y recordado campo de futbol donde jugué hace mucho tiempo; sobre el mismo, el vetusto edificio, casi centenario, que nos acogió.

Corría el curso 1963-4; estudiaba en Trayamar. Me viene a la memoria ese campo de futbol, las clases, la alberca que usábamos a modo de piscina, la playa y aquellos baños, donde un chico de interior, a sus 12 años, andaba descubriendo el mar, su fuerza, su olor y sabor salado y yodoso, y su traidora resaca y oleaje. Casas de pescadores a pie de playa, casi batidas por las olas. Arena negra, pizarrosa, con una manta de chinos, o molestos guijarros,  dificultando el tránsito. El canto de las olas amenazantes, como queriendo comerse la playa, ganando terreno en la orilla y volviendo a ceder en la batalla tras la pleamar. Maravilla de visión para un niño salido de las profundidades de tierra adentro, tierra seca, del olivar y la sierra, de las huertas del Genil, que no había imaginado nunca aquel juego perverso y amoroso a la vez, de continua seducción entre el agua que regaba la falda de la tierra, que la absorbía en un deseo controladamente libidinoso, rechazando los excesos a su inmenso cubil marino, y la arena entregada al juego de la orilla. La ola que rompe en una corona de espuma, retando el manso equilibrio de las aguas serenas, como reclamando un deseo de nuevas experiencias, de asomarse al borde y vislumbrar el sólido horizonte que, estoicamente, resiste su acometida.

Vista general de la playa
Ese maridaje de caricias, de agresividad cuando acomete, se convierte en seductor mimo al retirarse… es la pasión de la embestida, queriendo penetrar sobre la tierra, y el relajo sosegado poscoital, que le lleva a volver a su estado inicial. Tierra y agua, vigilados y apoyados por el sol, e influenciados románticamente por la luna, dan la vida. Del mar surgió la vida y agua somos en un 73%; tal vez por eso, la magia de la mar nos arrebate, nos atrae con el ritmo de sus olas, su fragancia, el frescor de la brisa que nace entre su falda y la melodía de sus olas al romper contra la playa. Inmenso mar de vida que nos nutre con sus peces y sus aguas en un simbólico cosmos donde somos una sola gota en tanta agua. Son amoroso ejemplo de seducción continua;  a veces tormentoso, embravecido y amenazante, queriendo el oleaje devorar las playas y arenales que bordean; otras, sereno, sosegado, pleno de caricias y dulzuras, de halagos y requiebros en plena armonía que se rompe ante el envite de otros elementos que quieren destrozar ese embeleso con ráfagas de viento, lluvias y tormentas, descontentos, o puede que envidiosos, de ese mundo de paz y de encuentro entre el agua de la mar y la arena de la playa con sus besos. Ahora, a mis sesenta y pocos años, veo esto. De niño, en mi asombro, descubrí placeres diferentes, el baño en las saladas aguas, el juego con las olas, la arena, el sol y los amigos.

Aspecto de esa playa y sus casas en 1963
Recuerdo aquél día, que guardo en mis secretos por orgullo, en que estuve a punto de sucumbir bajos las aguas. Apenas sabía nadar, jugaba  a la pelota, había resaca, y esta se escapó sobre las olas en un tiro infortunado que no pude retener. Perseguí el balón a nado, con brío hasta alcanzarlo, cuando intentaba cogerlo ya había aprendido de los peces y se escabullía resbalando entre mis manos siguiendo rebelde su camino, huyendo de aquellos chiquillos gritones y desvergonzados que jugaban con él. Cuando quise darme cuanta estaba lejos, el balón huía y me faltaban las fuerzas para volver, empecé a tragar agua y, con gran esfuerzo, logré acercarme a la playa hasta poder hacer pie. Temblaba de miedo, supongo, había visto la tétrica cara de la parca a la vez que aprendido una lección basada en la prudencia y en el respeto a la mar y a su enigmático poder. Luego nos hicimos amigos, navegué sobre sus aguas, volví a jugar con ellas respetuosamente y evito irritarlo cuando anda cabreado, pues el miedo y el respeto se siguen conjugando en mi inconsciente.

Vista actual del mismo lugar
Hoy, al volver a ese mismo lugar, brotó en mi mente la memoria y volví a sentir lo ya vivido, pero visto desde la atalaya que te da la madurez que se fragua a lo largo de tu historia. La zona es otro mundo, la arena es un paseo acerado, con palmeras, y las viejas casas de pescadores han pasado a ser nuevas construcciones donde se conjugan los locales comerciales con viviendas más en consonancia con las nuevas necesidades. Solo se identifica la vieja torre almenara, vigía del pasado ante las temibles incursiones del corsario. Ahora se le ve acomplejada, entre grandes mastodontes de hormigón, viviendas en plantas superpuestas que le miran indiferentes desde la altura de sus terrazas, oteando el horizonte con mayor profundidad de la que ella tuviera jamás. Achicada y escondida entre edificios, se ha de buscar para encontrarla, pero no perdió su belleza, su personalidad, que por mucho que quieran arrebatarle los nuevos edificios nunca lo conseguirán. Sólida, redondeada y coqueta  reta orgullosa al presente, desde el nostálgico pasado cargado de enigmas y fantasías guerreras en batallas sangrientas de piratas que buscan el botín en lejanas tierras. Jubilada, tranquila, en plena playa, en zona residencial, parece que la vida le otorgó el beneficio del descanso merecido por sus largas y tremendas luchas del pasado.

El torreón escondido
Luego, volviendo al presente, me deslumbra la visión de la costa con un sol que apuntando hacia poniente, escondido entre palmeras, se permite lanzar entre las hojas sus deslumbrantes rayos cegadores resistiendo el acoso de la tarde. Pensé en los cuatro amigos de aquella foto del 63 y en el grupo de sesentones que, ahora, andábamos paseando junto al mar. Cincuenta años largos dan mucho que pensar y mucho que observar, cincuenta años se notan en la cara, en los cuerpos y en las vidas… cincuenta años son un largo camino recorrido que te lleva a pensar cómo fue el trayecto de la vida y su contento.

Tomamos café, charlamos y nos fuimos de nuevo a la realidad de nuestras casas. La vida sigue en este tiempo y el pasado solo es eso, pasado, nostalgia juvenil e inicio del tránsito al futuro del ayer, que es el presente.


sábado, 19 de diciembre de 2015

Remembranza navideña


Corría diciembre de 1973, un año clave para mí por múltiples hechos, además de ser joven a mis 22 años. Terminaba la mili en Sant Climent Sescebes (En aquellos tiempos coleteaba el franquismo y era San Clemente de Sasebas, pues el catalán estaba prohibido como lengua del Estado). Hablo de un campamento militar, de un CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) ubicado en esa localidad del alto Ampurdán, cercana a Figueras.

La Navidad se aproximaba, la mili se terminaba, y esperábamos marchar licenciados antes de las fiestas y cerrar, definitivamente, aquella etapa forzada de la vida. No me puedo quejar comparativamente, pues hacer la mili en la enfermería nos proporcionaba algunas prebendas prohibidas a otros compañeros de penurias, si bien prestar nuestros servicios sanitarios a 4.000 reclutas cada tres meses era un trabajo, en muchos casos, agotador. Fueron quince meses obligados, donde, en muchos casos, se nos mostró dónde estaba y cómo se ejercía el poder desde la falta de respeto al ser humano, al soldado, que era un mero servidor del jefe u oficial, más que de la patria. En más de una ocasión se sentía uno humillado, ninguneado y sometido a los designios de algún gilipollas (perdóneseme la expresión pero no encuentro otra más afín) que, al amparo en sus galones o estrellas, se sentía un dios miserable ejerciendo el poder desde el despotismo y el desprecio al pobre soldado reclutado, en la mayoría de los casos, contra su voluntad. Era lamentable ver como una especie de chulo de barrio se creía superior a otro con carreras universitarias, mayor inteligencia y calidad humana, por el mero hecho de tener unos galones.

Aún recuerdo el día 20 de diciembre, estando preparado el macuto para irnos a casa y no volver. Ese día, un jarro de agua fría cayó sobre nosotros. ETA asesinaba a Carrero Blanco haciéndole volar por los aires en un atentado espectacular. Todo fue confusión y caos. La duda era si se nos acuartelaría, si se liaría la de “dios es padre”, o qué narices pasaría ante tal confusión. Teníamos un brigada ATS, amigo de juergas y jaranas, de vodkas con naranja, con el que nos unía una gran amistad, a pesar de ser un militar de profesión. Los enfermeros de reemplazo habíamos decidido, en caso de que se liara la marimorena, traspasar la frontera de Francia, que estaba a 7 kilómetros, y evadirnos antes de servir como sostén a un sistema político agónico con el que estábamos en total desacuerdo. No queríamos participar en el sostenimiento del  franquismo, en caso de que se produjera un conflicto. Entonces, y en base a la amistad que nos unía al brigada, decidimos comentarle el proyecto. Su reacción fue furibunda, nos dejó acojonado, cuando inició su discurso: “Ni se os acurra, antes os mando a un consejo de guerra esperando se os fusile… (esto nos dejó anonadados, pensando el error que habíamos cometido al pretender que un militar de carrera aprobara nuestra conducta, cuando continuó su discurso)… si no me avisáis antes para irme con vosotros…”. Las carcajadas afloraron a modo de liberación de la presión a que aquel sujeto nos había sometido. Nunca olvidaré el paso del miedo a la satisfacción, de la discrepancia a la complicidad.

Pero, veo que ando dispersando respecto a lo que quería contar, sigamos. En la enfermería habíamos formado un grupo cohesionado entre soldados y alféreces de complemento en el que considerábamos incluido al brigada. Enfermeros y médicos nos sentíamos unidos en el mismo ejercicio profesional, aunque fuera por obligación de “manus militaris“. No podíamos escapar de aquellas obligaciones pero, desde nuestra insumisa juventud articulábamos mil estrategias para hacer más llevadera la situación y distraernos de aquel soberano aburrimiento en los espacios de intercampamento.

Ese año, cuando se aproximaba la Navidad y andábamos sin reclutas y a la espera de terminar de una vez la jodida mili, mostramos nuestra creatividad, que siempre estaba aflorando, como forma de huir de la monotonía. Para ello decidimos montar un Belén. No teníamos figuras, ni Niño Jesús, Virgen o San José. Faltaban los pastores, las ovejas, la mula, el buey y demás comparsas. Pero… ¿Qué teníamos a mano? Pues cosas de la enfermería: jeringas, ampollas, cápsulas, pastillas, tarros de penicilina, cajas y envases de fármacos… pocas cosas. ¿Cómo hacer un belén con tan pocos recursos? Entonces inventamos una cosa que ya existía y no lo sabíamos: la tormenta de ideas, el Brainstorming del mundo anglosajón (ese concepto aparecería en mi vida más adelante cuando fui desarrollando mi vocación de gestor y psicólogo organizacional). He de reconocer que se dio con cierto cachondeo y, tal vez, irreverencia, pero empezamos a pensar qué poner y cómo hacer un Belén como Dios manda, si es que Dios manda hacer o montar un Belén de alguna forma.

Bueno, decidimos: Unas cajas de cartón dónde venía material médico servirían para formar el portal y el castillo de Herodes, mientras que las cajas de medicinas más pequeñas harían de casas de Belén, eso sí, se pintarían puertas y ventanas y se les daría un formato adecuado con el que pudieran simbolizar lo pretendido. De San José se pondría una jeringa de 10 cc. (os recuerdo que en aquellos tiempos las jeringas eran reutilizables, de cristal, y se hervían para esterilizarlas), la Virgen se representaría por una de 5 cc. y el Niño Jesús por otra de 2 cc. (perdónadme los defensores de la igualdad entre hombres y mujeres por esa diferencia entre 10 para San José y 5 para la Virgen, pero en aquellos tiempos las cosas eran como eran, estábamos bajo el influjo agónico del franquismo, que es cuando los coletazos son más consistentes). El niño reposaría en un pesebre formado por la propia cajita de acero inoxidable que se usaba para guardar las jeringas, incluso, para hervirlas y esterilizarlas. El buey y la mula decidimos construirlos modelando alambre, si no recuerdo mal.

Luego quedaba lo demás. Los pastores serían ampollas de 5 cc, el perro del pastor una ampolla de 2 cc, las ovejas cápsulas de diferentes medicamentos y colores, el ángel anunciador y otros, lo formaría los tarros de penicilina colgados con un hilo del árbol que estaba anclado a una cubeta, de esas que se usaban para esterilizar las gasas. Ese árbol de Navidad, que incluimos en el Belén, llevaba colgados regalitos y algunos caramelos, mientras el río lo formamos con papel brillante…

Un día, nos dijeron que el coronel se había enterado de la obra y quería vernos. ¡Córcholis! Lo que faltaba. Ahora vendría aquel señor serio y malhumorado y nos reprendería por nuestra irreverencia y por el gasto que habíamos hecho con el material del servicio, aunque fuera poco. El hombre se presentó, nos cuadramos delante de él y pasó a ver el invento. Se dio media vuelta tras observarlo y mirándonos, sostuvo su seria mirada unos segundos, hasta que con cara distendida nos felicitó por la originalidad de la obra. La noticia corrió como la pólvora… (ya sabéis que en el mundo militar es normal que corra la pólvora)  y pasaron por la enfermería todos los mandos y la soldadesca del campamento mostrando, en términos generales, su agrado.

Luego, el día 20, saltó la alarma, se cargaron a Carrero y nos acojonamos en demasía hasta el punto que ya os he contado. Hoy, no sé por qué, me encontré esta foto que me trajo a la memoria aquellos tiempos, de los que mi mejor recuerdo es que entonces era joven y la alegría de ser joven y las ganas de vivir y de fraguar un futuro pueden con todas las adversidades.


FELIZ NAVIDAD, que los viejos tiempos no vuelvan y que el futuro se escriba felizmente en el libro de la dicha con letras de abundancia, paz y encuentro entre los pueblos de España y del mundo. Espero que este relato, que no es cuento, os haya gustado y sacado alguna sonrisilla de las que deben surgir en estas fechas.

Aprovecho para mandar mis recuerdos a mis amigos y compañeros de aquellas experiencias: Tonacho, Tonet y Miguel Cazcarro con quien he seguido manteniendo una intensa amistad... y a todos los demás que fueron pasando por aquel lugar. Aquí estamos los cuatro con el brigada en cuestión.


De izquierda a derecha: Tonet, yo (ambos con bigote), el Brigada, Tonacho y Miguel Cazcarro

viernes, 27 de noviembre de 2015

Un repaso a la semana


Esta semana ha sido una semana intensa y fructífera. El lunes un interesante debate, celebrado en el Ateneo de Málaga, de la mano de José Olivero Palomeque, sobre el tema: ¿Aprendemos de la Historia? ¿Por qué? El martes, en el aula de cultura del diario SUR, una no menos atractiva conferencia sobre el tema: “Patria chica y patria grande: Sentimientos de pertenencia en la España medieval”, a cargo de José Angel García de Cortazar, catedrático de historia medieval. El jueves una visita al Museo Ruso, donde pudimos ver el impresionante muestrario de obras de arte que se han expuesto en esta ciudad, integrantes de la magnífica colección del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo, con más de 400.000 obras en su haber. Esta tarde, si no surgen inconvenientes de última hora, asistencia en el Museo Rando a la representación de “TERESA”, una obra de Jesús Baena y José Infante.


En el Museo Ruso encontramos excelentes muestras de la iconografía clásica rusa, heredada como expresión religiosa del ortodoxo Bizancio, y una no menos interesante colección de obras de arte expresivas de la evolución de la pintura rusa de los últimos 500 años. Se completa la exposición con una exhibición de obras del poeta y pintor Pável Filónov, singular personaje que vivió en la miseria, mientras creaba un imponente conjunto de pintura que se negaba a vender para que no salieran de su patria. Muerto de inanición en el sitio de Leningrado por las fueras alemanas en 1941. Su hermana, con el tiempo, facilitó que su obra fuera conocida formando una importante colección que pasó a propiedad del Estado. Lo podemos considerar como un “anticubista” basado en el principio del arte analítico, tal como define su pensamiento: «el cubismo representa objetos usando elementos de su superficie geométrica, pero los "realistas analíticos" deberían representar objetos usando elementos de su alma interior». Por tanto, habla de la expresión profunda del sujeto pictórico y no de la superficialidad de la imagen expresada en sus diferentes caras o planos visuales. Ello reviste a su obra de un carácter enigmático que lleva, incluso hoy día, a muchos historiadores a no saber a ciencia cierta qué significado tienen. Aconsejo que no se pierdan esa exposición tan exótica para los, como yo, inexpertos y desconocedores del arte ruso. A los amantes de ese tipo de arte les agradará doblemente, estoy seguro.



Dejemos la obra de Filónov y el museo, pare centrarnos algo más en la deriva del pensamiento a raíz de las otras dos actividades, el debate sobre si aprendemos de la historia y la conferencia
sobre la pertenencia.



No podemos deslindar, a la hora de establecer cualquier análisis de los hechos actuales e históricos, la propia concepción del sujeto, sus vivencias y sus principios, que matizarán sistemáticamente cualquier razonamiento analítico, por muy interesado que se esté en mantener la aséptica posición respecto al hecho analizado. La objetividad máxima del sujeto siempre tendrá una dosis de subjetividad, que viene determinada por esa singularidad del individuo. Pero, sabedor de esto, cualquier sujeto que pretenda debatir deberá considerar que esa subjetividad, que otorga la visión y el análisis personal de los hechos, tiene como contrapartida válida la visión de los otros, que aportarán otra forma de ver las cosas para mayor enriquecimiento de cada cual. Si el debate se plantea desde la mente abierta y desde la modestia receptiva respecto a la argumentación de los demás, se garantiza un resultado excelente.


Tras los debates habidos, yo me atrevería a reseñar algunas cuestiones que fueron centrándose sobre las circunstancias actuales en esta crisis que vamos gestionando con diferente fortuna:
  1. En primer lugar habría que significar que existe una guerra o lucha entre el capitalismo salvaje, que intenta controlar la economía mundial, a través del dominio del llamado mercado libre, y la ciudadanía en general, a la que este concibe como mero elemento de producción y consumo.
  2. Este intento de controlar las estrategias y gestión política de la convivencia y de las relaciones intra e internacionales, se da en un marco de dominio del mercado financiero, del control y sumisión de la clase política, mediante el gobierno de la gestión económica de los propios partidos, y de sus intereses personales y colectivos, de la canalización y preponderancia en el flujo mercantil y económico internacional al amparo de la globalización y mediante el uso sistemático del chantaje en la gestión de la deuda pública de cada estado y del control de la crisis.
  3. El capitalismo salvaje busca controlar y gobernar el mundo desde el factor económico, asimilando el desarrollo con la idea de producción y evolución de los mercados, pasando por encima de los estados y otorgándose el poder de un control panestatal donde su influencia abarque al conjunto de los estados mundiales a través de las economías globalizadas
  4. En este sentido existe una geoestrategia que pretende dominar las fuentes energéticas en su conjunto. De ahí se desprenden conflictos en áreas de domino que acaban sacrificando a la población, empobreciéndola y llevándola a la miseria hasta conseguir su inclusión en la esfera de influencia de ese mundo dominando. De esos polvos aparecen los lodos que nos inundan y ahogan con tanta tensión y el cultivo de los psicópatas que siembra el terror y el odio desde su mediocridad y vileza humana.
  5. Se juegan demasiados intereses internacionales en determinados espacios, como es el caso del pueblo Sirio, en los cuales el valor de las vidas de los seres humanos es relativo. Hemos de tener en cuenta que con 8.000 millones de habitantes el equilibrio en la tierra es insostenible. ¿Qué más da que las noticias de la televisión sean una realidad o una película, si desde el despacho no se tiene conciencia de la existencia de los que padecen y mueren?
  6. Si queremos aprender de la historia habrá que criticar la cultura social imperante y pensar en cambiarla. Esta crisis es una crisis cultural, no coyuntural o estructural vista a lo clásico. Los principios, valores, credos e ideologías han de estar al servicio del ser humano y no de los selectos grupos de poder que se atribuyen el dominio y gestión de los intereses generales de los pueblos.
  7. El concepto de soberanía popular y democracia choca directamente con esa concepción de dominio y gestión del mundo desde los despachos, entre bambalinas, que regentan los poderosos del dios dinero. Bienvenida la democracia siempre que elijan a los gobernantes que nos interesan, clamarán desde esos despachos.
  8. El efecto colateral aflora cuando es imposible controlar el integrismo cultivado y potenciado para eliminar al enemigo establecido en la geoestrategia, al que se le soportará determinada actividad en determinadas esferas pero no en el corazón del dominador, al menos que de ello se saque algún tipo de provecho.
  9. Entonces… ¿Cómo resolver la crisis planteada con el desmarque de los inoculadores del terrorismo yihadista? Esa es la gran pregunta.
  10. Si el yihadismo ha surgido ideológicamente del mundo musulmán, es este mundo, con el apoyo de la civilización occidental, el que debe eliminarlo, neutralizarlo desde la desautorización y condena, desde la beligerancia, desarmándolo ideológica y religiosamente. El principal actor en esta lucha antiterrorista ha de ser el mundo musulmán, sintiéndose integrado, apoyado y respetado por los estados laicos occidentales. El porcentaje de muertes en actos terrorista en inmensamente superior en los países musulmanes que en Europa u occidente.
  11. Al constructo Estado Islámico no se le puede dar crédito, no se trata de una guerra entre estados, sino de la persecución de actos criminales cometidos por sujetos que violan el derecho a la vida, sujetos que no son súbditos de otro estado, sino del que consta en su pasaporte.
  12. Es imprescindible el diálogo entre rusos, europeos, americanos y fuerzas locales para estabilizar la región y crear estructuras de poder, viables y competentes, en un marco de cooperación y desarrollo de la zona desde la singularidad de cada país. No es la guerra la solución, sino el desarrollo de este punto. Hace falta una solución a largo plazo que no es la militar, sino una solución política y diplomática que no sea una reacción a actos de violencia.
En fin, estas son las posibles conclusiones que pudieran sacarse de las exposiciones y debates que se dieron. Pero, como ya he dicho, cada cual, desde su singularidad y personalidad, sacará los propios.