jueves, 26 de enero de 2017

Rememorando las collejas


Hoy fui a mi pueblo con unos amigos y compañeros jubilados de la universidad. Lo curioso es que cada vez que voy revivo mi infancia, me fluyen los recuerdos del pasado y, ante las imágenes de sus campos de inmensos olivares, sus sierras y oteros, me vuelve la fragancia de su brisa, el aroma de sus prados, su huertas y sembrados. Cierras los ojos y te vuelves al pasado, escuchas el trino del jilguero, el piar del gorrión, el canto de la perdiz o el silbo del viento jugando y danzando entre los árboles o mordiendo los tejados. Todos los sentidos revierten al pasado y te transportan, en una máquina del tiempo imaginaria, a tu estoica infancia afrontando las dificultades del ayer.

Frío invierno para un desarrapado crio, sofocante calor en los abrasadores veranos e insaciable apetito ante la demanda natural del obstinado crecimiento. Había imaginación, inventiva y búsqueda asilvestrada de manjares complementarios a la exigua mesa que en la casa se ofrecía. A veces, jugando y entre travesuras, eran unas habas furtivas de la huerta ajena, otras una granada que dejaba su impronta churretosa en la camisa, higos, manzanas, peras o cerezas, según el producto del momento que el huerto te ofrecía. Nutrientes silvestres se buscaban por los campos mientras recogías raíces, leña para el fuego, hierba para los conejos, etc. Primaban los espárragos, las tagarninas y las collejas que llevabas a casa para que la madre los cocinara como mejor entendiera. 

En la escuela repartían un queso de sabor extraño y una leche en polvo, a la que no le daba tiempo a diluirse y pasaba a la garganta de los críos de forma "sequerona", fraguando una masa pastosa entre la boca de difícil deglución. Era la solidaria caridad que apaciguaba la miseria, lavando las conciencias de otros países, ayudando a sofocar el hambre infantil de una España marginada y lacrada por su inmediato pasado de alianza con los vencidos en la gran contienda mundial.

Después vino el abandono paulatino de la escasez. El país de la miseria y el racionamiento vividos en la posguerra pasó a otra etapa, donde la necesidad fue aflojando la cuerda del hambre miserable que apretaba amenazante al cuello de los más necesitados. Hubo más pan y aceita, más potaje y con mejores atavíos e ingredientes en cocina para adornar los exiguos platos… animales de corral, tocinos, chorizos y morcillas de matanzas caseras, y zurrapa y chicharrones que fueron apagando el hambre hasta erradicarla definitivamente. Después, progresivamente, vino la abundancia de la mano de un mercado accesible lentamente a los salarios de la clase “currante” hasta llegar a nuestros días, donde parece que vuelve de nuevo a declinar.

Todo esto lo viví como un flash mental que hizo pasar por mi mente los tiempos pretéritos, ya superados, pero, a su vez, anclados en el mundo indómito y subliminal del subconsciente. Y afloró el viejo sabor de las collejas que mi madre, esmeradamente, preparaba en tortilla con el huevo recién puesto por la gallina del corral, que era una fiel aliada encargada de reciclar los desperdicios convirtiéndolos en lustrosos y deliciosos huevos al servicio de la casa. Había comido no hacía mucho tiempo tales herbáceas silvestres, recogidas por un amigo mío del pueblo, cocinadas por su esposa a modo de exquisita tortilla. Entonces recordé que Loli había comprado collejas en el mercado de mi barrio, y fragüe mi estrategia para hacer una tortilla diferente donde conjugar viejos sabores con los nuevos condimentos. Esta tarde, cuando llegue a casa, me dije, haré una tortilla de collejas.

Dicho y hecho. Me metí en la cocina, batí cuatro huevos y los mezclé con un aguacate, una loncha de queso, taquitos de jamón, algunos guisantes y las collejas rehogadas con ajito picado que preparó Loli. Resultado: Una excelente tortilla, como puedes observar en la imagen, que conjugaba sabores del presente y el pasado. Algo nos sobró para el desayuno próximo, mientras quedé satisfecho al dar a mi subconsciente el contentamiento a su demanda y, en mi ánimo, evocar las vivencias de mi infancia.

A veces recordar los viejos tiempos, aunque estuvieran marcados por la necesidad, nos permite sentir la parte positiva de la niñez, vivir el calor de la familia protectora, los juegos y reyertas entre amigos, las pícaras miradas a las niñas, las distintas travesuras, la infantil inocencia, el cole y la Enciclopedia Álvarez con su adoctrinamiento y el continuo batallar para hacerse grande, para crecer y recorrer el camino de la vida, para ser lo que somos hoy como fruto de un ayer donde fuimos plantando y cultivando la semilla… Eso sí, con collejas, con muchas collejas de los maestros que usaban el castigo como forma educativa bajo el lema: “la letra con sangre entra” y con las otras collejas silvestres que paliaban el hambre y nos nutrían.


¡Lo que da de sí una tortilla de collejas! ¿Verdad?


sábado, 21 de enero de 2017

Trump, ese extraño fenómeno político social


Trump es un extraño fenómeno, pero que, visto con detenimiento, tiene su explicación. A mí estos sujetos de corte populista fascistoide me dan miedo. Miedo porque juegan con las emociones, con las patrias y la confrontación en lugar de con las sinergias positivas. El problema se da entre las mentes abiertas y cerradas. Las mentes abiertas son flexibles y razonan, mediante un análisis del entorno donde valoran más elementos o variables, no dejándose llevar por liderazgos incuestionables. Las mentes cerradas son estructuradas, movidas más por emociones que por razones, son más rígidas e impenetrables, más dogmáticas, pero también son más fáciles de colonizar entrando en ellas mediante el despertar de sus emociones íntimas. Una vez dentro son más dóciles, sumisas y serviles a su señor o líder. Al tener menos capacidad o hábito de discernimiento y estar menos acostumbradas a pensar o solucionar problemas desde el entendimiento, la empatía, el acercamiento y el debate racional inherente a las mentes abiertas, acaban en un seguidismo incuestionable.

La historia reciente nos muestra puntos de inflexión muy interesantes, sobre todo ante crisis importantes y la necesidad de salir de ellas, que acabaron entregando a toda una nación a un sujeto mesiánico y enardecido que sabía tocar la fibra sensible de las mentes cerradas. Un loco aventurero y visionario de fácil y demagógico discurso que sacaría al pueblo de la crisis, de la miseria y el miedo al presente y al futuro; el líder salvador, el mesías, que dirigiría y llevaría al pueblo por el tortuoso camino del éxodo hacia una nueva era, una nueva tierra prometida en su discurso. Esos líderes enardecidos, visionarios y demagógicos, ante las crisis, encuentran su público, sus votantes y sus incondicionales que no se paran ante nada cuando se suben al carro de su discurso; obedientes, leales, dispuestos a la gloria de dar, incluso, la vida por ese ideal ya sea político o religioso.

Parémonos a pensar en las consecuencias del crac del 29, o martes negro, que llevó de una u otra forma a la gran confrontación de la II Guerra Mundial. En un contexto de crisis económico internacional, provocado por la Gran Depresión en los EE. UU. iniciada con el referido crac de la bolsa, el pueblo alemán, humillado en la I Guerra Mundial y arrastrando la miseria de su destrucción tras el conflicto, encuentra en Hitler un líder salvador que hará una Alemania grande, poderosa y rica, que dominará el mundo. Tuvo la habilidad de despertar en su pueblo la autoestima, de pasar de la humillación y la infravaloración a hacerles creer que eran la raza perfecta, los herederos de los dioses del olimpo, elevando esa autoestima a niveles insospechados en los años 20. Hitler era un sujeto insultante, provocador y bravucón que irradiaba seguridad en sí mismo aunque en el fondo tuviera grandes complejos. En estos casos cabría pensar que la estructura social se compara a un cuerpo donde el pensamiento le corresponde al cerebro que es el líder, mientras los demás obedecen y ejecutan el papel que les ha sido otorgado, sin pensar, como en los ejércitos; tú eres músculo y trabajas el movimiento, tú hígado y eres fábrica, tú aparato digestivo y aportas nutrientes… todos a hacer bien la función, obedientemente sin cuestionar al líder aunque esté loco… lo importante es que el cuerpo funcione, aunque no sepas dónde te llevan.

Hay momentos en que una gran masa social es receptiva a ese tipo de sistema funcional. Hay crisis, hay miedo y quieren a alguien seguro que les guíe y saque del atolladero. Hay hastío, desencanto, desilusión y aceptan el discurso falaz de quien les emociona y les enaltece creando nuevas ilusiones y esperanzas, aunque estas sean más falsas que una moneda de chocolate. Necesitan creer y acaban dando el voto al charlatán que dice dónde quiere llevarlos pero no cómo lo hará, porque eso se verá conforme comiencen a andar, requiere fe ciega y seguidismo incuestionable. Moisés en el Sinaí no tenía rumbo fijo pero sí el seguidismo religioso de su pueblo… y muchos lo toman de ejemplo para embaucar a sus seguidores como si Dios fuera el guía, cosa que suelen enarbolar: “Dios está con nosotros”, dicen.

En esta nueva era que introdujo la globalización se han producido fenómenos desestabilizadores importantes. Las grandes empresas traicionan a sus países y se marchan a otros para obtener más beneficios, donde es más barata la producción, traen el producto elaborado a su país de origen y lo venden a precios caros ganando inmensas fortunas. Empobrecen a su país y enriquecen al productor, pero sobre todo se enriquecen ellos mismos con ese gradiente diferencial entre el precio de producción y el de venta final. Además crean inestabilidad social en sus países de origen, donde venden el producto, con el incremento del paro y el forzamiento a competir en el mercado laboral con los países del tercer mundo, bajando sueldos y llevando a la precariedad laboral. Como efecto rebote afloran los nacionalismos, los populismos y la xenofobia al entender que los extranjeros vienen a robar el poco trabajo que queda y a hacerlo con sueldos inferiores. Por otro lado la avaricia del codicioso capital, la falta de ética, la siembra y cultivo de la corrupción, la compra de políticos, el “chanchulleo” y las conductas mafiosas de determinados colectivos del mundo empresarial y de las finanzas crean un contexto de inestabilidad y vaguedad. ¿Hasta qué punto, el mundo de las grandes corporaciones, no ha tomado conciencia de esas acciones, que nos han llevado a la situación actual, con el desajuste entre sus intereses y los del votante? La sociedad hastiada, harta, de sus tropelías se ha entregad a quienes les prometen subsanar la situación, aunque sea un sujeto salido del propio mundo empresarial, otro gato que gobierne el mundo de los ratones, aunque solo haya cambiado el pelaje.

El discurso de Trump tiene aquí un anclaje importante, no nos engañemos. La gente que lo vota no es tonta, en todo caso pueden ser egoístas e incautos que se dejan llevar por una parte de su discurso sin ir más lejos en el análisis de posibilidades de cómo resolver esa situación que denuncia y a qué precio. Pero el mensaje de exigir la vuelta de la producción y de la repercusión de los beneficios en su país es una baza importante que usa este señor. Políticos y empresarios están devaluados, denostados y faltos de credibilidad, lanzados en una carrera sin límites a imponer sus intereses en el mundo… la gente que ve lo que se les viene encima se agarran a ese clavo ardiendo para no ser arrastrados por la riada y perecer ahogados. Para ellos, el rechazo al político corrupto, tiene su manifestación más dulce en el discurso de un Trump, o similares, que se ríen de ellos, que denuncia el establishment como una mafia organizada con la que hay que acabar y reconducirla. Luego, ese discurso, por lo visto en casos similares anteriores, acaba en una situación peor aún. Fue maestro, en pequeña escala comparada, nuestro Gil y tal y tal, que insultaba con sus bravuconerías, exhibía conductas machistas, maleducadas, políticamente incorrectas, pasando de normas y tomando la administración de su feudo como algo suyo, favoreciendo a sus empresas y amigos hasta acabar en la cárcel. En Italia fue Silvio Berlusconi, que conspiró para cambiar leyes y evitar prisión, el predecesor de Trump en esa filosofía de gestión del Estado a modo de empresa. Ambos tienen grandes similitudes como muestran en este artículo: ¿En qué se parece Donald Trump a Silvio Berlusconi? (Cliquea aquí para cargarlo) De todas formas Gil, en Marbella, era una nimiedad aislada, Berlusconi en su Italia nos cogía lejos, pero con este nos afectarán sus decisiones de forma mucho más directa.

Ahora nos queda una etapa muy interesante, cargada de desasosiego y expectación, pues habrá que ver cómo se resuelve ese choque de trenes entres los intereses del populismo de derechas, que representa Trump y los partidos europeos que se identifican con esa forma de pensar incluyendo, si os parece, al ladino de Putin, y el establishment que se ha visto sobrepasado por este fenómeno al que pretenderá neutralizar. Nosotros seguimos en medio y si hay tortas tened la certeza absoluta de que vendrán a nuestro pasmado cutis, porque siempre pierde el que menos tiene, ya que los grandes Estados se forjaron con la sangre de la gente sencilla, mientras en los despachos se hablaba de cómo ganar, aunque se perdiera la guerra. Alemania y Japón perdieron la guerra y se convirtieron en grandes potencias económicas. Construir lo destruido da grandes beneficios, moderniza las instalaciones obsoletas derribadas por las bombas y engancha al pueblo superviviente a un objetivo común donde se vuelve a dejar la sangre currando para levantar el país caído, por el que derramó también la sangre… “Vamos daos y que Dios nos coja confesaos” Tenemos un futuro incierto, pero me temo que no mejor. A ver si ese espíritu defensor de la democracia americano se impone, aunque la democracia en los EE. UU. tiene su sesgo al estar en manos del famoso establishment.








viernes, 13 de enero de 2017

Poema: Vengo del agua del mar



Vengo del agua del mar
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Vengo del agua del mar,
traigo su sal y su yodo
para poderte besar
con mis versos en tus labios
volando en la madrugá.

Te regalo mil auroras
plenas de brisa marina
que adornen tu despertar
con los colores azules
de un cielo crepuscular
que va bailando su danza
sobre las olas del mar.

Quiero mecer tus cabellos
besar tu piel y tus ojos
y tu cuerpo acariciar
llevado por el antojo
de fusionarnos unidos
en un nuevo despertar.

Autor: Antonio Porras Cabrera
Málaga, 11 de enero de 2017




lunes, 9 de enero de 2017

Pompeya, regreso al pasado.



El 26 de septiembre salimos temprano de Roma. Nuestro objetivo era estar en Pompeya antes de las 11 de la mañana. El autocar circulaba a buen ritmo, mientras algunos nos debatíamos entre la llamada del atractivo paisaje y la pesadez de un sueño mal curado la noche anterior; somnolencia y percepción del paisaje a modo de ráfaga entre cabezadas, que permitía, de cuando en cuando, sorprenderse por alguna imagen digna de ser retenido en la cámara fotográfica. Era un Volvo nuevo de tres ejes, con un conductor avezado en las rutas europeas, un madrileño amable y joven, serio en su trabajo, que generaba confianza. Antes de llegar a Caserta por la E45, un Audi A3 nos adelantó con una velocidad excesiva y nada más superar al autocar hizo un trompo, chocando contra la valla protectora y rebotando hacia el lado contrario. Nuestro conductor, en un arriesgado volantazo lo evitó en primera instancia, pero el Audi, en su imprevisible y alocado movimiento, rozó el eje de la rueda delantera izquierda que, sin causar un daño irreparable, nos implicó en el accidente, por lo que tuvimos que permanecer en el lugar hasta que los carabinieri levantaron el atestado y nos permitieron continuar a nuestro destino. Habíamos perdido casi 2 horas y, si bien no tuvimos que lamentar lesiones de ningún tipo, la llegada a Pompeya se retrasó y la visita se acortó, dejando de ver una considerable zona, pasando solo por los lugares más significativos. (Cliquea en este enlace para información sobre Pompeya)

Pompeya es una de las ciudades del imperio romano mejor conservadas, pues al estar protegida durante siglos bajo las cenizas del Vesubio no se deterioraron sus restos. Eso sí, la uniformidad de sus calles, su suelo pétreo y sus plazas se vieron afectados por los terremotos y las malformaciones consecuentes. Pero pasear por la ciudad es trasladarse 20 siglos al pasado observando cómo eran sus casas, foros, mercados, plazas y lugares de diversión y ocio.

La ciudad fue destruida por una erupción del volcán Vesubio en el año 79 de nuestra era. En realidad se destruyó con cierta singularidad, pues si bien sufrió una especie de bombardeo de Piroclastos o bombas incandescentes lanzadas por el volcán, quedó tapada, envuelta en cenizas, aunque sus habitantes perecieron afectados de los gases tóxicos que emanaban del Vesubio, lo que permitió, cuando se iniciaron las excavaciones, allá por el siglo XVIII, encontrar sus restos entre la ceniza. En 1860, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli sugirió rellenar estos huecos con yeso, obteniendo así moldes que mostraban con gran precisión el último momento de la vida de los ciudadanos que no pudieron escapar a la erupción… alguno de ellos se pueden ver en exposición. Realmente fueron dos las ciudades afectadas por la erupción volcánica, pues se suele hablar mucho de Pompeya, pero justo al lado se encuentra Herculano que también fue afectada y se conserva en condiciones parecidas.

Llama la atención el surco dejado por los carros sobre la piedra de la calzada, sus aceras bien adoquinadas, los muros y estancias de las casas bien conservadas, la distribución de las fuentes públicas, el foro y sus templos, teatro y anfiteatro, etc. Como cosa curiosa destaco el Lupanar. Ya sabéis que un lupanar es una casa de lenocinio, un burdel o prostíbulo, o sea una casa de putas. Dado que las prostitutas eran, en su mayoría, esclavas traídas de otros lugares fuera del imperio, por lo que no dominaban el latín, para entenderse con los clientes, y a modo de carta de servicio, tenían unos frescos pintados en la pared de la estancia donde se reflejaban las diferentes posturas para practicar sexo, como los dibujos del Camasutra, para que el cliente demandara el servicio que le gustara y ella supiera qué hacer. Se comenta que ya en 1550 se descubrió la ciudad por parte del arquitecto Fontana pero al encontrar inicialmente algunos de los famosos frescos eróticos, escandalizado debido a la estricta moral reinante en su época, los enterró de nuevo en un intento de censura arqueológica.


Tras esa visita medio frustrada me quedé con las ganas de verla con mayor profundidad, con más tiempo y detalle, pasear por sus calles sin la presión de una guía exigente que te lleva con la lengua fuera; te suelta información que vuela por los aires y te quedas medio a oscuras, perdiéndote infinidad de detalles que solo son perceptibles cuando tú, intencionadamente, te paras a observarlos con mayor precisión. Me gustaría volver y pasear por sus calles y, de camino, ver también Herculano. Está a un tiro de piedra de Nápoles, con un entorno muy estimulante, desde Sorrento al propio Vesubio, al que se pude subir para ver el cráter, aunque ese ejercicio, como lo deje para más adelante me va a ser costoso por lo agotador. En fin, no todo se puede hacer en esta vida, nos falta vida o nos sobran cosas para ver y hacer. Yo, de todas formas os dejo unas fotos parea que podáis pasear y ver aquello que yo fui captando con mi cámara.






























miércoles, 4 de enero de 2017

Somos cometas sujetas por un hilo al tren de la vida


No sé si habéis observado, amigos y amigas, que este mundo es una continua descompensación. Soy de los que piensan que la vida consiste en buscar ese equilibrio y, en su busca, bamboleamos por ella, pasando de uno a otro lugar al amparo de nuestra inseguridad. Es, en cierto sentido, un mundo dicotómico donde la bondad equilibra la maldad, la paz a la violencia, amor al odio, la luz a las tinieblas… a así sucesivamente vamos encontrando los antónimos que nos definirían los contrarios de cada palabra. O sea, y volviendo al tema, que si trazamos una línea recta, nosotros nunca vamos por esa línea, sino que zigzagueamos, andando en zigzag y pasando de un lado a otro de la misma. Somos, mayoritariamente, ciclotímicos en mayor o menor grado, nuestro estado de ánimo es variable. Es como si fuéramos una cometa sujeta por un hilo a un tren que se mueve en una vía recta, pero que nos hace bambolear pasando de un sitio a otro de la vía en función del viento que nos va soplando en cada momento y de la forma en que esté construida la cometa, es decir, de la personalidad de cada cual, su historia y experiencias, su capacidad de afrontamiento y resolución de problemas, su educación y conocimientos, etc… Esto dará como resultado una forma distinta de vencer la resistencia del viento y su empuje, o lo que es lo mismo, una diferente forma de afrontar los problemas y las circunstancias que la vida le vaya presentando. Pero, en todo caso, siempre andará, más o menos, en zigzagueo.

Y he aquí, en esa experiencia de separación de la línea recta, donde se encuentra el conflicto y la necesidad de volver a la rectitud, pero también la novedad, la experimentación vital, la transgresión y los sentimientos fuertes que conlleva los excesos emocionales, la locura de la vivencia efectiva. Pero siempre, como elemento de referencia, encontraremos la propia conciencia que, al fin y al cabo, es la que determina la valoración, orientación o evaluación de la correcta forma de hacer el camino.

Las teorías sistémicas de la dinámica familiar y social definen, para establecer la normalidad en las conductas humanas, una plataforma homeostática delimitada por dos líneas, una superior y otra inferior, que serían los límites permitidos para las conductas, de tal forma que cualquiera que se excediera de esos límites sería considerada como conducta anormal y reprobable por la sociedad. Por lo que, para ser considerado sujeto normal, habría que mantener la conducta dentro de los niveles de esa plataforma. Eso sería una forma de encorsetar, en la normativa social, los altibajos que todo individuo tiene.

Pero, volviendo al tema, si el equilibrio emocional y psíquico es la ausencia de variaciones y alteraciones emocionales, la lógica aplastante y racional o la adultez tal como indica Berne en la teoría del análisis transaccional (el estado del yo Adulto lo definió como "caracterizado por una serie autónoma de sentimientos, actitudes y pautas de conducta adaptadas a la realidad actual". Es el estado más racional y realista. Un estado desde donde se analiza información, se ordena y se toma la decisión que se cree más acertada, sin dejarse influenciar por las emociones ni las normas), en ese caso, el equilibrio estaría fundamentado en la ausencia o control de las alteraciones emocionales para que no se extralimitaran y, por consiguiente, se mantuvieran dentro de la plataforma homeostática.

Pero, en todo caso, tenemos conciencia de cuando nos pasamos o no llegamos, de la extralimitación de los niveles, y ese rebotar entre las paredes del cauce por el que transitamos es el que nos descompensa, el que nos lleva a centrar nuestra atención y orientarla hacia la vuelta al equilibrio dentro de los cauces establecidos.

No obstante, no podemos olvidar que la vida se fundamenta en la actividad y ésta tiene su mayor expresión en los desequilibrios entre dos polos, el positivo y el negativo. Nuestro corazón funciona porque hay una diferencia de potencial que permite una descarga eléctrica que estimula el músculo. Si me permitís, aunque no sea muy ortodoxo, lo explicaré con el ejemplo de la Guerra de las Galaxias, donde se daba la lucha entre dos fuerzas, la del lado oscuro y la del lado luminoso: En el lado oscuro de la fuerza, las personas que lo utilizaban, obtenían su poder de oscuras emociones como el miedo, ira, odio y agresión. Los Sith fueron los mayores practicantes del lado oscuro y eran los enemigos mortales de la Orden Jedi, que seguía el lado luminoso de la Fuerza. Así pues, el lado luminoso de la Fuerza era la faceta alineada con el bien, la benevolencia y la curación, mientras que el lado oscuro de la Fuerza era el elemento alineado con el miedo, el odio, la agresión y la maldad. Esta idea, que aparentemente es novelesca, ancla sus principios en la historia, en las religiones y en la propia energía que mueve al mundo. Dios y el Diablo, el mal y el bien, el polo positivo y negativo, las cargas bioeléctricas con sus diferencias de potenciales, la propia sinapsis eléctrica de nuestras neuronas… todo ello se mueve por el desequilibrio y la necesidad y tendencia a neutralizarlo.

En suma, somos seres desequilibrados y por eso funcionamos buscando el equilibrio. El día que desaparezca el desequilibrio y la necesidad de equilibrarse estaremos muertos, como la computadora que se quedó sin corriente y sus bits no son posibles porque ya no recibe información para diferenciar el positivo del negativo en esa corriente. Por tanto, necesitamos ese desequilibrio para existir, pues no percibiríamos el bien sin saber de la existencia del mal, el amor no sería nada sin el conocimiento del odio que le diera valor comparativo, no existiría el polo positivo sin el negativo que le repeliera como oponente, etc. Tal vez por eso, estamos condenados a gestionar esas diferencias de potencial entre los extremos que nos hacen vivir, sin permitir que acaben con todo, manteniéndolos en los niveles adecuados para que el desequilibrio se convierta en equilibrio constructivo y no nos lleve al desastre final bien por fusión y neutralización, bien por dispersión y explosión en una especie de Big Bang que nos disperse definitivamente en el cosmos.

¿Podremos conseguir el equilibrio pero inclinado hacia el lado positivo? Tal vez se pueda correr la plataforma homeostática hacia ese lado, dejando lo peor como lo menos bueno y no como lo malo. Pero… ¡¡¡somos tan complejos!!!