domingo, 26 de abril de 2015

Por el Barranco de Viznar


Anteayer, 23 de abril y día del libro, venía de Cartagena y, como siempre que paso cerca de Viznar, me acordé de Federico García Lorca, de su muerte en el Barranco de Viznar, donde hay más de 2000 fusilados enterrados, y de la vileza de sus asesinos. Es curioso que en este día tan señalado también se haya conocido que existe documentación fehaciente sobre las cusas que indujeron su muerte, aunque ya existían evidencias suficientes sobre ello. Le mataron por masón, socialista y homosexual… tres causas que muestran la intransigencia, intolerancia y desprecio a la libertad que manifestaban sus asesinos y quienes dieron la orden. Esa gente nos gobernó casi cuarenta años y dejó su semilla ideológica plantada en los campos de nuestra sociedad, tal como se sigue viendo hoy día.

Cuando me acuerdo de Lorca me vienen a la mente sus versos, su poesía fresca, sensible, bucólica en muchos casos y dramática en otros y me incita a escribir. La luna y el olivar, las casas blancas y los campos de nuestra Andalucía, el mundo gitano, la zambra, el toque y el baile, la faca, el clavel y la flor roja que siembra la sangre.

Hay que ser imbécil para no darse cuenta del valor de un poeta y arrebatarle la vida por ser diferente al gaznápiro de turno que, al amparo de las armas, se sienta en el sillón del poder. El energúmeno solo puede gobernar a un pueblo si lo embrutece y lo somete por la fuerza de las armas y de la alienación. ¿Qué va a saber de cultura, de sensibilidad poética, de creatividad literaria, un palurdo que sigue consignas al amparo de la intolerancia, de la imposición y del sometimiento? Si solo es un trozo de carne con ojos para apuntar y dedos para apretar el gatillo a la orden de YA, vil servidor de su amo… Qué mala es una idea cuando no se permite que surja otra para contrastarla. Los tiempos de idea única siempre son de dictadores, de sometimiento y humillación, de frustración y represión de la diversidad.

Este poema fue brotando, como si a la vista del lugar, surgiera la semilla de su sangre repleta de versos, como si el ambiente estuviera cargado con su ritmo poético llevado por las musas que impregnan el etéreo espacio que le vio morir.
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La luna de pergamino
va derramando su alma
al ver a los asesinos
como a Federico matan
y entre los olivos verdes
sombras de sangre y de nácar
van jugando entre las ramas
como si fueran fantasmas.

La noche llora en silencio
el polvo lame la lágrima
al ver que en esta batalla
están ganando las armas.

La voz quebrada se ha roto
y en esta tétrica calma
hay un silencio de muerte
embargando la esperanza
pues la estulticia se ha impuesto
al valor de la palabra.

Noches preñadas de sombra
bailan su danza macabra
mientras entre los olivos
solo queda la esperanza
de que la sangre caída
nos de su fruto mañana.

Autor: Antonio Porras Cabrera​
23 de abril de 2015




lunes, 13 de abril de 2015

El nido vacío y la madurez en la pareja


Ponente: Antonio Porras Cabrera
Psicólogo y Enfermero Especialista en Salud Mental
Profesor Titular de Escuela Universitaria de la UMA


Introducción.

Cuando se nos propuso, a los miembros de ASPROJUMA (Asociación de Profesores Jubilados de la Universidad de Málaga), participar en estas jornadas yo me ofrecí a compartir con todos ustedes algunas reflexiones sobre la dinámica en la relación de pareja hasta culminar en el estado del Nido Vacío y en la propia madurez de la misma. Digo compartir, porque pretender disertar en un sentido estricto con tan docto auditorio es, cuando menos, presuntuoso.

En todo caso, mi pretensión es hablar de un tema, de especial interés, relacionado con la formación y evolución de la pareja,  hasta llegar a la etapa de la madurez y, con ello, al afrontamiento del nido vacío y su reencuentro bajo el periodo de la jubilación, que es donde nos ubicamos la mayoría de los presentes.

Por tanto comentaré una etapa inicial  que se fragua en torno al enamoramiento, donde quedamos embelesados y lo vemos todo a través de los ojos del otro, u otra, para pasar luego a la gestión de la convivencia diaria con la cruda realidad de la vida y la necesidad de afrontar los problemas conjuntamente… y terminaré en la etapa de la madurez, donde todo debería estar sedimentado en aras de una convivencia feliz y nutriente. Seguiremos pues el esquema que ofrezco a continuación.




Enamoramiento y amor.


Enamoramiento… ¡Qué curiosa palabra! Vamos a intentar, a modo de ejercicio, descomponerla y encontramos: EN    AMOR   (A)    MIENTO. Permítaseme esta futilidad  para mostrar que el enamoramiento no es una etapa muy realista, que hay demasiada idealización del enamorado.

Cabe preguntarse, pues, si es amor el enamoramiento, o si es un delirio, donde no se ve la verdad. Lo que sí hay es una atracción, un deseo de estar juntos, un embelesamiento… Estas estrofas de un poema mío titulado: “Y después… desamor”, publicado en mi poemario Eclosión,  muestran una autocrítica retroactiva a esa etapa del enamoramiento:

Te arropé de mil virtudes,
fuiste diosa del amor
dentro de mi fantasía,
hasta el altar te elevé
y luego me postraría.

¿Cómo fue que fui tan tonto?
¿Cómo tan necio me hacías
que solo con tu mirada
mi corazón derretías?

Mi cerebro bloqueado,
mi razón desvanecida,
mi voluntad subyugada,
mi vida condicionada
al capricho de tus iras.

Sin comentarios. Pero vayamos un poco más lejos y veamos algunas consideraciones sobre la diferenciación entre enamoramiento y amor:

·        “Cuando estamos enamorados nos parece que nuestra pareja es perfecta y la persona más maravillosa del mundo”.
·        “Empezamos a amar cuando dejamos de estar enamorados”, según Erich Fromm.
·        “El amor requiere conocer a la otra persona, requiere tiempo, requiere reconocer los defectos del ser amado, requiere ver lo bueno y lo malo de la relación”.
·        “El amor nace de la convivencia, de compartir, de dar y recibir, de intereses mutuos, de sueños compartidos”.

Por tanto, ¿Podríamos decir que el roce hace el cariño, que no importa si estás enamorado cuando te casas, que pueden funcionar los matrimonios de conveniencia u obligados si se gestiona bien la convivencia?

Pero volviendo al concepto, a mí, personalmente, me gusta mucho la definición que hace Sócrates del amor, cuando, en sus Diálogos, le dice al joven Lisis: “El amor es desear que la persona amada sea lo más feliz posible”.  Por tanto, a la vista de lo que hemos dicho, es desprendimiento, aceptación, realismo, apoyo, respeto, empatía, comunión… y todo ello consolidado en la convivencia.

Amar Vs. querer


Luego existe otro verbo, que se entiende como sinónimo, aunque hay un buen número de matices que lo diferencian. Me refiero al verbo QUERER. Querer y amar, aunque parezca que es lo mismo, tienen distintas connotaciones. Querer tiene su etimología en el latín. Viene de quaerëre (Tratar de obtener. Buscar). La RAE, en una de sus acepciones,  lo define como: Desear o apetecer. Por tanto estaríamos hablando de buscar algo que se desea, que apetece, que nos satisface una necesidad personal, con lo que ello conlleva de relación objetal, de objeto que usamos en beneficio propio para dar respuesta a una demanda. En la relación de pareja, en ese contrato relacional que se establece, tanto desde un punto de vista social como afectivo, son muy significativos los roles que la sociedad define para cada miembro de la familia y su función operativa dentro de la misma, cubriendo las necesidades que conlleva el rol. Aquí traigo a colación la perspectiva mercantilista del amor en el intercambio social a la que alude Sharon S. Brehm.

La diferencia, pues, entre amar y querer sería:
      Amar. Desear que la persona amada sea feliz.
      Querer. Tratar de obtener lo que se desea o apetece.

A modo de inciso, he de decir que cuando me jubilé me dediqué a los hobby que no había podido practicar por causa de mi labor profesional y comencé a escribir relatos, ensayos, artículos, reflexiones y poesía, que fui publicando en un blog al que llamé Cosas de Antonio. Ya he hecho referencia anteriormente a unos versos y ahora me permito presentar estos otros, que son del mismo poemario, donde diferencio el amar del querer.

Te quiero no es amor
“quiero” para mí es posesivo.
Te quiero, si tú eres como digo,
es sumisión, un compromiso
y un castigo.

Amor, si es querer,
es querer como  tú eres
respetando siempre
tu voluntad y tu destino
apoyando tu desarrollo personal
y ayudando en el camino.

Amor es la alianza
es compromiso y sostén
en un común proyecto
sumando el resultado de ambos sinos.

Te quiero y necesito,
sin rima con amor,
no tiene ni sentido.

Pero, volviendo al tema, en la relación de pareja se han de conjugar esos dos verbos en su justa medida. AMAR Y QUERER.
      Te amo, deseo ser tu compañero, ayudarnos en la evolución personal y crecer juntos recorriendo el camino de la vida, nutriéndonos mutuamente… (planteamiento ideal u objetivo)
      Te quiero, te necesito, eres el complemento ideal de mi vida para crear una familia, tener hijos, educarlos y cubrir el rol social y parental… (planteamiento operativo u objetal)

Si se le da al verbo querer su matiz posesivo, acabará la relación en una asimetría donde uno de los miembros se somete al otro. Yo entiendo que, aquí, es muy importante el respeto al rol y su negociación desde la libertad y compromiso mutuo. Pero no es menos importante que el amor asume una función balsámica de la relación, es decir, facilita que el querer no sea posesivo, que la cobertura de las necesidades no sea por imposición o por exigencia asimétrica de deberes.

Dinámica y microcultura familiar.


Pero dejemos esta etapa del enamoramiento y pasemos a la de CONVIVENCIA, esa confrontación con la realidad donde el enamoramiento se va diluyendo a la par que aflora el conflicto, la crisis y la necesidad de identificar y afrontar los problemas y su resolución. Ello nos conducirá a un mejor conocimiento de la pareja y a establecer una dinámica de relación confrontando los modelos familiares de cada miembro de  la misma.

Esos modelos se enmarcan dentro de la microcultura familiar de procedencia. Cada familia tiene una forma distinta de relación entre sus miembros, dependiendo de la microcultura que define esa relación. Es decir, sus principios, valores, creencias, ideologías, hábitos y formas de conducta, ritos y mitos, sistemática de la educación de los hijos, etc. Por tanto nos encontraremos con dos modelos diferentes, en mayor o menor medida, de microcultura familiar.

De la fusión entre ellas aparecerá una nueva que conformará la identidad de esa otra familia, con una dinámica familiar propia para resolver los conflictos y modelar la convivencia. Su evolución dependerá de cómo se negocie, en muchos casos tácitamente, el contrato relacional donde se establecen las pautas de conducta, la definición de los roles, la distribución de tareas, las actitudes, el modelo educacional de los hijos, etc.

Y hablando de la educación de los hijos, colegiremos que es un campo que puede llevar a conflictos en la pareja, en tanto la actitud parental puede ser divergente. Lo será en base a esa microcultura familiar de procedencia a la que he aludido anteriormente. En cada casa y caso se actúa con singularidad y los modelos educacionales son variables. Es decir, esa microcultura definirá la sistemática que enmarca la relación con los hijos y las actitudes de liderazgo que tendrán los padres en el proceso educativo. Hago referencia  a cinco modelos de ejercer la autoridad paterna en la relación y educación de los hijos. Son modelos con unas características diferenciadoras muy claras:

1.     Impositivo. Padres autoritarios y exigentes, impositivos y poco razonables.
2.     Participativo. A los hijos  se les enseña a razonar en las decisiones que se toman y en las cosas que se les corrigen.
3.     Paternalista-hiperprotector. Excesivamente proteccionista, evitando enfrentar a los hijos a circunstancias adversas.
4.     De laissze-faire (dejar hacer). Dejar que los hijos evolucionen por sí mismos sin intervenir los padres.
5.     De doble-vínculo. Desacuerdo entre padre y madre en la sistemática educativa, descalificación mutua y desorden mental en el niño.

En los últimos tiempos el modelo familiar ha cambiado, los roles se han diluido y el esquema funcional se ha redefinido. Hemos pasado de la clásica familia donde el padre ejercía la autoridad, mientras que la madre asumía su papel nutricio y de cuidados, a un modelo de roles más moderno, como es la asunción de la corrección y nutrición de los hijos por parte de ambos, así como de las distintas actividades para el sostenimiento de la casa. Ello se enmarca en el proceso que busca la igualdad de género y que se está afianzando, en mayor o menor medida, según la dinámica de cada pareja, pero que se engloba en una tendencia social, en un espíritu de los tiempos, o Zeitgeist, del que no podemos ni debemos escapar. Ahora bien, no son pocos los conflictos relacionales en la pareja que se desprende de ese proceso, pues en ambos casos se debe producir una adaptación que, en muchas ocasiones, provoca conflictos relacionales y crisis hasta que se impone y acepta una nueva dinámica funcional cambiando el contrato convivencial... La crisis de roles conlleva, pues, una crisis de pareja que se ha de gestionar hasta encontrar ese nuevo marco para la relación. No vale, pues, decir a modo de reproche, aquello de: “Tu ya no eres el mismo, o la misma” puesto que estamos sometidos a un continuo reciclaje en esa función parental y de relación de pareja. También se ha bajado el nivel de tolerancia y el recurso al divorcio deja la puerta abierta para reorganizar la vida, bien con otra pareja o bien en soledad, habiendo pasado del: “Lo aguanto porque es mi marido” al “Que lo aguante su madre”.

En todo caso, la dinámica familiar afecta y engloba a todos los miembros de la familia, tanto al holón parental como al filial, como dirían los sistémicos. Por tanto, en función de los modelos educativos encontraremos diferentes actitudes y conductas de los hijos para con los padres y, consecuentemente, detectaremos una influencia de los hijos en la propia relación de los padres, apareciendo:
1.     Hijos manipuladores. Se aprovechan de las desavenencias para sacar el máximo provecho personal.
2.     Hijos confrontadores. Procuran que los padres se enfrente por ellos elevando su ego y ejerciendo el control de la situación.
3.     Hijos colaboradores. Razonan y entienden a los padres y sus diferencias, procuran evitarlas y diluirlas para que no se produzcan.

Nuestros hijos, que son lo más importante que, en el fondo, nos ha pasado en esta vida, tienen más influencia en nuestra relación de pareja de la que nos pensamos. De ahí la importancia de conseguir educarlos hacia la maduración psicológica lo que nos permitirá tener hijos psicológicamente sanos, equilibrados y moderadamente razonables. Con ello conseguiremos la tranquilidad necesaria para darnos a una mejor vida en la etapa del nido vacío y la jubilación.

El nido vacío


Porque ellos volarán del nido, se emanciparán y lo podrán hacer por diversos motivos, como, por ejemplo:

1.     Por su preparación y madurez.
2.     Por necesidades de estudio.
3.     Por cuestiones laborales fuera de la ciudad.
4.     Por conflicto intergeneracional.
5.     Por matrimonio.

No todos los casos nos generarán el mismo nivel de ansiedad y preocupación, pues no es lo mismo que se emancipen por haber logrado un nivel de maduración donde requieran vivir su propia vida de forma independiente o por contraer matrimonio, que por haberse producido un conflicto o disputa generacional. Este último caso es un estresor que tendrá repercusión en la dinámica de la pareja según su capacidad y recursos de afrontamiento del conflicto.

Por tanto, es muy importante ver cómo voló el pájaro y cómo se produce el retorno al nido familiar con su pareja.

1.     El pájaro voló, pero… ¿hacia dónde va? ¿Estamos de acuerdo en que ese vuelo es el adecuado? ¿Marcha en consonancia con lo que pensamos, con lo que le hemos enseñado? ¿Su vuelo nos da seguridad o preocupación?
2.     Vuelve con pareja, que puede ser, o no, estabilizadora de nuestra relación paterno-filial, pudiendo aparecer la competitividad y el desencuentro. Un tercer elemento genera una nueva situación y provoca un movimiento homeostático del sistema que se ha de gestionar adecuadamente, hasta conseguir la reubicación de todos y cada uno de los miembros que lo forman.
3.     La irrupción de los nietos… son un nuevo compromiso de cuidados, pero con la conflictividad que puede generar la discrepancia entre dos visiones distintas, la de los abuelos y la de los padres.

Y luego, otro frente más. Planeamos, a veces en vuelo rasante,  sobre la familia de nuestros hijos, con sus conflictos y vivencias, con sus preocupaciones y sus proyectos. Nos implicamos, muchas veces en demasía, en la evolución de su relación y de la gestión de su casa y de sus cosas. Podemos ser invasivos y, consecuentemente, impertinentes e inoportunos, lo que nos puede acarrear disgustos, conflictos y confrontaciones con ellos. La cuestión está en:

1.     Respetar la dinámica de relación entre los hijos y sus parejas. Dejar que fragüen su propio contrato relacional.
2.     Analizar racionalmente nuestra vivencia en los conflictos de los hijos y sus parejas.
3.     Saber determinar y aceptar un papel constructivo en sus conflictos, no vayamos a ir por lana y salir trasquilados.

Y ahora, con los hijos fuera, que ya volaron y abandonaron el nido, ese nido donde se criaron, donde dieron sentido en muchos aspectos a nuestra propia vida, se queda vacío. Y ese vacío se traslada a nuestras almas, a nuestras propias vidas y nos deja fuera de juego. El riesgo está en no saber, poder, incluso querer, adaptarnos a esa nueva situación, vivida como la pérdida que nos arroja a un estado de soledad, por lo que tenernos el peligro de caer atrapados en el Síndrome del Nido Vacío. ¿Pero qué es eso? ¿Cómo se define? Veamos:

1.     Es una sensación de soledad que los padres u otros tutores pueden sentir cuando uno o más de sus hijos abandonan el hogar.
2.     Suele aparecer una desadaptación al nuevo estado, por un mal afrontamiento de la situación, con un trastorno afectivo enmascarado de carácter depresivo con sentimiento de tristeza y pérdida.
3.     Suele ser más común en las mujeres que en los hombres.
4.     Es más importante en los tiempos modernos en tanto las familias extensas son menos frecuentes.

¿Cómo lo identificamos? ¿Cuáles son sus síntomas y manifestaciones? Encontraremos, pues:

1.     Anhedonia (incapacidad de disfrutar) con sentimiento de inutilidad.
2.     Sentimiento de soledad, una percepción súbita del paso de los años.
3.     Apatía, sin gana de iniciar ninguna actividad ni resolver situaciones.
4.     Reclamo de atención, manifestado por la sensación de que los padres quieren inquietar a los hijos que se han marchado.

Veamos ahora cómo afrontarlo. Actitudes constructivas:

1.     Intentar visualizar la nueva situación.
2.     Establecer una relación de adultos entre padres e hijos.
3.     Retomar actividades relegadas anteriormente. (Aprender algo nuevo, dedicarse  a un hobby, viajar, lectura, visitar museos, apuntarse a un club, etc…)
4.     Disfrutar de mayor libertad.
5.     Recuperar las actividades de pareja de forma consensuada para disfrutar de la vida. Reencuentro de la pareja…
6.     Mejorar en la cantidad y calidad del tiempo compartido intercambiando pensamientos y sentimientos mediante una comunicación efectiva.
7.     Sentirse orgullosos porque los hijos haya conseguido esa emancipación como colofón al proceso educativo. ¡¡¡Objetivo cumplido!!!

El compromiso final


Pero no debemos ver esta situación de nido vacío como algo negativo, sino como la lógica de un proceso evolutivo familiar que nos ofrece una excelente coyuntura de reencuentro con la pareja, una circunstancia nueva para:
1.     Vivir la situación como una oportunidad para redefinir y redescubrir la pareja.
2.     Incrementar la franca comunicación y el acercamiento.
3.     Potenciar las expresiones afectivas (incluida una adaptación de la relación sexual) y de seguridad común.
4.     Oportunidad para enmendar viejos errores.
5.     Hacer más cosas en común y compartir afinidades.
6.     Desarrollar nuevas maneras de estar en contacto con los hijos y los nietos.

Finalmente, la relación positiva debe ser el objetivo de toda pareja que pretenda tener una vejez tranquila. Debe estar basada en el respeto y no en la imposición,  haciendo posible conjugar lo individual con lo común. Por tanto:
1.     Es el momento de que cada uno haga balance de su propio proyecto de vida, desde la perspectiva personal, buscando su paz interior.
2.     La pareja no debe ser un impedimento, sino una ayuda para ello.
3.     Gestionar esa situación final como la última oportunidad que nos da la naturaleza para el encuentro con uno mismo, con los demás y el entorno.
4.     En suma, tomar conciencia madura de la vida en su sentido más amplio.

Como reflejo en el estrambote de mi soneto sobre la bonhomia:
De esta forma te lleva a la vejez
en paz contigo y pleno de armonía
la dulce carroza de la bonhomía.

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sábado, 11 de abril de 2015

Naturaleza y panteísmo



El credo religioso tiene que ver mucho con el proceso evolutivo del ser humano. Cada cual cree y se ubica con ello en un tramo de su propio camino evolutivo. Grandes filósofos, científicos y librepensadores fueron panteístas. Para mí, Espinosa (Baruch Spinoza) es el gran potenciador de esta visión filosófico-teológica que abrió las puertas al siglo de las luces y su crítica a los credos, rompiendo con el encorsetamiento que las religiones ejercían sobre la mente y los credos.

En esta reflexión intento clarificar el proceso evolutivo de un credo que va desde la sumisión, al librepensamiento; desde el credo en un dios de entelequia, a un dios real y visible; desde el catolicismo, al ignosticismo y, de este, al panteísmo.
 
Baruch Spinoza (1632-1677)
Los que hemos estado, sobre todo en España, sometidos a la influencia de la fe católico y su adoctrinamiento desde pequeños tenemos un hándicap para evolucionar, este es cuestionar desde el librepensamiento esa “realidad” ficticia conforme se abren nuestros ojos ante la vida, los conocimientos y el uso de la razón y el discernimiento. El dogma es encorsetador y bloquea la apertura de la mente.

He de reconocer que en mi proceso evolutivo personal pasé por varias fases: Primero mi infantil fe ciega en la iglesia católica desde el nacional-catolicismo que nos inculcaron; después, tal vez por un hecho reactivo ante su incongruencia, fui ateo (El ateísmo es el rechazo a la creencia en la existencia de uno o más dioses. En sentido estricto, es la postura en la que no existe ningún dios); conforme fui sedimentando mi pensar empecé a no negar ni aceptar nada que no tuviera suficientemente claro y me hice agnóstico (Actitud filosófica que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia. Un agnóstico es aquel que ni cree ni descree en la existencia de Dios), aunque miré con cierta simpatía el mundo gnóstico (El gnosticismo es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, y que pretendía tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas); en mis últimos tiempos pasé a considerarme ignóstico (El Ignosticismo o igteísmo es la posición respecto a la creencia de Dios, en que primero se cuestiona la definición de Dios. El ignóstico se pregunta: ¿Qué se entiende por Dios?, para que una vez conocida la respuesta se pueda comprobar si eso existe o no existe).

Pero cuando desarrollé mis planteamientos sistémicos, es decir cuando vi el cosmos como un sistema en interacción constante, donde todos y cada uno de sus elementos participaban de esa interacción, me acerqué, desde ese ignosticismo, al panteísmo y creí en una concepción laica de la vida civil donde cada cual pudiera desarrollar su propia evolución sin estorbarse ni imponer su visión, ideas o credo a los demás, donde ese “Dios”, de naturaleza cósmica, incluía a todos los elementos que integran el universo. Nosotros, como elementos de ese sistema, estamos en interacción con nuestro entorno, con el que nos alimentamos y crecemos en una espiral de desarrollo hasta elevar nuestro conocimiento hacia mayores niveles de complejidad-consciencia (como refiere Hubert Reeves), que dignificará al Todo, porque Dios somos todos.

El panteísmo es una creencia o concepción del mundo y una doctrina filosófica según la cual el Universo, la naturaleza y Dios son equivalentes. La ley natural, la existencia y el universo (la suma de todo lo que fue, es y será) se representa por medio del concepto teológico de "Dios". La palabra está compuesta del término griego πᾶν (pan), que significa todo, y θεός (theos), que significa Dios; así se forma una frase que afirma: todo es Dios y Dios es todo.

El panteísmo es la creencia de que el universo (con todas sus extensiones celestes y criaturas) y Dios son lo mismo, o sea, son uno. Es decir, Dios no es un ente en particular ni una simple energía; sino que cada criatura es un aspecto o una manifestación de Dios, que es concebido como el actor divino que desempeña a la vez los innumerables papeles de humanos, animales, plantas, estrellas y fuerzas de la naturaleza. Algunos pensadores han considerado panteísta el trasfondo de los politeísmos.[] La visión panteísta, si es admitida, aporta un nexo entre diferentes religiones, en especial las no creacionistas.

De manera general, el panteísmo puede ser considerado como una ideología filosófica o como una concepción del mundo. En el teísmo se enfrentan dos términos: "dios" y "mundo". El panteísmo procede a identificarlos. El resultado ha de ser un monismo (todo es uno), que puede adoptar diversas caracterizaciones.






jueves, 9 de abril de 2015

Claustroespectro.


Claustro del monasterio de San Zoilo,
Carrión de los Condes. Palencia
(El relato de un fraile pecador y penitente que arrastra su alma por el claustro de su convento, mientras los turistas indolentes lo visita irreverentemente).
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Ahora, cuando por el claustro monacal deambula solitaria mi alma centenaria, llevada a este castigo y continúo peregrinar en la sombra por mor de mis pecados; cuando mi espíritu atrapado por los tiempos, que vive entre la belleza y monumentalidad de un románico que fue fraguando la llamada del camino; ahora que bajo esta gélida capucha de fraile, pobre y miserable, que delata mi humildad forzada por el voto, mi pobreza y recato espiritual, me vienen a la memoria los tránsitos del tiempos.

La inmensidad arquitectónica del convento, sus frías piedras cargadas de recuerdos, me hacen ver y revivir toda su historia, pues no tengo pasado ni presente, ni tal vez tenga futuro. Estoy varado en la noche de los tiempos. El dios cronos (perdón por mi osadía, solo hay un Dios, pero toménmelo a modo de metáfora), me enreda y mezcla las imágenes hasta complicar tremendamente la verdad del presente y el pretérito. Y eso se constata cuando vago entre la gente, entre los intrusos turistas que violan la intimidad del convento, que curiosean en nuestras vidas monacales intentando su limpieza de conciencia. Mi espíritu, tremolante por esa evidencia, se enroca en el pasado, en sus principios y valores, pisoteados por esta gente indecente, carente de respeto y pecadora, que trajo a este lugar sagrado el espectáculo sacrílego.

Nosotros, los que persistimos a través de los tiempos, las almas sometidas al eterno deambular entre estas piedras, vemos con tristeza caminar entre la congregación ese ejército de gente insensible, llevados por la mera curiosidad, despectiva muchas veces, admiradora otras, pero que no comprenderán nunca nuestro existir. No, no me gusta que mientras cantamos y alabamos al Señor en nuestras Horas Mayores, cuando tenemos que pasear entre esas incómodas visitas, que no nos ven ni escuchan, que son ciegos y sordos, atraviesen indolentes nuestros cuerpos invisibles, nuestras almas penitentes, sin importarles nada nuestro recato, nuestro recogimiento y entrega al rezo y la oración.  No hay más ciego que el que no quiere ver, ni más sordo que quien no quiere escuchar… y ellos están ciegos y sordos. No comprendo este mundo por el que me siento incomprendido. Son reencarnación del diablo. Por más que les grito e interpelo no se dan por aludidos, me desprecian e imponen su presente a mi pasado.

¡Mi pasado! Ese pasado que me remueve el pecado, que me rompe la conciencia y me traslada a mi codiciosa y egoísta decisión de profesar. Sí, era un niño cuando, desde la incertidumbre, la miseria, el frío y el hambre, veía la abundancia y la seguridad del convento. Detrás de los muros estaría mi salvación. Allá podría tener todo lo que me faltaba. Sería un fraile lego que, al servir a los doctos, cubriría mis necesidades. Busqué recomendaciones y aquí me aposenté. Comí en abundancia, bebí en exceso, robé para dárselo a los míos, incluso me permití escarceos amorosos prohibidos que rompían mi voto de castidad. No fui un buen fraile, lo reconozco. El culto a Dios ha de estar por encima de cualquier otro interés. La oración es la madre de la salvación y, a través de ella y con el tesón, se han de resolver todos los problemas. La pobreza y el sufrimiento abren la puerta del paraíso. Se ha de respetar ese sufrir como vía de salvación de las almas, y yo huí de ella. Tal vez, por no darme cuenta de esa incuestionable verdad, ande vagando por este limbo de ausencia e indiferencia en el que ando metido. ¿Saldré algún día y podré ver al fin la faz del Señor?

A modo documental os dejo estas imágenes de algunos monasterios que he encontrado en mis archivos y que he visitado.


Aguilar De Campoo. Palencia

El Escorial. Madrid

Catedral de Gerona

Guadalupe. Cáceres

La Santa Espina. Castromonte. Valladolid

Poblet. Tarragona

Ripoll. Gerona

Santes Creus. Tarragona.

viernes, 3 de abril de 2015

¿Semana Santa?

 
Amigo lector, decir lo que uno ve y siente es una forma de ofrecer a los demás, abiertamente, una visión de las cosas desde otra perspectiva, con el ánimo exclusivo de constatar que existen diferentes formas de entender las realidades de la vida y su interpretación. No pretendo otra cuestión, sino expresar mi pensar con el mayor respeto hacia quienes tengan otra forma de ver las cosas. Cada uno estamos en un proceso mental evolutivo personal y cada cual ha de evolucionar desde ese punto de partida según su buen criterio y raciocinio y sus propias capacidades de análisis. El camino se hace al andar, pero tomando conciencia de los pasos y del propio progreso personal en ese camino que se ha de recorrer con la paciencia necesaria para ir creciendo en sabiduría y lucidez. Yo hago este análisis desde mi situación personal, tú puedes estar más o menos cerca de este punto del camino, en todo caso solo expongo lo que veo desde aquí. Lo importante es que, ya que vamos haciendo el camino todos, no acabemos pisándonos… lo que equivaldría a imponer nuestras ideas a la fuerza.

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Estamos en plena Semana Santa y he de reconocer que estas fechas no son agradables para mí. No entiendo, desde mi filosofía y credo actuales, la exaltación del dolor, de la tortura y la muerte aunque sea en sentido figurado. Ello me produce desasosiego, tristeza, pesimismo, aflicción y sinsabor… la muerte siempre es un drama, aunque sea solo escenificada. Me recuerda la incomprensión y el estupor que me producía cuando era niño. Me asombraba la maldad de los hombres, que mataron a Jesús incomprensiblemente, siendo un hombre bueno y santo. Hoy, con una mentalidad más racional, ver a todo un pueblo celebrando la muerte de un presumible Hijo de Dios, viviendo pagana y “folclóricamente” ese recuerdo, chirría en mi entendimiento, pues hay una extraña mezcla entre paganismo y religión que desvirtúa a la propia religión y que nos la presenta como fagocitadora de toda tendencia social con objeto de someterla a su propio control y administración sin reparos.

Nuestra vanidad debió de subir muchos enteros, pues, para salvarnos, Dios se ha humillado y ha permitido que su hijo sea torturado, muerto vilmente, con extrema violencia, desde el más puro sadismo. Además, con el abandono del pueblo judío, su propio y bíblico pueblo, que eligió la libertad de un ladrón, Barrabás, antes que la de su propio hijo salvador. Ese Dios Omnipotente, Omnisciente, debió sentirse, si ello cabe en su entidad, confundido por tan desagradecido pueblo que Él mismo había creado y mimado a lo largo de los siglos. Algo debió de salirle mal. Por otro lado, cualquier padre se horroriza ante tal decisión de sacrificar a su propio hijo, salvo a los integristas islámicos que los envían a la inmolación, aunque sea con otro sentido.

Lo curioso es que cada año, ese mismo pueblo que cree en Él, sigue matándolo figuradamente, porque no sirvió de nada su martirio; porque la miseria sigue estando por doquier; porque la violencia, las guerras y la muerte del hombre por el hombre sigue patente; porque la maldad anida en los templos; porque los templos de culto son los bancos donde se adora al otro dios menor, el dinero y la riqueza; porque su mensaje ha sido manipulado y tergiversado por los poderosos que se han adueñado del mismo para reorientarlo en su propio beneficio; porque el reino que Él decía predicar no se ha instaurado. ¿No será esta procesión la escenificación real y patente de ese pueblo que le dio la espalda, de esa religión que le condenó a través de sus farisaicos sacerdotes? ¿No será que necesita, aún, que cada año se repita el acto de liberación mediante la muerte del Hijo de Dios, garantizando así lo inamovible?


Puede que no se haya andado nada desde entonces. Puede que todo esté igual por los siglos de los siglos. Puede que este pueblo no sea muy distinto del pueblo judío que lo crucificó, pues se siguen crucificando a los innovadores y críticos del orden establecido. Para mí, todo esto, solo me demuestra que este mundo sigue siendo una puñetera mierda donde el egoísmo y el protagonismo de la gente está por encima de la razón y de la conciencia social y humana que vino a despertar aquel Cristo, al que ajusticiaron por ir contra el sistema.

No, yo no quiero participar de esta semana llamada Santa a la vista de este análisis personal, pero he de reconocer que este espectáculo pagano es esplendoroso, impactante, un gran reclamo turístico, que llenará las arcas de algunos, que dará trabajo temporal, que traerá beneficios materiales. Hasta ese punto se llega para justificar la escenificación de esta terrible muerte, de este martirio cargado de la morbosidad que produce su puesta en escena. La muerte del Hijo de Dios se ha convertido en un importante reclamo turístico…

Es evidente la majestuosidad de los tronos, el oro, la plata, los metales y piedras preciosas, la riqueza y ostentación, esos miles de seres humanos que desfilan y procesionan sus cristos y sus vírgenes, tan diversos en sus formas y sus nombres, porque cada cual tiene su Cristo. Y para demostrar que ese dios es del poder establecido o, al menos, connivente con él, participan las autoridades, representantes del pueblo y parte de ese pueblo, el ejército (a mí siempre me dio la sensación que iban para que Cristo no se escapara) y sus novios de la muerte, que ahora, desde mi casa, se escuchan cantando ese himno guerrero que alaba la muerte obtenida “matando” al enemigo (mientras yo me imagino a Cristo, en el huerto de los olivos, pegándole la oreja al soldado romano y amonestando a Pedro por habérsela cortado), y aplaudimos a rabiar y nos identificamos con ellos y encontramos nuestra propia identidad en esta simbiosis social que nos facilita la pertenencia al grupo cultural que nos han marcado como nuestro.


Soberbios tronos, soberbias imágenes de gran belleza plástica y soberbio despliegue de gente. Y me pregunto: ¿El desagravio por el sufrimiento de ese pobre Cristo mortificado se ha de hacer desde esta ostentación procesional de soberbia?...  soberbia exhibición propia de los hombres, que utilizan a un dios para implementarla. Como diciendo: “No te preocupes, nosotros, agradecidos por tu dolor salvador, te colmaremos de oro”. Mucha gente, cuando vuelve de la procesión, se siente satisfecha, feliz y contenta… dios ha muerto para salvarles a ellos, ya pueden seguir igual, pues el próximo año volveremos a su sacrificio para volver a la salvación en esa eterna espiral que lleva a ninguna parte.

Mi evolución personal se separa de ese credo y rechaza el sufrimiento como forma de acercarse a Dios, a ese “dios” que, para mí, se han inventado los hombres a su imagen y semejanza. En esto del rechazo al sufrimiento, como en muchas otras cosas, parece que coincido, en parte, con el nuevo Papa… eso promete. La iglesia ha cultivado, erróneamente bajo mi punto de vista, el sufrir como forma de lavar el placer de la maldad, hasta el punto de inventarse el eterno castigo del infierno para el pecador. Para ella, esa especie de neutralización del gozo que genera el ejercicio del mal, del pecado, es yugulado mediante el sufrir… Cilicios, flagelación, penitencia agresiva contra el propio cuerpo y ente causante de ese pecado. No, no comparto este sentir, pues no soy conductista, en todo caso contextualista. El pecado, a lo que yo llamo el error, se corrige y reorienta con la razón, con el ejercicio del análisis personal sobre los actos y su repercusión en el entorno, con la toma de conciencia de la mejora que se ha de hacer para evolucionar y no repetirlo, sin tener que ponerse en manos del cura o pastor para que te lleve donde él estime, reconduciéndote al redil que aprisiona tu libertad de pensamiento y credo, bajo mi opinión.


En todo caso, desde un punto de vista psicológico, es digna una reflexión sobre esa dicotomía entre el gozo del pecado y el sufrir. Si el pecado es dejarse llevar por el placer de la tentación, y la corrección de ese pecado se hace mediante el sufrir, habremos entrado en un oxímoron perfecto (Oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido) pues con dos palabras opuesto definiremos las salvación de las almas. Por tanto, en este caso, no hay placer sin dolor, ni dolor sin placer. La flagelación produce el placer de la liberación de los pecados… y eso, desde un punto de vista psicológico, lleva al riesgo de engendrar una tendencia sadomasoquista, ese es el peligro: disfrutar del placer del pecado, caer en el dolor de la culpa, para luego entrar en el gozo del castigo liberalizador de esa culpa.

Entiendo que cada cual está donde está y que las emociones, sentimientos y credos son muy personales, por eso digo lo que digo, porque yo también los tengo, aunque sean divergentes de un gran colectivo que se dedica a la potenciación y desarrollo de estas procesiones y culto. Yo, aunque las respete como tradición, no las defiendo, porque me parece que hay tradiciones que atan al ser humano a dinámicas de valores y cultivo actitudinal que bloquean su desarrollo. Es cierto que la sinergia en las masas emociona, pero las emociones por identificación sociológica con el grupo de pertenencia se pueden orientar de muchas formas y esta, al menos para mí, no es de mi agrado.

Yo, parafraseando a Machado, lanzo al viento sus versos:

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

El de la mar, el sosegado y apacible, el que disfrutaba con su gente durante la pesca, el que sembraba el amor y el entendimiento, el de las bienaventuranzas, el que curaba a los enfermos, el que ayudaba a los pobres, el amable y no violento… Su muerte, a manos de los hombres, fue el fracaso de ese proyecto. Y ese fracaso sigue siendo patente, porque cada año se le vuelva a matar.