jueves, 30 de octubre de 2014

Los muertos viven en la memoria de los vivos

Cementerio de mi pueblo

Estamos a las puertas del día de los difuntos y he recordado la frase que titula mi reflexión; le he dado suelta a mi pensamiento y he comenzado a escribir sin condición previa. Lo que viene a continuación ha surgido a borbotones de mi mente y mis dedos apenas han podido seguir tecleando el flujo que afloraba de mi cavilación. Lo comparto con vosotros a modo de homenaje a nuestros ancestros y de reflexión sobre la propia vida.
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En estos días, cuando honramos a nuestros muertos, es bueno y conveniente que nos enfrentemos a esa realidad ineludible. Tomar conciencia de nuestra nimiedad, de lo lábiles que somos, de cuan corto es el tránsito entre la vida y la muerte, nos permite reubicarnos en esa verdad de la que, normalmente, huimos. La muerte, al fin y al cabo, no es más que el punto culminante de la vida, la última etapa, la meta final. Sí, nacemos para morir y lo importante es vivir, porque el bien vivir nos llevarán a un buen morir. La conciencia limpia, la bondad por bandera, el trabajo bien hecho, el objetivo de la vida bien cubierto y, aparte de haber recorrido el camino, haberse nutrido y crecido con ese tránsito, llegar al final en paz con uno mismo y su entorno, sin conflictos internos y con la sensación de haber aprovechado el tiempo que nos dio esa vida para crecer mentalmente, en conocimiento, mejorando el mundo que nos fue entregado y dejando la herencia a nuestros descendientes en mejores condiciones de las que la recibimos.

Hay credos que hablan de esta vida como un campo donde venimos a cultivar la espiritualidad, a sanar el alma, a limpiar y purgar los pecados o errores cometidos en otras vidas anteriores, hasta llegar a la perfección que nos abra las puertas de una dimensión pura para no volver más. Tal vez sea un cuento chino al amparo de nuestra resistencia a la nada, de nuestra rebelión contra el desvanecimiento, evaporación y muerte, de nuestro egoísmo y soberbia, pero no deja de ser bonita esa imaginación, esa concepción de la vida y de la muerte, que nos palia el sufrimiento que provoca la desaparición. En nuestro mundo judeocristiano, la muerte implica el juicio, con posible tormento eterno (que curioso eso de eterno… no se nos dará otra oportunidad), aunque la iglesia católica ya descartó la existencia del infierno, sigue pesando en nuestras mentes el troquelado infantil de aquella etapa del nacional-catolicismo preñada de amenazas divinas y castigos ejemplares. Tememos  a la muerte, al juicio, al potencial castigo con el que se nos aterró en la vida, pero también nos resistimos a abandonar nuestras propiedades, nuestras cosas ganadas con el sudor de la frente, nuestras comodidades materiales y los bienes del entorno. No olvidemos que somos gente de conciencia poco clara, voluble según el caso, sometidos al discurso del pecado y su condena, cargados de dudas sobre nuestra moral y conducta, sujetos a juicios ajenos sobre aquello que hicimos, sin respeto al discernimiento y análisis personal y al libre albedrio… nosotros no definimos lo que está bien y mal, lo definen otros y eso confunde. Dios, y en su nombre sus ministros, marca la  pauta del pecado, pero esos ministros son tan hombres como uno, tan propensos al error y a la confusión como lo somos nosotros. De ello han dejado suficiente constancia a lo largo de la historia. Por tanto nuestro miedo a la muerte se ampara en ese juicio ante un Dios terrible, que nos arrojará al infierno, como hizo con los ángeles malos y rebelados y, por otro lado, a abandonar nuestras bienes materiales.

Pero hablemos desde otra perspectiva de la inmortalidad, de la vida eterna, que según los credos es variable y concebible de distinta forma. El ser humano, en general, dentro de su egolatría, se siente como un dios menor que no soporta su desaparición. Pero, en el fondo, no desaparece, deja sus genes, sus enseñanzas, sus recuerdos y sus obras. Eso perpetúa su existencia, da sentido a su vida y trascendencia en distintos campos. Sabido es aquello de que se ha de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Curioso… tener un hijo: dejar tu semilla, tus genes, tu sangre con su carga proyectiva, con tu trascendencia personal en un nuevo ser capaz de dar testimonio de tu existencia con su herencia genética y su conducta. Plantar un árbol, representa tu alianza con la naturaleza, con el medio ambiente que sustenta la vida que inicia la escala desde el vegetal al animal más básico hasta llegar al hombre, esa especie de reconocimiento ecológico, de contrato tácito entre la madre naturaleza, la pachamama de la América incaica, y el ser humano donde se da esa afinidad que perpetúa la vida en equilibrio. Finalmente, escribir un libro, que no es otra cosa que dejar testimonio de tu paso por la vida, de tu relato, plasmando todo el desarrollo que has realizado, qué viste y viviste, cómo lo entendiste, qué hiciste a lo largo del camino… o, en todo caso, si no hablas de ti de forma directa, lo haces de forma indirecta, aunque sea un testimonio novelado, proyectado en otra historia. El libro es un testamento, un documento que deja constancia a las generaciones venideras de tu paso por la vida.

Recuerdo lo que me decía un paciente, etiquetado de loco en tratamiento con neurolépticos, antipsicóticos, a raíz de sus delirios. “Los muertos viven en la memoria de los vivos, por eso yo no puedo olvidarme de mi madre, por eso voy al cementerio todos los días, para que ella no muera…” Esa certera locura constataba una realidad, la inmortalidad la consiguen los hombres desde su propia trascendencia a otras generaciones. Si saben que exististe, sin duda has existido, pero si no lo saben... sabe Dios si habrás existido.

Al menos una vez al año nos acordamos de nuestros difuntos, les llevamos flores, limpiamos sus tumbas y sus lápidas, le rezas si crees y, si no, te acuerdas de ellos, de sus actos, de su vida y su contacto. Es bueno no perder la memoria de dónde venimos, pues ello nos ayuda a hacer el camino desde esa constelación familiar que marca nuestro sino. El día de los difuntos los cementerios se llenan de vida, de colorido, de luces y de gente que hace revivir al ausente y hacerlo presente con su recuerdo. Tal vez ese día, sea el día en que menos le temo a la parca pues tomo conciencia del corto camino que va desde el parto a la muerte. Al fin y al cabo, entre el nacer y le morir solo hay pasos de esa senda que nos tocó transitar sin ni siquiera pedir que la queríamos andar. Ahora me toca pensar cómo se puede encajar en mi forma de vivir ese objetivo final para poder terminar bajo la influencia de la bonhomía. Me viene a la memoria un estrambote que le puse a un soneto sobre mi bodeguilla, dedicado a la bonhomía, y que termina:

“De esta forma te lleva a la vejez
en paz contigo y pleno de armonía
la dulce carroza de la bonhomía”.

Vida y muerte, y mientras tanto, tránsito digno del camino que lleva hasta el destino final.


martes, 28 de octubre de 2014

Algo huele a podrido

 
El último imputado
Hay momentos en que la capacidad de sorpresa queda superada, en que ya cabe todo, en que todo es posible sin que aflore el asombro. Nuestro mundo político está superando todo lo inimaginable. No sabe uno si reír o llorar, si dejarse llevar por la pena negra o por la indiferencia, por el desasosiego y la rabia o la calma. Pero no se puede escapar a ese halo de tristeza que genera el desencanto, la pérdida de fe en la gente y en los gobernantes, en los políticos de diferente signo (unos más y otros menos) que se aprovechan del puesto para su propio beneficio o el de sus colegas de grupo.

Los que ya peinamos canas, los que andamos por encima de los 60 y transitamos desde la dictadura a la venerada y ansiada democracia mediante aquella lucha, cargada de fe en el mañana, de buena voluntad, de ideología y esperanza, de sentido democrático y respeto a todo lo que fuera el pensamiento crítico constructivo, andamos a la baja. Estamos en periodo de extinción o, por lo menos, embarcados en la nave de la obsolescencia. ¡Ha cambiado tanto el mundo! Queríamos un mundo mejor, donde el sistema pivotara entorno al ciudadano, a políticos que gestionaran la cosa pública en beneficio del colectivo social; pretendíamos un sistema público de salud y educación donde todo el mundo tuviera cabida, donde la igualdad y la equidad fuera el marchamo que lo identificara. Queríamos las empresas al servicio del bien común, al servicio del ser humano, y nos sometieron a los hombres al servicio del capitalismo salvaje.

Qué bonito, nuestros líderes políticos eran oradores y comunicadores capaces de entender, comprender y dar respuesta a los planteamientos y necesidades del pueblo. Era gente brillante, de confianza, luchadores que, en muchos casos, pasaron por la cárcel por defender sus ideas sin pedir nada a cambio. Cantábamos canciones de protesta en las universidades y en la calle, que ensamblaban y aglomeraban a una juventud que quería otro futuro, su futuro. Pretendían el relevo para forjar una nueva sociedad que reemplazara a la caduca dictadura. Y decíamos nosotros “Podemos” y debemos cambiar esto…

Nuestro objetivo era el progreso, pero el progreso social, el desarrollo del intelecto del pueblo llano, la realización y elevación del ser humano a cotas de mayor conocimiento y libertad. Pretendíamos forjar un pueblo responsable, comprometido, competente, donde hacer pivotar la soberanía mediante la práctica de una democracia real. ¿No me digas que no era un proyecto bonito? Pero, entonces llegaron ellos, como decía Serrat en su canción “De cartón piedra”… y cambiaron el concepto de progreso y la palabra pasó a significar otra cosa. Para ellos, el progreso era tener más, ser más rico materialmente, gozar de instrumentos de forma irracional, de coches que retaban al vecino, televisores comecocos alienantes, vacaciones consumistas, abusiva ropa, apartamento en la costa, electrodomésticos a mansalva, todo pagadero en cómodas letras… Pasamos de entender el progreso como una mejor forma de SER a una valoración del TENER. El progreso era consumismo y el consumismo era mercado, producción irracional, manipulación y creación continua de necesidades nuevas. O sea, nos sometimos al mercado. El mercado ganó la partida y entramos en la lucha por tener más cosas. Despreciamos el cultivador del intelecto y ensalzamos y encumbramos a los mediocres. Tomamos como modelos sociales a las Belenes Esteban, como forma de relacionarse a los estilos de Gran Hermano, como estilo de debate a los “tontulianos” de la tele, como modelo de desarrollo y de triunfador a los Marios Conde y los habilidosos del pelotazo… ¡Qué tíos más inteligentes! Sabían triunfar, hacerse ricos maniobrando, engatusando, engañando, aprovechando al máximo las oportunidades que le daba el mercado, la bolsa y el lucro de las finanzas… manipulando a los demás. Ese era el modelo, el del dios Yuppie, agresivo en los negocios, desalmado en el trato y altamente cualificado para gobernar el mercado. Mientras tanto, el concepto progresista, “progre”, se fue adjudicando al sujeto caduco que defendía los antiguos principios que ya estaban superados; era un carca residual que quedaba bien, pero solo como testimonio de un pasado superado, y ellos acuñaron el concepto “progreso” en su línea comercial donde el sujeto no se cultivaba como idealista, sino como borrego e instrumento de producción y consumo que les hacía más ricos a los ricos. Se le había dado la vuelta a la tortilla.

No quiero decir, y espero no se me malinterprete, que renuncie al bienestar que otorga ese tipo de progreso tecnológico y material. Soy de los defensores de la teoría bifactorial de Herzberg, donde lo material solo ha de ser un mero elemento higienizante para que podamos centrarnos en el desarrollo de los factores personales y humanos, para tener más tiempo de ocio y cultivo de habilidades y conocimientos, para un mayor desarrollo cultural y de valores humanistas.

Pero, volviendo al tema, en esa especia de huída hacia delante, el capital, el mundo financiero y las grandes empresas, se llevaron por delante todo lo que encontraron y no le encajaba en su proyecto. Ya no es solo que cayera el mundo comunista y sus dirigentes mafiosos se plegaran a los cantos de sirenas enriqueciéndose con el patrimonio del Estado, sino que mataron las ideologías y sometieron al contrario. El socialismo pasó a llamarse socialdemocracia, el movimiento internacional del mundo obrero se volatilizó, y se sometió a los sindicatos mediante la compra de sus líderes por las liberaciones y prebendas otorgadas. El político fue tentado, como en la madre patria del capital, o sea los EE. UU., donde la connivencia de política y empresa está muy bien consolidada mediante esas donaciones escandalosas que le dan, solamente a los dos partidos que practican la alternancia. Es el modelo que se ha de imponer en la zona de influencia del papá americano. Se crean, pues, la figura del mismo perro con distinto collar.

¿Y esto como se consigue? Sometiendo al político de turno, al partido que gobierna y al que pretende gobernar. Controlando los medios de comunicación y manipulando la información, creando opinión interesada, desinformando, tapando lo impresentable, maximizando lo que les interesa y minimizando lo que no les interesa. Todo lo puede el dinero. Atrapan al partido con los préstamos que no devuelve y al político con las comisiones, los chanchullos, los regalos y las cuentas en paraísos fiscales, además del chantaje y del conocimiento y manejo de los secretos inconfesables. Eso sí, si se portan bien y defienden los intereses de las grandes empresas, cuando salgan del gobierno tienen garantizado un buen puesto de consejero en la empresa de turno; no importa que no sepan nada de esa actividad, le harán un consejero que no tenga que dar consejos.

Esto no creo que tenga que explicarlo, solo con ver lo que está pasando puede cada cual sacar sus propias conclusiones. La mayoría de los políticos son expertos actores que nos hacen ver lo que no es, otra realidad distinta. Eligen de portavoces a los más cínicos, los más avezados en la mentira, los engatusadores. Tienen asesores para que cale el mensaje aunque sea una falacia como la copa de un pino. Hagan el ejercicio. Escúchenlos y verán entre líneas esa capacidad de decir lo contrario de lo que es y salir de rositas. Hoy he escuchado a Pons, a la Cospedal, a Esperanza Aguirre, hablando sobre el asunto de la corrupción en su partido y, si en Andalucía andamos con ERE que ERE, ellos anda con ERRE que ERRE sin asumir la canallesca gestión que están haciendo de la cosa pública. Ponen la mano en el fuego por tal o cual y se queman, pero siguen poniéndola y olvidándose de lo que dijeron cuando estaban en la oposición, de lo que prometieron que iban a hacer y no han hecho, hacen lo que criticaban al otro y en grado más elevado. Echar pelotas fuera, esa debe ser la consigna, digo yo… visto lo visto la responsabilidad siempre se ha de poner en el tejado del otro, sea la auxiliar de ébola o del propio tesorero del partido. Pero la gente no es tonta y al final se da cuenta de la jugada y se vuelve contra ellos…

¿Cómo vamos  a sorprendernos de que salga una nueva lucha de la juventud actual, apoyada por los mayores sensatos e idealistas? Podemos es un claro ejemplo de reivindicación de una nueva etapa, donde se acabe con el fracaso de los iluminados del pasado, de la vieja generación, de la “casta” como ellos la definen, para dar paso a otra generación, la suya, que fragüe un nuevo ciclo, una nueva oportunidad de cambiar el mundo… tal vez aprendan del pasado, aunque lo más probable es que el ciclo se repita y que cada generación deba hacer su revolución para reivindicar su protagonismo en la gestión de su futuro y su progreso. ¿Estamos ante otro mayo francés del 68, ante otro mundo hippie salvando las distancias? ¿Estamos ante otra transición que reubique a la nueva generación? Puede que sí…


Lo que es cierto, de forma definitiva, es que los partidos clásicos están agonizantes y que solo podrán subsistir sin cambian y se rearman ideológicamente, si aflora una nueva etapa de honestidad, que neutralice esta laxa ética que los caracteriza y que sepan leer y comprender al pueblo, a la ciudadanía, para anteponerla a los intereses de los grandes grupos de poder económico. Mas, no sé si habrá cárceles suficientes, o almacén, para tanto chorizo antes de dejar limpia la casa de los partidos tradicionales. Hace falta un grupo importante de oposición a las políticas de la U.E  alguien que sea capaz de aglutinar a toda una clase social media y baja que defienda con energía y claridad otras políticas más justas, más equitativas y racionales para el desarrollo del ser humano y no solo del dinero. 


martes, 7 de octubre de 2014

El caballo de Troya y el ébola


Este gobierno está resultando especialistas en el arte de manejar el caballo de Troya. No sé si recordáis como se conquistó Troya por parte de los griegos, según la leyenda. Tras 10 años de cerco a la ciudad, hicieron como que se retiraban, pero dejaron en la puerta un gran caballo de madera hueco con soldados dentro. Los troyanos se creyeron que era una ofrenda para la diosa Atenea y lo metieron en la ciudad. Cuando estaban todos bebidos por la celebración del levantamiento del cerco, salieron los soldados del caballo y abrieron las puertas de la muralla. Los aqueos, que habían vuelto sigilosamente, entraron y se apoderaron de ella. Desde entonces se le llama caballo de Troya a todo elemento que se introduce en un lugar para controlarlo y apoderarse de él al servicio de un enemigo (en informática se llama troyano al virus que entra en el ordenador y permite a quien lo mandó el dominio de nuestro PC).

El caballo de Troya se puede usar para, una vez ganadas las elecciones, colocar en un sector estratégico a la persona adecuada para que lo desmonte y se lo sirva en bandeja a intereses ajenos que están en connivencia con el partido que gana las elecciones. Puede ser un buen sistema para privatizar la sanidad. Colocas un gestor sanitario en la comunidad de Madrid, por poner un ejemplo, y va desmontando el sistema, pasando a la privada los servicios poco a poco, hasta que, descaradamente, acaban privatizándolo todo. El caballo de Troya habría sido el gestor que ha colocado el partido de turno, introduciéndolo en el sector público, para gestionar la privatización.  Tú piensas que te han dado un regalo, que ha llegado a la gestión política un verdadero líder que salvará el sistema, según ha dicho y redicho en su programa, pero lo que han metido es un virus que acabará con el sistema privatizándolo.

Y siguiendo con el asunto de la sanidad y de los virus, me da la sensación de que se nos ha metido otro caballo de Troya con el asunto del ébola. El virus del ébola se estaba intentando controlar en su lugar de origen, donde si bien no se disponía de muchos medios, se podrían haber mandado más para evitar su propagación a los habitantes de esa zona y, por ende, que saltara a nuestra primer mundo. Pero no, en un acto heroico de “ayuda” a quienes estaban allí luchando contra él, se decide traer al país a infectados con un alto nivel de riesgo sin pensar seriamente si estamos preparados o no para hacer frente a esta epidemia (espero que no tuviera nada que ver su pertenencia a una orden religiosa, porque de ser así, de haber actuado por afinidad de credo, la cosa sería grave).  

Una incompetente ministra, inmersa en un incompetente gobierno, deja patente esa incompetencia al no valorar la capacidad de respuestas de nuestros recursos humanos y materiales. Conozco el tema, por supuesto, pues he sido director de enfermería de un hospital, y me parece imprescindible, antes que acometer una acción de tal envergadura, preparar a los profesionales, reciclarlos y formarlos en todos y cada uno de los riesgos y actos que han de ejecutar para evitarlos. Por otro lado, la dotación del material adecuado y de los protocolos y su seguimiento a nivel general es otra actuación más que necesaria.

Los caballos de Troya fueron los pacientes repatriados, los gobernantes incompetentes de nuestra Troya, ha sido el gobierno y su ministra de sanidad a la cabeza, acompañada de su coro celestial. Al virus, sabiendo que venía con ellos de la forma más ponzoñosa posible, se le abrieron las puertas desde el convencimiento de que éramos los mejores y, además, muy capaces de afrontar el reto, hasta eliminar el mismo.

Ese virus mata y la Mato debe asumir la responsabilidad política por lo que mate. Esto es como cuando en el pasado las ratas transportaban la peste negra a través de los barcos y se tenía que proteger los cabos con esa especie de embudo que les impedía saltar a tierra. Solo nos salvaría que el asunto resultase un chasco como fue el de la gripe A, pero tal como van las cosas me temo que no.

El PP está en horas bajas por su incompetencia. La culpa es de ellos, lógicamente. No dan una derecha (y eso que son de derechas) y andan complicando el país con su peculiar forma de vender verdad donde hay mentira, despegue donde hay crisis, ley donde hay caos, enemigos donde hay crítica, confrontación donde debe haber entendimiento… Esa prepotencia lleva a trivializar las cuestiones, a minimizar los peligros y a dejar que las cosas vayan sedimentando como si eso fuera gobernar y no el afrontar los problemas con decisión, valentía y, sobre todo, con criterio acertado y entendimiento para evitar males mayores. Todos los actos tienen consecuencias, incluso el acto de no hacer nada… Pueden frenar a miles de inmigrantes en la valla de Melilla, pero son menos peligrosos que el virus que se han traído en el caballo de Troya. Eso sí, puede que les quede el honor de ser el gobierno de Europa que ha regalado al continente ese mortífero presente. Si no, al tanto…

De lo que si estoy convencido es que si pudieran ver los religiosos, que han sido repatriados y ya fallecidos, el efecto de su vuelta a España, de las condiciones que se han creado y del riesgo que se han producido, que puede abocar a un número incuantificable de muertes, habrían mandado a paseo a quienes les ordenaron traer, sean de su confesión, del gobierno o del grupo social que fuere. Ellos estaban acostumbrados a luchar allí, saben lo que significa eso y, en ningún caso, creo que habrían querido ser el medio de transporte de la enfermedad. La diferencia, probablemente, estaría en que quien ha actuado responsablemente en estos temas durante su vida, o sea ellos, sabe que cabe el contagio y que hay que controlar al huésped o reservorio que sustenta al virus para evitar que se propague. Lo que no tengo tan claro es que eso sea capaz de valorarlo una ministra cuyos conocimientos están muy lejos del tema del que es responsable. Tal vez, el dinero que se gastó en traer el virus, se debería haber empleado en ayudar allí a luchar contra él.

Creo que hay que reflexionar muy seriamente sobre por qué se trajeron aquí y qué se ha de hacer en el futuro con estos casos. Yo propongo mandar más recursos allá para evitar el padecimiento de los nativos, pero tengo mis dudas de que ello se pueda hacer pues no deja beneficios tangibles, salvo el beneficio social a medio y largo plazo. Pero, de manera inmediata, se ha de relevar a esta ministra y poner al frente del ministerio a un especialista, a poder ser, incluso, en epidemiología, a ver si de una vez por todas podemos ver a un ministro con un adecuado nivel de competencia en este gobierno.




sábado, 4 de octubre de 2014

Estamos saliendo de la crisis...


Se está resolviendo la crisis… ¿Pero es que no lo veis? ¿No veis la tele y escucháis al gobierno? La cosa está clara. No se pierde tanto empleo, se ha frenado la bajada de cotizantes a la Seguridad Social, incluso nos podemos permitir que no se contrate a las mujeres en edad de gestación, siguiendo las indicaciones de la presidenta del Círculo de EmpresariosMónica de Oriol, para que las empresas ganen más dinero… La cosa va bien, fijaos en las tarjetas fantasmas de los 86 directivos de Caja Madrid, 15,5 millones de euros  no es nada comparado  don los 15.000 millones que le ha avalado el Estado. Por otro lado, ya lo ha dicho el consejo de Ministros, le daremos 1350 millones al propietario del Proyecto Castor, el almacén de gas submarino situado frente a las costas de Vinaròs (Castellón) cuya actividad se ha relacionado con al menos 500 seísmos ocurridos en septiembre de 2013. Hombre, no me fastidie, viendo esto le vamos a poner pegas a que Barcenas se lleve unos milloncejos a Suiza, o que los señores de Valencia se montaran sus chanchullos con cuanto pudieran, o que el Honorable deposite en Andorra “los dines de su herencia”, o que en los EREs se repartieran entre unos cuantos otros milloncetes. No me sean así, hombre, sean comprensivos, a la gente que anda con los dineros hay que agradecerle que no arramblen con todo, que nos dejen algo, aunque sea con deudas… Vaya país, de Cádiz a Gerona, de Almería a La Coruña, de Valencia a Salamanca o de Baleares a Canarias… o sea, de norte a sur y de este a oeste esto es un desmadre consentido. Desmadre que deberemos pagar todos, bien en la factura del gas, bien en los recortes, bien en los impuestos, bien, bien, bien… todo bien.

Pero os voy a decir por qué estamos saliendo de la crisis… o mejor, cómo estamos saliendo de la crisis. Nos estamos instalando en la pobreza, en aquella pobreza del tercer mundo que tanto criticamos. Antes era pobre el que no tenía trabajo, o sea, el que no tenía ingresos, ahora ya tenemos pobres con trabajo. No quiero decir que les cueste trabajo ser pobres, no, eso no, el sistema y el gobierno se lo facilita en cuanto se descuiden. Siempre se dijo que eras “un pobre trabajador”, pero ahora podemos cambiar las cosas, ahora podemos decir que eres “un trabajador pobre” pero pobre de solemnidad (¿Qué será eso de pobre de solemnidad? Yo te lo cuento: eran los mendigos que se mostraban como tales en las fiestas litúrgicas o solemnidades, o sea a pedir en la puerta de la iglesia, además, los sintecho). Pero sigamos: Eres pobre porque después de pegarte una “hartá” de currar, o de tener un trabajo precario, cuando llegas a casa sigues con los bolsillos vacios, sin poder cubrir las necesidades básicas de alimentación familiar, de vivienda, de ocio, de educación, de vestimenta, de relación social (no confundan el derecho a la relación social del currante con el de los directivos de la banca, esos sí pueden y se les ha de financiar desde la propia banca, para eso son directivos. Grandes hoteles, copiosas comidas, viajes, copas, coches… y puede que putas, si no al tanto).

Pues veréis. Cuando se provocó la crisis, la idea era muy sencilla, había que bajar los salarios, los costes de producción para ser competitivos con otros países (¿Os suena China, Bangladés, India, etc?). Lo malo es que aquellos producían a un coste infinitamente menor y las empresas multinacionales vendían aquí a precio de mercado interior… coste 5 en origen y 100 precio en destino: Ganancia segura y gorda.



Pues bien, españolito, si quieres trabajar tienes que cobrar lo mismo que aquellos y producir a su ritmo, de lo contrario deslocalizamos las empresas y nos las llevamos allá. Bueno, te daremos algo más de sueldo para que nos compres aquí a precio superior, pues hay que preservar el mercado.  Ya sabemos que el mercado lo regula todo. La ley de la oferta y la demanda. Mucho paro, mucha gente dispuesta  a trabajar, mucha disposición a hacerlo por menos de lo que lo haga otro para poder obtener ese trabajo, “jajaja… qué bien, dice el empresario, ya tenemos a otro sometido a la esclavitud consentida para poder subsistir.  Dale menos, hombre, que todavía aguanta. Tú dile que la cosa  va a peor, que se dé con un canto en los dientes si le pagamos 4 euros la hora y a su cargo la seguridad social.”

Antes el mileurista era un pobre desagraciado mal pagado y explotado; ahora es un privilegiado. Claro si el salario mínimo que marca el gobierno es de 654.30 euros al mes, el mileurista es un dios. Pero no se piense, amigo, que el salario mínimo es lo que va a cobrar si deja de integrar las listas del paro, no, a usted le pueden hacer un contrato de fin de semana, por 2 horas al día, o qué se yo… Esos 654,30 euros brutos los cobrará si hace una jornada completa, pero que muy completa, tanto que el jefe le puede pedir que se quede más tiempo y, usted, aunque no le pague las horas extras, agachará la cabeza para que le siga contratando. Claro esto va para quien anda en el tramo medio de la sociedad, es decir, para la cada vez más diezmada clase media, para el mundo del “currantazgo”. Ya sabe, poca oferta de trabajo y mucha de currantes. La brecha entre pobres y ricos cada vez es mayor y el rico es el que está en la esfera del poder… el pobre es eso, el pobre.

Luego viene la vieja técnica del miedo. Esa técnica maquiavélica ya se utilizó por los grandes cerebros que ejercieron el poder a lo largo de la historia. Si creas una situación de inseguridad, si metes  miedo y la gente ve que la cosa puede ir a peor, acaba cediendo en todo. En los aeropuertos nos dejamos hacer cualquier cosa por la seguridad, estamos dispuestos a perder derechos por la seguridad, matamos por miedo a la inseguridad… somos capaces, incluso, de aceptar un dictador sanguinario por esa seguridad relativa; eso pasó en España en la II República, crearon inseguridad y afloró un salvador de la patria que se llevó por delante cientos de miles de muertos por la seguridad y evitación del caos. Por tanto, siembra el miedo, propón soluciones y se arrodillarán ante ti. Eso se llega a usar hasta con las enfermedades y los fármacos… ¿Os acordáis de la gripe A y las vacunas que vendieron a los gobiernos ante el miedo de la gente y luego no fue nada? En fin… ahora andamos con el ébola, a ver si también resulta un fiasco…

Y entonces salta la duda: ¿Para qué quiere el ciudadano un Gobierno, un Estado, un País, que no le protege, que no le garantiza los mínimos indispensables para sobrevivir dignamente? ¿Dónde están los gobiernos que se muestren dispuestos y comprometidos a garantizar los derechos que la Constitución establece, derecho a educación, trabajo, salud, vivienda, alimentación, vida digna, etc? ¿De qué le sirve pertenecer a una nación, a una sociedad, a una “patria”, si los gobernantes se dedican a beneficiar a la banca, a las empresas, a sucumbir ante el chantaje económico del mundo financiero, a claudicar ante las tentadoras ofertas de beneficios que los corrompen, cuando no a llevarse los dineros a Suiza, Andorra o a cualquier paraíso fiscal? Astutamente, el empresario gordo plantea: “Señor gobernante, usted apoye a la empresa, legisle para su beneficio, permita sus actos alegales, incluso, amorales y nada éticos, y yo le garantizo que, cuando usted termine su periodo de gobierno, o le echen con su voto los ciudadanos, le colocaré en mi consejo de administración con un suculento sueldo…  su vida, su buena vida, está garantizada. No tenga escrúpulos en traicionar su discurso, sus ideas iniciales, su programa político… es más, no sea tonto, diga algo que gane votos y después haga de su capa un sayo para abrigarse mejor. De lo contrario, a usted y a su partido no le daremos préstamos para sus campañas y mantenimiento, le vamos a pedir los créditos, no le condonaremos sus deudas y publicaremos, con nuestros medios de comunicación, todos los desafueros que han cometido, las comisiones por obras, los chanchullos y todo aquello que usted sabe que existe, porque nosotros los hemos promovido, pero que no lo dice por una ley de omertá  entre todos los enganchados en el asunto”. Cuando alguien se va de la boca, como el caso del famoso 3% que comentó el señor Maragall, todo se tapa y el desliz queda cubierto, salvo que aparezcan errores de bulto o haya reventado algo en el sistema y se empiecen a pasar facturas. Ahora pensamos que ese dinero puede haber acabado en Andorra…




Pero, no me hagas caso, yo estoy hablando de un país ficticio, de una sociedad posible en el futuro incierto, de un Estado imaginario, de unos políticos quiméricos… Eso aquí no pasa, ni se le ocurra. Si fuera así, seguro que la sociedad saltaría y se enfrentaría a quienes quieran someterlos, a quienes les engañen y exploten, a quienes les humillen, a quienes les manipulen… menudos somos los españoles para aguantar a nadie que nos someta. Vamos, hombre… que no, que aquí esos es imposible… Aquí, ante todo, se pone el derecho y el bienestar del ciudadano. La empresa está para servir a los intereses generales de la ciudadanía y se regula y legisla para que eso se cumpla. ¿O no?