martes, 16 de septiembre de 2014

Al Toro de la Vega.


Ante todo querría pedirle disculpas por el dislate y el sadismo que le van a llevar a la muerte. Ya sé que usted no tiene la culpa, que para algunos es un mero ejercicio de diversión y de salida de sus instintos más viles, aquellos que solo se colman con la sangre, con el sufrir de un inocente animal que, sin comerlo ni beberlo, acaba en sus redes. Dentro de su cobardía se podrán creer muy valientes por retar innecesariamente a un animal, posiblemente más humano que ellos, a un combate donde un grupo de personas se alían para vejar y atentar contra la vida ajena. Es una cobardía arropada por el grupo, por la turba donde se diluye la responsabilidad, donde se pierde la individualidad para someterse a ese grupo que te lleva a destrozar los principios más elementales de la vida, de la ética, que deben adornar los actos de los hombres. Los grupos tiene su peligro si arrastran a la gente a la inconsciencia, a la sumisión y alienación, a la pérdida de los valores personales para aceptar los de otros, llevados por al ardor de la masa.

Defender esto con base en la tradición y en la cultura popular es tan miserable como defender la violencia ejercida desde el poder. Esta “llamada tradición” es de tiempos medievales, que ya se deberían haber superado… La tradición se rompe cuando no encaja en la evolución de la sociedad, los seres humanos evolucionamos y cuando hay gente que frena esa evolución, que pone palos en las ruedas y reivindica estas animaladas (con perdón de los animales que no suelen hacer esto en ningún caso) solo cabe llamarlos trogloditas, anacrónicos y crueles seres que anclan en un pasado sus instintos más despreciables y abominables. Jueguen al futbol, practiquen algún deporte para el divertimento y la necesidad de autoafirmación, pero respeten la vida de los otros seres, pues no tienen ningún derecho sobre ella. Atacar a otro ser y arrebatarle la vida sin ninguna justificación es un ejercicio que lleva a preguntarse: ¿dónde empieza y dónde concluye el intento de justificar el acto? Puede ser un toro, que yo no sé que podrá haber hecho el pobre toro para merecer esto; puede ser cualquier otro animal, pero, en todo caso, subyace la necesidad de mostrar el miserable dominio que los seres humanos ostentan sobre el resto de la creación, incluso sobre sus semejantes.  Mal se debió entender el mensaje del Génesis, cuando Dios creó al hombre el sexto día. Dice así:

Génesis 1:26-31
26 Dijo Dios:
—Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra.
27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.
28 Y los bendijo Dios, y les dijo:
—Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que reptan por la tierra.
29 Y dijo Dios:
—He aquí que os he dado todas las plantas portadoras de semilla que hay en toda la superficie de la tierra, y todos los árboles que dan fruto con semilla; esto os servirá de alimento. 30 A todas las fieras, a todas las aves del cielo y a todos los reptiles de la tierra, a todo ser vivo, la hierba verde le servirá de alimento. Y así fue.
31 Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno. Hubo tarde y hubo mañana: día sexto.

Aunque uno no crea en estas cosas, hemos de entender que sí han influido mucho en la cultura de los pueblos y que la propia religión ha sembrado la semilla de este credo. Y aquí hay dos cuestiones de peso que merecen aclararse. O Dios es malo y violento hasta con su propia creación, pues si ha creado al hombre a su imagen y semejanza, debe parecerse a él y aprueba el sadismo contra los otros animales de la creación; o el hombre, en el desequilibrio entre bondad y maldad, ha optado por la maldad y ataca y destruye la creación de Dios, abusando del dominio que le dio sobre el resto de ella para gestionarla y protegerla permitiendo que crecieran y se multiplicaran todos los seres.

A mí me da la sensación de que quienes actúan contra el toro de la Vega o ejercitan cualquier otro acto semejante, quienes muestran su sadismo y agresividad, llevan una buena dosis de inmadurez en su mente y de la maldad agresiva y destructora de la propia creación. Necesitan mostrar su dominio sobre las cosas exhibiendo el poder de quitar la vida, el máximo y sublime poder que solo le tocaría a Dios mediante el fin de un ciclo vital, en lugar de protegerla y ayudar y potenciar el desarrollo del conjunto de esa creación.

Claro que llevado a un extremo del desprecio a la vida, cabe preguntarse si ese mismo acto lo harían con otra vida de “orden superior”, con un humano desafecto, por ejemplo… y eso, como ya sabemos, sí es posible, pues se hace y ejercita en otras culturas y en la nuestra en el pasado. Lapidar a quien no es como nosotros o no cree en lo mismo, a quien infringe una norma o ley, a  quien es un hereje y/o peca, es como asaetear al toro de la Vega elevado a la enésima potencia. La masa, el grupo enardecido, es capaz de todo cuando pierde la brida de la sensatez y se somete al grupo irracional.

El desprecio a la vida ajena, sea o no de un animal, y el ejercicio de la violencia como forma de divertimento, hace indignas a las personas que la ejercen. Esa indignidad es reprobable y denunciable hasta conseguir que el ser humano sea, eso, más humano y ejerza una conciencia más racional, responsable y respetuosa con el entorno y la vida que lo conforma. Tanto si se tiene un credo religioso como si no, el ser humano tiene la responsabilidad, como ser superior, pensante, en tutelar y mantener el desarrollo de su entorno y el respeto a la vida, como ya he dicho.


Los responsables de dar cobertura legal a ese acto, son corresponsables de la barbaridad tanto como el que asaetea o lancea al toro, pues siguen manteniendo el anacronismo de una fiesta medieval que sobrepasa el desarrollo y evolución de la ética de los pueblos. Ellos, también se enmarcan en ese anacronismo ideológico y político. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Pecado o error?



¿Has pensado alguna vez en la similitud que hay entre el concepto “pecado”, que usa la iglesia, y el de “error”, que se sostiene en la relación y desarrollo social y personal de la gente desde la amplia perspectiva de la ciencia y la cosmología? Yo sí. En todo caso el error y el pecado sirven para aprender y mejorar a través de su superación. El pecado, en teoría, se supera con la confesión y la orientación del cura, el error se supera con la disposición a aprender y mejorar la conducta o el rendimiento dentro de unas claves sociales establecidas.

Pero vayamos por partes. Veamos las fases que determina la iglesia para ello, o sea para perdonar el pecado mediante la confesión. Estos serían los pasos:

1.     Examen de Conciencia.
2.     Dolor de corazón.
3.     Propósito de enmienda.
4.     Decir los pecados al confesor.
5.     Cumplir la penitencia.

Fijaros en la similitud con un proceso lógico de superación del error:

1.     Reflexión consciente sobre el error.
2.     Sentimiento de culpabilidad y responsabilidad por lo hecho mal.
3.     Disposición de aprender y mejorar para no volver a cometer el error.
4.     Buscar apoyo social para que te oriente alguien con mejor experiencia en esas actuaciones, si lo crees necesario y/o documentación sobre evidencias científicas que subsanen el error.
5.     Intentar reparar el mal causado y someterse a los actos que, en justicia,  se desprendan de esa irresponsabilidad; o sea, asumir la responsabilidad.

¿No le observáis mucho parecido aunque con matices de gran significancia, sobre todo en el punto 4º y 5º?

Sabemos y hemos vivido personalmente que, en muchos casos, la mera confesión te liberaba del pecado o, al menos, eso pensábamos cuando yo era niño. Era como si el perdón fuera un borrón y cuenta nueva, por lo que podías volver a las andadas. Estábamos perdonados por la clemencia y misericordia de Dios, que prometía ser infinita, puesto que el hombre es débil y vuelve a caer en el pecado bajo la tentación de alguien tan poderoso como el mismo diablo, sobre el que, de forma inconsciente, cargábamos las culpas… “Yo no quería pero la tentación era fuerte…” Hacíamos uso del 4º y 5º punto y nos olvidábamos de los tres primeros. En todo caso, apechugábamos con la reprimenda del cura, escuchábamos su sermón, esperábamos la absolución, que era lo determinante, y de nuevo a la calle, limpios de polvo y paja, pero en disposición de volver a las andadas y cerrar el círculo.

Se cuenta como chiste que un señor fue a confesarse por haber robado un saco de trigo de una era, por el que el cura le puso de penitencia un padre nuestro. El señor, antes de abandonar el confesionario se volvió y le preguntó al cura: ¿Padre si rezo dos padrenuestro puedo ir por el otro saco que se ha quedado en la era…? Se olvidó de los tres primeros pasos el buen señor y ya suponía que, con el rezo, pagaba a Dios, que le perdonaría de nuevo, en lugar de pagar al dueño.

Por otro lado, lo importante, también para el cura, era saber por dónde discurrían nuestros pensamientos y nuestras obras, y eso se conseguía con la confesión, que no dejaba de ser una especie de trampa donde caías para que el cura supiera por donde andabas, cual era la desviación del camino del señor, sacarte tus secretillos que estaban garantizados por el secreto confesional, había confianza pues, y reconducirte al redil. A veces, en la confesión, se daba cierta dosis de morbo, con preguntas capciosas, buscando detalles escabrosos y con cierto regodeo del confesor que acababa dándote la absolución tras someterte a un interrogatorio casi policial. Claro que, en muchos casos y en mi pueblo, solíamos ir al confesionario de D. Juan que, al estar medio sordo, solo parecía escuchar, no preguntaba mucho y daba la absolución de forma casi gratuita. Este acto de la confesión era un acto de control del feligrés y, si eras niño, un proceso de reeducación, de adoctrinamiento para mantenerte y encorsetarte en la fe y el credo; vamos, para que no te salieras del redil y hacerte sumiso (que también tiene algo que ver con su misa) y obediente con los principios de la doctrina.

Eso presenta unas diferencias importantes respeto a la consideración de error, en términos generales, pues el pecado tiene connotaciones religiosas con un fondo de orientación espiritual, mientras el error es una constatación de haberse equivocado en el ejercicio de algún proceso que no se domina bien y se anda aprendiendo.  Este último, va más en relación con el aprendizaje social e instrumental y es una forma de ir desarrollando las capacidades y la personalidad, a la vez que modelar al sujeto en valores y principios sociales, en socializarlo mediante los criterios éticos y morales que tiene una sociedad, pero dejando a su voluntad la forma y el modelo a seguir dentro de ese contexto ideológico y relacional donde se da libertad de pensamiento y de ideología para entender la cosmología que nos rige. La sociedad tiene una plataforma homeostática que define aquello permitido y lo no permitido en función del modelo social; es decir, un sistema de autorregulación de la convivencia según sea la cultura e ideas de ese pueblo, de la que no se puede o se debe salir, salvo que se esté dispuesto a pagar por ello las consecuencias.

Esa cosmología (leyes generales, del origen y de la evolución del universo) es la base donde sustento los principios universales que hacen del hombre un ser pensante y tendente al entendimiento, a la convivencia social, al respeto e intercambio de ideas, y al aprendizaje de unos y otros, bien de forma directa o vicaria (a través de la experiencia de los demás), salvo que sea orientado en la confrontación, en la intransigencia y en la convicción de estar en posesión de la verdad absoluta, mientras los demás andan equivocados. Aquí entran en colisión las distintas religiones, que se adjudican la iluminación divina a través de profetas, dioses encarnados o visionarios que hablaron con dios, y que defienden y siembran fes y credos contrapuestos que pueden acabar en conflicto, cuando no en guerras de religión, como pasó en tiempos pretéritos y parece que amenaza ahora con el integrismo islamista, si no se da, como mínimo, la tolerancia.

Por tanto, ¿qué hacen, a groso modo, las religiones, bajo mi punto de vista? Pues hacen suyas esas leyes cosmológicas, las ponen en boca de su dios y las manejan y articulan para imponer la preponderancia de su credo sobre el resto de la humanidad. Inconveniente de muchas religiones es la mente cerrada y la falta de disposición a aceptar nuevas visiones de la vida y la sociedad en desarrollo. Aquí te atrapan, manejan y encorsetan, enquistando el pensamiento desde el convencimiento de estar en posesión de la ley de dios y de la verdad revelada a los hombres sin ningún tipo de duda. A eso deberemos llamarle FE, que es resistente a la argumentación lógica, puesto que el dogma no se discute. La fe puede convivir, en el marco de esa tolerancia a la que me he referido, con otras religiones y la propia laicidad, que ya se define como tolerante y respetuosa con las religiones, siempre que no intenten invadir las competencias de la administración y leyes del conjunto de la sociedad civil.

Dicho todo esto, he de confesar que hace que no me confieso cuarenta y pico años, que es mucho confesar. ¿Y sabes por qué? Porque entendí que cada vez que iba al confesionario pretendían hace de mí un sujeto como el cura quería y no como lo quería yo. Yo veía un camino claramente y él insistía en mandarme por la vereda. ¿Era un contestatario? Posiblemente sí. De aquellos que, en mayor o menor medida, acabaron cambiando el país hacia la democracia y la libertad, dejando la sumisión y el seguimiento de pastores de rebaños sumisos y obedientes con lo que ordenaba el padre. Estaba aprendiendo por aquellos tiempos, como era lógico sigue siendo, y el aprendizaje podía ser a través de los errores… ¿o podría decir pecados? que yo iba cometiendo. Entonces decidí aprender del error y no del pecado. El error era más universal, más humano y más laico. El pecado era más propio de un credo que se basaba en una fe que yo ya no tenía. Premio y castigo de Dios verbalizado mediante el ministro que tenía en la tierra, que era el cura, que solía decir: “No hagas lo que yo hago sino lo que yo digo”... vaya ejemplo… pero valoraba tu pecado, te redirigía hacia su objetivo y te imponía el precio del perdón.

Entiendo que, en aquellos tiempos, se andaba fraguando el librepensador que ahora soy, interesado en los estudios, en aprender y conocer cosas, en saber lo limitado que está uno y en la necesidad de tener la mente abierta para digerir todo aquello que forja nuestra personalidad y la forma de ver y entender la vida en su sentido más amplio y sin restricciones. Tenía que ser estrictamente contestatario con todo aquello que no entrara en mi cabeza hasta hacerlo racional y entendible, y, el cura, no me ayudaba con su pertinaz sentido de la religión y del sometimiento al dogma y a su ideario político-religioso. Cosa que no ocurrió con los Jesuitas, donde estudié en clases nocturnas, como buen currante, hasta terminar COU. Ellos respetaron mi libre albedrío y me enseñaron precisamente a elegir, pensar y determinar el camino que debía seguir en el marco de lo que se llamaba por aquel entonces la “teología de la liberación”.

Por eso me desvinculé de la religión, a pesar de los maestros jesuitas. No de las buenas personas religiosas, a las que les respeto su fe y en algunos casos quiero especialmente, aunque yo no la comparta, y donde, por lo general, veo un ser humano preocupado por el bien de los demás y cargado de humanismo. Habría que decir: “Bienaventurado el que tiene fe porque entiende que su vida trascenderá al infinito”, mientras en el caso del escéptico, como yo, todo son dudas y expectativas. Yo mientras tanto seguiré aplicando los 5 puntos para superar los errores y elegiré, si lo creo conveniente, el apoyo social de quienes puedan aportarme la mejor solución u orientación que deberé valorar con mi propio proceso racional o cognitivo. Yo creo que no estoy pecando por ello…



domingo, 7 de septiembre de 2014

Mi poder es mi inteligencia


Una vez, hace tiempo, bastante tiempo, cuando yo tenía responsabilidad en la gestión hospitalaria, me dijo un sindicalista: “O nos apoyas o te quietaremos el poder”. Aquello tenía visos de chantaje, de sometimiento a través del miedo y el apego al poder. Debía ser habitual que la gente que anda por el poder acaba pactando hasta con el diablo para seguir ostentándolo. Una vez llegados a determinados niveles de poder, la gente suele agarrarse a un clavo ardiendo para, no solo seguir con el mismo, sino incrementarlo en esa dinámica de la “erótica del poder”. Para mí, el poder, nunca fue un  objetivo, pero sí lo fue tener el poder adecuado y suficiente, el que pudiera garantizar, con mi propia inteligencia, el desempeño de mis obligaciones. Más poder te lleva al fracaso cuando tu inteligencia no está a la altura de esa demanda, menos poder te deja en la frustración.

Pues bien, ante semejante dislate y sin pensármelo mucho, casi como un acto reflejo, yo le respondí al sujeto: “Mi poder es mi inteligencia y esa no creo que me la puedas quitar tú ni nadie como tú.”

Luego le he dado muchas vueltas a esa expresión de reafirmación personal, de constatar mi libertad. Es más, desde aquellos tiempos fui derivando hacia el convencimiento de que quien se somete al poder de un grupo acaba perdiendo, o condicionando, el propio. No quiero decir con ello que no deba uno integrarse en grupos, sino que, aunque se esté en un grupo, no se ha de renunciar al poder que se desprende de la propia inteligencia, o lo que es lo mismo, al uso libre de las capacidades intelectuales personales. O sea, no debemos ser borregos y dejarnos llevar, sin criterio propio, por lo que dicten los demás individual o colectivamente. Mi inteligencia, mi unicidad, solo a mí corresponde gestionarla. No puedo ni debo someterme a dogmas, normas, credos o ideologías que no hayan pasado antes por la asunción de las mismas desde un punto de vista racional, y, siempre, con un espíritu crítico, dispuesto a aceptar aquello que entiendes como adecuado y rechazar lo contrario.

Toda organización, sea religiosa, política o de cualquier forma, que tenga poder e influencia en la sociedad, tiende a buscar adeptos, a integrar personas que le den el aval para ejercer ese poder colectivo; mientras más seamos más poder tendremos. Ahora bien, cuando se mete el poder (léase también inteligencia) de todos los integrantes de un grupo en el saco, alguien lo ha de gestionar y es ahí donde aparece la necesidad de estructuración organizativa, de la representatividad, del dominio. Pero si su estructura organizacional es piramidal, lo más normal es que imponga sus normas, formas de pensar y actuar, estilos y dependencia desde esa verticalidad. Tenemos dos ejemplos claros de poder omnímodo, totalitario y vertical, como son la religión y el ejército, además de determinados partidos políticos, por no decir todos.

A lo largo de mi vida he llegado a la conclusión de que uno ha de ser leal en este mundo; pero primero lo ha de serlo consigo mismo, después con los demás, con aquellos que están en la misma línea y no socaban tu librepensar. La lealtad, en nuestra cultura, siempre se planteó hacia fuera, hacia la gente, hacia las organizaciones, hacia la patria, la religión o el grupo de pertenencia. Era como un sometimiento al entorno, como renunciar a tu identidad para dejarte en nada, en un miembro sumiso y obediente del poder establecido, en un grano de arena o en una gota de agua del océano, que se sacrifica por los demás sin importarle su propia esencia y desarrollo personal. Pero la lealtad no es someterse, sino aportar aquello que cada cual es capaz de crear, de elaborar, de pensar y racionalizar para hacer más rico al grupo. Si yo crezco crece conmigo todo lo que me rodea, todo aquello que también se alimenta de mi existencia en sentido relacional. No se puede acusar de desleal a quien libremente piensa y deja sobre la mesa su pensamiento; en todo caso es un creador que nutre al grupo para su crecimiento y desarrollo. Eso sí, cuando ese librepensamiento pone en tela de juicio el poder establecido, se le acusa de traidor, de desleal, de hereje y se le lanza al fuego de la purificación. Nuestra historia está llena de casos en que quemaron la libertad de pensamiento en sacrificio del sistema de poder imperante. Lo malo es que eso sigue funcionando y cuando alguien con poder, sea religioso, político, militar, económico o de cualquier otro tipo, se siente refutado y sin argumentos convincentes para neutralizar el razonamiento que lo cuestiona, acaba denigrando, descalificando, denostando, agrediendo… a quien, entiende, le está dañando.

Nos falta la disposición a escuchar para asimilar y no para contraatacar. Lo que otro piensa nos puede ayudar a ver mejor las cosas, a entender el mundo desde otra perspectiva, a completar nuestra visión, saliendo del reduccionismo del pensamiento único, incuestionable y enquistado por normas, credos y dogmas que no nos permiten ir más allá de lo que se nos dice.

Por eso, yo acabé por identificarme con el librepensamiento, como persona que no cree en nada hasta que le ve sentido y razón, como sujeto que no niega nada hasta que ha quedado demostrada su inexistencia, como individuo que usa la mente para pensar y crecer intelectualmente neutralizando las variables que interfieren el proceso. Soy consciente de que estoy en una sociedad donde se han de conjugar intereses muy variados, donde quien ejerce el poder lo hace en beneficio propio o de su grupo, donde las instituciones las sostienen los hombres que viven de ellas. Puedo creer en un dios hipotético, pero no en las religiones, puedo creer en el hombre pero no en cualquier organización, puedo aceptar, y acepto, las normas de convivencia y el contrato de relación social, pero no cualquiera, sino las justas, las que no anteponen el interés de grupos al de las personas, las que no someten al individuo, las que permiten el desarrollo individual y colectivo como forma equilibrada de sostenimiento social y natural de un proyecto global en beneficio del ser humano, mediante una filosofía humanista.

Esta posición de librepensador, hace, a veces, que uno se sienta en soledad, incluso incomprendido, objetivo de las suspicacias de quienes andan en la mediocridad y se sienten agredidos por el pensamiento racional y crítico; son aquellos a los que tu pensar les revuelve la conciencia y desestabiliza su natural tranquilidad fundamentada en el sosiego de unos principios inalienables, incuestionables y enquistados... sometidos al dogma. ¿Para qué pensar por sí mismos si ya hay quien piensa por ellos y les dice como son las cosas? Los otros son más inteligentes, más capaces y preparados para pensar y concluir ¿para qué comerse el coco y acabar errando desde la incapacidad e incompetencia para pensar? Pero, esa sensación de aislamiento, es el impuesto que se ha de pagar para sentirte libre. Otras veces encuentras a gente que comparte tu sentido de la vida y aflora el encuentro y desaparece ese sentimiento de soledad, y te sientes reforzado para seguir en ese proceso de comunión intragrupal.

Admiro a quienes fueron libres en su pensamiento, a quienes fueron rompiendo los esquemas encorsetadores de una sociedad oligárquica y anacrónica que bloqueaba el libre desarrollo de las personas. Admiro a quienes claman contra la imposición, contra el abuso de poder, contra los que alienan a la ciudadanía para mantenerse en su estatus dominador. Me dan pena los que sirven como lacayos, los que se someten y acatan sin rechistar, los que son meros instrumentos del poder sintiéndose alguien por ello. Admiro al mismo Jesucristo, que habló claro contra la hipocresía farisea de una religión establecida, que vuelve a presentarse en la actualidad al amparo de su propio credo y evangelio. Pero sobre todo, admiro a quienes fueron capaces de abrir la mente de la gente para hacerles ver lo que otros le tapaban, a los librepensadores de la ilustración del XVIII francés, a los actuales defensores del Humanismo Secular y su apoyo a la laicidad. Es evidente que el poder de su mente, de su razonamiento, nos llevó a un mayor grado de libertad y que son un ejemplo a la hora de ver, valorar y comprender el mundo, ese mundo que tenemos y debemos construir en el día a día para hacer del mañana un lugar más libre y humano de cara al desarrollo de nuestros hijos y nietos.



La niña de mis ojos



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La niña de mis ojos
tiene sus ojos
del color del olivo
verde de antojos.

La niña de mis ojos
tiene su cara
de color de aceituna
morena clara.

La niña de mis ojos
tiene su pelo
del color de mil soles
poblando el cielo.

La niña de mis ojos
tiene su boca
de color de la fresa
que te provoca.

La niña de mis ojos
si yo pudiera
a mi lado estaría
la vida entera,
pues con sus ojos
deja los corazones
hechos despojos.

Autor: Antonio Porras
Málaga, 5/09/2014



miércoles, 3 de septiembre de 2014

Dónde vamos.


Estamos en el mundo del caos controlado, del acoso y derribo de  muchas cosas, que tienen un sentido humanista, para dejar paso a otro mundo donde el poder se rige por el dinero, por la fuerza y la sinrazón del más poderosos que controla, compra, amenaza, manipula y somete a los gobiernos, incluso antes de ser nombrados o salir electos en las urnas... y yo me pregunto:

¿Dónde vamos?


Dónde están las caricias y los besos
dónde los abrazos denodados
las miradas seductoras y el encanto
los amores desbordados
y el te quiero como eres sin temor.

Dónde están las personas
los humanos
que cogidos de la mano
caminan solidarios y a la par
en un mundo de progreso y libertad.

Dónde vamos
si no andamos como hermanos
si el odio y la violencia aterradora
nos conduce hacia la nada destructora.

Dónde estás que no te veo
que se sangra el universo
y no encuentro tu cara con el beso
que siembre y cultive la amistad
que selle las heridas de la vida
que mate la maldad
y evite las guerras fratricidas
que cultivan la codicia y la mentira
arrojando de este mundo la verdad.

No te dejes engañar por aquellos
que defienden intereses
ajenos a tu vida y libertad,
que buscan alienar tu mente
haciéndola sumisa y obediente,
que te imponen su credo y sus ideas
con discursos indecentes
al servicio de sus propios intereses
y el estatus que crearon
de avaricia y de  maldad.

Mira en tu interior
allí está todo
tú eres una parte del cosmos infinito
donde se conjuga la savia de la vida
donde se nutre el ser viviente
y hasta el mismo mineral.

Si buscas en la  noche las estrellas
si vuelas hacia ellas
si dejas las mentiras de este mundo
verás un camino tan fecundo
que conduce a tu propia libertad.

Si todos somos uno,
si la ley que nos nutre y alimenta
es en esencia universal,
busca la mano de tu amigo
camina a su lado y a su abrigo
comparte la experiencia de la vida
que, en sementera,
te dé la savia nueva y la verdad
que cultiva y fortalece la amistad.

No pongas más fronteras
rechazando la diversidad,
rompe los muros de odio y desencuentro
allanando el camino del encuentro
hasta hacer de este
un mundo de bondad.

El hombre diferente
es otra forma distinta de verdad
que completa la esencia de tu ser
si sabes escuchar.

Autor: Antonio Porras

Málaga. 1/09/2014