miércoles, 4 de junio de 2014

Yo, si fuera Felipe, pediría un referéndum…


Yo, si fuera Felipe, pediría un referéndum. Sí, sin dudarlo. No se puede gobernar a un país al amparo de la soberanía popular obviando esa soberanía. De entrada, plantearía un nuevo marco de convivencia, donde quedara atrás todo lo obsoleto que tiene el sistema actual. Se cerró en falso la primera transición, tal vez porque no había otra forma de cerrarla. Pero ahora, cuando la perspectiva histórica es otra, cuando los intereses personales de gente implicada en un pasado marcado por la guerra, por la muerte, el asesinato y el desprecio a la vida de los considerados enemigos, cuando no queda nadie  del ayer, de los manchados de sangre directamente, y muchos del mañana, es conveniente pensar en los que quedan, en los de un nuevo ciclo, en los que tienen derecho a vivir su vida y estructurar su sistema de relación como demanda del sentir de una moderna generación.

Cada generación tiene derecho a vivirla en función del momento, del espíritu de los tiempos, de no verse condicionados por el pasado de sus antecesores que andan a la defensiva y que pretenden perpetuar un sistema anacrónico para el momento presente, un lastre insoportable al no ser presentable ese pasado desde la mentalidad del presente, vergonzoso pasado del que se ha de pasar página, dejando para la historia la verdad, reivindicando que cada cual quede donde ha de quedar, honrando a los muertos, pues los asesinos ya están desenmascarados.

El rey ha abdicado y con él debería hacerlo toda una generación marcada por la primera transición. Ahora, cuando Podemos y otros movimientos nacientes se reivindican políticamente, cuando aflora la demanda de esa juventud de la que forma parte el mismo príncipe, cuando han sufrido el desengaño en tanto su perspectiva de vida era halagüeña, con grandes esperanza en sus estudios y niveles de conocimiento, con su desarrollo en el dominio de las tecnologías, esa juventud, digo, que acabó en ser forzados al exilio o trabajar en situación de semiesclavitud, solo cabe darle el protagonismo que reclaman para fraguar un mañana sólido, su mañana. Lo de ayer ha dejado de ser el elemento sobre el que ha de pivotar la vida y, sin olvidar sus enseñanzas, se ha de pasar a una nueva dimensión.

Sé que el asunto es complejo, que hay diferentes y muy variadas posiciones, que los intereses económicos, políticos, ideológicos y de poder condicionan todo cambio, puesto que nadie está en disposición de perder nada y sí de ganar muchos; pero si se quiere buscar la convivencia, la gobernanza y la adecuación al momento y sus circunstancias, se ha de empezar a dar el relevo, sin límite, desde el tan cacareado reconocimiento de la soberanía popular. No podemos andar en la disonancia cognitiva de hablar de soberanía popular y ejercer dictadura solapada desde el manejo y la manipulación de los medios de comunicación, desde el adoctrinamiento y aborregamiento de la ciudadanía.

Si creemos en esa soberanía ¿qué mejor forma de confirmar o afianzar al rey o la república que preguntando al pueblo? ¿Podrá este u otro rey, ejercer su reinado en confrontación con las masas populares que lo rechazan si antes no ha tenido el respaldo democrático del conjunto del Estado? Evidentemente no. Por tanto, si yo fuera Felipe, pediría el referéndum…

Claro, que ya puesto, también buscaría un consenso previo, como una oferta de un marco de convivencia nuevo, donde cupieran todos y cada uno de esos ciudadanos. Analizaría los problemas que verdaderamente afectan al Estado en su conjunto y especialmente a los ciudadanos que, al ser soberanos, deben entender, comprender y compartir ese marco donde no haya vencedores y vencidos, cosa tan poco habitual en esta España nuestra. Esa sería mi aportación, mi tarjeta de presentación para merecer la confianza de la gente… Pero ¿es ello posible?

Dicho esto, pienso que este país tiene muchos frentes abiertos, y no hablo solo de la cuestión separatista de vascos y catalanes, que son para mí de vital trascendencia, sino de justicia y contrato social, mafia y corrupción, nepotismo, vileza y falta de calidad en los que ejercen la política, rearme ideológico, manipulación, adoctrinamiento anacrónico basado en un pretérito no muy lejano, heridas supurantes de un pasado no superado, democracia real…

Hoy día, da la sensación de que el poder no está para servir al pueblo sino a quienes lo ejercen. Cuando se pagan los impuestos se queda uno con la impresión de que es un tributo para sostener al entramado que conforma la estructura de ese poder, para pagar salarios, prebendas y privilegios de una casta política que cada vez se aleja más de la realidad social. Hacienda no somos todos. Es esa amarga sensación de que hemos dejado de ser soberanos para convertirnos de nuevo en súbditos de su graciosa majestad y su gobierno, que paga sus impuestos para mantener el estatus quo piramidal que nos gobierna.

A esto se le ha de dar la vuelta. No sé si será con rey o sin rey, pero lo verdaderamente importante es que el pueblo se defina, que determine cómo se ha de instrumentalizar la gobernanza del país. Si hablamos de república, que se nos diga de qué tipo de república, de cómo se estructura, de cómo ha de ser su funcionalidad. No quiero una república bananera, más bien una que se acerque a postulados de la ideología de base donde se sustenta la idea de la república verdadera. La monarquía debe tener su chance, pero ¿cómo justificarla en una era donde lo que se exige es el respeto a la soberanía popular? Solo cabe, bajo mi punto de vista, que sea aglutinadora y capaz de ofertar ese marco de convivencia que convenza a la mayoría de la ciudadanía.

En conclusión, que si el nuevo rey quiere reinar en paz, ha de someterse al criterio y aprobación de los ciudadanos y, de camino, ofertarles esta segunda transición hacia la verdadera democracia. De lo contrario será más de lo mismo y persistirá el desencuentro entre las dos Españas, como viene siendo habitual.

Referendum, pues, y un proceso de revisión de la Constitución para adaptarla a los nuevos tiempos pensando en el ciudadano en su conjunto y no en los territorios, el dinero y en el beneficio de la banca y las multinacionales a los que se les está entregando la llave del futuro económico y social de este jodido mundo que nos quieren implantar.


Pida Sr. Príncipe que le refrenden, con el voto, la mayoría de los españoles y, de lo contrario, dé paso a la III República, al fin y al cabo su principal preocupación es España y su gente, supongo… 

lunes, 2 de junio de 2014

Abdicación, un salvavidas del sistema ante la crisis.

El gran debate

Notición que, por su impacto, no dejaba de ser esperado. El rey ha abdicado… que no es lo mismo que dimitir. En este caso no es cuestionable quien le sustituirá, ya está definido y lo hace convencido de que da los bártulos y arreos de matar (permítaseme el símil taurino) ha su heredero. El cargo se ocupará, no por designación de elección democrática, sino por derecho de sangre. En fin, eso es lo que establece la tan vapuleada Constitución.

Pero vayamos por partes. La intención u objetivo, más o menos encubierto, debe ser rearmar la corona, hacer una transición política que obligaría a determinados cambios constitucionales para dar respuesta a la crisis que estamos viviendo. Tal vez una nueva, o modificada, constitución donde cupieran las aspiraciones de los pueblos que integran el Estado español. El rey andaba lacrado por los negocios y presuntas corrupciones de su yerno, por la sospecha de connivencia sobre la casa real, por el “perdón y el ya no volverá a suceder más”… y un amplio etc. que ha ido deteriorando el prestigio y la imagen del rey y la casa real, a la vez que se amplía el deseo republicano entre la ciudadanía.

Felipe VI (eso suena a anacrónico) podría representar el papel de su padre en la primera transición. Ahora, con el desencuentro ante determinadas comunidades, se produce una situación que demanda cambios importantes y que se ofrecen al nuevo rey como carta de presentación, como forma de consolidarse en su reinado con estilo propio, dejando en la cuneta la vinculación al pasado de su padre y la primera transición. Ser el artífice de un nuevo encuentro entre los distintos pueblos del Estado le daría fuelle para reivindicarse como garante de esa entente cordial entre las fuerzas políticas que representan, en mayor o menor grado, a la ciudadanía. Si, además, esa nueva situación se consolida mediante un referéndum, la monarquía se fortalece.

Han sido especialmente meticulosos en mantener la imagen del príncipe impoluta, libre de implicaciones en los tejemanejes de otros miembros de la casa real de los que procuraba apartarse mostrando su rechazo, en presentarlo como un hombre más cercano al pueblo, que se casa con una plebeya, que ha ido haciendo oposiciones al puesto de forma sistemática mediante viajes, actos y apariciones en busca de la aprobación del ciudadano. Ahora, lo que, bajo mi opinión, se oferta es la asunción, de nuevo, del papel aglutinador, de catalizador de las distintas posiciones y salvador del sistema, enfocando la situación hacia esa entente que refería.

No sé, por supuesto, al menos de momento, cual ha sido el detonante real de la decisión a pesar de lo que se diga, pero sigo pensando que un análisis serio de la situación, desde el punto de vista político, económico y social, acabará por despertar el olfato de cualquiera, llevándolo a valorar la influencia que ha tenido el batacazo de los dos grandes partidos, defensores de la monarquía, en las elecciones europeas; la demanda reiterada del Sr. Más y adláteres en el derecho a decidir como alternativa al desprecio del gobierno central a sus intereses; el conflicto vasco, donde persiste el lastre de ETA y sus presos (interesante situación para dar una amnistía a los presos, condicionada por la aceptación de una constitución y modelo nuevo de  relación entre Euskadi y el resto de España); la salida de la crisis económica y la reafirmación de la llamada marca España, tan deteriorada por la corrupción en general, que toca a la propia casa real y, por último, la amenaza de cambios importantes en la tendencia política de la ciudadanía, que ha sorprendido elevando a Podemos a los alteras de la representación.

Pero, también, una vez abierta la caja de pandora, abierto el melón, es normal que cada cual quiera llevarse su tajada… o lo que es lo mismo, que quieran plantear su derecho a decidir sobre el sistema o estructura democrática que prefieram para la gobernanza del Estado. Se aproximan tiempos convulsos, tiempos de debate, de encuentros y desencuentros, de confrontación política entre el modelo monárquico y el republicano para la jefatura del Estado e, incluso, del modelo de contrato social, aunque este anda muy condicionado a nuestra pertenencia a la UE. Ahora depende de lo que quieran plantear en el Congreso, de hasta dónde esté dispuesto a mover ficha D. Mariano y su habilidad e inteligencia para hacerlo. Y surgen las preguntas:

  1. ¿Modificamos los Estatutos y la autonomía en función de la historicidad y las peculiaridades de cada una?
  2. ¿Eliminamos o potenciamos el Senado?
  3. ¿Reconocemos o no el derecho a decidir de la ciudadanía respecto a su vinculación con el Estado?
  4. ¿Cuestionamos el derecho de la monarquía?
  5. ¿Hablamos de las listas abiertas y del sistema de representatividad?
  6. ¿Se cerrará la herida de la guerra civil y se reconocerá y se honrará a los muertos que lucharon por la democracia, o sea por el régimen que tenemos ahora, o seguiremos traicionándolos?


Todo ello se presta a un debate democrático profundo, que veremos cómo lo articulan los representantes políticos en su conjunto y el gobierno de turno en particular. Tiempos convulsos, pues, pero apasionantes. Esperemos que sean sosegados, responsables, clarividentes, con sentido de Estado y preservando y reforzando el papel de la soberanía popular.

Ahora solo queda esperar a que vayan moviendo ficha…