jueves, 12 de abril de 2007

DIOS ES LAICO


Esta afirmación, planteada en mis reflexiones anteriores, sobre la razón de la sangre… merece una explicación, sobre todo para mis amigos y amigas religiosos/as. Por tanto, vengo a mantener que, a través de sus hechos, Dios ha demostrado que defiende el planteamiento laico de las estructuras sociales como marco de encuentro y convivencia de los seres humanos.

Dios no crea ninguna religión; en todo caso, dota al hombre del intelecto para gestionar principios y valores, con los que le adorna, que le permitan su supervivencia y desarrollo en un marco social determinado y creado por el propio sujeto. Estos principios y valores son las motivaciones básicas que hacen que éste actúe enfocando sus conductas hacia la conservación y desarrollo del grupo y de la especie. La ética y moral de cada pueblo se forja con el tiempo, pero siempre marcada por la convivencia y los sistemas de relación y principios que se han ido fraguando y consolidando. Depende, pues, de los intereses del grupo que ostenta el poder, puesto que ellos establecen las reglas y forma de coexistencia en función de sus propios beneficios.

En un principio, el hombre, que no comprende la magia de la creación, piensa que debe existir un ser superior, omnipotente, que lo ha creado todo; o dioses para cada uno de los eventos enigmáticos que observa (lluvia, viento, fuego, sol, etc.). Con el tiempo fue consolidándose el convencimiento de la interrelación entre todos los elementos de la vida y la naturaleza, una visión holística o totalizadora, que le permitió asignar la creación a una sola divinidad (de aquí el monoteísmo). Al mismo tiempo, los ostentadores del poder, siempre con mayor inteligencia y osadía que el resto de su entorno social, debieron pensar que si contaban con el apoyo de ese Ser Superior, podían ejercer el poder de forma incuestionable. De aquí aparece la idea de encarnación de los dioses en los mandatarios (faraones, emperadores, etc.) o, en su defecto, nombrados “por la gracia de Dios”. Hago una llamada a esa especie de moda sobre los cátaros, merovingios y el linaje de Cristo, como un intento de retrotraernos a justificaciones divinas sobre poderes y reinos en el caso de Francia.

Es evidente que el poderoso se percata de que, a través de los principios éticos y morales, puede imponer una serie de conductas que le perpetúen en el poder y que, a su vez, vertebren una estructura social. Para ello debe contar con la autoridad y el conocimiento; o sea, el dominio y el saber. El dominio se lo dará la delegación divina y en último caso las armas, mientras que el saber lo controlará mediante el grupo de servidores que gestionarán la desinformación y desorientación del pueblo, conformando súbditos sumisos y obedientes que tendrán su premio en otra vida. Aparece, pues, la religión como un elemento de estructuración social, con principios y valores manipulados para perpetuar la situación y mantener el equilibrio y la convivencia en función de los intereses de la clase dirigente. Los grandes imperios se fraguaron en nombre de Dios y la religión. Mientras tanto, la religiosidad o necesidad de entender la vida espiritual como algo personal desaparece e, incluso, se persigue como herejía. Se entiende como un “no sometimiento” a esos valores que dan el poder, por lo que se han de eliminar los sujetos insumisos que cuestionan el sistema. Por tanto, cualquier desviación de los principios religiosos establecidos será peligrosa, se identificará con el demonio y la maldad, a la vez que se perseguirá y eliminará mediante todos los medios al alcance de la autoridad. Por otro lado, aquellos principios que puedan ser cuestionables se ampararán en el dogma de la fe, dejando “fuera de servicio” el razonamiento personal o discernimiento y el libre albedrío. Todo esto crea verdaderos conflictos internos al sujeto, pues esa disonancia cognitiva entre lo que le dicen que es bueno y lo que cree como bueno, no es soportable, llevándole, en último caso, a la alienación. Su espiritualidad queda secuestrada hasta tal punto que, el poder religioso, se arroga la facultad de perdonarle sus errores mediante alguna contribución o penitencia. Esto permite un mayor control de sus actos y pensamientos por parte del sistema.

Mientras tanto, si Dios nos creó, lo hizo en un mundo diverso, facilitándonos el entorno donde, mediante la interacción, fuéramos creciendo. Nos dotó de principios y valores universales para que, en la convivencia diaria, nos entendiéramos y relacionáramos para hacer un mundo mejor e igualitario. Nos dio libertad para pensar y actuar buscando la forma de desarrollarnos, crecer en sabiduría mediante el afrontamiento de circunstancias y situaciones estimulantes. No nos habló de religiones, puesto que nos habla a través de la naturaleza y del análisis de nuestros propios hechos, mediante la razón con la que nos dota. Sabemos y debemos discernir entre lo bueno y lo malo como sujetos libres e independientes. Somos conscientes de que nuestra supervivencia depende de nuestro entendimiento y buena voluntad, que la diversidad es enriquecedora y la imposición es castrante. La convivencia es un problema de actitud, de receptividad y apertura, de tolerancia y respeto, cuyo objetivo es desarrollar esos principios y valores innatos en el ser humano, donde se dan la mano la bonhomía y la interacción social con el fin último de perfeccionarnos.

De habernos creado Dios a su imagen y semejanza ¿por qué tenemos miedo de los otros? Si en cada uno de nosotros hay una proyección divina, lo lógico es que busquemos en los demás el complemento para datarnos de la totalidad del Ser Superior, para enriquecernos. Ser gregario y sectario excluyente es apartarse del principio de desarrollo personal que ese Dios nos ha impuesto como objetivo. Por lo cual, debemos aproximarnos a otras formas de espiritualidad, evitando la religiosidad férrea, integrista, y saludando la diversidad para sacar cada uno sus propias conclusiones, por las que deberá, de existir Dios, dar las explicaciones oportunas en su juicio final. Podemos concluir que la forma de vivir la espiritualidad es personal y la religión estructurada es impositiva y se contrapone al espíritu de la propia creación.

El marco de desarrollo de estas posiciones, creencias, convicciones y principios, solo se puede dar en un estado de derecho donde se respete y desarrolle la diversidad y la individualidad integradora. Donde la religión sea vivida como algo personal, basada en la espiritualidad. Este marco solo lo da el laicismo, entendido como: “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”. Lo complejo es establecer el proceso para laicizar la sociedad, puesto que implica el desmontar poderes y prebendas establecidos a lo largo de la historia y crear nuevas estructuras donde cada uno esté donde debe estar, sin interferir en el desarrollo de la diversidad constructiva.

Por tanto, al Cesar lo que del Cesar… El Estado no gobierna para una sola religión, sino para toda una sociedad diversa y rica. La estructura social y las leyes que la sustentan deben garantizar el libre ejercicio de la libertad, el discernimiento y albedrío de la gente en un marco de convivencia pacífico de desarrollo personal íntegro. Eso es lo que entiendo yo que quiere Dios, de existir, porque todo lo ha creado enfocado para ello. La excelencia del ser humano de forma individual, cultivando los valores a que ya me he referido, engrandece al conjunto de la humanidad y por ende al propio Dios.

Lo que hay que cambiar es la idea de Dios, puesto que el concepto determinará la forma de actuar y, hasta ahora, esa idea que se nos ha transmitido en la mayoría de las religiones y civilizaciones, parece que no ayuda al entendimiento de los hombres y mujeres. Las religiones y los religiosos deberían replantearse su actuación en esta nueva sociedad globalizada, en la que las fronteras ideológicas no son posibles; donde el desarrollo del conocimiento y de la cultura de los pueblos es cada vez mayor y el individuo no es un instrumento, sino un sujeto pensante y rico, cargado de potencialidades, que debe hacer su mejor aportación al sistema desde su libertad y buen juicio, bajo el paraguas y respeto a unas normas universales de convivencia. Queridos amigos y lectores, pensad que Dios, de haber sido el creador del mundo, nos oferta el marco laico para entendernos en el mundo civil.

Finalmente, también cabe recordar la propuesta de Nietzsche: Dios no existe, lo que existe es la idea de Dios. En nuestro caso las ideas de dioses a lo largo y ancho del mundo para fundamentar la espiritualidad del ser humano. Pero… ese es otro tema, el tema de la realidad y las ideas que os propongo para otra reflexión.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 9 de abril de 2007

LA SANGRE Y LA RAZÓN

LA SANGRE COMO ARGUMENTO DE LA RAZÓN RELIGIOSA.
O la Inocencia del Martirio

En esta búsqueda de la madurez, de la comprensión de los mecanismos y motivaciones de la propia vida, hoy, me permito reflexionar en voz alta sobre un tema que cada vez me preocupa más: La influencia de la religión en el desencuentro de los seres humanos; o lo que es lo mismo, la utilización de los principios y valores innatos de la convivencia humana, donde se fundamenta la socialización, por parte de los dirigentes religiosos y políticos, para estructurar una sociedad de intereses de poder. Queda mucho por meditar sobre esto, por lo que continuaremos dándole vueltas al asunto intentando vislumbrar elementos de vertebración social. Queridos amigos/as, o nos entendemos todos, o nos vamos a la mierda, con perdón por la expresión.

Está nuestra historia llena de casos y causas de martirio. Nos lo venden como hechos de gran importancia en defensa de la verdad. Podemos remitirnos a los primitivos cristianos y acabar en los mártires actuales que se inmolan voluntariamente para defender e intentar imponer “su verdad”. Salvando las diferencias, son dos formas de demostrar, mediante la sangre, que estamos en posesión de la verdad absoluta. No admitimos la más mínima crítica. En este sentido, somos capaces de dar nuestra sangre, nuestra propia vida, por ella. Esa verdad, que no es una elaboración racional nuestra, la asumimos desde la fe y no admite cuestionamiento alguno, puesto que viene dada desde un ser superior que nos la hizo llegar mediante una red de personajes, a los que “capacitó con su gracia”, para que nos la hicieran ver. ¡Cómoda situación! Las posiciones del mártir transitan desde la estulticia o inocencia sumisa e irracional, que le lleva a actitudes pasivas, aceptando la muerte a manos de otros antes que plantearse el más mínimo cuestionamiento de la razón que sustenta su fe, hasta la posición activa asesina de morir matando a los infieles para que su religión cobre fuerza y reafirme la fe como algo superior a la propia vida del individuo. En ambos casos se observa el elemento sangre como valor incuestionable de argumentación. La gran diferencia, bajo mi modesta opinión, entre el mundo cristiano y el musulmán está en la base histórica y de principios que justifican sus posiciones.

El cristianismo, inicialmente, no impuso su fe por las armas y la sangre, aunque se alimentó de la sangre de sus mártires para dar fe de su verdad; no obstante, posteriormente, usó la violencia, la coacción y el propio martirio para, mediante los autos de fe, imponer sus creencias. Una vez más es la sangre, el valor de la vida, lo que da e impone argumentos, pero no la razón y el debate de las ideas. Llegado este punto, el cristiano, con su aprendizaje histórico del martirio para suprimir e imponer ideas, lo aplica a los que no comparten su fe, si bien le da un giro de claro componente cínico, puesto que, en un acto de absoluta irracionalidad e insolencia, argumenta que es para salvar y purificar el alma del propio “reo”, llegando a convencer, en muchos casos, a los propios ejecutados. Un matiz que le da eficacia, en contraposición al martirio romano. Esta incongruente, perversa y morbosa conducta, que pasaba por apropiarse de los bienes del ajusticiado para, de alguna forma, compensar sus males y consecuencias, sembró el miedo suficiente para potenciar la hipocresía de la práctica religiosa en público y denostarla en privado, que ha trascendido a nuestros días.

Por otro lado, aparece una doble moral, donde se mantiene el principio de “el mal al servicio del bien”; es decir: cabe cualquier acción reprobable siempre que persiga el bien, el mantenimiento de la fe y la moral religiosa y cristina. En nuestros tiempos, se sigue atendiendo este principio. Óigase la cadena COPE y sus improperios, a través de “Losantos no inocentes”, a los “medios opositores a la consolidación de la moral religiosa”, según ellos, entrando en la crítica política de forma insultante, exacerbada e irresponsable, y sembrando la crispación y el enfrentamiento incongruente entre los propios ciudadanos. Mientras tanto, se coarta la actuación de la parroquia de San Carlos Borromeo por “defecto de forma litúrgica”, aunque en el fondo subyace un planteamiento distinto de lo que es la fe y la vivencia religiosa. Está visto que la estructura del poder religioso está cada vez más lejos del pueblo llano y practicante que cree en un Dios de principios y valores basados en la comprensión, tolerancia, justicia, libertad y respeto. El peligro está en el resurgir del integrismo también en nuestro mundo cristiano, cuando la globalización nos ha de llevar a una sociedad pluricultural y laica, donde la convivencia solo se garantiza con posiciones de tolerancia y actitudes de respeto y apertura de mente hacia los demás.

Al mismo tiempo, existen otras civilizaciones o culturas que se anclan en distintas concepciones religiosas. Por su proximidad, trascendencia e influencia, debemos considerar el islamismo. En este caso, la inmolación y la guerra santa plantean, como ya hemos visto, el uso de la sangre como argumento desde sus inicios. Si conjugamos esta especie de entrega al sacrificio y la utopía de la accesibilidad al paraíso, en un mundo de desesperanza y pobreza en muchos casos, encontramos sujetos dispuestos a las acciones suicidas más crueles, despreciando la propia creación de su Dios al dar muerte o eliminar a los seres que forman parte de esa creación. Parece mentira que determinados sujetos se arroguen la representatividad divina y se postulen como herramienta para ejecutar sus deseos. Esta forma de interpretar los designios del Altísimo, le llevan a descalificar al Todopoderoso, puesto que ha de recurrir a un insignificante personaje para hacer cumplir su voluntad cuando tiene en su mano todo el poder sobre la naturaleza. Nos encontramos, posiblemente, ante la interpretación delirante de un sujeto desestructurado mentalmente con base en una megalomanía místico religiosa de componente mesiánico.

La manipulación por iluminados que trasmiten la idea de la inmolación, como forma de imponer la verdadera fe y eliminar al enemigo, a la vez que conseguir entrar en el paraíso por la puerta grande, es bastante antigua. La polémica historia de “el Viejo de la Montaña” y sus asesinos de El Alamut, en la Persia del siglo XI, nos recuerda, en gran medida, las conductas y actitudes de la filosofía de Osama bin Laden. Digo polémica y en gran medida, porque no está nada clara la historia de estos sujetos. Al parecer, y sin querer entrar en profundidades que dejo al criterio del lector (podéis pasear por Internet para conocer distintas visiones y versiones de estos hechos tecleando en google solamente: “el viejo de la montaña”), la actuación de los asesinos era puntualmente sobre individuos poderosos y gobernantes, con poder para decidir guerras y actos que afectaran al conjunto de sus súbditos. Asesinaban a su objetivo sabiendo que, a su vez, ellos serían muertos por su guardia personal. Este servicio a la sociedad y la fe se premiaría con el paraíso. Aquí también se enmarca “el mal al servicio del bien”. Se mataba, en teoría, al responsable máximo para evitar males mayores. Estas actuaciones llegaron a sembrar el pánico entre los gobernantes y poderosos de su época, sobre todo cuando, según algunos autores, dejan de ser “idealistas” para convertirse en mercenarios. En la actualidad el ataque del visionario no es selectivo sino indiscriminado, sembrando el terror, con lo que la aberración de esta conducta es aún más manifiesta.

Supongo que estos sujetos de visión mesiánica, dispuestos a salvar al mundo mediante el terror y la sangre, que esperan ser compensados a su muerte con el paraíso, se llevarán un tremendo chasco cuando ese Dios, al que consideran haber servido, les pida cuentas de sus actos. Cuando les diga: ¿Por qué eliminaste a aquellos que yo creé para mi mayor gloria? ¿Cómo osaste destruir a mis hijos que, aún teniendo diferentes concepciones de las tuyas, enriquecían y diversificaban la visión del cosmos y la vida para que bebieran de ella los seres humanos en su camino de perfección hacia la gloria? ¿Cómo osaste proclamarte mi mano ejecutora para destruir aquello que Yo mismo había creado? Yo no necesitaba de ti para ejecutar mis designios, pues tengo poder suficiente para no recurrir a la demencia de uno de mis hijos. Yo te mandé allí para que creciera tu espíritu, para que te realizaras y enriquecieras el mundo en su diversidad, para que dejaras que los demás se desarrollaran libremente bajo su criterio. Para que al volver a mi seno aportaras bondad y perfección. Yo soy el que juzga, tu no; ya les pediré cuentas en su momento. Ahora, no solo quedarás fuera del paraíso, sino que tendrás que volver a la tierra para reparar lo que has hecho. En esta línea, querido amigo/a, puedes ver en el blog las reflexiones que te planteo en: Deje que me salve yo.

Por desgracia, yo no soy un experto en temas religiosos, aunque pasé por un seminario como muchos de los chicos de mi generación, tal vez por eso me preocupe tanto el tema. Hay esquemas religiosos que nos insertaban machaconamente mediante el miedo al pecado, infierno y demás, condicionando la forma de vivir las emociones, el sexo, la libertad, etc. Es como un troquelado por la intransigencia y obstinación dictatorial y sectaria de los años 50 y 60. No obstante, si me ha creado alguien Superior, le agradezco el libre albedrío que me ha dado para pensar por mí mismo. Lo que lamento a estas alturas es que en mi formación no se haya incluido una asignatura relativa a la historia de las religiones desde un punto de vista real, sin manipulación y enfocada con un criterio científico. Eso podría aclararme el nivel de tergiversación histórica al que se nos ha sometido para afianzar, como religiosos, principios universales de convivencia y de relación que son innatos en los seres humanos, y que han servido de enfrentamiento e imposición, a la vez que han justificado, y siguen haciéndolo, el derramamiento violento de sangre, el desencuentro y la ostentación del poder.

Finalmente, queridos amigos/as, quiero mostrar mi convencimiento más absoluto de que, si Dios existe, por definición: DIOS ES LAICO. En otra reflexión lo argumentaré, esperando que mi sangre y flujos vitales, entre los que cuento el intercambio de emociones y afectos hacia todos mis amigos/as y seres queridos, no sean derramados por esta causa. De todas formas, vaya por delante mi más absoluto respeto a cualquier otra argumentación constructiva que pueda manifestarse.

Antonio Porras Cabrera

lunes, 2 de abril de 2007

¡VIVA EL VINO…! Dijo el Ello.


Un buen amigo me decía que tenía demostrado científicamente la existencia del superyo. Ante mi insistencia e interés, me planteaba: ¿No ves que el superyo se diluye con el alcohol? Esto me hizo reflexionar lanzando mi imaginación y lógica en busca de las explicaciones que justificaran tan acertada afirmación, pues tengo visto y comprobado que, ante unas copas de vino, nos volvemos más comunicativos, abiertos y con mayor capacidad para expresar sentimientos, afectos, emociones, y cualquier otra cuestión que nos cree conflictos al exponerla, tanto internos como externos, incluido el contacto corporal. Al relajar las barreras y la rigidez que el sistema educativo nos ha ido imponiendo a lo largo de nuestra vida, hace que afloren y se expresen pensamientos, sentimientos y deseos “poco correctos políticamente", según los valores y principios morales y éticos de nuestra sociedad, pero que están presentes en nuestra mente. Podemos decir, pues, que el vino es una válvula de escape. Lo que nos permite, en el marco psicoanalítico, que el contenido latente aflore con mayor precisión, ya que el manifiesto se aproxima a él sin tanto tapujo. Por tanto, concluyo que “el vino es el aliado del ello”.

El otro día tuve noticia de que el gobierno pretendía aprobar una ley para regular el consumo de alcohol. Mi primera preocupación fue si los gobernantes estaban en condiciones de abordar esta materia, tan seria, sin analizar detenidamente su aplicación y sus consecuencias. Porque, si nos paramos a pensar, nuestra sociedad y la cultura que la sustenta están mediatizadas por el uso milenario de este producto. Yo me quiero permitir expresar algunas consideraciones sobre el tema, por si son clarificadoras para alguien. En todo caso, siguiendo con mi tónica habitual, las plasmo para el que quiera leerlas y/o comentarlas.

La concepción de la vida desde la perspectiva judeo-cristina está basada en el sufrimiento, la entrega, el padecimiento, etc.; en ningún caso se aprecia el enfoque hedonista y placentero de la misma. Ese mensaje ha calado tan profundamente que, hasta para salvarnos del pecado original, Dios mandó a su hijo a sufrir crucifixión y muerte a manos de los hombres. No vino a enseñarnos cómo disfrutar de la vida, a ser felices, a evitar el sacrificio innecesario, a mostrarnos la eficiencia en el desarrollo y la justicia social. Nos prometió un reino en el otro mundo, del que no hay constancia salvo por la fe. Lo que ha trascendido, es el sufrimiento, la flagelación del cuerpo como enemigo del alma, el considerar al mundo como perverso y tentador; en suma, demonizamos lo placentero (todo lo que está bueno engorda o es pecado). Un duro camino, sin duda, para llegar a ese reino. Claro que siempre queda el recurso de la contrición. Con un planteamiento como éste poca opción le damos al hedonismo. Sin dejarnos llevar por Nietszche, cuando dice: “Al decir cristiano, se sobreentiende que se pretende expresar odio a los sentidos, al deleite en general” y que considero criticable, sí cabe preguntarse hasta qué punto las religiones, en su pretensión sistemática de estructurar ética y moralmente al superyo, no han instaurado un modelo de conducta, si no patológico, sí enfocado al conflicto interno, donde este está garantizado, dado que el sufrimiento y lo prohibido prima sobre lo deseado. De todas formas, no deja de ser curioso que, desde el punto de vista simbólico, se represente en el vino a la sangre de Cristo. Es el alimento del espíritu. Puede que esa leve liberalización de los tapujos y tabúes que nos permite su consumo, se asocie a la sublimación del espíritu. Por tanto, no debe ser malo. Eso sí, el paralelismo se establece desde el sufrimiento y muerte. Una vez más la religión se apropia de las costumbres y hábitos de los pueblos para hacerlos suyos y reconducirnos en la línea que estiman más conveniente para sus principios.
Por otro lado, echa uno de menos esa orientación hacia las decisiones responsables y libres que satisfagan nuestras necesidades, hacia la crítica del entorno y el razonamiento, hacia la libre expresión de emociones en tolerancia. La asertividad no es un concepto que se cultive en esta sociedad. Se es asertivo desde el poder, que impone los principios, valores y leyes que nos rigen, pero no desde la razón sistemática; y el poder lo ostentan los poderosos, bien por la política, la religión o las armas. “Gracias a Dios” (esta expresión en mi discurso parece una incongruencia, pero que cada uno piense en el dios que estime conveniente) estamos entrando en una nueva era, donde cabría la posibilidad de conjugar el conocimiento y desarrollo personal con un mejor entendimiento entre los seres humanos, donde las mentes abiertas y tolerantes permitan un intercambio de ideas, creencias, valores, principios y razones que nos hagan crecer sin imposiciones irracionales. Mire usted por donde, echo de menos una asignatura de educación cívica desde el laicismo democrático, donde se plasmen y defiendan estos principios.

Hasta entonces, dejen que el vino ayude a expresar sentimientos, facilitar el diálogo, el contacto físico, compartir alegrías, enjugar las penas, a escapar razonablemente de este atropamiento entre el “quiero y no debo”. En suma, deje que este maravilloso elemento relaje mi superyo y permita sublimar mis deseos y necesidades frustradas. Démosle un cuartelillo al ello. Yo prometo no pasarme, tener un comportamiento políticamente correcto y que sus efluvios sean liberalizadores. Lo usaré para relacionarme puntualmente con mis amigos y compartir momentos de felicidad y acercamiento, de comprensión y afecto. Evitaré las borracheras, que nunca me permití. Mientras tanto, señor legislador, mire las causas que nos llevan a su consumo exacerbado, corríjalas y puede que seamos más libres. De lo contrario, en el caso del alcohol y resto de drogas, seguiremos observando un incremento del consumo. El problema no es el alcohol y las drogas, sino lo que subyace y nos empuja a su uso de forma irracional a cada uno, en función de nuestra personalidad.

Antonio Porras Cabrera.