miércoles, 7 de marzo de 2007

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

Con estas reflexiones quiero hacer una llamada al sentido común que, basándose en el equilibrio interno y personal, ha de procurar, mediante un razonamiento aséptico, mantener una estabilidad social de convivencia evitando y eludiendo posiciones de enfrentamiento irracional que tan de moda están en nuestros días. Está dirigido básicamente a mis compañeros y amigos que se preocupan por la salud mental de los seres humanos, de su libertad de criterio y desarrollo personal.

UN MUNDO EN EQUILIBRIO

El encuentro de los seres humanos siempre se ha dado en el centro, a partir de la equidistancia ponderada de las posiciones y en la aproximación. Desde las periferias se ha de gritar más para entenderse, las cosas se ven desde otras perspectivas y si, además, las posiciones están enfrentadas las distancias son mayores. Mientras más tira de la cuerda mi oponente más tiro yo y más nos alejamos. Para comprenderse, pues, se ha de buscar el lugar de encuentro donde se compartan visiones y posiciones con la proximidad que dan las emociones y el contacto directo, se ha de empatizar. Si no hay disposición y aproximación no hay entendimiento.

Este mundo dicotómico busca eliminar a los oponentes en lugar de integrarlos. Nuestro mapa político está al día en ello. Mientras más se tensa la cuerda en un sentido impositivo hacia los otros, más conflicto se crea. El extremismo genera extremismo opuesto y el oponente pasa a ser enemigo. Al oponente se le reconoce valor ideológico, pero el enemigo se ha de eliminar por principio de conservación. Es una constante: el bien y el mal, el amigo y el enemigo, el pobre y el rico, lo espiritual y lo material, la utopía y la realidad, el deseo y la represión, el ello y el superyo, dos extremos de tensión que buscan el equilibrio para poder subsistir. La gestión adecuada de estas diferencias lleva a la paz y a ese equilibrio, no solo de la sociedad, sino del propio individuo como unidad.

Cuando, popularmente, se habla de desequilibrados nos estamos refiriendo a sujetos que tienen alteradas sus facultades mentales, que su equilibrio interno y su adaptación social no se manifiesta. Nuestra propia sociedad establece las bases para que se desarrolle y se gestione el equilibrio. Freud orienta el conflicto entre el ello y el superyo como la base del desequilibrio. Mientras que nuestras pulsiones emergen del ello, la sociedad nos ha blindado con una estructura represora y controladora que modula los impulsos hasta hacerlos encajar en la norma. En otros casos el conflicto, tanto interno como externo, se justifica en la necesidad de la interacción con el medio, bajo la influencia del proceso de socialización.

Existe una plataforma homeostática que establece los márgenes de variabilidad y la tenemos asumida a través de nuestra educación. En este sentido, si nos movemos dentro de estos márgenes no se crean situaciones conflictivas, pero si saltamos fuera de la plataforma, aparte del conflicto social, se nos plantea otro conflicto interno de mayor trascendencia personal. Este último lo hemos de gestionar nosotros en base a la congruencia, evitando la disonancia cognitiva, de tal forma que en sujetos “culposos” una excesiva euforia, con infracciones importantes, nos puede llevar al reproche, haciéndonos merecedores de nuestra repulsa, infravaloración y desprecio hasta situarnos en una etapa de depresión, que no deja de tener un cariz de intento de compensación; o sea, que puede situarnos en el otro lado de la plataforma homeostática buscando el equilibrio en los extremos de la balanza. Es la ley del péndulo. En este sentido, todos tenemos algo de ciclotímicos en mayor o menor medida. El umbral homeostático definirá la normalidad y aceptación en el entorno y en nuestro interior.

Las sociedades permisivas dan más márgenes para experimentar y asumir nuevos planteamientos que las integristas e intolerantes. Por tanto, esa tendencia natural a beber conocimiento, experiencia, emociones, etc. del entorno para crecer y desarrollarnos como sujetos abocados a la autorrealización, necesita de una mente abierta, crítica y madura que permita ese crecimiento. Otras sociedades son claramente patogénicas; es decir, generan conflictos y desequilibrios que llevan al alejamiento y enfrentamiento de sus componentes, tanto desde la perspectiva social como individual. Bajo mi opinión podríamos asociar madurez, equilibrio y salud mental. Cierta filosofía oriental, con base religiosa, presenta el equilibrio con el entorno y con uno mismo como la base de la evolución espiritual e, incluso, justifica la reencarnación como la oportunidad y obligatoriedad de compensar errores pasados para evolucionar en la escala de la perfección.

En todo caso debemos preguntarnos: ¿Quién ha de establecer los márgenes de la plataforma homeostática? Hasta hoy, los principios y valores que la sustentan los ha ido generando cada sociedad a lo largo de los tiempos. En las últimas décadas, a causa de la universalización de los medios de comunicación, los movimientos migratorios, el proceso de globalización y sobre todo al ejercicio de la libertad y el discernimiento individual, estas bases se resquebrajan, como no podía ser menos. Ante ello caben varias opciones de las que me quedo con el encuentro cultural. Su complejidad se genera desde los integrismos, la imposición y la intolerancia; su simpleza en el encuentro y el respeto que permita el crecimiento colectivo y personal hasta la simbiosis cultural. El marco convivencial de referencia, según mi punto de vista, se ha de establecer desde la pluriculturalidad (incluyendo valores éticos, morales y religiosos) bajo el paraguas de una sociedad laica, donde se conjugue el respeto desde y hacia todas las creencias y posiciones ideológicas, excluyendo actitudes y conductas contrarias a esos principios. Si formamos a nuestros hijos y ciudadanos en esa línea encontraremos una sociedad menos patógena y más saludable.

Pero, en conclusión: ¿Qué pretendo con estas reflexiones? Podemos decir que la plataforma homeostática establece el lugar de encuentro, que su amplitud define valores de rigidez a permisividad y estructura el superyo. Su capacidad de adaptación a las demandas sociales y de convivencia en un mundo pluricultural es la base para evitar conflictos, tanto externos como internos, por lo que el equilibrio interno y la salud mental del sujeto son más asequibles. Los estados deben asumir políticas integradoras que permitan el encuentro cultural desde la perspectiva laica, pero respetando las ideologías religiosas. Por último, buscando la mejora de la salud mental, los sujetos deben ser formados y orientados hacia la maduración y el entendimiento. La dotación de recursos de afrontamiento, la gestión emocional, las actitudes y disponibilidad al diálogo, la aceptación de la diversidad como elemento enriquecedor, la mente abierta a nuevas ideas, el discernimiento responsable y otros muchos factores ubicarán al sujeto en disposición de mantener el mundo en equilibrio, evitando conflictos y devolviendo la cordura, que tiende a perderse cuando la estupidez humana se impone en las decisiones de aquellos que ostentan el poder. Los profesionales de la salud mental tenemos un importante campo de trabajo para provocar esa maduración que disponga al individuo en situación de gestionar los equilibrios/desequilibrios que los elementos dicotómicos mencionados nos provocan. En todo caso, no podemos perder de vista que formamos parte de un ecosistema en equilibrio y que somos, en gran parte, responsables de mantenerlo con el nuestro.
Antonio Porras Cabrera

lunes, 5 de marzo de 2007

DEJE QUE ME SALVE YO


Con motivo del Estatuto de Autonomía de Andalucía, el colectivo de obispos de la comunidad andaluza ha emitido un comunicado con opiniones que, aunque legítimas, las considero no acertadas, bajo mi modesta opinión (Diario Sur, 24/1/07). Yo solo tengo este medio para comunicarme con las personas que quieran leerme y a él recurro para emitir también mi legítima opinión y reflexiones, si es acertada o no es cuestión de criterios siempre respetables.


MONSEÑOR, DEJE QUE ME SALVE YO.

Apreciado Monseñor:
(Léase también Rabino, Imam, Pastor o cualquier dirigente religioso)

Quiero agradecerle su intención de erradicar de este mundo todo aquello que represente tentación para mi alma. Soy consciente de que existen a mi alrededor cantidad de pruebas que el Señor ha puesto para que yo me dignifique ante Él, para que pueda vencer las tentaciones por mí mismo y crezca en mis virtudes con ello. Cada superación de la tentación es el nutriente que hace crecer a mi alma, que me dignifica y enaltece preparándome para entrar en el Reino de los Cielos. Pero si usted se empeña en apartar de mí las tentaciones, en eliminar aquellas circunstancias que, bajo su parecer, pueden perderme, nunca conseguiré elaborar un espíritu sublime que merezca tal consideración. Supongo que, desde un punto de vista egoísta, usted pretende salvarse a sí mismo a través de mi pobre salvación, a mi costa, dejándome pequeño y borderline al no permitirme que crezca. No sea egoísta, no pretenda llegar al cielo siendo el gran valedor de esas pobres almas de los que no tienen capacidad de discernimiento. Ayúdeme a ser grande, a poder discernir por mí mismo, a tener solvencia crítica aunque su propio prestigio caiga con ello. Yo quiero llegar al Cielo por haber sido capaz de superar las pruebas que la vida me ha puesto en el camino. Jesucristo se fue al desierto y durante cuarenta días, creo haber leído, se enfrentó a la tentación y la superó. Esa prueba le dignificó más, si cabe, ante los ojos del Padre. Si hubiera sido por usted seguramente habría eliminado y erradicado previamente al elemento tentador.

Yo, por desgracia o por suerte, no tengo su fe. Si tuviera fe tendría la suerte de creer en otra vida de premio por mi sacrificio, o de castigo. Andaría preocupado pensando en las cosas que hago mal y en el castigo que me reportarán, en las que hago bien y en su beneficio. Posiblemente me plantearía una estrategia inversora de cara al futuro y, a ser posible, sería bueno para recibir el premio. Además, tendría la alegría de saber que usted está ahí para perdonarme y salvarme en confesión, para dirigir mis pasos como pastor y yo como oveja, (que, por cierto, no me suena bien), por lo que podría permitirme, incluso, ser malo. Pero, por otro lado, no tendría la autonomía crítica para desarrollarme personalmente si acepto todos los planteamientos de radicalismo religioso que usted defiende. La fe es algo que se siente o no, pero no se impone mediante el miedo, la coacción o la descalificación. En otros tiempos los autos de fe se encargaban de purificar las almas y enseñaban a que atenerse cuando no se compartía y mantenía esa fe. Por suerte hoy no existen. A estas alturas, teniendo en cuenta que la religión y su credo es un acto de fe, cuesta pensar que algunos eruditos de mente abierta no se cuestionen determinados aspectos de la fe en cualquier religión o creencia, que no estén por acercarse a los demás y debatir sobre la esencia del ser humano sin imposiciones previas. Si las religiones se estructuran entorno a la fe y existen variadas orientaciones o “FES”, deberíamos hablar, desde cada religión, para los que creen en esa religión, respetando a los que no creen. Si hablamos para los demás deberemos estar dispuestos a recibir críticas, que no es otra cosa que opiniones encontradas, pero con disposición al entendimiento y renuncia a los errores si se demuestran.

Los valores éticos y morales de nuestra sociedad no tienen que ser forzosamente religiosos, han de ser sociales, que garanticen la convivencia en igualdad de condiciones. La soberanía política y administrativa radica en la gente libre, ellos eligen en quien delegar para legislar de forma universal. Los legisladores dan respuesta a las demandas sociales de forma dinámica, donde la evolución social, a veces vertiginosa, va por delante. Es difícil enmarcar la convivencia en estos momentos, donde el mundo anda revuelto precisamente por los integrismos religiosos, políticos, patrióticos, separatistas, etc. donde el concepto de tolerancia se está perdiendo apoyado en intransigentes personajes que ostentan el poder, o lo pretenden ostentar, en todo el mundo. Por ello, deje que se legisle desde el laicismo. Deje que yo decida cuál es la religión que se aproxima más a Dios. Deje que me guíe por otros principios humanos de convivencia, donde la tolerancia dé cabida a todas las ideas que respetuosamente se manifiesten. Deje que crea o no en ese dios que usted defiende. No creo en ninguno de los dioses que se pregonan desde las distintas religiones y, por ello, no me siento mala persona, sin principios ni valores humanos, éticos y morales. Me siento profundamente humano, abierto a los demás y respetuoso con su cultura; con mis propias contradicciones, pero con un objetivo de superación que dignifique, no solo a mi persona, sino a la sociedad que pertenezco. Puede que tenga cierta tendencia gnóstica cuando miro para mi interior y veo la vida en un sentido integral y pienso que, al igual que he de conservar mi especie, he de conservar su entorno y mantener el equilibrio en el espacio universal que la sustenta y leo, en los principios que surgen de mi interior, las capacidades para adaptarme al colectivo que pertenezco, sintiéndome una pequeña parte del universo, sobre el que intento volcar mi compresión; busco, en pocas palabras, la “Bonhomía”, mi espiritualidad sin su interferencia, mi maduración personal, los valores universales, en el convencimiento de que la suma de los aportes individuales pueden dignificar el mundo.

Al Cesar lo que es del Cesar… No sé si lo recuerda. Desde el punto de vista político las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. Se ha pasado de súbdito a ciudadano. Súbdito es el sumiso y obediente, que acepta el poder y la soberanía de los dirigentes, que no participa en su elección y le vienen impuestos por la fuerza, la tradición o mecanismos ajenos que no controla, donde se incluye: “por la gracia de Dios”. Ciudadano es, para mí, sinónimo de soberano, que delega dicha soberanía y capacidad de decisión en otras personas mediante el voto prestado en una decisión reversible en el tiempo. El dirigente o representante acumula un peso en función de la cantidad de delegación o confianza que depositan en él, y nosotros aceptamos el juego de la mayoría dentro de una Ley Magna, que nos hemos dado y que podemos modificar en cualquier momento, siguiendo un proceso determinado. Asumimos las decisiones de aquellos a los que hemos habilitado con nuestro voto, pero tenemos la posibilidad de revocar la confianza en las próximas elecciones. Pero los dirigentes religiosos, a los que no elegimos, no nos representan, no deben intentar la imposición de sus principios a toda la ciudadanía. El representante religioso es un referente importantísimo para los creyentes de su religión, donde la sumisión se justifica en la autoridad que este ejerce “por la gracia de Dios”, pero carece de legitimidad para aquellos que no comparten sus creencias.

Por tanto, querido Monseñor y demás, dejen que decida con quien comparto mi sexualidad, si me divorcio o no, si uso o no el preservativo, no me condene, pues usted no tiene autoridad para ello, ya que no se la he dado. Deje que yo decida a riesgo de equivocarme, ya pagaré por ello si no actúo correctamente. Deje que la ley, fruto de un parlamento democrático, decida y oriente mi conducta dentro de los principios de la convivencia social pluricultural. Por último, le pido “su permiso” para que mis hijos, aún en la escuela religiosa, puedan recibir formación sobre la convivencia ciudadana, la historia de las otras religiones y entiendan la diversidad y el diferencial que presenta la sociedad para que, de esta forma, puedan comprender mejor a sus semejantes, sus amigos y vecinos. Si después de ello descubren la fe, “chapeau”, me quitaré el sombrero. De esta forma es como entiendo el futuro de nuestro mundo, de lo contrario estamos condenados al enfrentamiento.

Esperando que me comprenda, reciba un afectuoso saludo.
Fdo: Antonio Porras Cabrera