viernes, 26 de enero de 2007

OTRA FORMA DE TOCAR EL CLAXON

Después de las reflexiones anteriores sobre el "pitofácil", he llegado a la conclusión de que no siempre son los mismos motivos los que provocan el toque de claxon. Esto me lo mandó una amiga, que debió vivir esta impresionante experiencia, deléitate con ella.
EL SEÑOR ES MI PASTOR

El sábado pasado fui a una librería cristiana y vi una pegatina que decía: “Toca tu claxon si amas a Jesús". Me sentía un poco deprimida porque acababa de asistir a una presentación de nuestro coro que había salido fatal. Asistí además a una reunión de oración. A pesar de todo, compré la pegatina y la pegué en el parachoques trasero de mi coche. Oh! Me puse tan contenta de haberlo hecho, porque después de eso tuve una experiencia inolvidable.
Al parar en una luz roja de una intersección muy transitada, empecé a pensar en el Señor y en lo bueno que es. No me di cuenta cuando la luz cambió. Es bueno saber que alguien más ama a Jesús porque de no haber sonado su claxon, nunca hubiera visto que la luz estaba verde. Pude darme cuenta de que mucha gente ama al Señor porque cuando estaba a punto de arrancar una persona empezó a tocar su claxon como loco y abriendo su ventana gritó, "¡Por el amor de Dios"...! Yo, completamente arrobada, no me movía de allí y de repente todos empezaron a tocar su claxon.
Era fantástico ver la cantidad de gente que ama al Señor anónimamente. Saqué mi cabeza por la ventana y empecé con mi mano a saludar y sonreír a toda esa hermosa gente que expresaba tan fervorosamente lo que sentía por Jesús. ¡Hasta toqué mi claxon unas cuantas veces para compartir aquella demostración de amor!
Vi a un hombre saludándome de una manera muy chistosa, tan solo con el dedo de en medio estirado y los demás doblados. Mi hijo venía en el asiento de atrás y le pregunte que quería decir eso y me dijo que era un saludo hawaiano para desear buena suerte o algo así. Le creí pues yo nunca antes había conocido a nadie de Hawaii.
Una vez mas me asomé por la ventana y rebosante de felicidad le devolví a aquella persona el saludo de la buena suerte. Mi hijo se echo a reír, hasta él estaba disfrutando de aquella maravillosa experiencia religiosa. Algunas personas estaban tan llenas de regocijo que bajaron de sus coches y enfilaron hacia mí. Estoy segura de que querían felicitarme, orar conmigo o tal vez preguntarme a que iglesia iba yo. Fue en ese instante cuando salí de mi éxtasis y me di cuenta de que la luz había cambiado a verde nuevamente. Les dije adiós efusivamente a todos mis hermanos y conduje mi auto a través de la intersección.
Me di cuenta de que solo yo había logrado pasar, ya que la luz cambió en ese instante a rojo y me sentí un poco triste de tener que dejar a todos atrás después del hermoso momento de amor que habíamos compartido. Así que paré mi coche y asomándome por la ventana con mis dos manos, le envié a todos el saludo hawaiano de la buena suerte que acababa de aprender.
¡Oh! Que grande es el Señor por tener tan bellos seguidores.
Antonio Porras Cabrera

LOS PITOFACIL

LOS “PITOFÁCIL”

Por supuesto que no hablamos de promiscuidad. Me quiero referir a aquellos sujetos que son propensos a tocar el claxon ante la más mínima ocasión. Si vas lento, si pisas la raya, si no arrancas con su diligencia, etc. Son irritantes en un principio. ¿Por qué esa obsesión por corregir e imponer a todos los demás su forma de conducir, su prisa y su estrés? El hecho es que, a veces, lo consiguen. Caes en la trampa y le respondes con un toque de claxon, aceptando el reto. Sin darte cuenta entras en una escalada simétrica que debes controlar para no acabar bajándote del coche e iniciar una competición de tortazos. El acaloramiento es la madre de todos los conflictos, y la desproporción de la respuesta está en relación directa con el nivel del mismo. Qué sabio es el pueblo cuando dice: “cuanta hasta diez antes de responder”. Desde hace tiempo he llegado a la conclusión de que lo mejor es no competir entrándoles al trapo. Cuesta conseguirlo, pero si analizas la personalidad de estos sujetos, posiblemente, llegarás a la misma conclusión.
Cuando un sujeto reta a su entorno es que tiene la necesidad de demostrarse a sí mismo y a los demás, que es poderoso, que es mayor, adulto, realizado y que está por encima de los demás. Esa necesidad se da cuando uno no tiene la certeza de ello y lo ha de contrastar continuamente. O sea, se observa en el proceso de maduración y es una herramienta evaluativa para ir afirmándose.
Por otro lado es un signo de intolerancia, que reafirma la inmadurez. Las personas maduras suelen ser tolerantes y capaces de entender los diferentes planos y diferencias, que existen entre los seres humanos, en cuanto a sus conductas y apreciaciones. Respetan esas diferencias y beben de ellas para enriquecerse.
Últimamente, intento identificar el prototipo de sujeto “pitofácil”. Suele ser joven, de mirada despectiva, actitud chulesca, provocador, con vehículo llamativo y mala y arriesgada conducción. No es un caso a imitar. Suelen ser bastante peligrosos para la conducción. Su disposición estresada y estresante debe generar, bajo mi opinión, una reflexión más madura que nos permita no entrar al trapo, como decía, ni dejarnos influir por su provocación. Tomar con calma estas cosas nos permite repeler el estrés que nos intentan provocar.
Hoy me ha tocado el pito, perdón, el claxon, un chaval joven para que arrancara en un semáforo, cuando lo he hecho me ha adelantado por la izquierda como un rayo, ha hecho un par de maniobras arriesgadas y ha desaparecido de mi vista. Me pregunté adónde iría o si estaba haciendo un ejercicio de maduración. Entonces entendí que debía dejarlo madurar sin ofuscarme por la situación, y llegué a casa, tome una copita de rioja, brinde por su maduración, comí y me puse a escribir estas reflexiones para compartirlas contigo.
Antonio Porras Cabrera

martes, 9 de enero de 2007

NOSOTROS Y CARLOS HAYA



CARLOS HAYA, 50 AÑOS DE HISTORIA

Estaba viendo en TV española un programa sobre su 50 aniversario. En él se hace un repaso a los acontecimientos de los últimos 50 años, que han sido transmitidos por la televisión pública, y que han significado la gran transformación de nuestro país y nuestra sociedad, acercándonos a la democracia, a Europa y a las tecnologías y el desarrollo, incrementando nuestro nivel de vida y permitiendo una economía integrada en la esfera occidental a través de la UE.

Esto me ha hecho reflexionar sobre otro cincuentenario que nos afecta más directamente a los malagueños y que viene siendo protagonista a lo largo de 2006. Es el 50 aniversario de nuestro centro hospitalario por excelencia, Carlos Haya.

Si tuviera que identificar los distintos factores vanguardistas que permiten que una sociedad evolucione, me referiría a la educación, la sanidad y la libre comunicación. En este sentido, en nuestra ciudad existen elementos de referencia en estas tres dimensiones. Por un lado, nuestra universidad, que se ha ido consolidando a través de estas décadas como un dispositivo de primera magnitud en el desarrollo de Málaga y su provincia y de la cual me siento orgulloso, como integrante de su cuadro de profesores. Por otro lado, he de centrarme en lo que ha significado Carlos Haya como referente en la mejora del proceso asistencial que hemos vivido. Nuestro “gran hospital” ha pasado a ser uno de los pioneros de España en sus distintas especialidades. Su prestigio es reconocido a nivel nacional e internacional, y todos los profesionales que integran su plantilla se deben sentir orgullosos de este logro colectivo. Yo, como integrante del mismo desde el año 1978 hasta mi jubilación en 2005, ya en la actividad docente, pero ligado a la asistencia a través de la Escuela Universitaria de Ciencias de la Salud, así lo siento. En tercer lugar, me viene a la mente los medios de comunicación, como la TV y la prensa, que en nuestro caso se representa, de manera muy especial, en el Diario Sur, que a través de los años nos ha acompañado dándonos la información necesaria para crear opinión y permitir una mayor y mejor capacidad de discernimiento en relación a los acontecimientos de nuestro entorno.

Hemos vivido, a lo largo del presente año, diversos hechos que nos han ido recordando el 50 aniversario de nuestro hospital, su historia y como ha ido evolucionando el sistema sanitario, representado en Carlos Haya. Personalmente, entiendo que el proceso evolutivo es la consecuencia de una sinergia de todas las fuerzas que conforman el sistema: los gestores, los profesionales y los usuarios. Por tanto, quiero, desde aquí, rendir un sentido homenaje a todos los integrantes que, a través de su historia, han permitido, potenciado e implementado esa actividad progresiva que ha situado a nuestra sanidad en el lugar que hoy ocupa. Creo que, sin desconsiderar los distintos reconocimientos que, de forma oficial, se puedan haber producido a lo largo de este año hacia los colectivos que han sustentado el sistema durante los 50 años mencionados, todos ellos bien merecidos, cabe hacer mención pormenorizada a aquellos grupos que, durante este periodo, de los que tengo especial constancia por el ejercicio de mi actividad como Supervisor General del centro y Subdirector de Enfermería en los años 80 y por otros referentes posteriores, han demostrado su denodado esfuerzo para hacer de nuestro hospital un ejemplo a seguir. La calidad del servicio que se presta no es producto exclusivo de la alta tecnología y del conocimiento científico. El trato del personal, la limpieza, la diligencia, la alimentación, el buen funcionamiento de las instalaciones, etc. complementan lo anterior para proporcionar esa calidad percibida por los usuarios.

De todas formas, el motivo de mi reflexión no es el relato pormenorizado de hechos o circunstancias que acompañaron la evolución de Carlos Haya. Yo quiero llamar la atención sobre un aspecto personal que nos debe afectar a todos los que, de una u otra forma, nos hemos sentido integrados en este proyecto común. Todos hemos evolucionado profesional y humanamente bajo la sombra y el paraguas del hospital. Si bien la situación actual es la suma o resultante de los esfuerzos de todos, también nosotros hemos cambiado y nos hemos desarrollado a la par. Ha sido un intercambio enriquecedor, donde hemos dado lo mejor de nosotros y hemos recibidos la recompensa del aprendizaje y realización personal a través del flujo de la comunicación y las vivencias, compartiendo los conocimientos y experiencias en los distintos campos.

Quiero, por tanto, dar las gracias al hospital por haberme permitido conocer, relacionarme y querer a mis amigos y amigas, por haberme dado los conocimientos técnicos y humanos que poseo en relación al ejercicio de mi profesión, por haberme permitido crecer de forma responsable, por dejarme servir a mis conciudadanos en un campo tan complejo y, a veces, dramático como la salud y la enfermedad. No puedo olvidar que el ejercicio de mi profesión me ha permitido empatizar con mis semejantes, conociendo y entendiendo su sufrimiento, sus temores, miedos e ilusiones. Creo, sinceramente, que el hospital me ha hecho más comprensivo, solidario, racional y estable emocionalmente; me ha permitido reflexionar sobre la vida y la propia existencia y me ha dotado de un positivismo que me ayuda, en mis actuales circunstancias, a superar mi propia problemática de salud. En suma, me ha hecho más humano.

Por todo ello, vaya por delante mi homenaje personal en este año, libre y sincero, a todos los colectivos que integran nuestro hospital Carlos Haya, porque algo de ellos llevo dentro de mí, formando parte de mi propio ser, y de todos aprendí. Carlos Haya fue una de mis escuelas en la vida, por lo que siempre le estaré agradecido.

Antonio Porras Cabrera